29 feb. 2012

Un chiste de psiquiatras (no es broma)

Bertram Mackennal, El dolor


Según parece, la Asociación de Psiquiatras Americanos (APA) ha propuesto (véase aquí, en inglés) que toda persona que no concluya su periodo de duelo y luto a las dos semanas de la muerte del ser querido se expone a ser considerada una persona que sufre de una 'enfermedad mental' y que por lo tanto necesita un 'diagnóstico'.
Cito del artículo anterior: "los sentimientos de tristeza profunda y de pérdida, el insomnio, el llorar, la incapacidad para concentrarse, el cansancio y la falta de apetito, que se prolonguen más de dos semanas después de la muerte de la persona amada podrían ser diagnosticados como depresión [el énfasis es mío] en lugar de como una reacción normal de duelo".
No sé, a mí de pronto me han entrado ganas de decirles a esos psiquiatras que vengan a verme, a 'diagnosticarme'. Yo podría contarles alguna que otra anécdota sobre el duelo, sobre el silencio de los muertos y el otro, el silencio de los vivos. En fin, la verdad es que podría hablarles de tantísimas cosas (siempre que no me cobren sus altísimos honorarios, a cada tanto por hora) que dudo mucho que se atrevieran a diagnosticar mi estado de ánimo como 'depresivo'. No creo que alguien que se ofrezca a hablar – como lo hago yo desde esta tribuna (perdón por la frase tan manida) - pueda ser identificado como alguien que sufre una depresión. La cuestión es tener a alguien dispuesto a escucharte (sin cobrarte, claro). ¿O acaso nos encaminamos hacia una sociedad en la que vamos a cobrar por mostrar 'nuestro lado humano'?
¿En qué planeta viven esos psiquiatras? No en el mismo que yo, desde luego.

28 feb. 2012

Un cuento de Chuah Guat Eng


Esta semana se publica en Hermano Cerdo un cuento de la autora malasia Chuah Guat Eng, titulado 'El día en que murió Andy Warhol'. Se trata de la simpática historia de la tía Bongsu, contada por su sobrina. Es un cuento que indaga en las percepciones que tenemos de las reacciones de los demás, y cómo las interpretamos de una u otra manera a nuestra conveniencia. Viniendo de una cultura tan diferente de la occidental como es la malasia, Chuah Guat Eng sabe transmitir algo que resulta ser universal. A mí me pareció un gran cuento, y fue por eso que recabé el permiso para traducirlo y publicarlo en la revista de los campeones.

Guat ha publicado dos novelas hasta la fecha, una de las cuales, Echoes of Silence, reseñé en octubre de 2010 aquí.

El cuento comienza así:
Mientras viva, nunca olvidaré el día en que murió Andy Warhol. Porque justo al día siguiente la tía Bongsu se hizo vieja. Así, de la noche a la mañana.

El día comenzó como otro cualquiera. Papá estaba en el piso de arriba, vistiéndose. La tía Bongsu, mi hermanita Anak y yo estábamos desayunando. Yo estaba hojeando el periódico.

"Vaya, se ha muerto Andy Warhol. Ocurrió ayer," dije yo.

"¿Quién es Andy Warhol?", preguntó Anak. Por entonces tenía once años. Yo tenía catorce. Una chica lista. Anak, quiero decir. Ya entonces estaba claro que estaba destinada a hacer ciencias. Pero era un poco ignorante sobre arte y culturas, ¿sabes? Lo típico.
Puedes leer el cuento completo aquí. Como siempre, espero que te guste.

27 feb. 2012

Reseña: The Happiest Refugee, de Anh Do


Anh Do, The Happiest Refugee (Crows Nest: Allen & Unwin, 2010). 232 páginas.



La autobiografía no es un género que se haya prodigado mucho entre mis lecturas en los últimos años, y pienso que la razón estriba en que las vidas de los demás raramente me atraen tanto que quiera descubrir más sobre ellos. Sin embargo, hace poco dos personas distintas y en contextos muy diferentes me mencionaron y recomendaron este libro, The Happiest Refugee, del australiano nacido en Vietnam Anh Do, y por esa razón decidí hacer una inmersión en el género de las memorias.

Anh Do es muy conocido en Australia por sus frecuentes apariciones en TV, donde ha hecho de casi todo. Confieso no obstante que apenas lo he visto en acción en TV, puesto que suele trabajar en los canales comerciales, a los que casi nunca me asomo, y en todo caso no creo que fuera justo valorar este libro en virtud de su perfil público como comediante o presentador en TV.

Lo interesante de este libro es sin duda el origen de la familia Do en Australia. Cuando hizo el viaje en un cochambroso barco pesquero con sus padres y hermano pequeño Khoa, Anh Do era muy pequeño. La narración de la atroz travesía desde el delta del Mekong hasta que son rescatados y finalmente trasladados a un campo de refugiados constituye un relato sobrecogedor y electrizante por lo genuino que es, aunque esté basado fundamentalmente en el testimonio de sus padres y otros familiares que los acompañaban.

De la enorme multitud de refugiados que salieron de Vietnam tras el final de la guerra, muchos terminaron acogidos en Australia. En muchos de los pueblos australianos del interior no es raro que el consabido restaurante chino que existe ya en más de medio mundo lo regente una familia vietnamita. En un caso del que me llegaron ecos muy tardíos, las habladurías, maliciosas e infundadas, apuntaban a la ‘misteriosa’ desaparición de perros y gatos callejeros cuando los ‘asiáticos’ abrieron el restaurante.

La narración de esa horrenda travesía en barco en busca de una vida mejor huyendo del régimen comunista de la posguerra no tendría nada de singular. Como la que narra Anh Do hubo muchas. Un relato ficcional – naturalmente, basado en testimonios de personas reales – lo hizo ya en su momento otro autor australiano de origen vietnamita, Nam Le, en la colección de cuentos titulada The Boat, y que ya reseñé hace casi dos años (aquí). The Boat ya ha sido traducida al castellano, por cierto, pero parece haber pasado desapercibido para los lectores en lengua castellana.

Los cerca de cuarenta adultos y niños que se apiñaban como podían en el reducido espacio del pesquero podrían muy fácilmente haber perecido en su travesía. Como suele acontecer en la vida de cualquier persona, es la casualidad (el azar, o si alguien prefiere llamarlo así, el destino) la que rige los acontecimientos y nos cambia la vida para bien o para mal. En el caso de Do, el azar quiso que, en el transcurso de los dos ataques por parte de piratas que sufrieron en su singladura por el océano Índico no fueran asesinados ni los echaran por la borda, ni que por causa de la tempestad que les sorprendió no se hundiera el barco, ni que murieran deshidratados o de inanición cuando las reservas de agua y de víveres se les habían prácticamente agotado. Los rescató un buque alemán in extremis.

Tras su posterior llegada a Australia, la historia de la familia Do es la de muchísimas otras familias de emigrantes – un relato de enormes (pero no siempre insalvables) dificultades, de mucho esfuerzo, de privaciones, de afán de mejora, de tentativas que triunfan y de inversiones que fracasan, de desencantos y de alegrías. En el caso de Do, cuando su padre abandona la casa familiar y desaparece de sus vidas (Anh tiene un hermano y una hermana, ambos más jóvenes que él), la curva del grado de estrechez se acercó peligrosamente a la desgracia.

Conforme avanza en el tiempo y se acerca al presente, el libro se va transformando no obstante en una colección algo deslavazada de anécdotas, que nos cuentan cómo tomó la decisión de no hacerse abogado y convertirse en comediante, decisión que le llevó a triunfar en el mundo del espectáculo, y cómo consiguió convencer a la chica de quien siempre estuvo enamorado de que se casase con él. Esta es en mi opinión la parte menos interesante: pasa de puntillas por cuestiones que pueden ser de mucho más interés para el lector. Vuelve a establecer el contacto con su padre, pero de las largas conversaciones que mantuvieron muchas noches a lo largo de los años apenas se nos ofrece un resumen.

Do quiere centrar más la atención del lector en la “felicidad” que tiene, y que conste que tiene todo el derecho a hacerlo: dados los terribles inicios de su vida, el que haya llegado adonde ha llegado en Australia no puede ser solamente fruto del azar o la casualidad, tiene que haber mucho mérito por su parte.

Lo que se echa en falta (y pienso que con toda probabilidad habría enriquecido el libro un 200%) son algunas reflexiones sobre la vida en la Australia actual o sobre la situación – similar a la que provocó la huida de los Do de Vietnam – de los miles de refugiados (afganos en su mayoría, pero también iraquíes e iraníes) en los campos de detención gestionados por empresas privadas que ganan las subcontratas del gobierno. Son personas y niños a quienes los gobiernos australianos de ambos signos (conservador y laborista) han estigmatizado con la anuencia de los principales medios de comunicación (en vez de comunicación, ‘mindless entertainment’ es una descripción mucho más rigurosa). No puedo creer que Anh Do no haya siquiera considerado la situación – seguro que lo ha hecho. ¿Por qué no hacer que pase a formar parte de su relato?

Adoptando la perspectiva del momento actual de su vida, Do desborda un optimismo que, personalmente, me resulta casi insufrible. No oculta que es un devoto cristiano, pero tampoco hace aspavientos de su fe – cosa que se agradece – ni achaca a un supuesto ser superior la fortuna de seguir vivo, haber triunfado en la vida a los 33 años o haber hallado “la felicidad” (sea eso lo que sea). Puede que la suya sea una historia notable, pero a mí no me cautivó.

Reseña en The AALITRA Review


Para el que tenga interés, o sencillamente curiosidad, por los temas de la traducción en general, y de la metáfora de la traducción y la traducción de la metáfora en particular, mi reseña del volumen Thinking Through Translation with Metaphors, editado por James St André, acaba de aparecer en el número 4 de The AALITRA Review.

En el mismo número aparecen un trabajo de traducción comentada de Zdravka Gugleta, un artículo de Constance Borde y Sheila Malovany-Chevalier, otro artículo titulado 'Translating Just For Fun' de Kieran Tapsell y una entrevista a Nicky Harman en torno a la traducción de literatura china contemporánea, realizada por Li Hao.

La reseña es en inglés y puedes descargar el PDF aquí.

25 feb. 2012

Versos virales/Viral verses - Un cuento/A short story



Este es un cuento que advierte sobre el peligro de escribir poesía. No es pues una historia cualquiera, si bien podría decirse que reúne todas las características para ser una historia cualquiera. De entrada, digamos que cuenta con un personaje central, el protagonista, al que llamaremos Pen.
Pen está atravesando una especie de crisis que algunos llamarían existencial. El caso es que a Pen le ha dado por hacerse preguntas; su trending actual es la introspección, pero con los ciento cuarenta caracteres que acepta Twitter no tiene ni para empezar. Se pregunta Pen en determinadas ocasiones qué sería de él si no se hiciera nunca esas preguntas, pues sabe con certeza que sí existen personas que pueden pasar por este mundo y vivir toda una vida sin examinarse a sí mismas.
Pen se ha ido acostumbrando a experimentar la sensación, cada vez más fuerte, cada vez más evidente, de que para muchas personas el ser que él fue ya no existe, como si de verdad un poquito de su ser hubiera muerto – cosa que bien pudiera ser cierta, pero eso es algo que no vamos a considerar detalladamente. Decimos muerto, pero no muerto física o vitalmente, no, pues Pen sigue respirando, comiendo, bebiendo, defecando y orinando, incluso de vez en cuando, copulando, como todo hijo de vecino. Pese a todo lo anterior, Pen suele acudir todas las mañanas a la oficina a trabajar, o a fingir que realmente trabaja, o las más de las veces, simplemente a escribir.
En realidad, son determinados lances de la vida diaria los que le refuerzan a Pen esa sensación de haber muerto un poco; la sensación varía según los días, pero por lo general ha alcanzado las máximas cotas de perceptibilidad en momentos específicos, a saber: cuando sus congéneres callan palabras que posiblemente debieran estar dirigiéndole o escribiéndole. La sensación puede sentirla en su interior (es decir, que Pen llega a sentirse como muerto) o puede sentirla como algo externo y ajeno a su ser: como muerto en la conciencia de otros.
Dejemos claro en este punto que se trata de una impresión, y que por lo tanto es una respuesta subjetiva a su experiencia del mundo que le rodea.
Pen se ha estado haciendo importantes preguntas sobre su identidad, su personalidad, sobre cómo le perciben, cómo es visto (o, por el contrario, no visto). Mientras mira por la ventana de su oficina – el lector debiera pues imaginárselo, hacerse ese dibujo mental que tanto nos recuerda a la fotografía – Pen reflexiona y medita quién es él en momentos perdidos en cualquiera de las muchas semanas que tiene un año.
Añadamos aquí una anécdota: con cada vez mayor frecuencia sus propios hijos se dirigen a él como a través de un intérprete, evitando el esfuerzo de hablarle en la lengua que ha tratado de enseñarles desde que nacieron. Como si Pen no estuviera físicamente presente, esto es, como si Pen fuera invisible o estuviera ausente, o en el peor de los casos, muerto. Y cuando Pen protesta (algo dolido pero especialmente frustrado) y se queja, no sin cierta ironía, de esa aparente invisibilidad o inexistencia suya, los pequeños se ríen. Eso sí, lo hacen sin malicia.
Es muy probable que, al fin y al cabo, los pequeñuelos vean este asunto como un juego, quizás otro de los muchos juegos lingüísticos que Pen siempre ha practicado con ellos, con la vana esperanza de instruirles o educarles en algo que, según todos los indicadores, índices y tablas habidas y por haber, no sirve prácticamente para nada en esta década del siglo XXI que ahora transcurre indolente y decaído mientras Pen mira por la ventana, y que bien pudiera ser de muchísima menos utilidad (por no decir una verdadera mácula en el currículo profesional de cualquier persona) en veinte o treinta años.
Es en el ámbito extrafamiliar donde esa intensa sensación de inexistencia ha venido cobrando dimensiones que quizá debiéramos calificar de francamente intolerables. Resulta que muchas de sus correspondencias (en su mayoría por medios electrónicos), surgidas a partir de contactos que en su momento le resultaron indudablemente interesantes, en ámbitos o entornos (llamémoslos así) no solamente profesionales sino manifiestamente humanos, se rompieron de forma abrupta, se interrumpieron sin él comerlo ni beberlo. Y lo hicieron desde el mismo momento en que Pen decidió (de manera bastante humana, podría argumentar un observador externo e imparcial) hacer partícipes a través de sus poesías a sus interlocutores y/o corresponsales del hecho de que, en el más recóndito interior de su ser (lo que algunos llamarían alma) vivía día a día con un insoportable dolor.
En efecto, el lector debe tomar buena nota de que fue el dolor lo que llevó a Pen (a su vez ávido lector) a escribir poesía. Esa necesidad simplemente sucedió (por circunstancias que, a las alturas en que nos encontramos de la estructura interna de este cuento, no vienen al caso), y terminó por transformarse en (auto)exigencia de escribir versos, poesías. ¿Le estaba dominando la voluntad algo ajeno y desconocido?
Lo hizo – lo de escribir poemas – y tras varias semanas de denodados esfuerzos, tras varios meses de revisar, corregir, enmendar y pulir versos, rimas e imágenes, metáforas e incluso hipálages, quedó ciertamente satisfecho del resultado.
Sus versos tenían ritmo y una rima impecable, y realmente – se dijo entonces Pen – desbordaban emoción, rebosaban ternura, manaban llanto desde el primero hasta el último verso. ¿Qué más se le puede pedir a unos poemas?
Pen había estado asistiendo a diversas conferencias y simposios en los que, haciendo gala de un candor invulnerable al desaliento, se empeñó en diseminar sus versos. Quiso compartir la dolorosa magia de sus poemas con todos, conocidos y desconocidos. Extenderse, o quizás hacerse ver un poquitito, o simplemente estar presente en la foto, pero sin llegar nunca a reclamar una posición predominante que no deseaba ocupar en ningún caso.
Un día sucedió lo imprevisible. Fue durante una visita rutinaria al médico de cabecera que la realidad se abrió ante sus ojos, de pronto, como una de esas puertas automáticas en los grandes centros comerciales.
El doctor le había estado haciendo las preguntas habituales sobre sus costumbres sociales, y Pen – ingenuamente, todo hay que decirlo – las respondía sin meditar mucho las respuestas. Mencionó de pasada que había escrito unos poemas, y que tenía la impresión de que a poca gente le gustaban.
‘Pero ¿qué ha escrito usted en sus poemas, buen hombre?’ La pregunta del doctor le sorprendió. Por pura coincidencia, Pen llevaba una copia en su maletín y se la entregó al médico, quien, antes de tomarlos en sus manos adoptó la precaución de ponerse sus guantes de látex; solo entonces los observó detenidamente, y finalmente alzó los ojos por encima de las lentes de sus gafas para estudiar al paciente.
No le hizo falta decir mucho más que la palabra ‘virus’. Pen cayó de inmediato en la cuenta de que había vertido tanta existencia propia interior, de que había puesto un porcentaje tan alto de su identidad y de su ser en esos poemas que, sin que fuera esa su intención, los había convertido en algo de mucho riesgo para la salud de los demás. El doctor le hizo ver mediante unos diagramas y unas cuantas expresiones especializadas que los versos de Pen, pese a ser sublimes y bellos, podían inocular el peligroso virus causante de la altamente indeseable introspección. Obviamente enojado por la situación de riesgo a la que Pen le había expuesto con sus poemas, el facultativo le instó a salir de inmediato de la consulta y a limitarse a leer sus poemas ‘en la más estricta intimidad’.
Nunca antes se le había pasado por la cabeza que la poesía pudiera ser un vehículo de contagio.
Fue así como se puso punto final a un periodo increíblemente extraño, que como ya hemos dicho parece haberse caracterizado por una suerte de inexistencia, de invisibilidad, de ausencia, o en el peor de los casos, de muerte, dependiendo de quienes sean los que se sientan la amenaza o perciban el riesgo de tan pavoroso contagio.
Y no obstante, a Pen le sorprendió averiguar que personas con las que hablaba todas las semanas – individuos ya contagiados sin duda, o quizá inmunes al terrible virus del que sus versos eran portadores – le aseguraban que eran muchos los que inquirían sobre su estado de salud, y le hacían preguntas sobre él, sobre cómo le iban las cosas. Escuchar esas palabras reforzaba la sensación de, si no haberse muerto, al menos estar como desvanecido del mundo.
En cierto modo, P debe estarle agradecido a su médico de cabecera, quien le conminó a poner sus versos a buen recaudo, lejos de las conciencias de amigos, conocidos y extraños con quienes pudiese en el futuro departir. La noticia, claro está, podría haber llegado fácilmente a las manos de periodistas sin escrúpulos de todo el planeta, y todo ello hubiera sido mucho, mucho peor para P.
Incluso a miles y miles de kilómetros de distancia debe haber quienes todavía teman el contagio, y es muy probable que de forma sutil hayan decidido que de momento deben seguir ‘invisibilizándolo’, o borrar su misma existencia de su confortable cotidianeidad, o en todo caso quizá mediatizarla, supeditándola a una cómoda aunque desde luego ya manida distancia de interposición.
Y así, P sigue preguntándose, mientras mira por la ventana y finge estar trabajando, quién es, o más bien en qué se ha convertido. Y cuando el sol, poco antes del mediodía, brilla en el reluciente capó del 4x4 que alguien a quien no conoce aparca en el exterior de la oficina e irradia con sus destellos sobre la sombría mirada de P, surgen de sus labios inescrutables rimas contagiosas, temibles cadencias cohibidas, virulentos versos heridos, líricas preguntas sin respuesta.

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This story is a warning about the perils of writing poetry. It is not just any story, although it might well be said that it has all the characteristics to be just any story. To start with, let us say that it has a main character, the protagonist, who we shall call Pen.
Pen is having a crisis, of the kind some people would call existential. The thing is, Pen has taken to asking questions of himself; his current trending is introspection, but the one hundred and forty characters Twitter accepts are nowhere near enough for him. Sometimes Pen wonders what would become of him if he would never ask such questions, for he positively knows there are persons who can live in this world and go through their whole lives without examining themselves a single time.
Pen has been getting accustomed to experiencing the increasingly stronger sensation, more and more evident, that for many people the self he used to be no longer exists, as if a little bit of his self were truly dead – which might well be true, but that is something we shall not consider in detail. We say dead, but not dead in the physical, vital sense, no, since Pen continues to breathe, eat, drink, defecate and urinate, even copulate every now and then, just like any Tom, Dick Harry. Despite all of the above, Pen keeps going to his office every morning to work, or to pretend he actually works, or most of the time, simply to write.
Certain events in his daily life actually reinforce in Pen the impression of being a little dead; the sensation varies from day to day, but generally speaking it has reached its highest marks of perceptibility in specific moments, namely: when his fellow human beings unsay words they should likely be addressing or writing to him. He may feel this sensation in his inner self (that is to say, Pen ends up feeling like dead) or he may feel it as something external and alien to his self: like dead to others’ conscience.
Let us stress at this point that this is an impression, and therefore it is Pen’s subjective response to his experience of the world around him.
Pen has been asking himself important questions about his own identity, his personality, about how he is perceived, how he is seen (or the opposite, unseen). While he looks out of the office window – the reader should now imagine him, make that mental picture that reminds us so much of photography – Pen reflects and ponders on who he is during lost moments of any of the many weeks a year has.
Let us add an anecdote here: his own children have been increasingly addressing him via an interpreter, avoiding the effort of speaking to him in the language he has been attempting to teach them from the moment they were born. As if Pen were not physically present, that is to say, as if Pen were invisible or absent, or in the worst-case scenario, dead. And when Pen remonstrates (a little hurt but mostly frustrated) and complains not without some irony, about his apparent invisibility or inexistence, the little ‘uns laugh. True, they do so without malice.
It is very likely that, when all is said and done, the little ‘uns see this matter as a game, perhaps just another one of the many language games Pen has always played on them, in the vain hope of instructing them or educating them in something that, according to all indicators, markers and graphs currently at our disposal and in times to come, is practically useless in this decade of the crestfallen 21st century that sluggishly goes by outside the window, something that might turn out to be even less useful (not to say a real blemish in anyone’s professional curriculum) within twenty to thirty years’ time.
It is outside his familial setting where his sensation of inexistence has been reaching dimensions we should perhaps call frankly intolerable. As it happens, many correspondences (mostly via electronic means) developing as a result of contacts that at the time were undoubtedly interesting, in settings or environments (let us put it this way) not only professional but also manifestly human, were abruptly broken, were interrupted for no apparent reason. And they were so from the very moment Pen decided (in a very human fashion, an impartial or external observer might have argued) he would through his poetry share with those very interlocutors/correspondents the fact that in the deepest recesses within his self (what some would call a soul) he was living, day after day, an unbearable sorrow.
Indeed: the reader should note that it was sorrow what prompted Pen (a very keen reader himself) to write poetry. This need simply happened (due to circumstances that, at this point in the internal structure of this narrative, do not matter), and ended up becoming a (self)-imposed demand to write lines, poems. Had his will been subjugated by something alien and unknown?
He did it – write poems, we mean – and after several weeks of tireless effort, after several months of revising, correcting, amending and polishing up lines, rhymes and imagery, metaphors and even hypallages, he was certainly satisfied with the results.
The poems had rhythm and faultless rhymes, and they truly – Pen told himself – overflowed with emotion, they were bursting with tenderness and oozing tears, from the first to the very last line. What else could you ask of poetry?
Pen had attended several conferences and symposia where, showing candour impregnable to dejection, he made sure his poetry would be disseminated. He wanted to share the painful magic of his poetry with everyone, those who he already knew and those unknown to him. To spread himself around, or perhaps to make himself be seen a little bit, or simply to be in the picture, though never claiming a leading position he did not wish to occupy in any case.
The unthinkable happened one day. It was during a routine visit to his GP that reality opened itself up suddenly before his very eyes, just like those automatic doors at the shopping malls.
The doctor had been asking him the usual questions about his social habits, and Pen – rather naively, it has to be said, too – was answering them without thinking over the answers. He did mention in passing that he had written a few poems, and that he got the impression people did not like them.
‘What have you written in those poems, you poor soul?’ The medico’s question took him by surprise. It was a coincidence that Pen had a copy in his briefcase, which he handed over to the doctor, who, before grasping it in his hands took precautions and put on a pair of latex gloves; only then did he glance at them studiously, and finally he raised his eyes above the glass rims in order to consider his patient.
He did not need to make mention of little else than the word ‘virus’. Pen immediately realised he had poured so much of his inner self, he had staked such a high percentage of his own identity and being into those poems that he had unintentionally turned them into a high-risk source to others’ health. The doctor made Pen understand by means of some graphs and some specialised jargon that his poems, despite their sublimeness and beauty, might inoculate the dangerous virus that brings about the highly undesirable introspection. Perceptibly annoyed by the hazardous situation Pen had exposed him to with his poems, the clinician urged him to leave the practice and to restrict himself to reading his poems ‘in the strictest privacy’.
It had never crossed his mind that poetry could be a vehicle for contagion.
This put an end to an incredibly strange period of time, which seems to have been characterised, as we already said, by some sort of inexistence, invisibility, absence or, in the worst-case scenario, death, depending on who it is that feels the threat or perceives the risk of such frightful contagion.
However, Pen was surprised to learn that people who he talked to on a weekly basis – individuals who, no doubt, had already been infected, or were perhaps immune to the appalling virus his poems were carriers of – assured him that many were the ones who enquired about his health and asked questions about him, about how he was faring. Hearing these things reinforced the sensation that, if not dead, he was at the very least vanished from their world.
Somehow Pen must be grateful to his GP, who ordered him to put his poems in a safe place, far from the consciences of friends, acquaintances and strangers with whom he might converse in the future. The news, this much is clear, could have reached unscrupulous reporters all over the world, and that all would have been far, far worse for Pen.
Even thousands and thousands of kilometres away there must be those who still fear contagion, and they are likely to have subtly resolved that for the time being they must continue to ‘invisibilise’ him, or delete his existence from their own everyday routine or in any case to hamper it by subordinating it to a comfortable albeit by now obviously hackneyed interposing distance.
And so, Pen keeps wondering, while he looks out of the window and pretends to be at work, who he is, or rather what he has become. And when the sun, just before noon, shines on the glittery bonnet of the four-wheel-drive someone he does not know keeps parking outside his office and flickers on Pen’s gloomy eyes, from his lips pop out contagious rhymes, frightening bashful cadences, virulent hurt lines, lyrical unanswerable questions.

20 feb. 2012

Reseña: L'últim patriarca, de Najat El Hachmi


Najat El Hachmi, L'últim patriarca (Barcelona: Planeta, 2008). 332 páginas.

Cada vez se prodiga más la narrativa de la emigración, pero pienso que no es menos cierto que el incremento de este tipo de historia está asociado al cada vez mayor número de personas que han emigrado, y esa experiencia, narrada en clave de autobiografía, o de biografía novelada o en clave de ficción no deja de resultar de mucho interés.

L’últim patriarca le valió a su autora el Premi Ramon Llull del año 2008, uno de los más prestigiosos en lengua catalana. Es desde luego una notable novela por varios aspectos que trataré de explicar.

El primero es el lenguaje mismo del que hace uso la autora, a través de la voz femenina de la narradora, la hija del patriarca Mimoun Driouch. Najat El Hachmi impregna la novela de una voz (y hay que remarcar la cualidad oral de la narración) que habla desde la tierra de nadie del que se sabe sumergido en dos culturas. Conforme va avanzando uno en la lectura de L’últim patriarca, se vuelve por momentos más intensa, más definida, la sensación de estar experimentándola como a través de un tamiz, como si se tratara de la lectura de una historia que le llega entregada al lector mediante una traducción, pero una traducción que resulta ser portentosa, perfecta, ideal.

El argumento es en sí mismo otro aspecto llamativo, y que no puede dejar indiferente al lector. Desde su nacimiento en una ciudad del Rif marroquí, Mimoun Driouch está llamado a ser el heredero y continuador de una tradición milenaria basada en el dominio pleno y la autoridad absoluta de los varones en el entorno familiar: el patriarcado. La narración que hace su hija roza en algunos momentos el sarcasmo: retrata a un niño consentido y caprichoso (“tothom tenia la certesa que aquell nen no era del tot normal i que per qualsevol motiu podia trencar-se en bocins o desfer-se en cendres”).

La primera vez que Mimoun, ya prometido a la mujer que algún día querrá domesticar y poseer, emigra a la Península Ibérica, consigue gracias a su tío trabajo en la construcción. Pero cuando, tras empezar a beneficiarse a la esposa del empresario, ésta lo despacha con cajas destempladas – Mimoun desoye las limitaciones sexuales que ella le impone – pierde el trabajo, quema la casa del empresario y termina expulsado del país.

De vuelta en Marruecos, Mimoun se casa. Nace su primogénito pero no lo celebra porque en realidad él quería una hija. Al poco tiempo consigue regresar a Cataluña. La vida de los emigrantes es muy dura, pero la actitud y el comportamiento del patriarca nos revelan que El Hachmi está contándonos otra historia. Cuando Mimoun traslada a toda su familia de Marruecos a España, la dinámica de las relaciones intrafamiliares queda totalmente al descubierto: al mando solo hay una persona, el patriarca. Él (la) pone y dispone como quiere y cuando quiere.

Este es otro de los aspectos más interesantes de L’últim patriarca. En el contexto de la sociedad catalana de la “ciutat capital de comarca”, Mimoun es el odioso prototipo del maltratador irascible, autoritario, e inhumano, al cual únicamente se irá enfrentando a lo largo de los años su hija adolescente, quien gracias a la inmersión en el sistema educativo empieza a ver las contradicciones entre lo que hacen y lo que dicen sus padres.

El relato (a veces espeluznante) del maltrato se enmarca pues en las fricciones inevitables que surgen de la traslación de un esquema social patriarcal, tradicional, establecido en el seno de una determinada cultura (la cual nunca lo ha cuestionado). Es la dificultad de adecuación o conciliación entre ambas culturas, el inevitable choque que se produce en un marco geopolítico y cultural foráneo, lo que no termina de explorar la autora. Y no pienso que fuera su intención declarada decantar la novela en esa dirección. En todo caso, lo lamentable en la vida real es que las víctimas de ese choque casi siempre son mujeres y pequeños.


La figura del patriarca, derrotado y lloroso al final, incapaz de hacer valer el terror como herramienta para “convencer” a su hija, es sin duda el protagonista de esta novela, mucho más que la joven narradora tan curiosamente enfrascada en el diccionario de lengua catalana. El Hachmi nos relata una versión del final de un modelo social basado en la explotación y la humillación de las mujeres, pero ese final solamente puede producirse en entornos geográficos diferentes del lugar y la sociedad basados en ese sistema tradicional. Pese a las revoluciones y primaveras árabes recientes, en esencia no se ha alterado para nada el orden establecido.

Un dato curioso para lectores ubicados en Australia: Najat El Hachmi dio una conferencia aquí en Canberra en 2010, titulada 'Writing from the Borderland'. El video de esa conferencia puede verse aquí.

18 feb. 2012

Un texto inédito de Coetzee, en Hermano Cerdo


Dr J.M. Coetzee FAHA. Fotografía: Mariusz Kubik.


Acaba de publicarse en Hermano Cerdo un artículo inédito en castellano del Premio Nobel John Coetzee, y que he tenido el gustazo de traducir. Se trata de una breve columna aparecida hace pocas semanas en la prensa australiana, y en ella Coetzee apela a la conciencia de los consumidores (es imposible no ser consumidor, pero sí es posible serlo con criterio) para que exijamos un trato digno para los animales, el mismo trato que exigimos para los humanos. El equipo editorial de Hermano Cerdo ha acertado plenamente al titularla ‘Las víctimas mudas’.

Puedes leer el artículo aquí.

También este fin de semana la revista publica un extracto titulado ‘La novela de la novela’ del libro de Steven Moore La novela: Una historia alternativa, en una excelente y cuidada traducción de José Luis Amores. El extracto puedes encontrarlo aquí.

16 feb. 2012

Paella



L’altre dia vaig fer paella. Feia gairebé tres anys que no en feia, de paella. La paella, com tothom sap, és el menjar valencià dels diumenges, però a Austràlia sovint el menjat fort del dia es fa a la vesprada, al sopar. Als meus bessons els va agradar molt; fins i tot, recordaven quan van menjar-n’hi a València el nadals de 2010. És clar, em van demanar que torne a fer, de paella. Encara que no li pose conill, ix bona.
Abans feia servir una paella més gran, d’eixes paelles on poden menjar fins a deu persones. Ara faig servir una paelleta més petita, de ferro, què va ser de la meua àvia, i què em vaig portar cap a Austràlia a l’any 1996. Ha plogut, veritat?
Abans necessitàvem la paella gran perquè ens agradava portar-nos paella per dinar al dia següent al treball. D’això ja fa molt de temps. Ara, amb la paelleta més xicoteta mengem prou els quatre. Abans menjàvem cinc, i a la cinquena (la filla major) li agradava menjar-ne, de paella.

Bon profit!

10 feb. 2012

Vergüenza - Shame


La Justicia (foto de Sicherlich)

Hoy es un día que me da vergüenza haber nacido en un país que se llama España. Me da vergüenza que los políticos españoles salgan al extranjero y se codeen con sus homólogos extranjeros, y que vayan diciendo que España es un estado democrático, donde impera el estado de derecho, donde se imparte justicia.

ES MENTIRA.

De manera categórica, tengo muy claro que no quiero que los dos hijos que me quedan crezcan en esa parte del mundo. Es nociva.

Today is a day when I feel ashamed that I was born in a country called Spain. I feel ashamed about Spanish politicians going abroad and rubbing shoulders with their foreign counterparts, and declaring that Spain is a democratic nation, where the rule of law prevails, where justice is done.

IT IS A LIE.

It is categorically clear to me that I do not want the two boys I have left to grow up in that part of the world. It is harmful.

9 feb. 2012

Midsummer nights, sueños, temps passats, records de l'avenir...

I just feel like writing in Catalan about this. Please bear with me. Just a whim...
M’ha arribat avui per correu aquesta còpia de l’última obra que l’Institut Shakespeare de València ha traduït al castellà. Es tracta, com ha estat el costum durant molts anys, d’una edició bilingüe. Sueño de una noche de verano la publica Cátedra, i l’Institut es manté en la línia de la concepció de la traducció què ha tingut des de sempre: és una traducció amb una base profundament filològica i que alhora tracta de ser un text que es puga representar amb tota mena de garanties damunt l’escenari. I com és també habitual, inclou succintes notes.
A més, la qualitat poètica del teatre de The Bard es veu magníficament reflectida amb versos composts amb molta cura i bon gust. Us deixe l’epíleg que tanca l’obra, a càrrec de Puck. Molt recomanable!



If we shadows have offended,

Think but this, and all is mended,

That you have but slumber'd here

While these visions did appear.

And this weak and idle theme,

No more yielding but a dream,

Gentles, do not reprehend:

if you pardon, we will mend:

And, as I am an honest Puck,

If we have unearned luck

Now to 'scape the serpent's tongue,

We will make amends ere long;

Else the Puck a liar call;

So, good night unto you all.

Give me your hands, if we be friends,

And Robin shall restore amends.
Si nosotros, sombras, os ofendimos,

Nos perdonaréis cuando me hayáis oído:

Pensad sólo que os habéis dormido;

Que todo, como una visión, ha sido.

Y que esta débil historia, perezosa

Sólo fue la representación de un sueño.

Por eso, señores, vuestro perdón imploramos;

A vuestra indulgencia, contritos, apelamos.

Y yo, puesto que soy un Puck y soy honesto

Aquí prometo que si por ventura y presto

No pudimos librarnos de la lengua de serpiente

Os pediremos disculpas de forma reverente.

Que no soy un Puck mentiroso

Por lo que os deseo buenas noches gustoso.

Ea, vuestras manos. Dadme una mano de amigo

Que de este modo Robin dice adiós arrepentido.

7 feb. 2012

Posibilidad de agua: Un cuento de Chris Womersley, en Hermano Cerdo

Brunswick Street, Fitzroy, Melbourne-Fotografía de Mat Connolley

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La revista de los campeones, Hermano Cerdo, publica esta semana un cuento del australiano Chris Womersley que he traducido al castellano y que se titula ‘Posibilidad de agua’. Womersley ha publicado varios cuentos y narraciones breves en muy variadas revistas. El año pasado publicó Bereft, que espero poder reseñar aquí en algunos meses. Bereft fue finalista del Premio Miles Franklin y recibió el Premio Indie 2011 a la Mejor Ficción.
En medio de una terrible ola de calor que abrasa Melbourne, los jóvenes protagonistas de ‘Posibilidad de agua’ entran en el recinto de una piscina municipal buscando algo de alivio. La imaginación puede hacernos disfrutar de situaciones imprevistas, incluso cuando lo que deseamos no parezca posible.
'Posibilidad de agua' comienza así:
“En realidad, ni siquiera sé dónde conocí a Eli. Era simplemente una de esas personas a las que veía en fiestas, conciertos y bares. Me gustaba, y me daba igual que fuese una yonqui; la mayoría de la gente que conocía en aquella época, o eran ya yonquis o estaban de camino, yo el primero. Además, siempre había sentido cierta debilidad por esa clase de mujer.
Ese verano yo andaba sobreviviendo con lo mínimo, más o menos al comienzo de una mala racha de perdedor que acabaría por durarme una década. Vivía detrás de una tienda, en Brunswick Street, y lavaba platos en un restaurante griego. Me acostaba tarde, bebía todo el tiempo y fumaba hierba siempre que podía. De noche me ponía en cuclillas en mi habitación, expuesta al viento, y me grababa jeroglíficos en los brazos con trozos de vidrio; eran mensajes para mí mismo, recordatorios de una cosa u otra – de mi propia estupidez de mierda, quizá. No eran mis peores tiempos; esos todavía estaban por llegar.”
Puedes seguir leyendo el cuento en Hermano Cerdo. Y si prefieres leer el texto original en inglés, puedes encontrarlo aquí. En todo caso, espero que te guste.

1 feb. 2012

Febrero-Franklin River: los orígenes del movimiento de Los Verdes en Australia

Franklin River desde el mirador de Donaghys Hill, en el Parque Nacional Franklin-Gordon Wild Rivers


Entre los hechos más significativos de la historia reciente de Tasmania, cabe destacar sin lugar a dudas la lucha por la protección de un área de altísimo valor ecológico. Me refiero al Parque Nacional Franklin-Gordon Wild Rivers, área protegida ahora, pero que en su día fue amenazada por un enorme proyecto hidroeléctrico.

En 1978, la Comisión Hidroelectrica de Tasmania anunció la construcción de una presa en el cauce del río Franklin. Ya en la década de los 60 y principios de los 70 la isla había visto la creación de tres grandes presas, que fueron recibidas con grandes protestas.

Como resultado del anuncio del proyecto del río Franklin, se consolidó de forma definitiva el que fue en sus inicios un pequeño movimiento de oposición. Tres organizaciones, Tasmanian Wilderness Society (liderada por el que es ahora veterano líder de Los Verdes, Bob Brown), Tasmanian Conservation Trust y Australian Conservation Foundation concertaron sus esfuerzos en una campaña para la concienciación de los ciudadanos de Tasmania.

El conflicto se prolongó durante mucho tiempo y atrajo la atención de la prensa internacional, y hasta se piensa que propició la caída del gobierno liberal de Malcolm Fraser en 1983. Se produjo un bloqueo por parte de los medioambientalistas, y el gobierno estatal de Tasmania respondió con dureza, y penas de cárcel para los que protestaban.

Cuando uno llega a esa zona del planeta y contempla el lugar, el argumento que entonces esgrimieron los políticos tasmanos, a saber, la creación de puestos de trabajo, queda ridiculizado por la majestuosidad, la formidable  belleza e inexpresable serenidad de un pedazo del planeta que atrae actualmente a muchos visitantes, tanto del resto de Australia como de todas partes del mundo.

Es tanto el atractivo de este lugar que la creación de puestos de trabajo derivados de su conservación no es nada desdeñable. Cualquiera que visite Tasmania podrá comprobarlo.

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