6 ago. 2012

Reseña: Mujer abrazada a un cuervo, de Ismael Martínez Biurrun


Ismael Martínez Biurrun, Mujer abrazada a un cuervo (Madrid: Salto de página, 2010). 295 páginas.

La cita de rigor que precede a Mujer abrazada a un cuervo pertenece a A Journal of the Plague Year (1722) de Daniel Defoe, una excelente ficción que leí hace ya muchos años y que por entonces encontré fascinante por la detallada descripción de lo que debe ser un verdadero averno  sobre la Tierra: el Londres de 1665 durante un brote de la Black Death, la peste. El original de Defoe dice así – como suele ser habitual entre las editoriales españolas, se ningunea al traductor de la cita al castellano:
“Nor was this by any new medicine found out, or new method of cure discovered, or by any experience in the operation which the physicians or surgeons attained to; but it was evidently from the secret invisible hand of Him that had at first sent this disease as a judgement upon us; and let the atheistic part of mankind call my saying what they please, it is no enthusiasm; it was acknowledged at that time by all mankind.”

“Him”, por supuesto, es “God”. Se tardaría muchos años en descubrir cómo se producía y se contagiaba la peste, que desaparecía, como por arte de magia o poder divino, una vez había hecho estragos entre la población.

Además, la edición de Salto de Página incluye una reproducción del grabado de Paul Fürst Doctor Schnabel von Rom (Doctor Pico de Roma) de 1656, que muestra la indumentaria típica de los médicos que trataban a los apestados, con la llamativa máscara de un pájaro negro que les cubría la cara y, supuestamente, les protegía del contagio.

Mezclar géneros es una arriesgada empresa en literatura, y Mujer abrazada a un cuervo lo hace, con resultados desiguales. Por momentos una novela de tintes detectivescos, esta novela de Martínez Biurrun parece también transitar en ocasiones por la novela histórica, la novela fantástica y el melodrama familiar. Un batiburrillo que no siempre se deja leer con soltura.

Por otra parte, el autor (o quizás el editor) introduce en la maquetación del libro unos innecesarios saltos de página (de verdad: un lector discerniente no requiere ese tipo de señales; véase por ejemplo la novela Vidas perpendiculares del mexicano Álvaro Enrigue, en la cual los saltos temporales y espaciales son aun más bruscos y radicales) cada vez que Cruz, la heroína, comienza o termina uno de sus ‘safaris’ al pasado.

El argumento de Mujer abrazada a un cuervo debería despertar la curiosidad del lector: una joven estudiante de medicina, Cruz Montenegro, recibe el ofrecimiento de su padre Gabino, especialista epidemiólogo de renombre y hombre divorciado, alcohólico e inadaptado, para que investigue un extraño caso en un pueblo (ficticio) de Navarra, llamado Lortia. Nerea Uztárroz, descendiente de un linaje noble del pueblo, dio a luz a un bebé que murió a los pocos minutos a causa de una hemorragia interna; en el pueblo se habla de una maldición. Las investigaciones revelan que varias mujeres de la familia Uztárroz dieron a luz a bebés muertos, y los indicios parecen indicar una conexión con el brutal brote de peste que sufrió Lortia en 1601.

Como buena científica, Cruz no cree en la maldición, sino que piensa que se trata de un virus adaptado a la bacteria que causa la peste, y que se fue propagando de generación en generación. Cruz recluta a su amigo Michi y acude a Lortia (Michi, por supuesto, quiere llevársela al catre). Para ayudarse en esta detectivesca investigación, Cruz hará uso en muchas ocasiones de una inverosímil facultad que ha tenido desde muy pequeña, la capacidad de viajar en el tiempo, no solamente con la mente sino con el cuerpo, y ver lo que pasó en otro lugar. La única condición parece ser que el lugar al que viaja tiene que estar dominado por el dolor y el sufrimiento.

Mujer abrazada a un cuervo tiene en general un buen ritmo narrativo: los ‘safaris’ de Cruz pueden resultar un tanto lentos debido a la descripción de cómo era un pueblo del norte de Navarra en el siglo XVII. Pero es en el lenguaje donde, en mi opinión, falla la novela. Martínez Biurrun pretende ser preciosista en un entorno narrativo (la novela fantástica y/o detectivesca) que realmente no permite florituras ni ornamentos gratuitos, y especialmente si las metáforas coexisten con pasajes ciertamente ramplones. Pongo por ejemplo este párrafo de la página 207:
“Cruz no tenía sueños por las noches desde que comenzó su investigación en el caso de Lortia. La pantalla de sus párpados era un cine clausurado, incapaz de hacer la competencia a la realidad de los safaris. Su cerebro echaba la persiana cada noche y daba igual lo que el inconsciente tuviera que opinar al respecto, no había sesión golfa, ni descargas emocionales ni compensaciones freudianas. Sólo oscuridad y ruido de tuberías hasta el amanecer.”
Pienso que chirrían un poco las tuberías de la prosa de Martínez Biurrun, y se necesita un buen desatascador para que una narración de misterio progrese sin interrupciones y sin sutilezas poco afortunadas.

Por otra parte, el trabajo de edición no es de un alto nivel: hay unas cuantas erratas e incluso errores de sintaxis, casi de principiantes, que se le escaparon al corrector y al editor: “Pero safaris y redenciones a parte,“(p. 217). Incluso el autocorrector de Word me está avisando del error mientras escribo esto. Y al comentar esto no se trata de que uno sea pedante, sino de asegurar que futuras ediciones de la novela (si es que las hay) no incluyan dichos errores.

Como el libro que el atormentado cura de Lortia tenía guardado, oculto en la iglesia tras cuatro siglos, Mujer abrazada a un cuervo quedará oculto en mis estanterías durante muchos años, hasta que alguno de mis dos hijos o algún visitante se decida a leerlo, si es que lo hacen. Por mi parte, yo no volveré a acompañar a Cruz Montenegro en sus safaris.

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