30 nov. 2012

Yo maté a Bolaño

La platja de Lloret de Mar. Fotografía de Adville

Vuelo digital, una revista cultural argentina en la red, acaba de publicar un breve relato mío titulado ‘Yo maté a Bolaño’. A pesar del título, quiere ser un pequeño homenaje a Roberto Bolaño, a su gran obra y a todo lo que hizo el escritor chileno afincado en Barcelona por la literatura. Pienso que a Bolaño le habría hecho gracia este cuentito, que crea una ficción a partir de datos históricos y utiliza recortes mínimos de las obras mismas de Bolaño para construir una ficción.

En un juego entre lo real y lo ficticio, el narrador se proclama autor de la muerte de Bolaño dando datos y señas de una serie de encuentros con el escritor chileno a bordo de los trenes de cercanías a Barcelona, y justificando su crimen en un supuesto robo de ideas del escritor chileno, quien en varias ocasiones reconoció robar libros de librerías porque no podía costeárselos.

Comienza así:

“En realidad, pienso que fue fácil. Y nunca me cupo duda alguna de que fuera necesario. Y hoy, en este día 23 de abril del año 2015, escribo estas líneas para que todo el mundo lo sepa, porque en el fondo, tengo la absoluta certeza de que es más que probable que nunca se llegue a conocer la verdad; mi verdad. Sé que es casi imposible que algún día aparezca mi nombre en el sitio que merece; que, como hubiese sido debido, figure mi nombre inscrito en los anales de la historia oficial de la literatura en lengua española.”

Puedes seguir leyendo aquí. Espero que te guste.

29 nov. 2012

Reseña: That Deadman Dance, de Kim Scott


Kim Scott, That Deadman Dance (Sydney: MacMillan Australia, 2010). 400 páginas.


Uno de los temas recurrentes en la narrativa australiana, tanto la más reciente como en la del siglo XX, es el de la usurpación, la invasión y posterior expolio y exterminio de los pueblos indígenas a lo largo y ancho del enorme territorio del continente australiano. Entre las del siglo XX, y para quien no esté muy al tanto de la narrativa australiana que podríamos denominar precursora, uno puede recomendar Capricornia de Xavier Herbert (1938), la enigmática pero absolutamente magnífica Voss (1957) del único Nobel australiano de literatura, Patrick White, Oscar and Lucinda (1988), la merecidamente laureada novela de Peter Carey, y ya en el siglo XXI, las recientes novelas de Kate Grenville, The Secret River (2005) o The Lieutenant (2008).

A diferencia de todas las anteriores obras, la novela de Kim Scott (que fue galardonada con el Commonwealth Writers Prize de 2011 y el Miles Franklin Award del mismo año) presenta incontestablemente el tema de la frontera desde el punto de vista de los habitantes originarios de la región donde Scott sitúa la trama. Scott es descendiente del pueblo Noongar, y escribe por lo tanto desde un ángulo muy diferente del de los autores mencionados anteriormente.

Scott lleva a cabo un prodigioso esfuerzo imaginativo al crear una serie de personajes que resultan extraordinariamente creíbles, seres humanos con sus virtudes, sus imperfecciones y sus vicios. En el breve prólogo (véase más abajo) el narrador nos presenta al personaje central, Bobby Wabalanginy, y al colono Chaine, a quien Wabalanginy considera su Kongk (tío). Ya el nombre del personaje principal nos da una pista inicial sobre su personalidad, y acerca de la función que Scott quiere otorgarle. Con un nombre Noongar y un nombre inglés, Bobby (dejémoslo en Bobby simplemente para abreviar) es el puente entre los pobladores de la zona y los colonos ingleses. El lugar, que en la novela se denomina King George Town, corresponde a la actual Albany, en Australia Occidental.

Panorámica de King George Sound, Albany, Australia Occidental. Fotografía de Hughesdarren.
La historia no se narra de forma cronológica, sino que avanza y retrocede según los deseos del autor: en la primera parte (1833-35) Bobby es un niño pequeño al que acoge el Dr. Cross, un fascinante personaje. En la segunda parte (1826-30) Bobby es un bebé, y el asentamiento colono apenas ha comenzado – es gracias a los nativos que los colonos ingleses sobreviven, y una relación amistosa parece florecer entre dos mundos tan distintos. La tercera parte (1836-38) cubre esencialmente la caza de ballenas a la que remite el prólogo, y una azarosa expedición dirigida por Chaine. La cuarta parte da un salto temporal hasta 1841-44, cuando el núcleo urbano de King George Town se ha expandido y la colonia empieza a socavar la civilización nativa.

El Dr. Cross representa al humanista occidental, respetuoso con el conocimiento indígena y sus tradiciones, ávido por aprender e integrarse. Significativamente, Cross establece una profunda amistad con uno de los jefes del clan Noongar, Wunyeran, y tras la muerte de éste, pide que cuando a él le llegue su hora, lo entierren junto a su amigo. Sin embargo, al final de la novela, empleados del municipio desentierran a ambos – mientras que a Cross lo inhuman en otro lugar, con monumento incluido, los huesos de Wunyeran son arrojados al río y desaparecen con la primera crecida.

That Deadman Dance es una novela rica en matices y en voces. Al lector se le presentan las experiencias de muy diversos personajes en el contexto del contacto colonial inicial – que en Australia Occidental no siempre fue tan violento (es decir, genocida) como en la costa este de Australia. Scott nos regala con la voz de los Noongar y su narración de la llegada de esos hombres “de más allá del horizonte”; también con las diversas experiencias de los diversos colonos (el exconvicto Skelly, que no quiere volver ni a Inglaterra ni a Sydney, el exsoldado Killam, el yanqui desertor Jak Tar, que abandona el ballenero para buscarse una vida mejor en esta parte del mundo y se empareja con una joven Noongar, o la de la hija de Chaine, Christine, quien crece y aprende con Bobby y quien en algún momento parece fantasear con una relación sexual (algo que sería tabú) con el protagonista.

Son muchos los episodios que integran y alientan esta novela: las escenas de caza de ballenas, que no desmerecen para nada las de Moby Dick; la malaventurada expedición que organiza Chaine y que termina en naufragio y un largo regreso a pie siguiendo la costa sin apenas provisiones, con traiciones y ejecuciones extrajudiciales incluidas; el proceso de aprendizaje de la lengua inglesa por parte de Bobby (la carta que le escribe a la mujer de Cross es de una belleza pasmosa por su ingenuidad y su candidez).

Middleton Beach, Albany, Australia Occidental. Fotografía de Krafol
Entremezcladas en la trama hay diversas referencias a un Bobby ya mayor, que pone ante turistas y residentes una suerte de espectáculo con anécdotas y trucos diversos, y entre los cuales hace gala de una danza, la “danza del hombre muerto” que da título a la novela. Se trata de la adaptación al folklore nativo de una rutina de la instrucción militar, que trajeron consigo los colonos. Es una excelente metáfora, una sutil evocación del contacto inaugural y la fusión de dos civilizaciones; mas cuando Bobby intenta utilizarla para explicar a los colonos qué es lo que han hecho mal, nadie quiere entender, y le dan la espalda.

That Deadman Dance desentierra el ideal del contacto pacífico y recíprocamente enriquecedor entre culturas, para luego hacer añicos de ese ideal describiendo con detalle el proceso de desintegración del contacto, pasando de la colaboración y la amistad al engaño, y del intercambio lingüístico a la añagaza y el subterfugio como tretas para la explotación. Y en el centro de todo está Wabalanginy, traductor e intérprete, embajador de dos poderes, puente entre culturas, líder de su pueblo y hombre afable y querido por todos, quien al final asiste impotente a la destrucción de su mundo bajo el peso de la historia. Está además escrita en un lenguaje que llega al lirismo en muchas páginas.

Te dejo con mi versión en castellano del 'Prólogo' de That Deadman Dance.


Prólogo
Kaya.
           Al escribir una palabra así, Bobby Wabalanginy no podía evitar una sonrisa. Nadie haber hecho escrito eso antes, pensó. ¡Nadie escrito nunca hola o de esa manera!
            Se alsó una bayena
            Bobby Wabalanginy escribía con tiza húmeda, quebradiza como un hueso endeble. Bobby escribía en un fino pedazo de pizarra. Moviéndose entre lenguas, Bobby escribía sobre piedra.
            Con un nombre como el suyo, Bobby Wabalanginy, bien sabía él lo difícil que era la ortografía.
            Bobby Wablngn escribió se alsó una bayena.
     Pero no había ballena alguna. Bobby estaba imaginándola, recordando…
           Bayena franka.
           Bobby sabía ya lo que era estar bien cerca de una ballena franca. Era poco más que un bebé cuando vio por primera vez a las ballenas, revolcándose entre él y las islas: una isla muy cercana, una gran familia de ballenas que exhalaban con facilidad, sus chorros de agua reluciendo bajo la luz del sol, grandes cuerpos oscuros brillantes en ese mar azul y soleado. Bobby quería meterse en el agua y nadar hasta donde estaban ellas, pero fajado contra el cuerpo de su madre, su espíritu solamente podía llamarlas. A diferencia del hombre ese de la Biblia, Jonás, Bobby no tenía miedo porque llevaba muy dentro de sí una historia, una historia que Menak le entregó enfundada con el recuerdo del corazón fiero, palpitante, de una ballena… 
Un día soleado, recorriendo un largo brazo de roca junto al manso océano, ves cómo el agua se hincha de repente en una gran burbuja que sube hasta la superficie, y ¡oh maravilla!, el agua se derrama por la carne recubierta de percebes y surge el lomo enorme de una ballena. Estás rodeado por el húmedo resuello de una ballena.
Los percebes tachonan su suave, oscura piel, los cangrejos la cruzan apresurados. Ese lomo negro debe de ser resbaladizo, traicionero como las rocas… Mas ves el agujero que tiene en la espalda, el aliento que entra y sale, y piensas en todos los agujeros que el océano ha hecho en esta costa; y en cómo un hombre listo puede deslizarse a su interior, y elevarse hacia la tierra durante un instante o regresar al océano un momento después.
Siempre curioso, siempre valiente, das un paso, y la ballena queda bajo tus pies. Dos pasos más y ya estás resbalando, resbalando y hundiéndote en una oscura caverna que respira, en la que resuenan los cantos de ballenas. Junto a ti late un corazón lleno de sangre, tan caliente que pudiera ser fuego.
Hunde tus manos en el corazón de esa ballena, apóyate contra él y apriétalo, y deja que tu voz se funda con el rugido de la ballena. Canta esa canción, la que tu padre te enseñó, mientras la ballena se hunde en las profundidades.
Qué oscuro es el fondo del mar, y al mirar a través de los ojos de la ballena ves burbujas que te rebasan, deslizándose… Pero no había nada de eso. Bobby estaba solamente imaginando, estaba solamente escribiendo. Con el cielo al fondo, en un rocoso promontorio, Bobby dibujaba círculos en la pizarra, dibujaba burbujas.
Burbuhas.
Se alsó una bayena
Con la base de la mano borró los trazos. No era cierta, era solamente una vieja historia, y ni siquiera podía recordar bien la canción. No había ninguna ballena. Y el día no era soleado. En realidad, el viento jalaba el pequeño chamizo de madera y lona de Bobby, y la lluvia escupía en las paredes. Al resguardo del promontorio justo por debajo de él, el mar estaba tranquilo, pero un poco más allá, a cierta distancia de tierra – apenas unos largos de bote, no mucho más – estaba revuelto y agitado, y algunos flecos de espuma se derramaban según una pauta que todavía estaba aprendiendo. La lluvia caía en forma de afiladas espinas plateadas, y luego ya no había mar alguno, ya no había cielo alguno, y el mundo se había comprimido delante de él, hasta convertirse en un espacio gris estriado en líneas diagonales.
Bobby oyó un andar pesado, y Kongk Chaine se metió de un salto en la pequeña choza. Apenas había espacio bajo aquel techo y entre aquellas endebles paredes para los dos hombres. Bobby percibió el olor a ron y a tabaco; como Kongk respire hondo y se ponga de pie, el chamizo se vendrá abajo. Chaine emanaba vaho a causa de la lluvia, su calor corporal y su lozanía; el agua de la lluvia caía desde el ala de su sombrero y le resbalaba por la tupida barba.
Aquí te hace falta una hoguera, Bobby.
Estaba observando cómo reaparecía el océano convulso, y la lluvia que corría para desaparecer en él.
Nada de nada, ¿eh?
Estaban sentados, podían olerse el uno al otro, y a pesar del calor que despedía el cuerpo que tenía a su lado, Bobby sentía cómo el frío le calaba los huesos. Tenía los dedos manchados de tiza, y la piel de las yemas estaba suelta, arrugada. Con un dedo, escribió algo en la pizarra húmeda.
Bien, casamos una bayena.
Chaine dejó escapar un grito. Se rió. Bobby sintió el brazo de aquel hombre alrededor de sus hombros, cómo le apretaba con su zarpa endurecida y callosa.
Yo mismo espero cazar una ballena, chico. Y más de una, ya puestos. Más de una. Pero ahora mismo, lo que quisiera es ver la luz del sol, y el cielo despejado.
Bobby sonrió y asintió. Puede que el Doctor Cross ya no estuviera, pero Geordie Chaine seguía vivo, otro hombre mayor.
Abrasos.
Bobby quería ser el primero en avistar las ballenas, pero sabía que era más probable que fueran los yanquis, o incluso los gabachos, los que las avistaran primero, puesto que contaban con velamen y todo. La punta inclinada de un mástil y sus velas podía indicar el surtidor de una ballena que todavía no había visto.
Bobby mantenía una intensa vigía. Escribió en la pizarra y se lo enseñó a Kongk Chaine para que lo leyera. Daba igual si estaba vigilando el tiempo, las ballenas o escribiendo, Bobby Wabalanginy estaba siempre dispuesto a dar un grito y salir corriendo en cuanto viera lo que todos ellos buscaban.
Bien, escribió en ese momento. Otra vez deseándolo, imaginándolo.
Bien nada bayenas, la mar abultado.
Borró la palabra bien, e inmediatamente una multitud de gotas de agua cruzó la cresta de ola que se distinguía detrás de él; unas pisadas diminutas sacudieron las hojas ásperas, cruzaron con pesadez las rocas de granito y resonaron con fuerza en la lona que los rodeaba. Bobby dejó escapar un grito de sorpresa y alegría, pero Chaine, que estaba a su lado, no podía distinguir palabra alguna, ni siquiera podía oír su propia voz, solamente el embate de pies y manos diminutos, y el agua que borboteaba como una risotada. Se miraron el uno al otro, diciendo palabras que no se oían mientras una fina lámina de agua recorría el granito que tenían bajo los pies.
Estaban resguardados de la lluvia, de las peores ráfagas de viento en aquel escondrijo, pero aun así el azote de la lluvia y el viento les alcanzaba. La capa de piel de canguro de Bobby, y el aceite y ungüentos que se ponía en la piel lo mantenían caliente. Sentía cómo la vida le cosquilleaba en las yemas de los dedos.
Una estela de púas plateadas cruzaba las aguas tranquilas que había debajo del promontorio y desaparecía en el mar picado, más allá de la isla que tan cercana estaba de la orilla. Por toda la costa del sur las panzas de los nubarrones se arrastraban por encima de promontorios e islotes rocosos.
Chaine se estremeció y dejó escapar un pedo. Tras un gruñido, empezó a descender con cuidado por la pendiente que llevaba a la playa.
Bobby escribió directamente de la lengua de su padre y su madre en la lengua de Chaine.
Kongk sa ido, bienen bayenas.
¡Allí! Bobby vio una vela, y cómo un mástil cambiaba su inclinación, y luego, iluminado por un rayo de sol entre penachos grises y blancos y las lágrimas de océano, un surtidor de espuma. Ah. Muchos surtidores, un montón de manchas plateadas brotando en una amplio canal de luz solar angulada, allí a lo lejos sobre el mar, estampado por el viento. Por un instante pensó que eran velas, una gran flotilla de buques que iban entrando desde la línea del horizonte. Pero no, eran ballenas. Bobby, bajando el sendero arenoso como un torbellino, dando gritos, dando más gritos, avivando con su voz a los hombres para que pusieran manos a la obra. En ese justo momento no tuvo tiempo, pero más tarde lo escribiría.
¡Porai ressopla!
Bobby lo escribió e hizo que ocurriera una y otra vez en las temporadas de caza que estaban por venir, y que comenzaban en ese lugar, en ese instante.
Kaya.

26 nov. 2012

Reseña: Crimson Crop, de Peter Rose


Peter Rose, Crimson Crop (Crawley: UWA Publishing, 2012). 86 páginas.

En el poema que abre este volumen del australiano Peter Rose (su quinto libro de poesía) se nos describe a un hombre que se golpea la cabeza contra las máquinas expendedoras en la estación de Roma Termini hasta hacerla sangrar:

“banging his head on the machines
(Coke, coffee, condoms –
anything commercial)…”
La sangre que se derrama por su cuerpo parece hacer de él un mártir (pos)moderno, mientras “tutti romani rushed to their trains”, asustados, temerosos, refugiados de esa lúcida locura tras sus abrigos o sus lentes. Es la denuncia de la indiferencia, esa malaise que tanto se ha extendido en el primer mundo, sea éste Italia, Sydney o  San Francisco, y a la que el poeta llega mientras desde su apartamento observa a un loco que llora en la calle y oye en insólita conjunción el sonido de dos coros, el ‘preludio’ a una infección: por un lado, el ritmo machacón del bajo de una banda de rock del vecino de al lado, mientras una arpía aúlla ‘Yairs!’ en el piso de abajo.

Es sin duda un preludio algo turbador para escogerlo como apertura de un poemario. Pero Peter Rose no le tiene miedo a las aristas afiladas que el mundo nos muestra en su cotidiano devenir. En otro de los poemas de la primera sección – el libro consta de cuatro – el poeta es sorprendido en su casa por unos jóvenes que inspeccionan otro apartamento; sentado junto a la ventana, está leyendo a Elizabeth Bishop en voz alta, y en los ojos de los jóvenes ve la sospecha,
“As if they didn’t like what they heard,
or marvelled at a tenement that housed such types, …”
El título del poema, ‘Open Book’, es naturalmente también un juego de palabras, algo con que Rose regala  a su lector con frecuencia (muy recomendable es, por la chispa que rebosa, ‘More Mutant Proverbs’, de la tercera sección, el cual está dedicado al gran Peter Porter). El poeta se debe a la literatura, pero es bien consciente de que en los tiempos en que vivimos la poesía puede causar no solo fastidiosa indiferencia sino abierta hostilidad.

Los poemas de esta primera parte llevan a escenas urbanas y mundanas, tratadas con mucha pulcritud y fina ironía (‘Sheridan Close’, ‘Green Park’, ‘Traffic’ o ‘Grade’), o a situaciones curiosas que analiza con mesura (‘Gladstone’ es un excelente ejemplo), pero también hay espacio para la sutil meditación sobre la soledad (‘Brougham Place’) o el pasado (‘Wall’).

La segunda sección de Crimson Crop la componen nueve elegías. La elegía es, lamentablemente, un género ingrato: requiere del lector el esfuerzo de salir de su cómodo entorno y vestir los ropajes del que llora. Peter Rose ha escrito nueve estupendos poemas elegíacos, algunos de ellos de motivos personales. En ‘Beach Burial’ Rose retoma el título de un poema – considerado ya un clásico – del modernista australiano  Kenneth Slessor, pero en este caso son las cenizas de su padre lo que vienen a inhumar en la playa:
“No one notices what’s borne in a casket,
old sumpture furnaced in the drabbest stove,
death a utilitarian blast.”
Como las motas de polvo al trasluz, la pérdida está en todas partes, dice Rose en su poema ‘Motes’. Y es, precisamente a causa de la universalidad de la pérdida, porque nuestro dolor, en un afán reduccionista, termina siempre por ser algo compartido, que la poesía debe acomodar un amplio espacio, tanto para el clamor colérico como para el sollozo reposado.

La tercera sección de este poemario contiene poemas también muy logrados, si bien la temática aquí es algo un tanto más heterogénea, y la irrupción de lo mundano está en todo caso supeditada a la estética literaria. Los versos de Rose tienen una fuerza deslumbrante: no solamente por el hecho de que el poeta hace gala de una erudición nada corriente en estos tiempos, sino porque las imágenes con las que esparce sus versos son frescas, atrevidas:
“That new sound system we all lust after
is a kind of psychotherapy: mirror without end.” (de ‘Spool’)
La sección final de Crimson Crop lleva por subtítulo ‘Fifteen New Poems in the Catullan Rag’; se trata de una suerte de anexo a un libro anterior de Rose de 1993, epigramáticos en su tono y plenamente australianos en su temática. Son versos de un sutil sarcasmo, en los que Rose (editor desde hace años de la revista Australian Book Review) parodia actitudes y personajes de la vida literaria australiana, de la que tiene amplísimo conocimiento. Tomemos por ejemplo ‘Sensation’:
“For the third night in a row
Socration wakes Catullus with gripping news.
This time it’s from the Gallic Review.
Of the seven poems Socration sent them
they’ve taken two. They can’t pay
because they’re being conquered
but nothing fazes Socration,
who urges Catullus to place an order.”
Ciertamente, abundan los tintes corrosivos en el tono general de estos poemas; en el caso de ‘Sensation’, para quien conozca un poco el mundillo de las revistas literarias en Australia, la historia que describe tiene fuertes visos de realidad.

Crimson Crop es, a mi parecer, un poemario muy completo, que deleita al lector de poesía tanto por la forma como por el contenido, y es por fortuna una valiosísima isla en el vasto océano de medianías que abundan en la poesía australiana contemporánea. No es por tanto de extrañar que hace apenas un par de meses fuese galardonado con el Premio Judith Wright Calanthe en Queensland.

20 nov. 2012

Cuerpo y alma. El Premio Calibre de Ensayo de 2012, en Hermano Cerdo

an Cathach
La revista Hermano Cerdo acaba de publicar mi traducción del Premio Calibre de Ensayo 2012 de la revista Australian Book Review, del autor australiano Matt Rubinstein.

Se trata de una valiente reflexión sobre el crítico momento actual por el que pasa la industria editorial. La irrupción de la tecnología digital en el mundo del libro, arguye Rubinstein, va a suponer una auténtica revolución, y de las actitudes y decisiones con que autores y editores enfrenten los cambios radicales que están ya sucediendo depende el futuro de la literatura. Mientras que el pirateo comercial parece haber perdido toda posibilidad de prosperar en el siglo XXI, es el pirateo individualizado (como ya censuré yo mismo aquí) lo que puede arruinar a la industria, a menos que la industria sea flexible y adopte estrategias para atraer a lectores y amantes de la literatura al interior del marco legal que sería deseable. La alternativa, como siempre, es la selva, el caos y la ruina.

‘Cuerpo y alma: El derecho de la propiedad intelectual y su cumplimiento en la era del libro electrónico’ es, en definitiva, una lectura fascinante para todo aquel que disfrute de la literatura y ame los libros. Agradezco a Peter Rose y la Australian Book Review la oportunidad de trasladar este importante debate a los lectores en lengua castellana.

El ensayo comienza así:

El manuscrito más valioso que custodia la Real Academia Irlandesa es el RIA MS 12 R 33, un libro de salmos del siglo VI, conocido por el título de an Cathach (‘El luchador’), o Salterio de San Columba. Se cree que es el salterio irlandés existente más antiguo, el ejemplo más temprano de escritura en Irlanda – y la copia pirateada más antigua del mundo. Según la tradición, San Columba transcribió en secreto el manuscrito a partir de un salterio que pertenecía a su maestro, San Finiano. Finiano descubrió el subterfugio, exigió la copia, y expuso la disputa ante Diarmait, el último de los reyes paganos de Irlanda. El rey decretó que “a cada vaca le pertenece su ternero”, y por tanto la copia de un libro pertenecía al propietario del original. Columba apeló la decisión en el campo de batalla, y derrotó a Finiano en sangriento combate en Cúl Dreimhne. No queda resto alguno del manuscrito original de Finiano, si es que existió. Únicamente subsiste ‘El luchador’.

Puedes seguir leyendo en Hermano Cerdo.

17 nov. 2012

Reseña: Sangre en el ojo, de Lina Meruane


Lina Meruane, Sangre en el ojo (Buenos Aires: Eterna Cadencia, 2012). 157 páginas. (Un regalo de Silvia, traído desde Córdoba. Thanks, mate!).


De todos los sentidos, puede que sea la vista el que mejor nos defina. El viejo aforismo de que ‘una imagen vale más que mil palabras’ apunta hacia la necesidad humana de ver. Y sin embargo, algunos de los grandes autores de la literatura universal fueron hombres que perdieron la vista, y posiblemente a causa de esa pérdida supieron ahondar en la visión de la condición humana en modos que a otros les fueron negados, pese a conservar estos plenamente todos sus sentidos.

Mientras leía esta extraña y fascinante novela de Meruane, me vino a la cabeza el recuerdo de un pequeño accidente que sufrí en mi adolescencia. Iba subido con otros seis amigos en una sola bicicleta, cuesta abajo, y naturalmente perdimos el equilibrio. El cuerno del manillar me impactó directamente en el ojo, que quedó a la funerala. Durante una hora apenas podía ver nada con ese ojo, pero por fortuna todo quedó en un susto.

A la protagonista de Sangre en el ojo, también llamada Lina Meruane (la autora sufrió una ceguera temporal, por lo que el relato bebe de fuentes autobiográficas que no esconde la autora chilena), la ceguera le llega de pronto en mitad de una fiesta. Para complicar más las cosas, su pareja, Ignacio, y ella tienen mudanza a los pocos días del infortunio. Lina es una mujer muy decidida, de una voluntad férrea, y no va a dejarse vencer fácilmente.

A partir de ahí se inicia el periplo que conforma el eje cronológico de Sangre en el ojo. Lina acude al oculista, se hace pruebas y análisis y el cirujano oculista ruso Lekz le da hora para una consulta decisiva para realizar una operación en unos treinta días. Váyase a casa, a Chile de vacaciones, le dice, mientras espera la fecha. Lina lo hace – el relato del vuelo a Santiago tiene momentos desternillantes – y vuelve al escenario familiar de su casa santiaguina, al fondo el aire sucio de la ciudad, en primer plano el pesado entorno doméstico; todo le resulta asfixiante, y por partida doble.

Privada de la vista, Lina se ve en la nada envidiable circunstancia de tener que aguzar sus otros sentidos para poder dotar de significado su vida diaria, y sus palabras: sus manos piensan por ella, lee, escuchándolos, los gestos de los que le rodean, huele temores y sorpresas. Pero son muchas las palabras que van a carecer de sentido para quien sufre una ceguera: “La palabra amanecer no evocó nada. Nada que semejara un amanecer”, o “Lo veo todo sin verlo, viéndolo desde el recuerdo de haberlo visto”.

Narrada en primera persona, Sangre en el ojo combina el relato de la ceguera de la protagonista con el de la relación de Lina con Ignacio, el novio español que le hace de lazarillo y al que en ocasiones parece avasallar. Las palabras (en algunos casos capítulos enteros) que la narradora dedica directamente a Ignacio figuran entre paréntesis, en un recurso técnico más efectista que efectivo.

A mi parecer, sin embargo, es la prosa de calidad de Meruane lo que caracteriza a esta novela, lo que da un punto singular y atractivo que engancha y hace disfrutar al lector. Una prosa cortante y cortada, sin diálogos, con azarosos saltos en el aire sin colchoneta, agresividad y recelo ante las palabras, puntuados por metáforas deslumbrantes. Es un lenguaje fresco, muy actual, excelentemente colocado por la narradora en la boca de cada uno de los personajes. Abundan lógicamente los chilenismos, pero también hacen acto de aparición en Nueva York muchos términos de los latinos, palabras que muy pronto serán parte de la lengua castellana global. En ese sentido, podría decirse que Sangre en el ojo podría ser perfectamente una avanzadilla de la literatura globalizada en castellano que a mediados del siglo XXI será probablemente el estándar.

Con un ritmo narrativo endiablado, Sangre en el ojo hurga en la herida de la vulnerabilidad del cuerpo humano, en nuestras reacciones biliosas, en el resentimiento que crece con la impotencia. Meruane nos recuerda (y se recuerda a sí misma) que el ficticio equilibrio en el que cada uno de nosotros vive es condenadamente frágil, que todo en nuestras vidas es, al fin y al cabo, fugaz, como un destello de luz. Disfrutemos de poder verlo.

10 nov. 2012

Reseña: Past the Shallows, de Favel Parrett


Favel Parrett, Past the Shallows (Sydney: Hachette Australia, 2011). 251 páginas.

¿Nos da la lectura del debut de un autor una indicación acerca de si estamos ante la primera obra de un gran creador literario? Posiblemente no, pero sin duda alguna, ayuda a hacerse una idea.

El título de esta brillante primera novela de Favel Parrett (Victoria, 1974), Past the Shallows (Más allá de los bajíos), se refiere a la zona donde el océano se convierte en un universo vasto, profundo, un lugar donde predomina la amenaza de peligros latentes, ocultos. Pero esos 'bajíos' tienen también una posible segunda lectura: la adolescencia como etapa vital que supera la niñez, y que se presenta poblada de escollos y simas insondables, que se concretan en inseguridades, incertidumbres y amenazas.

Joe, Miles y Harry son tres hermanos, huérfanos de madre, que malviven con su padre, un embrutecido pescador (a veces furtivo) de abulón en la costa sur de Tasmania. A Joe le falta poco tiempo para cumplir los dieciocho años y largarse para siempre; ya se había marchado del infierno en el que viven sus dos hermanos pequeños cuando el padre le rompió el brazo. Miles, mucho más joven en cambio, no puede marcharse, pero además siente la obligación de cuidar de su hermano pequeño, Harry.

En una casa donde nunca saben si habrá suficiente comida para un desayuno, el almuerzo o la cena, Harry se queda solo muchos días, mientras que Miles, pese a ser demasiado joven para trabajar, se verá obligado a salir diariamente en la barca. En uno de esos días, uno de la cuadrilla sufre un accidente mientras pescan salmones: un tiburón (un ejemplar de la especie que aquí se denomina mako) invade la cubierta y provoca el caos. Desde ese momento las cosas solo pueden empeorar.

Para desarrollar la trama, Parrett adopta el punto de vista de los dos muchachos, y ello resulta en frases cortas, despojadas de lo superfluo. Y sin embargo no faltan hermosos pasajes, muy líricos, en los que la autora hace gala de una cuidada prosa y en los que las imágenes muestran los aspectos más agrestes del paisaje de Tasmania. Por la constante presencia del océano, por lo lacónico de los personajes (la mayoría de ellos masculinos) y por la desazón que reina en sus vidas, Parrett me ha hecho recordar a otro de mis (muchos) narradores australianos favoritos, Tim Winton.

Past the Shallows es una terrible historia, y está muy bien contada: Parrett se guarda ciertos datos sobre la muerte de la madre de los chicos y sobre sus vidas antes de ese suceso que los traumatizó – Miles y Harry iban en el coche que ella conducía cuando se estrellaron contra un árbol. Con ello va creando una nebulosa de misterio en torno a ese suceso en el pasado que tanto ha marcado sus vidas actuales. Para cuando Harry, un chico todavía inocente y temeroso, empieza a intuir la verdad, ya es tarde. La suerte está echada, y el caos y la fatalidad han tomado el control del destino de la familia.

«Creo que sería mejor que hagamos lo que dice Papá, Harry. Creo que es mejor que vayamos. Es porque estabas en la carretera cuando ya era de noche.»
«Pero tú dijiste que iba a estar picada hoy. Dijiste que no creías que la barca pudiera salir hoy.»
Y era cierto. Miles podía oír el oleaje incluso desde allí. Podía oír el océano.

Si hay algo que se pueda objetar a esta primera novela de Parrett (que ganó el Premio ABIA al debut literario de este año y fue finalista de media docena de premios más, entre ellos el prestigioso Miles Franklin) es que no profundiza en el personaje del padre. ¿Es un hombre atormentado por lo que oculta de sus actos pasados, y que se redime trabajando muy duro, en condiciones muy peligrosas, sumergiéndose junto a rocas y acantilados para cosechar el muy preciado abulón? ¿O es un monstruo que maltrata a sus hijos, alcoholizado y embrutecido, azuzado por las insidias de su malvado colega Jeff?

El desenlace no lo deja totalmente claro; mientras Joe regresa para recoger los pedazos rotos y tratar de darle un sentido a la vida de Miles, los interrogantes que habían quedado planteados en las escenas más trepidantes de la novela solamente quedan parcialmente resueltos. Eso no le resta méritos a Past the Shallows, pero sí deja algunos huecos en el esquema final del retrato que el lector elabora de los personajes.

4 nov. 2012

Reseña: La mà de ningú, de Vicent Usó


Vicent Usó, La mà de ningú (Barcelona: Proa, 2011). 237 páginas.

De vez en cuando, a uno le apetece encontrarse con un libro que simplemente cumpla bien la función de entretener, de hacer pasar un rato agradable, sin que exista la necesidad de ahondar en disquisiciones filosóficas o estéticas. Para muchos lectores, el género del thriller puede ser ideal para eso, pues a fin de cuentas lo único que se requiere del lector es no perder el hilo de la trama. Si el autor tiene la pericia suficiente para poner cebo en el anzuelo, el resto, como suele decirse, es pan comido.

En La mà de ningú, Vicent Usó va incluso un poquito más lejos, puesto que plantea el thriller o la novela negra como una meta a la que se llega desde muchos puntos separados y por diversos caminos. La novela la componen en realidad seis relatos aparentemente autónomos. Dividida en ocho capítulos, siete de los cuales corresponden a dos días (miércoles y jueves), mientras que el último corresponde al siguiente lunes, cada una de las secciones que los integran lleva por título el nombre del personaje principal de esa vertiente de la trama.

Así, el primero es André Labarbe, el viejo granjero de inalterables costumbres que una madrugada se encuentra una mano seccionada a la altura del codo en mitad del camino rural que corre paralelo a la autopista. El macabro hallazgo cambiará sus hábitos, obligándole a regresar a su casa para llamar a la policía. Los siguientes capítulos, no obstante, no parecen guardar relación alguna con el descubrimiento del miembro por parte de Labarbe, y esto podría desalentar a lectores que estén más acostumbrados a esquemas narrativas más lineales y simplistas. Mi recomendación, en todo caso, tanto con ésta como con cualquier otra propuesta similar, sería seguir adelante, aceptar el envite del autor hasta descubrir qué es exactamente lo que propone.

La mà de ningú se desarrolla íntegramente en Francia. La galería de personajes comprende, además del viejo granjero Labarbe, un camionero muy perturbado de origen eslavo, un inmigrante senegalés que malvive como puede en las calles de París, una mujer casada que huye de una crisis matrimonial y que encuentra refugio en el castillo de una millonaria filántropa, una joven okupa malabarista que se gana la vida con su espectáculo en las calles de París y un rico doctor que perdió a su esposa en un accidente y que parece desvivirse por cuidar de sus dos hijas.

Si diera alguna pista sobre cuántos son los acontecimientos, y de qué tipo, que se concatenan para que Labarbe se encuentre esa mano que parece haber caído del cielo, le haría un flaco favor a quien se anime a leer La mà de ningú. Prefiero decir que se trata de una obra de amena lectura, gracias a su ritmo narrativo, más cerca del allegretto que del vivace, y que Usó emplea un lenguaje pulido y sencillo para caracterizar a los personajes con muy concisas pinceladas lingüísticas.

El desenlace es muy sorprendente, y esconde la historia de una identidad oculta. Los pudientes pueden con mucha facilidad enmascararse tras ciertas apariencias de bonhomía y blandiendo el poder que el dinero les otorga, pero cuando la verdad sale a la superficie, quedan empantanados en la más abyecta podredumbre.

Vicent Usó había publicado anteriormente nueve novelas, dos de ellas finalistas del Premi Sant Jordi. En este blog puedes encontrar la reseña del también sorprendente volumen Subsól, del colectivo Unai Siset, en el que Usó contribuyó una de las historias. Puedes también descargarte legalmente el primer capítulo de La mà de ningú aquí. Y, como suelo hacer en este blog con cierta frecuencia, incluyo también algunas páginas de la novela en mi propia versión en lengua inglesa.

André Labarbe
Suppose it was a Thursday. One Thursday in late November just a few years ago, not too many. The sun was not out yet and André Labarbe, 76 years of age, an officially retired farmer and decorated veteran of the Indochina war, felt an uncomfortable tickle in his belly and was suddenly afraid to face the day about to start. Even though he did not look like the type to get easily frightened and that nothing seemed to portend that this day would start in a way different from those that preceded it.  Let us say, therefore, that it was some sort of presentiment.
The thing is that André’s fears were not unwarranted, and in a few more minutes, at exactly eighteen minutes past six in the morning, already the victim of a remarkable upheaval, he was going to bend over double to vomit, by the side of a dusty road, the white coffee and the two pieces of toast his wife, Delphine Sainthuile, housewife and part-time farmer, had so lovingly spread with two layers, one of creamy soft butter underneath, and one on top, a thick flavoursome layer of their homemade tomato jam, the kind you cannot find in shops. But it was still forty-four minutes before that moment, and for the time being the alarm clock had just started to shatter the silence with its daily, rusty and bitter vibration. Like an indecisive snake, the man’s hand crawled from under the flannelette blanket that covered the married couple’s bodies towards the bedside table and, after feeling for it once or twice without success, found the origin of the noise and pressed the lever that put an end to the hammering of the two cracked bells. The silence restored, André lazed about for a while, as it was his habit, and finally turned on the bedside light and carefully got up. First he put down his legs on the floor, and then he pushed himself up on his elbows to avoid placing the strain of the manoeuvre on his back. He washed his face with cold water, as he had always done, and reacted to its biting contrast with noisy spasms, not realising that every morning he sprayed the mirror, the basin and the floor, but those were details he had never noticed before, and Delphine, probably too indulgent with him, had never thought it necessary to point them out to him. After making sure he had totally washed the sleep out of his eyes, he returned to the now empty bedroom, still feeling an immense weight behind his eyelids, and slowly began putting on the clothes that Delphine had purposely left on the radiator, so that he could feel the nice warmth of the fabric on his skin. At one end of the dresser, beneath the frame from which the pale faces of his two grandchildren watched him, was the letter he did not quite know how to assimilate. He looked at it for a second, but did not grab it. He knew what it said by heart, having read it and reread it scores of times, but hesitated to make a decision, and his indecision caused him to feel a tickle of unease in his belly. He tightened his belt and then put on his dark green overalls.
The lights were on when he went into the kitchen. He said good morning, turned on the radio to listen to the news and sat down to eat the breakfast ever-so-kind Delphine was already preparing for him. He took notice of her slowness, the vacillations that now affected his wife’s hands, and thought about how the years had already begun to be considerably onerous for her, although fortunately old age had not yet altered their loving devotion for each other and the reciprocal affection they had observed for who knows how long. A lifetime, so to speak. The idea comforted him, and he was even able to overcome the cramps still rumbling in his stomach. He heeded the radio announcer, who was updating details about a police investigation following a raid two days before on a Paris-based mafia network dedicated to the human trafficking of Sub-Saharan women, who, having being recruited by the criminals in a range of ways, were being forced into prostitution on the Parisian streets and brothels all over the country. The number of those arrested exceeded seventy, including pimps and prostitutes, claimed the announcer –whose voice was remarkably firm and clear so early in the morning– but the police were investigating whether one of the ringleaders had vanished thanks to an internal leak. Oblivious to any kind of self-criticism, a Parisian politician made the most of the report by declaring in his baritone voice that the fight against human trafficking was one of the priorities the government had set its sights on, and they would not spare any effort. When he finished his coffee, André went to the radio and turned it off, which did not give an NGO representative the chance to ask a (markedly rhetorical) question about what sort of fate would await those women captured by the officers, who apparently saw no distinction between a prostitute and a criminal. While his wife took the plate and the cutlery and began washing up, André returned to their bedroom. He opened a drawer in the bedside table, grabbed his wallet, his keys and a clean handkerchief, his initials elegantly embroidered in gold on a corner, and he distributed the lot in the many pockets of his overalls. When he was about to go out, he retraced his steps and stretched his hand to seize the letter, but his fingertips remained for a second on the soft white paper, without clasping it. He observed the happiness of the two children in the photograph and let his finger slide down the glass, fantasising about caressing their gentle, soft cheeks. He lifted the frame with care, took the envelope and put it in his pocket.


1 nov. 2012

Noviembre-El diablo de Tasmania

El diablo de Tasmania (Sarcophilus harrisii) no es en realidad tan simpático como en los dibujos animados
El revoltoso y simpático animalito de los dibujos animados de Looney Tunes, Taz, guarda pocas similitudes con el marsupial carnívoro que más gente asocia con la isla de Tasmania. El diablo de Tasmania tiene el tamaño de un perrito y es el mayor marsupial carnívoro que queda en el mundo, tras la desaparición del tigre de Tasmania.

Durante nuestras vacaciones de finales de 2011 y principios de 2012 pudimos ver varios ejemplares en cautividad en el Parque de Conservación del Diablo de Tasmania en las afueras de Taranna, a unos dos kilómetros de Eaglehawk Neck y Pirates Bay. ¿Qué se puede contar de este simpático icono? Mucho, pero no todo es tan agradable como en el mundo fantástico de los dibujos animados.

El diablo caza animales más pequeños, pero su alimentación depende mucho más de la carroña, es decir, de los cadáveres de animales muertos (que lamentablemente abundan en las carreteras de Tasmania, por cierto). No sabe absolutamente nada de modales y de decoro en la mesa. Apesta, no nos engañemos. No tiene, ni busca hacerse amigos. Peleará con una fuerza increíble por un trozo de carne maloliente, con uñas y dientes (especialmente estos últimos, muy afilados). Los machos se pelean entre sí por las hembras, y en ese aspecto resultan muy similares a algunos humanos. Son nocturnos, muy vivaces, capaces de trepar árboles y cruzar ríos. Su gruñido es bastante desagradable.

Hubo un tiempo en que el diablo de Tasmania también habitaba el continente australiano; los científicos atribuyen su extinción allí a la progresiva desertificación del continente. Desde mediada la década de los 90, una enfermedad cancerígena transmisible está decimando la población de los diablos. La especie está ya declarada en peligro de extinción.

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