12 sept. 2012

Reseña: Ejército enemigo, de Alberto Olmos


Alberto Olmos, Ejército enemigo (Barcelona: Mondadori, 2011). 279 páginas.

Me acerqué a esta novela de Alberto Olmos con una mezcla de curiosidad y aprensión. Había leído muchísimos comentarios sobre la novela, y había seguido de bastante lejos los numerosísimos dimes y diretes acerca del autor, que ciertamente habían alimentado mis expectativas y mis suspicacias.

Vayamos por partes. De Olmos, a quien no conozco de nada, me separan dos cosas fundamentales: el país de residencia (España él, Australia yo) y el año de nacimiento (le llevo once años de ‘ventaja’ en este valle de lágrimas). No he leído ninguna de sus novelas anteriores.

La lectura de Ejército enemigo me ha dejado un poco indiferente: ni es tan mala como algunas críticas apuntaban con evidente saña, ni creo que reúna mérito alguno para pasar a la historia de la literatura española. No tiene brillantez, ni le sobra originalidad. Salvo algunos pasajes bien trabajados, el conjunto de Ejército enemigo me ha parecido un tanto pedestre.

La novela adopta algunas de los principios del relato detectivesco, incluso desarrolla bien la intriga en torno a la muerte de Daniel y las pesquisas que realiza Santiago. Pero Olmos parece haber optado por preparar un extraño cóctel, un batiburrillo de registros y temas, en ocasiones un poco alocado, en lugar de centrarse en un tema o en un único motivo.

Así, mezcla en esa trama de misterio otros elementos que, personalmente, pienso que sobraban: afirmaciones categóricas, más que reflexiones, sobre la inmigración en España (o en Madrid, para ser específicos), el marketing, la privacidad o la pornografía en internet. Hay un exceso de imágenes pornográficas que, ciertamente, no vendrían a cuento si la novela fuera solamente un whodunnit; es un tema que no me interesa para nada, pero puede que a los adolescentes españoles exiguamente educados de principios del siglo XXI sí les atraiga; la pornografía es algo, créame usted que me lee, que vende, y mucho. Y para rematar la faena, muchos, muchísimos, extractos del diario del protagonista (un recurso sobreactuado: se repite más que el ajo). ¿Quieres leer una novela de misterio e intriga reciente, mucho mejor que Ejército enemigo? Te sugiero La mala espera, del argentino Marcelo Luján.

Si Olmos buscaba realizar una crítica de la más que triste realidad social en la que se ha hundido España, Ejército enemigo es un fracaso tan sonoro como la industria de solidaridad que desprestigia el protagonista hasta la saciedad. O cabe la posibilidad de que en realidad Ejército enemigo tratase de ser un reflejo medianamente certero de ciertos atributos que pueden adjudicarse a esa España rancia y desprestigiada, la que no gana campeonatos de fútbol, la heredada de los cuarenta años de Franco y que tan vigorosamente revitalizó el gobierno de un señor de Valladolid con bigotito de sargento de la Benemérita, bajo un disfraz de democracia participativa. Zafiedad, envidia, estulticia, revanchismo, corrupción, avaricia, grosería, el insulto como gesto vital.

El protagonista, Santiago, se revela por momentos como un patético fascista. Un treintañero madrileño, soltero y sin compromiso, un auténtico wanker, con un carácter agrio. Es un personaje que resulta del todo repelente: no desprende simpatía alguna (ni en el lector ni en los otros personajes), desborda cinismo y rencor. No tiene prácticamente amigos, y al único con el que mantiene una conexión esporádica, Daniel, un jovencito pequeño burgués que cree que se puede cambiar el mundo con causas solidarias, va y lo matan en un descampado.

Santiago recibe un sobre que Daniel dejó a su nombre. En él está la contraseña del email de Daniel. Santiago entra en el correo electrónico de Daniel y comienza sus pesquisas. ¿Quién era Daniel en realidad, y a qué se dedicaba? ¿Quién lo mató, y por qué? Santiago llega hasta el final, pero en su huida hacia adelante se llevará una enorme y humillante sorpresa: resulta que lo han utilizado. No era tan listo como se pensaba.

Por lo demás, cabe hacer mención de algunos errores de bulto en esta segunda edición de Mondadori. Alguien debiera explicarles (¿o al autor?) que “12:00 am” es la medianoche, no el mediodía.

Ah, y pobre Cristina Valbuena. No se merecía ese final.

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