24 jun. 2012

Reseña: Five Bells, de Gail Jones


Gail Jones, Five Bells (North Sydney: Random House, 2011). 216 páginas.

¿Qué debe tener una novela para que el lector no solo la disfrute sino que además le quede una certidumbre de su valor literario tras haberla leído, o en otras palabras, que le convenza de que su lectura valía la pena leerla? Esta pregunta me ha rondado la cabeza tras terminar la lectura de Five Bells, novela que, aunque reconozco como buen libro, sin embargo no termina de convencerme, quedándome la sospecha de que no ha realizado el vasto potencial que encerraba la idea que le dio origen.
El título de Five Bells viene prestado de una primorosa elegía así titulada del poeta modernista australiano Kenneth Slessor, y publicada en 1939. Como en el poema de Slessor, el escenario es la maravillosa bahía de Sydney (por cierto, me niego rotundamente a escribir el nombre de la ciudad con i latina: ahora que la RAE ha admitido friki y okupa, no veo razón alguna para hispanizar una grafía que coexiste en inglés, en todo caso, con Sidney).
En un magnífico día de verano en Sydney, la narración sigue un poco a trompicones a cuatro personajes diferentes. Dos de ellos, Ellie y James, son ahora treintañeros que comparten un pasado secreto: fueron amigos y amantes en la temprana adolescencia, pero los giros que da la vida los separaron hasta ese sábado de enero de 2010, en que volverán a reunirse en un restaurante de Circular Quay, con vistas a la Casa de la Ópera y el famoso puente que une las dos orillas. Por su parte, Catherine es una periodista irlandesa que acaba de llegar a Australia con la intención de empezar una nueva etapa de su vida aquí. Por último, Pei Xing sobrevivió a las purgas de la Revolución Cultural maoísta, y tras emigrar a Sydney el azar la reúne con la que fue su carcelera y torturadora mientras estuvo en prisión.
Hay un breve y casi insignificante nexo argumental que parece unir a los cuatro (el posible rapto de una niña en la estación de tren por la que han pasado los cuatro). Pero es un hilo argumental intrascendente, que no conduce a nada, y en cierto modo, superfluo.
Las historias de estos cuatro personajes podrían muy bien haber dado lugar a cuatro narraciones independientes (como novelas, nouvelles o incluso cuentos autónomos). Las imperfecciones en que incurre Five Bells no estriban, por tanto, en una falta de materiales sino en su manejo. Se trata, más bien, de la falta de ensambladura de unos y otros elementos narrativos. La voz omnisciente de la narradora – y pienso yo que resulta innegable que se trata de una narradora – fuerza al lector a dar saltos de un personaje a otro, del pasado al presente y del presente al pasado, inspeccionando episodios en la memoria de uno y otro personaje. El resultado total queda un tanto desmadejado.
Y no es que no haya hilos temáticos comunes a los cuatro personajes. Sí los hay. Son temas muy recurrentes en la historia de la literatura: la pérdida de seres queridos, el dolor, el duelo, su presencia a través del recuerdo. Todos los personajes han sufrido una pérdida. Ellie perdió a su padre tras un ataque al corazón; James perdió a su Mama, la arquetípica italiana inmigrante que nunca se adaptó a su nuevo país y a quien abandonó el esposo al poco tiempo de llegar a Australia. Catherine perdió a su hermano en un accidente de tráfico, y le resultó imposible de digerir la fe ridículamente ciega que su madre y sus hermanas depositaron en la veneración de iconos católicos tras la tragedia. Pei Xing, por su parte, perdió a sus padres y confeccionó una falsa confesión incriminatoria de los crímenes su hermano contra la Revolución para poder seguir viva.
Esencialmente, pues, Five Bells trata de cómo diferentes personas reaccionan al dolor de la pérdida. Para lograr que el lector acepte una propuesta narrativa en torno a este tema, es necesario por tanto que la construcción de los personajes sea no solamente creíble sino fructífera. La estructuración del relato en saltos más o menos aleatorios no contribuye a crear una impresión de consistencia en la construcción de los personajes, que termina siendo muy desigual. No hay en Five Bells la suficiente cohesión para articular una unidad narrativa persuasiva.
Así, James nos es presentado como un atractivo hombre de mediana edad, emocional y sensible, que tiene finos gustos. Incapaz de superar su aversión a la sangre y las vísceras, james deja la carrera de medicina antes de concluir el primer año. Después vendrá la muerte de su madre, la cual tampoco puede confrontar como sería necesario. Para colmo de males, James se hunde cuando una niña que tenía a su cargo durante una excursión escolar perece en el mar. Pero en realidad el retrato que confecciona Jones nunca termina de resultar del todo plausible, al menos para mi gusto parece por momentos un tanto feminizado.
Que la novela tenga lugar en un mismo espacio (Circular Quay y la ciudad de Sydney en general) y en un periodo de 24 horas podría invitar a compararla con Ulysses. Pero Jones parece reclamar que la atención del lector se centre en el pasado de los personajes, y en el imperecedero tema del tiempo y la memoria, mientras cada uno de los cuatro personajes discurre sobre esa carga personal que son los recuerdos de las personas que ya se han ido, desde la perspectiva del aquí y ahora. Vista así, podría argüirse que la novela no avanza en una dirección definitiva. No siempre se produce una palpable distinción entre los puntos de vista de esos cuatro personajes porque no hay apenas diferencias estilísticas y de lenguaje entre ellos. Es una cuestión de gustos, claro está; pero existe el riesgo de perder lectores por el camino.
Mas también es cierto que hay lectores que saborean con mayor satisfacción los aspectos formales del lenguaje, y es a este tipo de lector al que Five Bells debería resultarles mucho más atractiva y absorbente. No me cabe duda de que Gail Jones busca explotar y demostrar (si hiciera falta hacerlo) el inmenso poder de la palabra humana, la necesidad de contar historias (o incluso nuestra propia historia), las vivencias de otros o las nuestras, para aliviar y contrarrestar las insoportables consecuencias de vivir el dolor. Five Bells hace honor a la inspiración poética del imponente poema de Slessor, y contiene hermosos pasajes, muy elaborados, pero en mi caso la narración de Jones no logró establecer una conexión con mi yo lector. Le falta algo de fuerza interna y no reúne la cohesión que requiere toda novela.
Y una última observación. La plaga que afecta a las editoriales en lengua castellana también parece extenderse a las de la lengua inglesa. Me refiero a la aparición de erratas del todo imperdonables, como es este caso: “superceded” (p. 208).


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