14 nov. 2011

Reseña: El tiempo mientras tanto, de Carmen Amoraga


Carmen Amoraga. El tiempo mientras tanto (Barcelona: Planeta, 2010). 294 páginas.


En alguna parte había leído que la novela finalista del premio Planeta suele ser mejor que la ganadora. Dado que no he leído la novela ganadora del 2010 de Eduardo Mendoza, no voy a emitir ningún juicio de ese calibre. Pero como lector más o menos exigente, lo que sí puedo es emitir un juicio (acertado o no, eso lo dejo al lector de esta reseña) sobre El tiempo mientras tanto, tras haberla leído.
A pesar de que la novela tiene un título sugerente, me ha decepcionado. Es más: yo diría que éste es un libro triste por dos motivos. El primer motivo, el obvio, es el argumento. Se trata de una historia muy triste. Una chica valenciana, María José, sufre un accidente de tráfico (un coche que se salta la mediana se las lleva a ella y a su moto por delante) y entra en coma irreversible.
Durante los meses que la chica está en coma la narradora (una voz omnisciente) se adentra en las vidas y en las historias de las personas que la visitan o que conviven (es un decir) con María José en su habitación del hospital. Sus padres: Pilar y Paco, su amiga Marga, el exmarido de María José, Joaquín, la enfermera de noche, Cleopatra, y Goumba, otro internado en el hospital, un joven senegalés que ha quedado tetrapléjico tras un accidente.
Nada que objetar al desarrollo lineal de esta historia: Amoraga ofrece una competente narración del dolor y la desesperación de los padres ante esta tragedia. La narradora entra en las conciencias de los personajes y explora sus vacilaciones, sus debilidades, sus sentimientos de culpabilidad o de frustración, en la compleja red que tejemos en nuestra mente cuando enfrentamos interrogantes para los que nunca encontraremos respuesta.
La segunda razón por la que este libro resulta triste es que es la propia autora la que en cierto modo empobrece su obra. En lugar de abrir otras vías narrativas y explorar otras opciones más arriesgadas pero siempre más creativas por lo que respecta al punto de vista, la novela insiste en una voz omnisciente que por desgracia adopta el mismo registro callejero y prosaico de los personajes: no hay apenas distinción entre esa voz y la de los protagonistas. El diálogo brilla por su ausencia; de hecho, cuando sí lo hay la narración mejora.
El lenguaje es en general bastante pobre. La autora abusa de la repetición y de la anáfora. Cuando ésta (la anáfora) es superflua, como creo que acabo de demostrar, puede convertirse en un aspecto un tanto irritante para el lector.
Por último, y dado que la novela se desarrolla en mi ciudad natal, València, quizás me haya decepcionado un poquito que la ciudad no sea más que un escenario secundario si no terciario. Que el hospital sea el lugar central de la novela no debería ser óbice para que, cuando la trama nos lleva a otros puntos de la ciudad del Turia, cosa que ocurre con frecuencia, se intercalaran algunas descripciones o algunos detalles que le den mayor realce a los hechos que cuenta.
Si éste es el nivel literario que la editorial Planeta selecciona como finalista (y monetariamente hablando, no es un premio menor), quizás la novela española en lengua castellana esté atravesando un periodo de crisis tan grave como la crisis económica por la que atraviesa el país. No me cabe duda de que mi paisana Amoraga tiene excelentes dotes novelísticas; pero tampoco tengo ninguna duda de que El tiempo mientras tanto fue ideada para venderse, más como producto destinado a las líneas dominantes del mercado que como obra literaria.

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