23 jul. 2012

Reseña: Theft: A Love Story, de Peter Carey


Peter Carey, Theft: A Love Story (Milsons Point: Random House, 2006). 269 páginas.

¿Qué es la verdad? ¿Es la verdad de Fulano la misma verdad que sostiene Mengano? ¿Qué ocurre entonces con una tercera versión de la verdad, la de Zutano? No hay nadie que pueda sostener de manera rotunda que conoce toda la verdad, parece querer recordarnos una vez más Carey en esta novela de trama enrevesada (algo habitual en el escritor australiano). Además, cuando la noción de lo verdadero se aplica a la autoría artística, todo un juego de prismas y espejos con sus consiguientes distorsiones se puede abrir ante nosotros. ¿Es la reproducción escrupulosa y respetuosa de una obra de arte otra obra de arte? En definitiva, ¿con qué autenticidad debemos quedarnos? Como dice Carey al final de la novela, “¿Cómo sabe uno cuánto pagar si uno no sabe el valor que tiene [una obra de arte]?”

Michael ‘Butcher’ Boone, famoso pintor australiano que acaba de salir de la cárcel por robarle a su exmujer (la “Demandante” o la “Meretriz de la Pensión de Alimentos”, nos recuerda Butcher en repetidas ocasiones) sus cuadros, que pasaron a ser patrimonio de ella. Huido a una casa en Bellingen del mecenas Jean-Paul, Michael tiene que cuidar de su hermano Hugh, un genial mocetón, un no siempre tierno gigante con una extraña discapacidad intelectual, mientras pinta intentando revivir su carrera artística. De repente aparece una femme fatale, Marlene, calzando un par de Manolo Blahniks y a la búsqueda de un cuadro de un famosísimo cubista de origen estonio, Leibovitz, que está en posesión de un vecino en Bellingen. ¿Inverosímil? Por supuesto que sí: tan inverosímil como la verdad misma.

El Leibovitz desaparece, la policía acusa a Michael y decomisa su cuadro pensando que el lienzo robado está oculto bajo la pintura que Butcher Bones ha estado comprando con el dinero destinado a mantener la granja del mecenas.

Butcher regresa entonces a Sydney, donde vuelve a encontrarse con Marlene, quien le promete ayuda para recuperar sus cuadros. Michael sabe que Marlene es una fullera sin moral que vive de la falsificación de obras de arte, pero tiene buena mano con Hugh. Michael se enamora y se deja llevar (a Japón, y de allí a Nueva York), encantado por el origen plebeyo que ambos comparten y por la idea de ver cómo Marlene engaña a marchantes de arte, críticos y ricos compradores. ¿Acaso no merece una revancha por el modo en que el mundillo del arte le ha tratado?

Narrada bajo dos voces distintas, la trama de Theft progresa concienzudamente, pero es sin duda alguna el contraste de los dos puntos de vista (el de Michael frente al de su hermano Hugh) lo que nutre y acrecienta el interés del lector (como ha hecho más recientemente Carey en Parrot and Olivier in America). Michael, narrador exaltado, mezcla el lirismo y el exabrupto, lo delicado con lo vehemente. Por su parte, Hugh nos ofrece sus monólogos, pobremente puntuados y con extrañas ortografías, estructurados sin apenas signos de puntuación y en los que destaca ideas geniales dentro de sus desvaríos mediante las mayúsculas. La prosa cortante y desenvuelta de Michael y la palabrería disparatada de Hugh, con sus dardos sagaces y lúcidas digresiones, se complementan en la narración de la historia, mostrando sus puntos de contacto en coloquialismos australianos y en los ecos de las invectivas que la trastornada madre de ambos les infligió en su niñez, de índole bíblica, disciplinaria.

El lector agradece no obstante que la mezcla de registros no ‘cante’: al contrario, es una superposición igualitaria, reflejo perfecto de una sociedad australiana que se sacude las ataduras coloniales y que pide (exige) su lugar en el mundo sin servidumbres, sin complejos. Como ya hizo en The Unusual Life of Tristan Smith, My Life as a Fake o True History of the Kelly Gang, Carey explora la cuestión de la fraudulenta identidad australiana, pero en Theft Butcher Boone se enfrenta a esa supuesta inferioridad con orgullo y derriba mitos a golpes de palabra: Carey crea en esta novela una tesis con sabor muy australiano sobre el concepto del arte, derrochando, como es habitual en él, humor e ironía. El conjunto, que en un primer plano parece confuso, está sin embargo bien respaldado con una mirada crítica y penetrante, distante pero inteligente.

Es curioso, por otra parte, comprobar las conexiones autobiográficas de los hermanos Boone con Carey: el autor hace que los hermanos procedan de Bacchus Marsh (en la vida real Carey es natural de esta pequeña población del estado de Victoria); pero además, resulta que Carey vivió un tiempo en Bellingen y en Sydney, que visitó Japón y, por supuesto, reside en Nueva York. ¿Muchas coincidencias? No importan: Una vez más, lo ficticio y lo real van de la mano, creando una magnífica obra literaria que no defrauda.

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