29 nov. 2011

Reseña: Subsòl, de Unai Siset



Unai Siset, Subsòl (Alzira: Bromera, 2010). 181 páginas.


Vaya por delante la siguiente aclaración: Unai Siset no existe como autor. Unai Siset (del catalán: “una i sis, set”; es decir, una y seis, siete) son en realidad siete autores: Pasqual Alapont (1963), Manuel Baixauli (1963), Esperança Camps (1964), Vicent Borràs (1962), Àlan Greus (1967), Urbà Lozano (1967) y Vicent Usó (1963). Todos de una misma generación, todos residentes en el País Valencià, y todos con una aspiración compartida: escribir buena literatura. Subsòl, aparecido en 2010, es una inusual apuesta de la editorial valenciana Bromera (que solamente publica libros en lengua catalana) por hacer algo distinto y valiente, algo que suponga una nota disonante en el paisaje narrativo un tanto facilón y bastante monocromo que tantos halagos recibe de la crítica española convencional, la cual –salvo contadas excepciones– parece  deliberadamente olvidar la literatura escrita en catalán.
Subsòl es ante todo un experimento, un juego: siete narradores se enfrentan a una fotografía de Peter Turnley (aquí la página de Wikipedia sobre Turnley; y para los aficionados a la fotografía, aquí su web personal) tomada en el metro de París en 1979, la de la portada del libro. Cada uno de los siete narradores escogió una de las personas más prominentes en la foto y la convirtió en personaje literario, escribiendo un relato que tenía que integrarse con los otros seis.
La propuesta de Subsòl funciona porque los relatos están construidos mediante técnicas diferentes, y narrados desde diferentes puntos de vista. Alguno hay contado en primera persona; otro tiene un narrador omnisciente; otro se estructura en torno a un diálogo, del cual solamente oímos lo que dice una persona. El aliciente para el lector es ir comprobando cómo los diferentes relatos, cada uno con su propio estilo, van encajando en una narrativa coherente, bastante bien hilvanada en torno al motivo de la fotografía.
El primero, ‘Una K voltada (Andrea)’ cuenta la historia de dos hermanos gemelos que fueron separados al poco tiempo de nacer por las circunstancias de la vida, y de cómo uno de ellos, Andrea, acude a París en busca de su hermano. El segundo, ‘Henri’, sigue las vicisitudes del hijo de un gobernante francés que trata de salvar la reputación de su padre, envuelto en un turbio asunto de corrupción que implica a un dictador africano y una bolsa repleta de diamantes; el tercero, ‘Jules’, cuenta los instantes finales de un suicida que ha encubierto un crimen.
El cuarto, a mi juicio el más divertido de todos, cuenta la historia de una arquitecta valenciana incomprendida que enloquece con el paso del tiempo. El quinto, ‘Avram’, es un cuento sobre las obsesiones y las supersticiones, que han dado lugar a un terrible desenlace. El sexto, ‘Vítor’, sigue a un emigrante portugués cincuentón enamorado de una jovencísima terrorista bretona.
Por último, ‘Aude’, completa cabalmente el juego metaliterario que proponen Unai Siset, y nos muestra el nerviosismo de una anciana exprostituta, que en la actualidad vive cómodamente retirada en una casa de campo donde añora a su difunto marido, cuando recibe unos relatos (el lector debe asumir que son los seis que le preceden) y la fotografía del metro, que la obligan a rememorar la época en que la foto fue tomada.
Subsòl es una entretenida propuesta lectora; un libro para nada convencional, del que se disfruta bastante desde el principio al final, y en el que ‘Aude’ pone una especie de guinda metanarrativa, el relato que cierra el libro y del cual traduzco aquí al inglés un fragmento de un par de páginas:

As I was telling you, Mr Lawyer, none of the envelopes that have arrived home these last days has a sender’s name on the back, and that makes me feel very insecure. Defenceless. Helpless. I know not who’s sending me all this crap. Receiving anonymous letters is not the best way to achieve peace of mind. Balance. All my life seeking stability and when it appeared I had found it, when I was readying myself to live my final years in serenity, when I had put my memories in order so that the time I shared with my Ives would always be at the top, then came these papers , these anonymous letters, these questions. Oh my God!

I’ve read all this rubbish, and believe you me, Mr Lawyer, I can only tell you that the documents contain disjointed data. They make gratuitous statements, and in some of them they even ask me about issues I am under no obligation to know about, because they deal with people I have never met. They are… I’m not sure how to interpret them, they’re kind of fragments of biographies. Yes, that’s what: incomplete reports on the lives of people I have never heard of, stories about events that may indeed have happened, such as milestones in the history of our country. And politics, too, Mr Lawyer. It’s as if some sort of madman had randomly dug about in the files of the State’s Secret Services in order to retrieve some records, and then that same madman had mailed them to a person chosen by chance, too.  They ask me about murders and about news on our Republic’s international relations in the 1970s. I did not read the papers then, Mr Lawyer. All I know is what I may have learned from my conversations with Ives. Nothing more. Our conversations and the visits of some of his army mates. The most remarkable thing for me is that in those papers I have received, there are also fragments of my own life. Drafted in the coarsest way. As if intending to hurt. There’s no randomness or chance here. My marriage, the rented unit where I used to live when I was single, my timetable. What I used to do before I found the job at the school. I was very young, there was only poverty at home. I arrived in Paris on a train I do not wish to remember. I wasn’t pretty, yet I attracted attention when I was young. Now you see me like this, with all the bygone years stuck on me as if pressed by a steamroller. And have I suffered, oh boy! But I have been a woman. Young and poor. I’m not ashamed to own up that I worked the streets for a few months, I’m not ashamed to say what I would do to make a few francs. Life hasn’t been easy for me. Now you see sitting on this sofa with plenty of comfortable cushions around me, you see me in this house that my Ives owned, you know I have a lady who every day comes to help with the household chores… I was a prostitute but for a short time, but they know. The letters, or the texts, or whatever this shit is, excuse my crude language, they’re written with some double intent that escapes me. That’s why I made you come over.  You do understand how ill at ease I feel, don’t you, Mr Lawyer?

24 nov. 2011

Muertos de risa, un cuento de Susan Johnson

Costa de Queensland, con la isla Bribie al fondo. Fotografía: Vladimir Venkov.
Esta semana ha aparecido en Hermano Cerdo un cuento de la autora australiana Susan Johnson, Dying, Laughing, y que he traducido al castellano bajo el título Muertos de risa.

Muertos de risa lleva al lector al interior de la casa de una joven madre soltera, Kylie, en un día de verano en el cual Kylie preferiría no tener que despertarse y hacer frente a su realidad. Una visión lacerante del malvivir de una mujer (auto)engañada por la promesa de que todos los problemas pueden tener solución, promesa de que la cándida juventud parece convencer a muchos y muchas.

El cuento de Susan Johnson comienza así:

Los niños de Kylie Thomas llevaban subidos al tejado de la casa desde primeras horas de la mañana. Los había oído, como de lejos, dando golpecitos en los márgenes de su consciencia mientras ella trataba de aferrarse al sueño, incluso mientras éste desaparecía. Adoraba dormir, le encantaba la circunstancia de no ser consciente del dolor, de los problemas, de cada uno de los golpecitos que sonaban a exigencia. ¡Los niños lo querían tener todo! ¡Todo el tiempo, y todo enseguida! Si se hubiera dado cuenta de qué era un niño antes de crear uno por accidente, se habría ido bien lejos de allí, y a la carrera. Habría corrido tan rápido que Russell Woodbridge nunca la habría alcanzado, nunca le habría dado un beso en la mejilla al pasar ni le habría tomado la cabeza por el pelo suelto al viento. Nunca la habría inmovilizado con su pálido y enjuto cuerpo encima de ella.

Puedes terminar de leerlo aquí.

Puedes encontrar el texto original en inglés aquí, en la revista Griffith Review. Si tienes curiosidad por saber más acerca de Susan Johnson y de su obra, puedes visitar su sitio web aquí.

19 nov. 2011

Reseña: Burning Books, de Matthew Fishburn


Matthew Fishburn, Burning Books (Basingstoke y Nueva York: Palgrave MacMillan, 2008). 239 páginas.


Uno de los recuerdos más entrañables de mi niñez me lleva a la salita de estar de mi abuelo materno, la cual albergaba, además de un piano que yo aporreaba con mala saña, una gran parte de su modesta pero interesante biblioteca. Intento evocar en mi cada vez menos confiable memoria una ocasión en que mi abuelo me enseñó cierto volumen, del cual me decía que estaba prohibido. No recuerdo muy bien de qué libro se trataba.
Corría la década de los setenta, nos hallábamos en los estertores de la dictadura fascista de Franco, y para el niño de siete u ocho años que yo era la idea de tener un libro prohibido en casa (mis abuelos vivían en el piso debajo del nuestro, y padecían, sin duda con cierto estoicismo, las carreras que yo y mis hermanos hacíamos por el pasillo) constituía una pequeña pero excitante aventura.
Fue mi abuelo el que me dijo que había que leer el Quijote tres veces en la vida. Y precisamente en el Quijote tuve el primer contacto literario con la quema de libros: la muy famosa escena en la que el cura y el barbero acceden a la solicitud del ama y la sobrina del caballero manchego a quemar los libros de caballerías de don Alonso Quijano, los cuales le han secado el cerebro.


Que los libros concentran en sí mismos poder o peligro es una idea que se ha repetido de manera constante en la literatura europea: además del caso ya mencionado antes, en La tempestad, Calibán le pide a Stefano que queme los libros de Próspero para que pueda ser liberado de sus conjuros. En el Doctor Fausto de Marlowe, Fausto promete que quemará sus libros. Quemar para purificar, para reiniciar desde cero. Fueron muchos los autores que quemaron obras propias: Fishburn menciona a Wittgenstein, Freud, Lord Byron y Tomás Moro, entre otros. Vladimir Nabokov trató de quemar Lolita, mas su mujer lo sacó del fuego. Algo por lo que debemos estarle agradecidos por siempre.


El Emperador Constantino y el Concilio de Nicea. Quema de libros. Del Manuscrito CLXV, Biblioteca Capitolare, Vercelli, compendio de derecho canónico producido en el norte de Italia circa 825. Source: Wikicommons
En nuestros tiempos, un somero repaso en YouTube muestra un sinfín de videos de jóvenes que queman algún libro (sobre todo, los libros de texto). Yo mismo estuve tentado, al acabar la carrera de Filología, de darle su merecido a algunos libros que llegué a odiar a lo largo de cinco años de estudios. Pero no lo hice (que yo recuerde), sobre todo pensando en lo caros que resultaban, y que podían además serles de utilidad o ahorrarles dinero a otros.
Es innegable que existe una cierta ambivalencia respecto a la quema de libros: ¿quién no ha odiado algún libro (o a su autor) tanto que le ha cruzado por la cabeza la idea de prenderle fuego a sus páginas? Un insulto favorito entre literatos enemigos es prender un fuego usando las páginas del libro del escritor odiado.
La diferencia estriba, obviamente, en hacer de la quema de libros un espectáculo público, frente a la ceremonia íntima de limpieza que uno puede acometer en ciertas circunstancias – aunque el gran número de videos disponibles en Internet de gente que quema libros pareciera indicar que no es algo tan íntimo.


Berruguete. El milagro del libro. Dice la leyenda que las llamas rechazaron tres veces ciertos libros que gozaban de 'protección divina'.
Un breve recuento de obras meramente literarias, que han pasado a ser reconocidos clásicos, pero que en su momento fueron censuradas y/o quemadas incluiría al Ulises de Joyce, Las uvas de la ira de Steinbeck, El amante de Lady Chatterley de Lawrence, Sin novedad en el frente del alemán Remarque, o Fiesta de Hemingway.
James Joyce comentó con jocosidad que algún alma caritativa compró la primera tirada completa de la primera edición de Dubliners, que 22 editores habían rechazado previamente, para quemarla en Dublín.
Burning Books es un completísimo estudio sobre el curioso y antiquísimo fenómeno de la destrucción de los libros, centrado particularmente en las quemas organizadas por el régimen nazi en Alemania.


Students organized by the Nazi party parade in front of the building of the Institute for Sexual Research in Berlin prior to pillaging it on May 6, 1933. They confiscated its books, photos and periodicals for burning. The Institute had been established by Magnus Hirschfeld, a Jewish homosexual doctor, as a center for sexology. It provided counselling and other services, and sought rights for homosexuals and transsexuals. Source: Wikicommons
Una de las interesantes historias circunstanciales que narra Fishburn es la de la Biblioteca de los Libros Quemados que se estableció en París en respuesta a la quema organizada de libros por parte de los nazis. La primera quema de libros, hábilmente orquestada por Goebbels en Berlín el 10 de mayo de 1933, fue recibida por las democracias occidentales, nos dice Fishburn, con una mezcla de repulsa y de incredulidad, cuando no de burla; las reacciones que avisaban de que estas muestras de barbarismo eran solo el preludio de algo peor no recibieron la atención que merecían, como vino a demostrar luego la historia.
Pero no fueron solamente los nazis quienes emprendieron una purga de literatura que no aceptaban mediante su combustión; existe un estudio (realizado por M. Z. Zelenov) que calcula que solamente en los años 1938-39 unos 24 millones de libros fueron confiscados de bibliotecas y librerías en la Unión Soviética para ser destruidos.
Fishburn analiza con mucho lujo de detalles históricos la réplica propagandística que los aliados elaboraron en los albores de la II Guerra Mundial, durante la guerra civil española y en el transcurso de la guerra misma. Desde los editoriales de periódicos y revistas, pasando por adaptaciones al cine de relatos y novelas, la imaginería de los nazis como bárbaros que quemaban libros fue explotada y manipulada para servir los intereses de los aliados.


Chile, septiembre de 1973. Quema de libros izquierdistas durante los primeros días del régimen militar chileno. Revista Redacción, de Argentina- Fotógrafo: Charles Burnett (Gamma, 1973).
Observa Fishburn que “el lenguaje de la destrucción está tan tenuemente separado del lenguaje de la renovación, que existe algo emocionalmente rico en la posibilidad de una gran hoguera que purgue la acumulación muerta del pasado”. La retórica de los que propugnan la quema de libros nunca está demasiado lejos del pensamiento utópico, pero el hecho es, nos recuerda Fishburn, que “la quema pública de libros siempre es fundamentalmente un acto simbólico, un cruce entre legislación y publicidad”.


Este es un libro escrito con mucha elegancia y sencillez, lejos del pesado lenguaje académico que, en mi opinión, suele malograr muchos libros de historia. Muy recomendable, aunque me temo que no es probable que sea traducido al castellano (o al catalán) ni publicado en España.

15 nov. 2011

La milonga de una vida



La revista HermanoCerdo publica esta semana la crónica de un concierto que tuvo lugar en Canberra hace ya unas cuantas semanas. Un evento entrañable por muchos motivos, pero sobre todo porque supuso el descubrimiento de la voz de Faye Bendrups. Que nuestros amigos tenían talento lo intuíamos, pues nunca los habíamos visto actuar. Pero qué gran sorpresa es ver ese enorme talento en vivo...






Esta es la introducción a la crónica:


Supongamos que esta crónica comenzase hace tres años. Estoy en mi nueva oficina cuando suena el teléfono y una mujer, cuya voz no reconozco, me ruega que acceda a hablar con ella dentro de un par de horas. Me explica que alguien le ha dado mi nombre porque otro alguien (cobarde, anónimamente) ha acusado a su marido, un profesor argentino en la universidad, de falsear sus cualificaciones. Mi nombre salió a colación durante una charla porque otro alguien (digamos que este alguien es alguien “de peso”) también se ensañó conmigo, le han dicho. Naturalmente, le digo que sí, que venga. Que hablaremos.
Nunca imaginé que esa voz cantase como lo hace.



Tangomundo interpretan Roto (Canberra, 28 de octubre de 2011)

Puedes terminar de leer esta crónica en la revista HermanoCerdo, haciendo clic aquí.

'Roto', del libro Lalomanu (2010)

14 nov. 2011

Reseña: El tiempo mientras tanto, de Carmen Amoraga


Carmen Amoraga. El tiempo mientras tanto (Barcelona: Planeta, 2010). 294 páginas.


En alguna parte había leído que la novela finalista del premio Planeta suele ser mejor que la ganadora. Dado que no he leído la novela ganadora del 2010 de Eduardo Mendoza, no voy a emitir ningún juicio de ese calibre. Pero como lector más o menos exigente, lo que sí puedo es emitir un juicio (acertado o no, eso lo dejo al lector de esta reseña) sobre El tiempo mientras tanto, tras haberla leído.
A pesar de que la novela tiene un título sugerente, me ha decepcionado. Es más: yo diría que éste es un libro triste por dos motivos. El primer motivo, el obvio, es el argumento. Se trata de una historia muy triste. Una chica valenciana, María José, sufre un accidente de tráfico (un coche que se salta la mediana se las lleva a ella y a su moto por delante) y entra en coma irreversible.
Durante los meses que la chica está en coma la narradora (una voz omnisciente) se adentra en las vidas y en las historias de las personas que la visitan o que conviven (es un decir) con María José en su habitación del hospital. Sus padres: Pilar y Paco, su amiga Marga, el exmarido de María José, Joaquín, la enfermera de noche, Cleopatra, y Goumba, otro internado en el hospital, un joven senegalés que ha quedado tetrapléjico tras un accidente.
Nada que objetar al desarrollo lineal de esta historia: Amoraga ofrece una competente narración del dolor y la desesperación de los padres ante esta tragedia. La narradora entra en las conciencias de los personajes y explora sus vacilaciones, sus debilidades, sus sentimientos de culpabilidad o de frustración, en la compleja red que tejemos en nuestra mente cuando enfrentamos interrogantes para los que nunca encontraremos respuesta.
La segunda razón por la que este libro resulta triste es que es la propia autora la que en cierto modo empobrece su obra. En lugar de abrir otras vías narrativas y explorar otras opciones más arriesgadas pero siempre más creativas por lo que respecta al punto de vista, la novela insiste en una voz omnisciente que por desgracia adopta el mismo registro callejero y prosaico de los personajes: no hay apenas distinción entre esa voz y la de los protagonistas. El diálogo brilla por su ausencia; de hecho, cuando sí lo hay la narración mejora.
El lenguaje es en general bastante pobre. La autora abusa de la repetición y de la anáfora. Cuando ésta (la anáfora) es superflua, como creo que acabo de demostrar, puede convertirse en un aspecto un tanto irritante para el lector.
Por último, y dado que la novela se desarrolla en mi ciudad natal, València, quizás me haya decepcionado un poquito que la ciudad no sea más que un escenario secundario si no terciario. Que el hospital sea el lugar central de la novela no debería ser óbice para que, cuando la trama nos lleva a otros puntos de la ciudad del Turia, cosa que ocurre con frecuencia, se intercalaran algunas descripciones o algunos detalles que le den mayor realce a los hechos que cuenta.
Si éste es el nivel literario que la editorial Planeta selecciona como finalista (y monetariamente hablando, no es un premio menor), quizás la novela española en lengua castellana esté atravesando un periodo de crisis tan grave como la crisis económica por la que atraviesa el país. No me cabe duda de que mi paisana Amoraga tiene excelentes dotes novelísticas; pero tampoco tengo ninguna duda de que El tiempo mientras tanto fue ideada para venderse, más como producto destinado a las líneas dominantes del mercado que como obra literaria.

11 nov. 2011

A book review in Transnational Literature

Praia das catedrais, photograph by Luis Miguel Bugallo Sánchez

My review of Australia and Galicia: Defeating the Tyranny of Distance / Australia e Galicia: vencendo a tiranía do afastamento appeared recently in Volume 4, 1 of Transnational Literature.


The first paragraph:
When asked by Susan Ballyn what Spanish word first comes to mind from the years he spent in New Norcia after being forcibly removed from his family in the early 1950s, Alf Taylor replies: Merda. It is very likely that Taylor would have heard it from a Catalan monk at New Norcia innumerable times, but the fact that his Spanish is immediately represented by the Catalan term for ‘shit’ makes for quite an amusing anecdote in the context of an interesting and meaningful interview.


Maralinga, SA. Photograph by Wayne England


You can read the rest of the review here.

8 nov. 2011

Carnation Nation

31/10/2011
I promised her I'd grow many flowers...

2/11/2011

bright-red blooms, buds bursting in sheer adoration...

4/11/2011
Spring rains carried blood in its showers...

6/11/2011


A thrilling world of red: Carnation Nation.

5 nov. 2011

Reseña: The Sense of an Ending, de Julian Barnes


Julian Barnes. The Sense of an Ending (Londres: Jonathan Cape, 2011). 150 págs.

El pasado es siempre un terreno a la vez resbaladizo y pedregoso, propenso al error y al olvido del sujeto. Uno de los pasajes más significativos en esta novela se puede leer como un guiño al lector/relector de ficción en el siglo XXI. El estudiante recién llegado, Adrian Finn, le espeta al profesor de Historia lo siguiente:

“Pero naturalmente, mi deseo de adscribir responsabilidad a alguien pudiera ser más una reflexión de mi propia mentalidad que un justo análisis de lo sucedido. Ese es uno de los problemas centrales de la historia, ¿no es verdad, señor? La cuestión de la interpretación subjetiva frente a la objetiva, el hecho de que nos hace falta conocer la historia misma del historiador para poder comprender la versión que se nos ha puesto delante.”

The Sense of an Ending investiga en lo esquiva que resulta la verdad como consecuencia de la subjetividad inherente en nuestra memoria. Barnes crea un narrador en primera persona, Tony Webster, que desde un principio advierte al lector que se sabe poco fidedigno. Uno de los recuerdos que menciona en el listado de recuerdos que conforma el primer párrafo ni siquiera es algo que él hubiera presenciado.

Que los seres humanos distorsionamos o adaptamos el pasado (o la historia) con el propósito de exculparnos es simplemente el reflejo (¿o la consecuencia lógica?) de nuestra desdichada condición mortal. Queremos que nos recuerden como a alguien querido, apreciado. Cedemos fácilmente a la tentación de (re)crear la historia de nuestras propias vidas a través de recuerdos y anécdotas, con tal de mitificarnos para la posteridad.

El narrador, Tony, ya jubilado, nos dice al comienzo de la novela que ha logrado un cierto estado de paz (consigo mismo, cabría añadir); tiene una nieta de su única hija, divorciado tras una década mantiene una cierta amistad con su exmujer; la tranquilidad, en fin, rige su vida, y al escribir esas páginas aspira a rememorar los días de su juventud.

Al colegio donde estudia llega un muchacho, Adrian Finn, a quien muy pronto Tony y sus dos amigos admirarán y buscarán como compañía. Adrian es bastante más inteligente que ellos, y consigue entrar en Cambridge. Tony estudia en una universidad menor, la de Bristol, donde conoce a Veronica. La relación con ella fracasa, y al cabo de unos meses recibe una carta de Adrian en la que éste le pide permiso para iniciar una relación con su exnovia. Tony se marcha a hacer las Américas, y a su regreso descubre que Adrian se ha suicidado.

La apacible y sosegada vida que Tony lleva en su jubilación se ve abocada a una seria crisis cuando recibe una carta de un abogado, por la cual descubre que la madre de Veronica le ha dejado una pequeña suma en su testamento y el diario de Adrian. En la segunda parte de la novela, Barnes crea unas buenas dosis de incertidumbre; lo que el lector quiere saber es por qué Tony reacciona como lo hace y, enfrentado a la nada halagadora realidad de lo que hizo, insiste en tratar de re-crear su pasado. El personaje, no hace falta explicarlo, sale malparado. No así la narración, que resulta ágil. Barnes se guarda en la manga hasta prácticamente la última página el naipe ganador, la baza definitiva.

Barnes toma el título de la novela de un libro fundamental de Frank Kermode, en el cual postulaba que lo que tradicionalmente llamamos historia no deja de ser una ficción, un intento de darle forma, de moldear el caos que es el tiempo.

Si en el párrafo citado anteriormente que Adrian le suelta a su viejo profesor Hunt sustituimos historia por narración, e historiador por narrador, vemos reflejada la tesis de Kermode. Somos muchos los que, de algún u otro modo, trataremos en su día de borrar o alterar las estupideces y las mentiras de nuestra juventud, de revestir esa (¿inevitable?) necedad juvenil de un barniz más aceptable para nuestra middle-age respectability, convirtiendo sucesos reales en simples anécdotas más o menos ajustadas a nuestro sentido del decoro. Dice Tony Webster que “puede que sea esta una de las diferencias entre la juventud y la vejez, cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros diferentes para nosotros mismos; cuando somos viejos, nos inventamos pasados diferentes para los demás”.


Solamente cabe desear que la novela que cada cual escriba en su momento posea al menos tanta vivacidad y sagaz sutileza como ésta de Barnes, la cual se hizo merecedora del Premio Booker de este año.

Las primeras páginas de The Sense of an Ending:


Recuerdo, pero no en un orden en particular:
-          la piel de la parte interior, lustrosa, de una muñeca;
       el vapor que se alza de un fregadero lleno de agua mientras, entre risas, alguien lanza una sartén caliente en su interior;
-     gotas de esperma girando alrededor de un círculo en el desagüe, antes de desembocar por él y recorrer entera una casa, cuan larga es;
-      un río que fluye absurdamente río arriba, y a la luz de media docena de linternas, la ola y la estela de sus aguas;
-       otro río, ancho y gris, la dirección de su corriente encubierta por un fuerte viento que excita su superficie;
-       una bañera llena de agua que hace ya tiempo se ha quedado fría tras una puerta cerrada con llave.
Esto último no es algo que yo realmente viera, mas lo que uno termina recordando no siempre es lo mismo que lo que uno ha presenciado.

  
Vivimos en el tiempo – el cual nos contiene y nos moldea – pero nunca tuve la impresión de entenderlo bien. Y no me refiero a las teorías de que se dobla y desdobla, o que pueda existir en alguna otra parte en versiones paralelas. No, me refiero al tiempo ordinario, al de todos los días, el que relojes de pared y de pulsera nos aseguran que pasa de forma regular: tictac, clic-clac. ¿Existe algo más plausible que un segundero? Y no obstante, se precisa solamente el más mínimo placer o dolor para enseñarnos lo maleable que es el tiempo. Algunas emociones lo aceleran, otras lo ralentizan; en ocasiones parece perderse – hasta que finalmente se pierde de verdad, para no volver jamás.

No me interesan mucho mis días de colegio, y tampoco siento nostalgia alguna por ellos. Pero fue en el colegio donde comenzó todo, de modo que tengo que volver brevemente a unos cuantos incidentes que se han convertido en anécdotas, regresando a unos recuerdos aproximados que el tiempo ha deformado hasta hacerlos certidumbres. Si ya no puedo estar seguro de los sucesos reales, al menos puedo ser fiel a las impresiones que esos hechos me dejaron. Es lo máximo que puedo hacer.



Éramos tres, y ahora él hacía el número cuatro. No esperábamos añadir a nadie a nuestro pequeño número: las camarillas y los emparejamientos ya habían tenido lugar mucho antes, y ya estábamos comenzando a imaginar nuestra escapada del colegio para ingresar a la vida. Se llamaba Adrian Finn, un chico alto y tímido que inicialmente no levantaba la vista ni decía lo que pensaba. Durante el primer par de días apenas le hicimos caso; en el colegio no había ninguna ceremonia de bienvenida, por no hablar de lo contrario, la iniciación punitiva. Simplemente registramos su presencia y esperamos.
Los maestros estaban más interesados en él que nosotros. Tenían que averiguar si era inteligente y cuál era su sentido de la disciplina, hacerse una idea de lo bien que le habían enseñado previamente, y si podría resultar tener ‘madera de académico’. La tercera mañana de aquel trimestre de otoño teníamos una clase de historia con el Viejo Joe Hunt, un hombre irónico y afable que siempre llevaba puesto un traje, un profesor cuyo sistema de control dependía de mantener a la clase suficiente, pero no excesivamente, aburrida.
“Bueno, ustedes recordarán que les pedí que leyeran con anterioridad la lección sobre el reinado de Enrique VIII.” Colin, Alex y yo nos miramos entornando los ojos, con la esperanza de que la pregunta no fuera lanzada, igual que la mosca de un pescador, para terminar depositada en nuestras cabezas. “¿Quién desea hacernos una semblanza de la época?” El profesor sacó sus propias conclusiones de cómo se apartaban nuestras miradas. “Bueno, pues Marshall, quizás. ¿Cómo describiría usted el reinado de Enrique VIII?”
Sentimos más alivio que curiosidad, porque Marshall era un indocto precavido al que le faltaba la inventiva de la verdadera ignorancia. Buscaba posibles complejidades ocultas en la pregunta antes de finalmente localizar una respuesta.
“Hubo algunos disturbios, señor.”
Un brote de sonrisitas apenas controladas; el propio Hunt casi sonreía.
“¿No le importaría entrar en detalles?”
Marshall asintió lentamente, se lo pensó un poco más y decidió que no era momento de ser precavido. “Yo diría que hubo muchos disturbios, señor”.
“Veamos, usted, Finn. ¿Está usted al día en este periodo?”
El chico nuevo estaba sentado una fila delante de mí, un poco a la izquierda. No había mostrado ninguna reacción obvia ante las idioteces de Marshall.
“La verdad es, señor, que me temo que no. Pero hay una corriente de pensamiento, según la cual todo lo que en verdad se puede decir de un acontecimiento histórico – incluso del estallido de la Primera Guerra Mundial, por ejemplo – es que ‘ocurrió algo’.”
“Una cierta corriente, claro. Pues eso me podría dejar a mí sin trabajo, ¿no?” Tras unas cuantas risas lisonjeras, el Viejo Joe Hunt nos perdonó la pereza de las vacaciones y nos puso al día sobre el regio carnicero polígamo.
Durante el siguiente recreo, busqué a Finn. "Yo soy Tony Webster." Me miró con recelo. "Qué bueno lo que le has dicho a Hunt". No parecía saber a qué me refería. "Lo de que 'ocurrió algo'."
"Ah, sí. Me ha decepcionado un poco que no siguiera con el tema."
Eso no era lo que suponía que tenía que decir.
Otro detalle que recuerdo: los tres, como un símbolo de nuestro vínculo, solíamos ponernos los relojes al revés, con la esfera sobre el interior de la muñeca. Era, naturalmente, afectación, aunque puede que fuera algo más. Hacía que el tiempo pareciera algo personal, incluso algo secreto. Esperábamos que Adrian observara el gesto, y que nos lo imitara, pero no lo hizo.


Aquel día, un poco más tarde – o quizás otro día – teníamos dos horas seguidas de la clase de literatura con Phil Dixon, un joven profesor que acababa de graduarse de Cambridge. Le gustaba usar textos contemporáneos, y nos lanzaba retos repentinos. “‘Nacer, copular y morir’ – de eso se trata todo, dice T.S. Eliot. ¿Algún comentario?” Una vez comparó a un héroe shakesperiano con Kirk Douglas en Espartaco. Y me acuerdo cómo, cuando estábamos hablando de la poesía de Ted Hughes, inclinaba un poco la cabeza a la manera de un catedrático y murmuraba, “Claro está que todos nos preguntamos qué pasará cuando agote todos los animales”. A veces se dirigía a nosotros como “Caballeros”. Naturalmente, lo adorábamos.


Aquella tarde nos entregó un poema sin título, sin fecha y sin el nombre de su autor, nos dio diez minutos para que estudiarlo, y entonces nos pidió nuestras respuestas.
“¿Qué le parece si empezamos con usted, Finn? En pocas palabras, ¿de qué diría usted que trata este poema?”
Adrian levantó la vista del pupitre. “De Eros y Tánatos, señor”.
“Mmm. Siga, siga.”
“El sexo y la muerte”, prosiguió Finn, como si no fueran únicamente los zoquetes de la última fila los que no habían comprendido su griego. “Del amor y la muerte, si usted lo prefiere. El principio erótico, en cualquier caso, entrando en conflicto con el principio de la muerte. Y lo que se desprende de dicho conflicto. Señor.”
Probablemente yo tenía pinta de estar más impresionado de lo que Dixon consideraba saludable.
“Webster, ilumínenos usted un poco más”.
“Yo solo pensé que se trataba de un poema sobre una lechuza, señor”.
Esa era una de las diferencias entre nosotros tres y nuestro nuevo amigo. Nosotros, básicamente, solamente queríamos tomar el pelo, excepto cuando nos poníamos serios. Él era básicamente serio, excepto cuando estaba tomando el pelo. Nos costó cierto tiempo darnos cuenta de eso.


Adrian se dejó absorber por nuestra pandilla, sin reconocer que fuera algo que él buscaba. Quizá no fuera así. Tampoco cambiaba sus opiniones para que coincidieran con las nuestras. En los rezos matinales se le podía oír, uniendo su voz a las respuestas, mientras Alex y yo simplemente fingíamos decir las palabras, y Colin prefería la táctica satírica del bramido entusiasta de un pseudo-fanático. Los tres considerábamos que las clases de gimnasia no eran más que un plan cripto-fascista para reprimir nuestro deseo sexual; Adrian se apuntó al club de esgrima y practicaba el salto de altura. Nosotros teníamos mal oído musical hasta el punto de la beligerancia, mientras que Adrian se traía el clarinete al colegio. Cada vez que Colin denunciaba a su familia, o yo me mofaba del sistema político, o Alex le ponía objeciones filosóficas a la naturaleza percibida de la realidad, Adrian guardaba silencio – al menos al principio. Daba la impresión de que creía en cosas. Nosotros también – era simplemente que nosotros queríamos creer en nuestras propias cosas, en vez de en lo que se había decidido que debíamos creer. De ahí lo que nosotros pensábamos que era un escepticismo purificador.


El colegio estaba en el centro de Londres, y cada día viajábamos hasta allí desde nuestros barrios respectivos, pasando de un sistema de control a otro. Por aquel entonces, las cosas eran más sencillas: menos dinero, nada de aparatos electrónicos, muy poca tiranía de la moda, nada de novias. No había nada que pudiera distraernos de nuestra obligación humana y filial, la cual consistía en estudiar, aprobar los exámenes, utilizar los títulos para encontrar un trabajo y luego ensamblar un modo de vida que no fuera más amenazadoramente completo que el de nuestros padres, que daban su aprobación mientra en privado la comparaban con sus propias vidas anteriores, las cuales habían sido más sencillas, y por tanto, superiores. Por supuesto que no se declaraba nada de eso: permanecía siempre implícito el refinado darwinismo social de las clases medias inglesas.“Qué cabrones son, los padres,” se quejó Colin un lunes a la hora del almuerzo. “Te crees que son buenos cuando eres pequeño, y luego te das cuenta de que son como…”
“¿Como Enrique VIII, Col?” sugirió Adrian. Estábamos empezando a acostumbrarnos a su sentido de la ironía; también al hecho de que podía igualmente volverse en contra de nosotros. Cuando se burlaba o quería que nos tomáramos algo en serio, a mí me llamaba Anthony, a Alex, Alexander, y a Colin, cuyo nombre no podía alargar más, lo abreviaba a Col.
“Pues no me importaría si mi padre tuviera media docena de esposas.”
“Y si fuera inmensamente rico.”
“Y si lo retratara Holbein.”
“Y si mandara al Papa a freír espárragos.”
“¿Hay alguna razón en particular por la que son unos cabrones?”, le preguntó Alex a Colin.
“Yo quería que fuéramos a la feria. Ellos me dijeron que tenían que pasarse el fin de semana arreglando el jardín.”
Un verdadero hatajo de cabrones.


Esta reseña apareció el 4 de noviembre de 2011 en la revista HermanoCerdo, a excepción del breve extracto traducido del inglés.

2 nov. 2011

Poema: El teu arbret



El teu arbret

Un dia cap a la fi de l'hivern, filla,
vas plantar el teu arbret.
Aquell fred matí vam anar
amb un kurrajong dins d'un test,
una pala menuda i una aixada.
Vam escollir un lloc prop de casa,
on podries vigilar-lo cada matí
de camí a l’escola.
Les teues rialles van fer el forat a la terra,
i regiràrem el sòl, envoltant
l’arbret amb les pedres
que tu i els teus germans
trobàreu per tot arreu.
Et vaig dir llavors que plantar
un arbre és una de tres coses
que cal fer en aquesta vida.
Als sis anys i set mesos, ja tenies
una d'elles
ben complida.


Dues setmanes després,
un home del govern,
un jardiner ho va serrar amb el seu tallagespa.
Ell no ho va veure,
no sabia el que feia.
(Va ser una premonició? Un avís que no vaig entendre?)
Com l'arbre, també la teua vida la tallà
en sec la Terra,
en despertar un colós d'aigua,
brutal i assassí.
Mai tindràs, Clea, els anys per poder escriure
el teu llibre,
ni em donaràs un nét
a qui un dia puga fer-li cosconelles
o dir-li facècies.

Ara, molts mesos després d'aquell dia,
de tants i tants dies
sense la teua alegria, enyorant
el teu riure
d'estudiant riallera,
he tornat a aquest paratge:
potser haja sentit la teua veu,
les teues rialles
mentre acariciava les fulles del plançó,
encara amb vida.

(c) Jorge Salavert, 2011

Posts més visitats/Lo más visto en los últimos 30 días/Most-visited posts in last 30 days

¿Quién escribe? Who writes? Qui escriu?

Mi foto
Ngunnawal land, Australia