29 sept. 2012

Los Cisnes de Sydney, campeones de Liga de Fútbol Australiano en 2012



Fue una final épica, un espectacular toma y daca que duró todo el partido, con constantes alternativas en el marcador, y que se jugó con un gran espíritu deportivo que ya quisieran para sí muchos clubes de fútbol en Europa. Los Cisnes de Sydney, los Bloods, tal como los conocen sus seguidores por su vestimenta roja, se impusieron en un apretadísimo final al equipo que partía como favorito, los Halcones de Hawthorn (Melbourne) por un margen de 10 puntos.

El día amaneció frío en Melbourne, tras un viernes lluvioso que deslució el desfile previo a la final – los jugadores tuvieron que saludar a los aficionados desde el interior de los coches. Pero el frío nunca es un obstáculo serio para los buenos aficionados al footy, y cerca de 100.000 personas abarrotaron el Merlbourne Cricket Ground.

En los primeros minutos, ambos equipos trataron de asentarse en el campo y establecer los marcajes individuales que a la larga resultarían casi decisivos. Como era de esperar, Teddy Richards se emparejó con Lance ‘Buddy’ Franklin y consiguió controlarlo en los momentos clave, en especial en el segundo cuarto, en el que Hawthorn solamente consiguió un mísero punto.

Con una temperatura que apenas llegaba a los 10ºC, Hawthorn dominó claramente el centro del campo en el primer cuarto, donde Mitchell, Burgoyne y Sewell lograban crear jugadas de peligro con claridad. Sydney únicamente anotó un gol, un soberbio chut desde el flanco izquierdo de Nick Malceski que superó a la defensa de Hawthorn.

El panorama cambió dramáticamente en el segundo cuarto. Mumford y Pyke comenzaron a dominar los botes en la zona del ruck, y empezó a verse la calidad de Josh Kennedy y Daniel Hannebery. Sydney marcó seis majors, y superó la ventaja inicial de los Melburnians para irse a los vestuarios con una ventaja sustancial, 16 puntos.

Al comienzo del tercer cuarto, Sydney siguió imponiendo su juego en defensa y en el medio campo, y llegó a ampliar su ventaja a 28 puntos – podrían haber sido 33 si un disparo de Kennedy no hubiese golpeado en el poste. Pero si algo caracteriza a Hawthorn, es su capacidad de reacción en los momentos difíciles, tal como demostró en el segundo partido de la liga regular contra los Swans, en Sydney, en el que remontaron una desventaja de cerca de 50 puntos para acabar imponiéndose.

Y eso es lo que los seguidores de los Hawks pensaban que iba a ocurrir cuando Hawthorn marcó cuatro goles rápidamente. La ventaja de Sydney se esfumó, y al último intercambio se llegó con la ventaja mínima a favor del equipo de la más famosa bahía del mundo.

El partido se seguía jugando a un ritmo infernal, y era difícil mantener la posesión. Los dos equipos luchaban a brazo partido por cada marca y en cada pase. Cuando David Hale amplió la ventaja de Hawthorn a 11 puntos, parecía que el trofeo de campeones se quedaría en la capital de Victoria. Pero los Bloods han demostrado esta temporada que son duros de pelar – excepto en el partido contra Richmond en el mismo escenario de la final, una derrota que todos sus aficionados prefieren olvidar.

A falta de siete minutos, y gracias a goles de Hannebery, Kieren Jack y el veterano Adam Goodes, Sydney volvía a dominar el marcador. Hawthorn se lanzó al ataque desesperadamente, pero Gunston y Sewell no tuvieron puntería. El tiempo se iba consumiendo, el combate no disminuía en intensidad, hasta que Nick Malceski sentenció con un acertado disparo con su primorosa zurda desde unos veinte metros.

El delirio se apoderó del sector rojiblanco en las gradas: la ventaja de Sydney era ya insuperable en los treinta segundos que restaban, y cuando sonó la sirena, los Swans vieron realizado su sueño, ganar la Gran Final por quinta vez en su historia, la segunda desde 1933, cuando el club estaba ubicado en South Melbourne.

El capitán, Jarred McVeigh, y el entrenador, John Longmire, levantaron el trofeo ante los miles de aficionados que los vitoreaban. Fue un momento muy especial y entrañable para Jarred McVeigh, que en 2011 había perdido a su hija Luella, de dos meses, por una enfermedad incurable.
Pyke le gana la partida a David Hale
Y qué decir del gigante canadiense Mike Pyke: el internacional de rugby por Canadá, que fichó por los Swans cuando Paul Roos era entrenador, sufrió pullas y burlas en su primera temporada. Casi nadie pensaba que pudiera triunfar en el fútbol australiano. Hoy, Pyke puede reírse de aquellos malos momentos: ya es campeón, y nadie le podrá quitar ese título.

Una gran victoria tras un partido disputadísimo, en el que ambos equipos jugaron con exquisita deportividad.

HAWTHORN: 4.5     4.6       9.10    11.15  (81)                
SYDNEY     : 1.4     7.4       10.5    14.7    (91)
        
GOLES
Hawthorn: Franklin 3, Breust 2, Gunston 2, Hale 2, Ellis, Smith.
Sydney: Jack 2, Kennedy 2, Malceski 2, McVeigh 2, Morton 2, Goodes, Hannebery, Reid, Roberts-Thomson.

Puedes consultar las estadísticas completas del partido aquí.

23 sept. 2012

Reseña: Solar, de Ian McEwan


Ian McEwan, Solar (Londres: Vintage Books, 2011). 283 páginas.


¿Es más probable que un científico, por el carácter de su profesión y la tenacidad con que suelen trabajar, sea una buena persona que otro que se dedique a otra cosa? ¿Son buenas personas los médicos, cuya ocupación es salvar vidas? Evidentemente, no. De hecho, apostaría cualquier cosa a que, si se realizase un estudio cuantitativo fiable, en la variada gama de profesiones debe haber de todo: buenas y malas personas, mezquindad y bondad, avaricia y generosidad a partes iguales.

Del inglés Ian McEwan, el lector siempre puede esperar literatura de una alta calidad, capaz de capturar la atención del lector más exigente y contar una historia con indudable maestría. Novelas como Atonement, On Chesil Beach, o la más antigua The Cement Garden  o relatos como los de First Love, Last Rites o de Between the Sheets son prueba irrefutable de que McEwan es un excelente narrador. Pero Solar, en mi opinión, no está a la altura de otras obras de McEwan. Le falta lo que en inglés se suele llamar ‘punch’, esa especie de empuje o fuerza tan presente en otras de sus obras, y que, como ocurrió con Saturday, tampoco abunda en esta novela.

En Solar, McEwan opta por la sátira para desmenuzar (más bien hacer trizas) a un personaje, Michael Beard, un científico inglés que se hizo acreedor al Premio Nobel. Cuando conocemos a Beard en la primera parte de la novela, en el año 2000, éste se dispone a viajar a las islas Spitsbergen, en el Círculo Polar Ártico. Con sobrepeso, cincuenta y pico años, con propensión a la comilona y el abuso del alcohol, Beard es el blanco perfecto de la ironía y la burla. Sus vivencias en un entorno de veinte grados negativos de la primera parte de la novela le sirven a McEwan para realizar una portentosa caricatura, que se va ampliando en las dos partes siguientes, fechadas en 2005 y 2009.

La trama de Solar gira en torno al proyecto que Beard promueve tras aprovecharse de los bocetos y notas de uno de los empleados del Centro de investigación de energías renovables que él dirige. Curiosamente, al regreso del Ártico sorprende al joven investigador, Tom Aldous, en su casa y vistiendo su albornoz de baño; descubre por tanto que Aldous se ha convertido en (el segundo) amante de su quinta esposa, Patrice. En una rocambolesca historia que incluye un guiño cómico autorreferencial que implica la piel de un oso polar, Beard se libra de Aldous y del albañil que también perseguía a Patrice.

Beard es retratado sin compasión alguna: es un genio venido a menos, un desastre andante, un bebedor avaricioso, un tipo perezoso, obeso, egoísta y guloso, y muy conservador en su relación con los demás y en su visión del sexo opuesto. Envanecido por haber recibido un Premio de la Academia Sueca, Beard ha hecho suyo un sentido del privilegio que se extiende con toda naturalidad a las prácticas corruptas, y en un sector, el de la energía limpia y renovable, que en años recientes ha visto expandirse su importancia y facturación de manera exponencial. Adúltero irreprimible, termina por aceptar que una de sus amantes tenga un hijo suyo, sin que eso vaya a cambiarle la vida ni un ápice. Su arrogancia no conoce límites.

No creo que sea la aversión que provoca el personaje de Beard lo que haga de Solar una novela imperfecta. Dado que Beard se ve a sí mismo como salvador de la especie humana, la fuerza de la ironía estriba en que este soberbio mamarracho de científico no sabría salvarse a sí mismo de nada. La cuestión es que el humor negro de McEwan (que tan buenos resultados daba en The Cement Garden) no termina de acoplarse a la temática de Solar.

En la tercera parte del libro, Beard acude a un remoto poblado de Nuevo México, donde en los últimos años ha estado desarrollando el proyecto de producción de energía basado en la imitación de la fotosíntesis (algo que por ahora no es posible: una quimera). Es aquí donde los acontecimientos se desencadenan y todos los engaños, y todos los engañados, se juntan para darle el golpe definitivo a Beard. El final es un poco flojo a mi parecer: la novela se sale por la tangente tras haber perdido fuelle desde el comienzo de la tercera parte.

Con todo, como es habitual en McEwan, Solar tiene un alto nivel y satisfará al lector que busque una historia bien narrada con dosis de humor y alguna que otra escena ridícula.

17 sept. 2012

Historical injustices: El cavall verd by Joaquín Borrell


Joaquín Borrell, El cavall verd (Picanya: Edicions del Bullent, 2004). 2a. edición. 159 páginas.



While I lived in Sydney, it was not infrequent for me to be talked to by people of Middle-Eastern background. I always had to explain to them that I came from Spain, and that I did not understand their language. Anyone who sees photographs of my father as a young man would notice how ‘North African’ he looks. Like father, like son.

The last time I saw my father’s younger brother was in late 2001, shortly before died of leukaemia and after having suffered a third heart attack. He was an interesting character; his life was a little colourful, so to speak. I remember that day we discussed the political situation in Spain; his pet hate subject was immigration. That afternoon he embarked on a long tirade against immigrants to Spain, and cursed the “Africans, the Moors, that sort of scum”. The crisis had not hit Spain. That came a few years later.

I was of course appalled by his racism and prejudice, which are of course born out of ignorance and poor education. Being a migrant myself, I rapidly pointed out that my grandmother’s family name, that is, his mother’s name is Alamar, and that more than likely the surname was of Moorish extraction: Al-Amar. My family is therefore partly of North African background. He would have none of it, though. He was wilfully blind to the evidence. So I subtly changed the subject and talked about football… thus moving the ship into calmer waters.

The concept of ethnic cleansing is not new to our time. In Spain, the expulsion of the Jews from the Kingdom of Castile in 1492 was accompanied by the forceful conversion of Mudéjars (Spanish Muslims) to the Christian faith. A large Muslim population remained in the area of Valencia, then part of the Kingdom of Aragón, although they were forced to convert by 1526 or leave the country. They were known as moriscos. Yet in 1609 further pressure from Castile translated into a decree whereby the moriscos were forced to leave their land: all their properties were confiscated. It is thought that about 300,000 people were forcefully removed from their land.

Joaquín Borrell’s El cavall verd is a short romance set in 1609. It tells the doomed love story of Martí Villalta and a young morisca called Ezme in the context of the dramatic and woeful events that took place during and after the expulsion ban was enacted. Martí has returned from America, where he has served as a soldier.

When he sees Ezme for the first time, she is being chastised on the pillory and is accused of heresy and witchcraft. The moriscos in the almost inaccessible valleys of the Marina region are in overt defiance and have kept their customs and traditions.

After the expulsion decree is made public, more moriscos flee to these valleys. The army is sent to overpower them; many are slaughtered while attempting to fight a professional army without any proper weapons. The few that survive take refuge in the steep hills, where they remain under siege and weakened by hunger and thirst until they surrender to the Christian troops.

Borrell’s narrative does not dwell upon sentimentalism; his description of the battles does not spare any gory details. He attempts to make the reader reflect on the injustice of the expulsion by adopting Martí’s point of view, and he succeeds. Ultimately, the themes are the absurdity and the irrationality of all wars. Yet no war is really about religion; they are usually related to money and power. The exodus of the moriscos, imposed by the king and the Castilian nobility under the pretence of defending their “true” faith, impoverished Valencia badly. In some remote rural areas, close to 100% of the population were expelled. Their houses were looted, their cattle stolen. The land was left unattended and crops were lost.

It is worthwhile mentioning what inspired Borrell to write this story. During a trip to the northern Algerian city of Oran, Borrell was understandably shocked when he heard the names of Valencian villages mentioned in some sort of mournful lullaby an old Berber lady was singing to her granddaughter.

Most of the moriscos fled to northern Africa. Despite my late uncle’s reluctance to admit it, it would seem that some of them (some of us) were able to stay in Valencia, and at least one eventually migrated to Australia.

I leave you my English version of Borrell’s ‘Introduction’ to El cavall verd.

Introduction
This story began on a hot summer afternoon in 1981, while I was aimlessly wandering in the Oran Kasbah. In a whitewashed patio decorated with geraniums, a wrinkly old woman was humming a song to her granddaughter, whom she was holding in her arms. It was a pleasant tune, in the psalmodic style of Moorish music, and I found it so appealing I stayed still to listen. Suddenly three emphatic syllables stuck out in the smoothness of the language: Petracos, a clearly intelligible word amid the undecipherable lyrics of the song.

I was intrigued by the phonetic coincidence with the plain of the same name located in the heartland of the Marina region. After some brief haggling, the woman agreed to repeat the lyrics of the song before a friend of mine, an interpreter. This was the translation:
I was born in a land of sunshine by a beautiful sea,
delightful amongst mountains of rugged solitude,
of shining joyful greens, laden with cherries.
May Allah ever defend Laguar, my valley!
The bones of my people rest there, white ash
blended in crags for evermore.
Petracos, oh fields of tears, you still carry in your oleander blooms
the gleaming gushes of so much spilled blood;
with fresh and crimson sap you nourish in your core
dormant farm works that will never die.
Laguar, a word of sweetness, pressed upon our lips,
like a living torch raised against the sea,
glowing in the memory of those who found their death
waiting for a dreamlike horse, a green horse, that never came.

The old lady did not know the meaning of the verses. She had learned them from her parents, and they learned from theirs, and so on until we would reach the first poet who had fled the Valencian lands… My interpreter did not attach much importance to a very minor sample of the musical wealth of those parts, and he very soon forgot about it. I did not, because that song, which had emerged from such an unsuspected place, reminded us Valencians of the way we have forgotten one of our most important historical events: the tragic end of the moriscos in the Marina.

14 sept. 2012

Reseña: 10 Short Stories You Must Read in 2011


Varios autores. 10 Short Stories You Must Read in 2011 (Sydney: Australia Council for the Arts, 2011). 280 páginas.


La producción de antologías de cuentos o relatos breves suele cumplir varias funciones, entre ellas las de dar a conocer la obra de autores noveles o menos conocidos. En el caso de 10 Short Stories You Must Read in 2011, el encomiable propósito era ante todo el fomento de la lectura, pues el libro se concibió como regalo para todo aquel que adquiriese uno de los 50 libros que formaron parte de la campaña Get Reading! 2011, auspiciada por el gobierno federal australiano.

Los autores cuyos relatos entraron en este volumen son en su mayoría autores ya consagrados en uno u otro género, y cuentan con varios títulos en su haber. Como suele ser habitual en las antologías, los resultados son un poco desiguales: junto a relatos realmente cautivadores por su sencillez o por su calidez humana, como el que abre el volumen de Cate Kennedy, se incluyen otros cuya presencia es difícilmente justificable, y que personalmente no me aportaron nada como lector. También hay narraciones que con una trama bien desarrollada y unas buenas dosis de suspense atrapan al lector, mientras que de otros es bastante fácil predecir el final.

Laminex and Mirrors, de Cate Kennedy, cuenta la amistad que surge entre una joven que trabaja como limpiadora en un hospital y un viejo solitario y enfermo. Narrada en primera persona desde el punto de vista de la chica, es una historia que rebosa humanidad e ironía. Es en definitiva un cuento que roza la perfección, en tanto que en pocas páginas relata una historia que satisface al lector, con un final abierto a la imaginación del lector.

Big Knobs, de Bill Condon, cuenta el primer día de trabajo de dos amigos adolescentes en una fábrica de puertas, y de cómo sus principios éticos les encaminan a tomar partido por el más débil, y perder su primer trabajo.

Larissa Behrendt explora el vacío que la ausencia de una hija va creando paulatinamente entre la esposa y el marido, cuyas respuestas son diametralmente opuestas. The Space Between Us indaga en las reacciones anímicas y en los sentimientos contradictorios del duelo de una madre, cuya hija adolescente es asesinada por dos jóvenes de su misma edad.

En Piñata, Jessica Rudd cuenta el encuentro de dos personas a quienes la vida ha herido. Jude Fox es una artista que se dedica a crear piñatas personalizadas para fiestas, y que perdió a su mujer al cáncer. Cuando Lucy le llama con un inusual encargo, una piñata para celebrar su ruptura matrimonial, Jude crea una obra de arte. Pero al llegar a casa de Lucy para entregársela, Jude tiene un terrible (y torpe) accidente. Por fortuna para él, Lucy es cirujana quirúrgica y tras administrarle los primeros auxilios, lo lleva al hospital. Piñata es una buena historia, pero a mi parecer tiene algunos altibajos en el ritmo narrativo, digresiones posiblemente innecesarias (la escena que describe cómo Jude espía la fiesta de cumpleaños del niño para el que ha creado una Catwoman desorienta al lector respecto a sus motivaciones).

Mientras espera su turno en una oficina de atención al público, Lisa, enfermera, ve la fotografía de una antigua amiga, ahora famosa, en el periódico. Lisa rememora las circunstancias que terminaron por separarlas. Nanoparticles, que firma Charlotte Wood, cuenta dos historias: la de Lisa y su amiga Olivia, y la de una mujer desesperada y amargada que está también esperando su turno en la oficina, y en la que Lisa descubre las señales y síntomas de un tratamiento contra el cáncer.

James Bradley cuenta en The Flats una durísima historia que de forma retrospectiva plantea el conflicto que se produce entre el sentido de la lealtad que exige una amistad verdadera y el sentido de la moral que reclama que denunciemos los actos criminales cuando somos testigos de ellos. Con un final sorprendente (en un excelente giro narrativo que, pese a ser abrupto no incomoda al lector), este relato de James Bradley me sorprendió muy gratamente. Tanto, que ya le he pedido permiso al autor para traducirlo, y en un par de semanas aparecerá en la revista de los campeones, Hermano Cerdo.

John Birmingham, más conocido por He Died with a Felafel in his Hand, propone al lector un cuento de terror y misterio en The Demons of Buttecrack County. Aparte de las dosis de humor con el que trata el tema, la narración de Birmingham no despertará mucho interés en el lector al que la fantasía y el gore no le resulten atractivos. Una pareja gay de neoyorquinos paran a cenar en un recóndito paraje, y entablan conversación con la sheriff del lugar; para llegar a la siguiente ciudad grande tienen que cruzar una marisma, pero el ayuntamiento ha descuidado mucho el mantenimiento de la carretera, les informa la sheriff Robertson.

Passage, de Caroline Overington, adopta, sin resultar demasiado convincente, el formato de una declaración pública ante los medios de comunicación de un parlamentario que decide relatar sus experiencias como joven bisoño arrastrado a un culto fundamentalista cristiano. Tras conocer en Melbourne a un extraño tipo que rebusca entre las sobras de comida arrojadas a la basura, el Hermano Ruhamah, Paul terminó pasando siete años de su vida en una granja donde se alojaba la secta liderada por Ruhamah. A mi parecer, es un cuento sin fuerza narrativa: no engancha al lector porque la narración de los años en la comuna de los “Jesus People” no contribuye a crear un personaje definido. El Paul de la juventud es el mismo Paul electo; la ironía que podría haberse explorado y explotado más en torno al personaje del Hermano Ruhamah (se nos revela que se pasa la mayor parte del tiempo en un ático de lujo en Gold Coast) queda un poco desperdiciada en vista del final que Overington decide darle al relato.

James Phelan contribuye un relato titulado Trust, en el que personajes acartonados, sin dimensión alguna, toman parte en una trama de mucha acción y palabrotas, agentes de la CIA, contactos de Wikileaks y delincuentes de la Costa Azul. Por cierto, sin que se le nombre explícitamente, hace su aparición Julian Assange. A modo de observación personal, debo confesar que no logró en ningún momento despertar mi interés.
El relato que cierra este volumen gratuito, The Existence of Women, de Miranda Darling, lleva a una joven agente de seguridad de una empresa privada a Rio de Janeiro, donde le han asignado la protección de Tatiana, una belleza que aspira a convertirse en Miss Universo. En Rio conoce al padrone de las chicas, Lazlo, quien comparte un pasado oscuro con la madre de Tatiana. Una de las chicas del grupo de Lazlo, Carmen, ha desaparecido. Stevie, la agente llegada desde Londres, tendrá que descubrir qué ha ocurrido y demostrarle a la madre de Tatiana que puede realizar su trabajo de manera competente.

Como se han encargado de repetirme mis hijos en numerosas ocasiones, he leído 10 Short Stories You Must Read in 2011 en 2012. Yo siempre les he contestado que las fechas no importan: lo importante es leer, y disfrutar de la lectura.

12 sept. 2012

Reseña: Ejército enemigo, de Alberto Olmos


Alberto Olmos, Ejército enemigo (Barcelona: Mondadori, 2011). 279 páginas.

Me acerqué a esta novela de Alberto Olmos con una mezcla de curiosidad y aprensión. Había leído muchísimos comentarios sobre la novela, y había seguido de bastante lejos los numerosísimos dimes y diretes acerca del autor, que ciertamente habían alimentado mis expectativas y mis suspicacias.

Vayamos por partes. De Olmos, a quien no conozco de nada, me separan dos cosas fundamentales: el país de residencia (España él, Australia yo) y el año de nacimiento (le llevo once años de ‘ventaja’ en este valle de lágrimas). No he leído ninguna de sus novelas anteriores.

La lectura de Ejército enemigo me ha dejado un poco indiferente: ni es tan mala como algunas críticas apuntaban con evidente saña, ni creo que reúna mérito alguno para pasar a la historia de la literatura española. No tiene brillantez, ni le sobra originalidad. Salvo algunos pasajes bien trabajados, el conjunto de Ejército enemigo me ha parecido un tanto pedestre.

La novela adopta algunas de los principios del relato detectivesco, incluso desarrolla bien la intriga en torno a la muerte de Daniel y las pesquisas que realiza Santiago. Pero Olmos parece haber optado por preparar un extraño cóctel, un batiburrillo de registros y temas, en ocasiones un poco alocado, en lugar de centrarse en un tema o en un único motivo.

Así, mezcla en esa trama de misterio otros elementos que, personalmente, pienso que sobraban: afirmaciones categóricas, más que reflexiones, sobre la inmigración en España (o en Madrid, para ser específicos), el marketing, la privacidad o la pornografía en internet. Hay un exceso de imágenes pornográficas que, ciertamente, no vendrían a cuento si la novela fuera solamente un whodunnit; es un tema que no me interesa para nada, pero puede que a los adolescentes españoles exiguamente educados de principios del siglo XXI sí les atraiga; la pornografía es algo, créame usted que me lee, que vende, y mucho. Y para rematar la faena, muchos, muchísimos, extractos del diario del protagonista (un recurso sobreactuado: se repite más que el ajo). ¿Quieres leer una novela de misterio e intriga reciente, mucho mejor que Ejército enemigo? Te sugiero La mala espera, del argentino Marcelo Luján.

Si Olmos buscaba realizar una crítica de la más que triste realidad social en la que se ha hundido España, Ejército enemigo es un fracaso tan sonoro como la industria de solidaridad que desprestigia el protagonista hasta la saciedad. O cabe la posibilidad de que en realidad Ejército enemigo tratase de ser un reflejo medianamente certero de ciertos atributos que pueden adjudicarse a esa España rancia y desprestigiada, la que no gana campeonatos de fútbol, la heredada de los cuarenta años de Franco y que tan vigorosamente revitalizó el gobierno de un señor de Valladolid con bigotito de sargento de la Benemérita, bajo un disfraz de democracia participativa. Zafiedad, envidia, estulticia, revanchismo, corrupción, avaricia, grosería, el insulto como gesto vital.

El protagonista, Santiago, se revela por momentos como un patético fascista. Un treintañero madrileño, soltero y sin compromiso, un auténtico wanker, con un carácter agrio. Es un personaje que resulta del todo repelente: no desprende simpatía alguna (ni en el lector ni en los otros personajes), desborda cinismo y rencor. No tiene prácticamente amigos, y al único con el que mantiene una conexión esporádica, Daniel, un jovencito pequeño burgués que cree que se puede cambiar el mundo con causas solidarias, va y lo matan en un descampado.

Santiago recibe un sobre que Daniel dejó a su nombre. En él está la contraseña del email de Daniel. Santiago entra en el correo electrónico de Daniel y comienza sus pesquisas. ¿Quién era Daniel en realidad, y a qué se dedicaba? ¿Quién lo mató, y por qué? Santiago llega hasta el final, pero en su huida hacia adelante se llevará una enorme y humillante sorpresa: resulta que lo han utilizado. No era tan listo como se pensaba.

Por lo demás, cabe hacer mención de algunos errores de bulto en esta segunda edición de Mondadori. Alguien debiera explicarles (¿o al autor?) que “12:00 am” es la medianoche, no el mediodía.

Ah, y pobre Cristina Valbuena. No se merecía ese final.

6 sept. 2012

Reseña: The Buddha in the Attic, de Julie Otsuka


Julie Otsuka, The Buddha in the Attic (Nueva York: Alfred K. Knopf, 2011). 129 páginas.

Una de las sorpresas en mi primera estancia en la ciudad de San Francisco, ahora hace casi dos años, fue el encuentro con un barrio, bastante próximo al centro de la ciudad, llamado Japantown, es decir, Ciudad japonesa. Japantown viene a ser un enclave japonés en el corazón de una ciudad moderna, vibrante, multirracial, plenamente integrado con el resto de la ciudad a pesar de poseer rasgos distintivos muy propios.

La emigración japonesa a los EE.UU. se concentró en las dos primeras décadas del siglo XX. De los aproximadamente 60.000 japoneses que arribaron a San Francisco, 20.000 eran mujeres que venían a casarse en matrimonios convenidos a distancia: eran las “picture brides” o novias por fotografía. The Buddha in the Attic narra la historia de estas mujeres, desde su subida al barco en Japón (“En el barco, la mayoría de nosotras éramos vírgenes. Teníamos largo pelo negro y pies planos y anchos, y no éramos muy altas”) hasta la orden de internamiento en los campos de concentración tras el ataque a Pearl Harbor y la entrada de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial.

Otsuka adopta un método narrativo bastante singular: emplea la primera persona del plural (“nosotras”) para contar las miles de historias que estas mujeres vivieron, mas sin centrar el foco narrativo en ninguna mujer específica. Esta es una novela sin personajes, en el sentido tradicional del término: se hace mención de cientos de personas, pero la trama nunca se fija en ningún personaje concreto.

Casi la totalidad de esas historias – narradas en breves oraciones, implacables por su síntesis y exactitud – tienen un cariz dramático, terrible. Fueron mujeres que sufrieron humillaciones y violaciones, desengaños y abandonos; mujeres que fueron obligadas a realizar durísimos trabajos en el campo y en la ciudad, a las que les cayó encima un manto de invisibilidad social por la presión de sus maridos. Miles de historias conmovedoras y tristes, que Otsuka agrupa en ocho capítulos distintos. En el primero (“Come, Japanese!”) se narra el viaje en barco: los miedos, los sueños, el hacinamiento, las promesas rotas, las conversaciones entre las mujeres más experimentadas en la vida y las jovencitas que no sabían nada de lo que les esperaba. El segundo capítulo da cuenta de su primera noche (“First Night”) y de la crueldad, la iniquidad y brutalidad con que fueron recibidas en su mayoría por sus maridos japoneses: “Aquella noche nuestros nuevos maridos nos tomaron rápidamente. Nos tomaron con calma. Nos tomaron con gentileza pero también con firmeza, y sin decir palabra alguna. Ellos suponían que éramos vírgenes, como los casamenteros les habían prometido que éramos, y nos tomaron con un cuidado exquisito. Dime si te duele. […] Nos tomaron con violencia, a puñetazos, cada vez que intentábamos resistirnos. Nos tomaron aunque les mordíamos. Nos tomaron aunque les pegábamos. Nos tomaron aunque les insultábamos—Vales menos que el dedo meñique de tu madre—y pedíamos socorro a gritos (no acudió nadie)”.

El tercer capítulo, “Whites”, describe su visión del nuevo entorno y las condiciones de trabajo a las que tuvieron que adaptarse en un país del que no dominaban el idioma y del que lo desconocían casi todo. “La primera palabra que nos enseñaron de su idioma fue agua. Grítala, nos dijeron nuestros maridos, apenas empieces a sentir que te desmayas en el campo. ‘Aprende esa palabra’, dijeron, ‘y salva la vida’.” No todas sus historias fueron ejemplos de desgracia: algunas – pocas, parece ser – de esas mujeres pasaron a servir en casas de familias acomodadas y fueron tratadas con mucho respeto.

Los dos siguientes capítulos, “Babies” y “The Children”, narran muchas historias diferentes con un denominador común: las emigrantes japonesas en los Estados Unidos dieron a luz a muchos niños, que a la larga se convirtieron en ciudadanos estadounidenses como el que más. Las voces de esas mujeres invitan, por lo variopinta de su narrativa, a una seria reflexión sobre la experiencia migratoria y la creación de una familia en una cultura y un entorno diferentes.

En el séptimo capítulo, “Traitors”, la desconfianza y la sospecha que se vuelcan en torno a los emigrantes japoneses, incluso antes del comienzo de la guerra, convierten a estas mujeres una vez más en víctimas, esta vez indirectamente, pues ellas fueron también blanco del racismo, la persecución y las suspicacias que iban dirigidas en especial a los hombres. Los tiempos de paranoia que suelen acompañar a un conflicto bélico convierten a los americano-japoneses, a los ojos de la administración estadounidense (y de su sociedad predominantemente anglosajona), en traidores potenciales. Este capítulo me hizo recordar el relato del internamiento en un campo de Idaho del Profesor Saito en Open City de Teju Cole, libro del cual cito unas líneas que llaman la atención: “Todos estábamos confundidos acerca de lo que estaba sucediendo: éramos americanos, siempre nos habíamos considerado eso, no japoneses.”

El octavo capítulo, “Last Day”, narra la aprehensión forzosa de los japoneses y su traslado a los campos de concentración. Aquí, la primera persona del plural engloba también a los hombres, pero sobre todo a los jóvenes y a los niños. Los microrrelatos que componen el capítulo componen un mosaico de reacciones muy diferentes en el día de la partida: “Algunos de nosotros nos marchamos llorando. Y algunos de nosotros nos marchamos cantando. Hubo uno de nosotros que se marchó tapándose la boca con la mano y riéndose de manera histérica. Unos cuantos de nosotros nos marchamos bebidos. Otros nos marchamos en silencio, cabizbajos, azorados y avergonzados.”

Hay un último capítulo, el noveno, “A Disappearance”, que supone una importante dislocación del punto de vista narrativo de The Buddha in the Attic, en tanto que Otsuka persiste en el empleo de la primera persona del plural, mas este “nosotros” ha dejado de señalar a los migrantes japoneses, Ha pasado sutilmente a designar a los ciudadanos norteamericanos, cuya reacción tras la masiva desaparición de los japoneses de sus ciudades les causa cierta zozobra en un principio, aunque con el tiempo se acostumbran a su ausencia: “Los japoneses han desaparecido de nuestras ciudades. Sus hogares están cerrados con tablas, y ahora están vacíos. De sus buzones empieza a desparramarse el correo. Hay periódicos que nadie recoge, tirados en sus combados porches delanteros de sus casas y en sus jardines. Sus autos abandonados siguen detenidos en las entradas. Brozas nudosas y espinosas han comenzado a aparecer entre el césped. Se están marchitando los tulipanes en sus jardines traseros. Sus gatos se han vuelto callejeros, y vagabundean por el vecindario. Todavía está la última colada de ropa colgada de la cuerda.”

Este es un libro que no nos puede dejar indiferentes; a pesar de la ausencia de una trama novelística diferenciada – digamos que el conjunto de esas historias tan terribles, tan humanas, y no lo olvidemos, tan reales, es en sí la trama del libro – The Buddha in the Attic es un libro muy completo. Me llamó mucho la atención que Otsuka haya aprovechado en un interesante juego intertextual unas palabras del ínclito Donald Rumsfeld tras 9/11, y que pone en boca de un alcalde: “Les haremos saber lo que podamos, cuando podamos… Habrá algunas cosas que la gente verá… y habrá algunas cosas que la gente no verá. Estas cosas pasan. Y la vida sigue.”

Un recordatorio muy valioso de lo que, en nombre de la llamada libertad, las democracias occidentales son capaces de hacer, y un excelente relato de la experiencia migratoria.

2 sept. 2012

Reseña: La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño


Roberto Bolaño, La literatura nazi en América (Barcelona: Anagrama, 2010 [1996]). 244 páginas.

Si es de verdad posible definir en qué consiste la originalidad en la literatura, cosa sobre la que albergo numerosas dudas, ¿de qué modo se podría cuantificarla o compararla? ¿Hay algún calibre que nos permita evaluar el ingenio en literatura? Estas son algunas de las preguntas que me venían a la cabeza mientras leía este inmenso libro del chileno Bolaño, un libro difícil de encasillar en un género específico, una suerte de disfraz metaliterario que consigue arrancar la carcajada del lector en más de una ocasión, pero que sobre todo invita al lector a embarcarse en una seria reflexión acerca de los límites de la literatura.

Por otra parte, ahora en 2012, habiendo iniciado mi experiencia lectora de Bolaño con 2666 hace ya algunos años, me asalta una duda: ¿Hice bien en comenzar por el final de su oeuvre? Probablemente no, pues me privó de la oportunidad de observar la evolución de un gran autor. Por otra parte, no obstante, esto también me permite (o más bien me permitirá dentro de unos años) saborear 2666 en una segunda lectura, a la luz – y a las sombras – de los conocimientos adquiridos con la lectura de sus otras obras. Todos los caminos, en definitiva, pueden y deben llevarnos a la Roma que buscamos.

A quien no haya leído todavía La literatura nazi en América, le diré que el título es engañoso. No se trata de un tratado escolástico o enciclopédico sobre autores que simpatizaran en su día con el monstruo del bigotito. El libro lo componen relatos (en una acepción, digamos, algo liberal del término) en su mayoría paródicos, en los que un narrador que parece haberse puesto un disfraz de historiador literario nos proporciona datos biográficos de autores americanos (tanto de Latinoamérica como de Norteamérica) y noticia crítica de sus obras. Ambas cosas, autores y obras, son totalmente ficticios. Hay una notable excepción, y no porque sea una historia real (que no lo es): el último relato – y éste sí es un relato propiamente dicho – titulado ‘Ramírez Hoffman, el infame’, en el que el narrador hace acto de presencia, y dice llamarse Bolaño.

Es evidente el juego borgesiano de crear un espejo literario sobre el que reflejar una mezcla de realidad y ficción, desfigurando los límites que separan a la una de la otra; el resultado es una comedia metaliteraria a ratos oscura, en ocasiones grotesca, siempre con un trasfondo un poco tenso, en tanto que los escritores ficticios que van desfilando ante nosotros son, al fin y al cabo, especímenes de la peor catadura.

Ciertamente, Bolaño cierra el catálogo con tres autores que representan la experiencia literaria como algo abominable. Así, los dos hermanos poetas argentinos de la barra brava de Boca Juniors, ‘Los fabulosos hermanos Schiaffino’, añaden sus buenas dosis de pesadilla en forma de conducta criminal al quehacer literario; el remate lo pone Bolaño por medio del aterrador chileno Hoffman, una auténtica pesadilla viviente: esteta de la tortura, artista del asesinato, poeta de la violencia y el fascismo, con Hoffman parece Bolaño lanzarse a un extraño vacío en el que, al nombrarse como narrador, se persona y se involucra.

Contado en clave de relato detectivesco, este último relato deja abierto una decisiva interrogante: un chileno aparece por Barcelona y le pide al narrador que identifique a Ramírez Hoffman; Bolaño va a una cafetería y lo hace; por ello recibe un dinero, pero le pide al cazarrecompensas que no lo mate. “No le puede hacer daño a nadie, dije. En el fondo no lo creía. Claro que podía hacer daño. Todos podíamos hacer daño.”

Nada es real, dijo Bolaño en relación a este libro. Y aun así, a modo de colofón y burla de sí mismo, Bolaño incluyó un ‘Epílogo para monstruos’, donde en unas veinte y pico páginas compendia un listado de autores, revistas y libros de esta fantástica, original y singular parodia.

1 sept. 2012

Septiembre-Wineglass Bay



La foto, pienso, habla por sí sola de la belleza de este paraje. Desde el mirador, Wineglass Bay, imponente en su serenidad, deslumbrante en su hermosura, insondable en su perfección, tal y como aparecía un cálido día de enero de 2012 bajo una insólita neblina que proyectaba unas extrañas sombras, tristezas que parecían deslizarse por el manto de arbustos que cubre la península de Freycinet.

Una capa de arena blanquísima delimita la caricia del mar, mientras al fondo, gasas tenues de un inexplicable algodón lamen las colinas. Desde el mirador, tanta belleza y tanta perfección no cansan la vista. Sería fácil quedarse ahí, sentados en las rocas, guarecidos de la quema que los rayos ultravioleta le infligen a nuestra piel, saboreando el equilibrio de las formas, colores y olores, disfrutando de una paz estética, de una singular armonía que ningún edificio, ninguna ciudad, ninguna construcción hecha por mano humana ha podido ni podrá alcanzar.

A poco de haber dado inicio al sendero que trepa hacia el mirador, a apenas un metro de mis pies, una serpiente de unos dos metros, un ejemplar de una de las especies más venenosas que viven en estas tierras (creo que se trataba de una tiger snake), cruzó el sendero y se escurrió ante mí desapareciendo entre la maleza.

Al igual que en distintas medidas y proporciones en cada uno de nosotros, hay en la naturaleza un poco de todo: bondad y malignidad, hermosura y mortandad, serenidad y terror.

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