30 oct. 2012

Reseña: Ransom, de David Malouf


David Malouf, Ransom (North Sydney: Random House, 2009). 224 páginas.


Recientemente, durante las vacaciones escolares del tercer trimestre, uno de mis mellizos empleó varias tardes en confeccionar sus propios cromos de Pokemon, y luego convenció a su madre para que se los plastificara. El episodio me hizo recordar que, cuando yo tenía su edad, también me hice mis propios ‘cromos’ de los personajes de la Ilíada tras leer una edición adaptada de un tomo de la editorial Everest publicado en 1971, titulado Grandes Epopeyas (incluye cuatro de éstas: Ilíada, Odisea, Eneida y Batracomiomaquia), el cual todavía conservo con la esperanza de que mis hijos lo lean. Durante varias semanas, quizás meses, recrear las luchas entre aqueos y troyanos de la gran epopeya de Homero fue mi pasatiempo favorito.




No me cabe ninguna duda de que Homero capturó mi imaginación, y que logró plantar unas cuantas semillas del amor por la literatura que cuarenta años más tarde sigue creciendo, como uno de esos eucaliptos centenarios que custodian como vigías impertérritos las planicies de estas tierras Ngunnawal. En todo caso, nunca deja de sorprendernos lo mucho que nuestros descendientes tienen de nosotros mismos.

Ransom, la última novela del australiano David Malouf, también explora en cierto modo la relación entre padres e hijos, aunque la perspectiva es muy diferente, y el tratamiento del tema es, en una sola palabra, exquisito. Malouf adopta únicamente el material de la inmortal épica de Homero que le interesa – no menciona la causa de la guerra, Helena, para nada – y en ese sentido, el autor cuenta con que el lector ya debe ser conocedor de la Ilíada.

No creo que sea inusual que la frase que cierra un libro nos haga volver a él, a repensar nuestra lectura o a releer el texto a la luz que esa idea final haya prendido en nuestro campo de visión como lectores. Eso es exactamente lo que me ha sucedido con Ransom. Malouf concluye la novela en el personaje del carretero Somax, y hace referencia a su mula Beauty (Belleza): “[Somax] destacaba sobre todo porque era el propietario de una pequeña mula negra, a la que todavía recuerdan en esta parte del país, y de la cual todavía se habla mucho. Una criatura encantadora, elegante, de ojos grandes, obedecía al nombre de Belleza – a decir verdad muy apropiado, según parece, lo cual no siempre es el caso.”

Malouf sitúa el comienzo de Ransom tras la muerte de Patroclo; la guerra de Troya persiste, Aquiles sigue reñido con Agamenón; inconsolable y presa de una ira incontenible, Aquiles mata a Héctor; pero su muerte no consigue aplacar su cólera, y el hijo de Tetis retiene el cadáver de Héctor y lo ultraja día tras día. Desde las murallas de Troya, Príamo y Hécuba asisten impotentes al atroz cuadro. El rey troyano decide actuar y entregar un rescate para recuperar el cuerpo de su hijo.

Pero Malouf hace de Ransom algo más que una historia. Por momentos, esta nouvelle parece más un poema en prosa. Dejando de lado el (posiblemente) excesivamente largo diálogo entre Príamo y la reina Hécuba, Ransom es una vistosísima obra escrita en una prosa sobria, sencilla, natural. Es una historia conmovedora, poderosísima por varias razones. En primer lugar, porque es una narración sobre la dignidad y la piedad humanas.

Es, en segundo lugar, una narración llena de sutileza y de ternura: los dos personajes centrales son dos hombres viejos. Uno es el rey Príamo, que decide apostar por llevar a cabo lo impensable para un hombre de su rango y poder como último recurso para rescatar a su hijo muerto. Por su parte, Somax, el carretero, actúa de contrapunto humano, y como Sancho con Alonso Quijano, protege a su amo y le cuenta historias mundanas e intrascendentes que sin embargo cautivan al monarca, siempre apartado de la realidad, de la cotidianidad de los menos favorecidos.

No obstante todo lo anterior, puede que sea un tercer tema el primordial, un tema subyacente y menos obvio, pero que resalta por la fuerza poética de las palabras de Malouf: la estética del mundo, la belleza que puede hallarse en las pequeñas cosas que nos rodean, aun en el marco de una guerra violenta y sanguinaria.

Porque la belleza también estriba en el cambio de actitud que Aquiles experimenta cuando, atónito, ve a Príamo postrado ante él, suplicándole. Es la belleza del progreso moral del ser humano. Porque una forma de belleza distinta surge ante nuestros ojos cuando el carretero le describe a su acompañante el rey Príamo a su nieta, una chiquilla de cuatro años, su única descendiente viva. Porque hay también belleza en la descripción que Somax hace de los pastelillos que prepara su nuera, a quien Malouf le da un tono jovial, en un registro universal, el del hombre sencillo del campo.

La belleza adopta muchas formas, pero las más expresivas suelen ser las más sencillas, las más humildes. Así, Príamo rechaza la suntuosidad de una carroza señorial, y exige que le busquen un carro humilde. Los miembros del séquito encuentran a Somax en el mercado, quien alquila su carro, tirado por dos mulas, una de ellas tan bonita que enamora a todo el que la ve. Ransom tiene muchísimos pasajes de una belleza imponderable, tanto por su rico lenguaje musical, lírico pero nada ostentoso, como por el delicado y sencillo tratamiento con el que Malouf dispensa a los personajes y al mito épico de Homero.

A quien todavía guste de los mitos clásicos, esta bella novela de Malouf le debería llevar muy poco tiempo leerla. Es difícil soltarla, pues se trata de una auténtica gozada literaria. La recomiendo encarecidamente.

25 oct. 2012

Reseña: El comienzo de la primavera, de Patricio Pron


Patricio Pron, El comienzo de la primavera (Barcelona, Mondadori, 2008). 247 páginas.

En la página 185 de El comienzo de la primavera, el narrador omnisciente apunta que “Si Dios es un narrador, pensó Martínez, seguramente es uno pésimo, ya que mezcla los datos, desordena encadenamientos de hechos que de otra manera resultarían comprensibles a primera vista. Un maniático jugador de crucigramas, se dijo”.

Para todo aquel que aspire a ordenar lo que entienda como realidad (tan caótica como es, que nadie lo dude) y otorgarle visos de verdad, esta novela del argentino Patricio Pron no es nada recomendable. Si ese Ser Supremo (o lo que sea, cada cual que crea en lo que quiera – allá cada cual) es un aficionado a los juegos y cruza los datos de forma aleatoria, podríamos decir que tratar de darle sentido al caos es un tarea fútil. Que lo es. Por suerte, Pron no es ese pésimo narrador, ni mucho menos.

Martínez es un traductor argentino que se ha emperrado en hablar con un oscuro filósofo alemán llamado Hollenbach, autor en su juventud académica de una obra titulada Betrachtungen der Ungewissheit (Reflexiones sobre la incertidumbre), y que Martínez quiere traducir al castellano. Toma clases de alemán en Buenos Aires que devienen en una relación sexual con su profesora, y a pesar de recibir tres cartas de Hollenbach que buscan disuadirlo, Martínez se sube a un avión y acude a Alemania. Pero cuando llega a Heidelberg, Hollenbach parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Su paradero es un enigma, y las pistas que personas que dicen haber conocido al filósofo son, en el mejor de los casos, vagas, y en el peor, falsas. ¿Quién le está tomando el pelo a Martínez?

Dejando de lado el (supuestamente) laberintico argumento en clave detectivesco de esta novela, con sus indudables guiños a Roberto Bolaño, Pron deleita a mi parecer al lector con una novela de la cual podría argüirse que el tema es la estructura. O dicho con otras palabras: la estructura narrativa se erige por encima del conjunto, se superpone a todos los demás elementos temáticos (la concepción de la Historia como una suma de discontinuidades en vez de una serie continua de eventos, o el asunto de la mentalidad culpable en la sociedad alemana de fines de siglo, entre otros), lima sus aristas y suaviza ángulos inverosímiles hasta integrar todo lo anterior en una narración extraordinaria, singular y cautivadora.

Contraponiéndose al periplo del joven argentino, que viaja de ciudad en ciudad y va de encuentro en encuentro con personajes a cada cual más enigmático y displicente (el relato de las dos incursiones ilícitas en el edificio de la Facultad de Filosofia en Heidelberg y de sus dos encuentros con el alcohólico Hausmeister es fascinante), hay otro eje argumental situado en el pasado, antes de la Segunda Guerra Mundial, una especie de espejo narrativo que Pron utiliza con maestría, haciendo avanzar las dos tramas – es decir, las dos historias – hacia un punto de conexión final. Es una arriesgada estrategia narrativa, pero da unos muy buenos resultados.

Habrá lectores a los que la propuesta de Pron no les satisfaga un ápice. Habrá quien ponga objeciones a su estilo de largas oraciones interrumpidas a veces por aparentemente ilógicos paréntesis, o la interposición de eventos secundarios en mitad de la narración de algún episodio clave. Nunca llueve a gusto de todos.

El pasado es resbaladizo, como ese lago helado que describe la mujer de Hollenbach; cuando en él se abre un agujero, se nos revela la inmundicia que hay debajo de esa superficie, ese espejo que no nos permite ver lo que hay detrás. El lago se deshiela y se vuelve a helar año tras año: lo que viene a confirmar y a reforzar esa extraña idea, la discontinuidad de la historia/Historia.

16 oct. 2012

Reseña: Machine Man, de Max Barry


Max Barry, Machine Man (Nueva York: Vintage, 2011). 277 páginas.


Una de las ideas más inquietantes (y también atractivas) del filme ya clásico Blade Runner era la posibilidad de que los replicantes (casi a todos los efectos, robots) se aproximaran tanto a la perfección que resultaran humanos. A lo largo de la historia han sido muchos los seres humanos (especialmente en el campo científico) que han buscado mejorar el cuerpo humano, de una manera u otra. En el género de la ciencia ficción hemos asistido al nacimiento de robots, androides, cyborgs, replicantes, etc.

No debemos tampoco olvidar que etimológicamente ‘robot’ tiene como origen la palabra checa que designa ‘esclavo’. La cuarta novela de Max Barry, Machine Man, navega entre la sátira despiadada y la comedia negra. Cuenta en primera persona la historia de un ingeniero, Charles Neumann (el apellido no es una coincidencia).

Neumann, que trabaja para una gran empresa llamada Better Future (los ecos del mundo deshumanizado de dos de sus anteriores novelas, Company, y Jennifer Government, ya empiezan a sonar) pierde una pierna en un accidente de laboratorio. Tras la cirugía, comienza la rehabilitación, pero Neumann solamente ve en las prótesis que le ofrecen soluciones inadecuadas a su problema. La biología humana no es mejorable: la tecnología, en cambio, sí puede perfeccionarnos. ¿A qué precio?

Decidido a sacar el mayor partido de su nueva situación, Neumann acepta la propuesta de Cassandra Cautery de desarrollar toda una gama de prótesis y productos que mejoran el cuerpo humano. Obsesionado con crear una pierna que mejore la biología humana (tan falible), Neumann decide utilizarse a sí mismo como cobaya, y provoca un segundo accidente para perder su otra pierna.

Video del trailer de Machine Man, un trabajo del propio Max Barry

¿Objetivo logrado? ¡Quia! ¿Para qué pararse en un par de piernas cuando todo el cuerpo es, sencillamente, mejorable? Neumann se justifica así:

“Tener una sola pierna es poco práctico,” expliqué. “O uno usa un sustituto artificial que intenta imitar la pierna real, lo cual es esencialmente imposible, y le limita a uno a las capacidades de la prótesis. O bien, uno se construye una pierna prostética realmente buena; pero entonces uno se queda clavado con un miembro biológico, que no puede estar al mismo nivel. Imagínate un coche que usase la pierna del conductor en lugar de una rueda. Llega un momento que la biología se vuelve ridícula.”

Otro de los aciertos de Machine Man es, en mi opinión, el estilo: Barry escribe sin adornos, con los tecnicismos necesarios dada la temática de la novela, pero sin hacer un uso excesivo en ellos. Una farsa moderna, absurda, original y sobre todo, muy actual, con divertidísimas incursiones en lo grotesco y en el subgénero de los superhéroes, en la que el blanco de la (no tan) velada crítica es la avaricia empresarial que antepone los beneficios a la vida del ser humano.

Una de las cosas curiosas respecto a Machine Man es que Barry desarrolló la novela como una serie en línea de la cual publicaba unas pocas páginas de borrador cada día, y en un constante diálogo con los muchos seguidores de su blog (maxbarry.com). Es muy posible que esa modalidad de gestación literaria haya influido en la estructura narrativa, con elementos un tanto dispersos y no tan acabados como en sus novelas anteriores. La sátira en Machine Man resulta más sórdida, menos desenfadada e iluminativa que en Jennifer Government, por ejemplo, y la  al parecer inevitable  inclusión de una trama secundaria con tintes de romance (la relación de Neumann con la técnica protésica que le atiende tras el accidente inicial, Lola Shanks – shank, en inglés, significa ‘pata, pierna’) aporta momentos de melodrama, con contrastes muy bien logrados.

Con frecuencia observo a muchas personas que se comportan como si sus teléfonos ‘inteligentes’ fueran un apéndice más de su cuerpo, y que exhiben terribles síntomas de dependencia de esa tecnología. ¿Serían capaces de injertar uno de esos dispositivos en su cuerpo, para no tener que separarse nunca de ellos? Me temo que, en más de un caso, tendríamos voluntarios dispuestos a someterse a la prueba: como el propio Charles Neumann.

Te dejo ahora con mi traducción de las primeras dos páginas de Machine Man:

Cuando era niño quería ser un tren. No me daba cuenta de que eso era algo inusual —que otros niños jugaban con trenes, no a serlos. Les gustaba construir vías y lograr que los trenes no descarrilaran. Ver cómo cruzaban túneles. No lo entendía. Lo que a mí me gustaba era fingir que mi cuerpo eran doscientas toneladas de acero, imparables. Imaginar que yo era pistones y válvulas y compresores hidráulicos.“Tú lo que quieres decir es robots,” me dijo mi mejor amigo, Jeremy. “Lo que quieres es jugar a robots.” Nunca lo había visto de esa manera. Los robots tenían ojos cuadrados y movían sus brazos y piernas espasmódicamente, y normalmente querían destruir la Tierra. En vez de hacer una cosa bien, lo hacían todo mal. Tenían un fin general. Yo no era aficionado a los robots. Eran máquinas malas.


***

Me desperté y busqué el teléfono, pero no estaba allí. Palpé la mesilla de noche, metiendo los dedos entre novelas que ya no leía porque una empiezas a leer libros electrónicos ya no puedes volver a los de papel. Pero el teléfono no estaba. Me enderecé y encendí la lámpara. Me metí debajo de la cama, por si el teléfono se había caído durante la noche y había rebotado de un modo raro. Tenía la vista borrosa tras dormir, así que barrí el suelo con los brazos trazando arcos llenos de esperanza. Levanté el polvo y empecé a toser. Pero no dejé de peinar la superficie. Pensé: ¿han entrado a robar? Supuse que me habría despertado si alguien hubiera intentado birlarme el teléfono. Algo en mí se habría dado cuenta.Entré en la cocina. La minicocina. No era un apartamento grande. Pero estaba limpio, porque no cocinaba. Habría visto el teléfono, pero no lo vi. Miré en la sala de estar. A veces me sentaba en el sofá y veía la tele mientras jugaba con el teléfono. Puede que se hubiera deslizado entre los cojines. Puede que estuviera allí, sin que pudiera yo verlo. Temblé. Estaba desnudo. Las cortinas de la sala de estar estaban abiertas, la ventana daba a la calle. A veces pasaba gente con su perro, o niños que iban al cole. Volví a estremecerme de frío. Debería ponerme algo de ropa. El dormitorio estaba a un metro y medio de distancia. Pero era posible que mi teléfono estuviera más cerca. Incluso que estuviera allí mismo. Me cubrí los genitales con las manos, crucé la sala de estar y empecé a levantar los almohadones del sofá. Vi algo de plástico negro, el corazón me dio un salto, pero era solamente el control remoto. Me puse de rodillas y palpé por debajo del sofá. El primer sol de la mañana me hizo cosquillas en el culo. Ojalá que no hubiera nadie junto a la ventana.


8 oct. 2012

7 oct. 2012

The Sunday column


I recommend (and translate into English for the reader's benefit) this column by Manuel Vicent, featured in El País on Sunday, 7 October 2012, and which you may read in its Spanish original here.

Pantheism
by Manuel  Vicent

Thus spoke Spinoza’s God: ‘Stop praying, enjoy life, work, sing and have fun with everything I have made for you. My house is not in those gloomy, dark, cold temples you have built yourselves, and which you call my abode. My house is in the hills, in the rivers, lakes and beaches. This is where I live. Stop blaming me for your wretched life. I never said you were sinners, or that your sexuality was wrong. Sex is a gift I have given unto you, so that you can express your love, your ecstasy, your happiness. Do not blame me for what they have made you believe. Do not read religious books. Read me in the dawn, in the landscape, in your friends’ gaze, in the eyes of a child. Stop being afraid of me. Stop asking me for forgiveness. I gave you myriad passions, pleasures, feelings, free choice. Why would I punish you, if it is I that created you? Forget the commandments, which are mere tricks in order to manipulate you. I cannot tell you whether there is an afterlife. Just live as if there were none, as if this were the only opportunity to love, to exist. Stop believing in me. I want you to feel me whenever you kiss your loved one, whenever you stroke your dog, whenever you bathe in the sea. Stop praising me. I am not so egocentric’.
Thus spoke the imaginary God of the 17th-century Sephardic pantheist philosopher, Baruch Spinoza, the founder of a mystic school that hippies, gurus, pumpkin-seed sellers and other prophets of modern spirituality have fed upon. Now, if there were a God who was an aesthete and became visible, we might demand an explanation for the sorrow of so many innocents, the millions of children who starve to death, the violent depravation so many men subject women to, the killing instinct that human beings seem to own, engraved deep inside them. Spinoza’s God flows over the green valleys, It flies over the snow-capped peaks, It is indistinct from an unpolluted river, It is present in dolphins, in children’s laughter.
Yet evil does not fit into such beauty. This God tells us to stop asking It for things. ‘Are you telling me how I should do my Work? I am but pure love’. Therefore, It will have to explain to us why, everywhere one looks in this wretched world, one finds nothing but evil, wars, moral junk, the tears and the blood of the innocent, blood which makes the rivers and the seas, too.

My own thoughts on this? We may be just a very annoying contradiction, which has spread like a lethal virus all over the third planet away from a fairly minor star in the Milky Way. The dodo or the thylacine, to name but two, could attest to that.

6 oct. 2012

Reseña: Oscura monótona sangre, de Sergio Olguín


Sergio Olguín, Oscura monótona sangre (Barcelona: Tusquets Editores, 2010). 184 páginas.

Que el dinero no da la felicidad es algo tan evidente que cae por su propio peso. Sin embargo, los que ostentan posiciones de poder y tienen muchos ceros detrás de la primera cifra de su saldo en la cuenta corriente pueden permitirse a veces crear un mundo aparte, e incluso darle ciertos visos de realidad a cualquier fantasía que alberguen, hasta el punto de vender su alma en pos de la consecución de ese sueño que se resiste a hacerse realidad. Está claro, no obstante, que hay un precio muy alto a pagar: la degradación moral que conlleva esa actitud de no detenerse ante nada les pasará factura, antes o después.

El dibujo bastante esquemático que presenta Olguín de la ciudad de Buenos Aires en Oscura monótona sangre no debe confundirnos. Es una ciudad donde hay una encarnizada lucha de clases, y Olguín transmite bien la tensión que se palpa en las calles (“Al pasar la cancha de Huracán, el paisaje comienza a cambiar: descampados del lado sur, galpones que parecen abandonados a mano norte. … [los automovilistas] disminuyen la velocidad unos metros antes para intentar no pararse del todo o dejan una distancia considerable entre auto y auto para poder arrancar de improviso. Tienen miedo de que alguien se acerque y les robe.”)

Julio Andrada es un empresario de origen muy humilde, que heredó un negocio a partir del cual hizo una gran fortuna y escaló muchos peldaños en la escala social. Olguín nos dice que “hacía ya como treinta años que había tomado por última vez un colectivo y jamás se había subido a un tren de superficie o subterráneo.”Andrada tiene todo a lo que podría haber aspirado cuando era un joven operario que laburaba muchas horas en la fábrica; pero la naturaleza humana es débil e inconformista, y quien tiene mucho dinero se acostumbra a conseguir siempre lo que quiere, sin que le importen las consecuencias para los demás. Pero su realidad le aburre, no le satisface.

Sabiendo que un billete de cien pesos compra varias veces el cuerpo de una adolescente que hace la calle, Andrada se sube a su coche de recio motor alemán y conduce hasta las inmediaciones de la villa 21, una villa miseria más de las que decoran el paisaje conurbano del gran Buenos Aires. A la ventanilla se acerca Daiana, de quince años, que sube al coche y se gana su platita para comprarse paco. Pero eso no le basta a Andrada, que a los pocos días añora a Daiana. De modo que vuelve a la avenida a buscarla, y al no encontrarla, contrata a la Luli. Ella le intenta robar, pero Andrada la persigue y recupera su billetera. Al volver al auto, se encuentra con otro joven ladronzuelo en el coche. En la pelea, lo mata con el extintor de fuegos.

Andrada se ha metido en una espiral obsesiva e insiste en seguir adelante, cueste lo que cueste. Olguín utiliza los estereotipos humanos para crear personajes que podrían sin duda alguna reconocerse entre la abundante fauna humana bonaerense: Atilio, el conserje y confidente; Arizmendi, policía federal retirado que hará cualquier trabajito que le paguen; Florencia, la hija de papi rico, y un tanto caprichosa. Es un mundo verosímil, el de Andrada. Oscura monótona sangre no va más allá de la crónica de unos sucesos: ni explora sus causas ni busca convertirse en juicio moral de los actos de Andrada.

La trama plantea una versión apenas remozada del ya manido tema del viejo enamorado de una niña. La obsesión de Andrada por tener a Daiana para sí solo raya lo ridículo: en realidad, lo que Andrada quiere es el cuerpo de la chica. Y como tiene el dinero para comprarlo, se encasqueta en esa idea y la lleva hasta sus últimas consecuencias. La voz omnisciente del narrador nos dice de Andrada que “su hija, su mujer y Daiana formaban parte de su mismo universo. Él lo veía ahora claro y no le importaba lo que pensaran los demás. Él podía hacer convivir esa escena familiar con su boca besando el sexo de la chica sobre una grúa.” Lo que salva esta novela de Olguín es su ritmo narrativo, rápido y certero, que ciertamente atrapa al lector y le lleva por las calles de Buenos Aires, en pos de la siguiente temeridad o estupidez de Andrada.

No quiero dar a conocer el final, pero sí diré que me decepcionó un poco. En aras de proseguir con el hilo argumental a un ritmo cada vez más acelerado – que la novela se aproxime a su desenlace no debiera implicar que el narrador pierda de vista el control de su trama – Oscura monótona sangre parece en la última parte (de las cinco que componen la novela) un caballo desbocado. Es cierto, no obstante, que es Andrada el que avanza ciegamente hacia el final, ya anunciado en el primer capítulo.

Por último, dado que Oscura monótona sangre le valió a Olguín el Premio Tusquets Editores de Novela del año 2009, al libro no le habría nada mal que esos mismos editores le pusieran un poco de empeño a su trabajo. Aparte de algunos errores de edición (“pero el whisky habían hecho su efecto”, p. 100), cabe preguntarse si frases como “alerta meteorológico” o “aplicar para” son ejemplos de un correcto castellano. Que yo sepa, no lo son.

2 oct. 2012

Reseña: Gats al parc, de Alba Dedeu


Alba Dedeu, Gats al parc (Barcelona: Proa, 2011). 197 páginas.


Cuando leo un volumen de cuentos, espero que cada uno de los relatos que componen el libro contenga los suficientes alicientes y sea lo bastante interesante como para no solamente terminar ese relato sino acrecentar mis ganas de leer el siguiente. Conforme avanzaba (a veces a trompicones) en la lectura de Gats al parc, la sensación de insatisfacción y decepción fue creciendo, y en algún momento me rondó la cabeza la idea de dejar el libro a medias.

Gats al parc se compone de siete relatos elegantemente decorados en cada una de las páginas de título con una ilustración a cargo de Gisela Bombilà. El principal problema de Gats al parc es que, en su mayoría, son relatos sin ímpetu, sin fuerza narrativa, desangelados. Los relatos nos muestran a personas corrientes en situaciones nada extraordinarias: una chica que se pasa el día laboral cortando carne en una factoría y que antes vendía ella la carne en su propia carnicería. La suya es una tarea anodina, y por momentos la narración cae en la insustancialidad, y peca de repetición de detalles que no aportan casi nada al relato – sí, es verdad, el sabor del café de máquina es muy inferior al hecho en casa, pero eso ni constituye una historia ni añade prácticamente nada de interés a una trama de por sí coja.

Decepcionante me resultó también el segundo relato, ‘El balneari’, que narra la visita a un balneario de una anciana a la que se le aparecen los espíritus de las personas que significaron algo en su vida. En su conclusión, el cuento no explota las posibilidades de esa puerta a la fantasía que la autora había abierto, y el desenlace es un tanto ambiguo y falto de tensión narrativa.

El siguiente cuento del volumen, ‘Maniquins’, me pareció bastante flojo; es una narración sin un propósito definido, y un final tan previsible como mediocre. La realidad es que no basta con escribir una prosa pulcra, limpia y elegante para captar a un lector: se necesita tensión, hace falta una chispa de imaginación, es necesario proponer un mínimo reto al lector; en mi opinión, ni esa imaginación ni ese reto se hacen presentes en casi ninguno de los relatos que componen Gats al parc.

Posiblemente, los dos mejores cuentos sean ‘Madeleine’ y ‘Nadal’. En el primero, un jovenzuelo inexperto y algo presuntuoso venido de un pueblo se presenta en la casa de su tía Madeleine en la gran ciudad. Su difunto padre y su tía no se hablaban desde hacía años; el chico llega a la ciudad a matricularse en derecho y alberga grandes sueños sobre su futuro, sobre la base del apoyo financiero que le va a prestar su padrastro. La tía Madeleine vive sola – bueno, no sola, sino en compañía de muchos gatos. Es un buen relato con un final algo insulso.

El mejor de los siete relatos es sin duda, y de lejos, ‘Nadal’, una mirada muy crítica al contexto de las típicas y obligadas reuniones familiares por Navidad, y que la narradora describe con mucha gracia y acertada ironía. Alrededor de la mesa y en la cocina se suceden diálogos muy bien trabajados, y los distintos personajes quedan muy retratados con sus propias palabras y las observaciones de la narradora.

Los otros dos relatos exploran temas muy diferentes. ‘Les últimes pàgines del quadern groc’ adopta el formato de un diario personal, en el que una jovencita marroquí con mucha imaginación altera la realidad de su vida y la de sus amigas. ‘Un dia’, por el contrario, no termina de profundizar en los sentimientos de la mujer cuya vida describe, y que está a la espera de un juicio por algo que hizo y que tuvo consecuencias irreparables. El hecho de que no queden explicitadas las causas de su zozobra no ayuda a darle una estructura plausible al cuento, que se pierde en vaguedades sin demasiado interés.

Gats al parc se hizo merecedor en su día del Premi Mercé Rodoreda de 2010. Y cabe preguntarse por qué. Es innegable que la autora tiene un potencial amplio: en algunos pasajes, Dedeu deleita con una prosa pulida, bien escrita. Pero eso no alcanza nunca para crear interés en el lector. Al menos para mí, la principal virtud de un relato breve estriba en que el desenlace te haga paladear el camino recorrido hasta allí. Excepto en el caso de ‘Nadal’, ninguno de los relatos de Gats al parc lo consigue.

1 oct. 2012

Octubre-Port Arthur

Las ruinas de la Penitenciaría de Port Arthur, Tasmania. En la parte trasera una compañía de teatro realiza  cada día varias funciones para los visitantes al complejo.

La historia del asentamiento penal de Port Arthur comenzó en 1830. Su importancia aumentó con el paso de los meses, y para 1840 Port Arthur era ya una de las colonias penales más importantes en la tierra de Van Diemen, el nombre que inicialmente se le dio a la isla de Tasmania.

Los penados eran en su mayoría jóvenes pobres reincidentes, que habían cometido una segunda ‘fechoría’ (habitualmente el hurto de alguna mercancía de poco valor, o de ganado,  para poder comer). Muchos eran niños y mujeres jóvenes, que nunca volverían a su tierra de origen.

En Port Arthur, además de ser sometidos a castigos físicos y torturas mentales diversas, fueron obligados a realizar trabajos forzados: cortaban los gigantescos árboles que por entonces cubrían la península de Tasman, trabajaban como herreros y en cualquier otro oficio para el que tuvieran cierta maña. Las condiciones eran horrorosas.

La idea de que el asentamiento se hiciera autosuficiente resultó, como casi todas las ideas que los ingleses intentaron aplicar a Australia, equivocada y destinada al desastre. En 1842 se inició la construcción del molino de harina y granero, el edificio cuyas ruinas muestra la fotografía. En 1845 el edificio estaba terminado, pero el suministro de agua para hacer funcionar el molino resultó ser más difícil de lo que habían supuesto. Diez años después, el molino fue reconvertido en Penitenciaría. Con el final de la política de transporte de convictos, el lugar quedó abandonado, y varios incendios terminaron de destruir los restos a fines del siglo XIX.

Hoy en día, Port Arthur es una escala obligada para cualquiera que viaje a Tasmania, y ciertamente es una visita muy recomendable e instructiva sobre las crueldades de las que somos capaces de infligir unos seres humanos a otros.

En el caso de Port Arthur, a su ya terrible pasado se añadió otro terrible suceso un día de abril de 1996: un joven que por entonces contaba con 28 años de edad, cuyas iniciales son M. B. (prefiero no hacerle publicidad a tal escoria), un degenerado en suma que jamás debió haber tenido acceso a las armas automáticas que tenía, mató a sangre fría, entre risas y burlas, a 35 personas, e hirió a otras 23, turistas y locales que se encontraban en las ruinas aquella funesta mañana. Que se pudra para siempre en la cárcel de donde nunca saldrá.

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