31 ene. 2013

Reseña: El quadern de les vides perdudes, de Silvestre Vilaplana


Silvestre Vilaplana, El quadern de les vides perdudes (Alzira: Bromera, 2011). 191 páginas.


El Sr. Oliver, un viejo viudo que vive solo y a quien su casero busca desalojar sea por los medios que sea, padece un severo trastorno de la personalidad: un “huésped” se apodera de su conciencia cada cierto tiempo. Aparte de los lapsos de memoria cada vez más frecuentes, Oliver no sabe qué ocurre cuando el otro toma las riendas de su cuerpo, pero las señales son más que preocupantes: en una ocasión, su ropa termina cubierta de sangre y suciedad; en otra ocasión, lo recogen los paramédicos en la calle, desnudo e inconsciente, y lo llevan a un hospital.
Oliver, antiguo conserje de una biblioteca, ama sin embargo sus libros, lo único que le queda en la vida; a ellos que se aferra para seguir viviendo, aunque tenga que ir malvendiendo algunos valiosos ejemplares cada cierto tiempo para poder comer.

En un entorno con algunos rasgos distópicos, Vilaplana ha escrito una nouvelle en la que las dos principales tramas van confluyendo poco a poco hasta ser una misma. Cuando desaparece una segunda niña del parque cercano a su casa, la policía empieza a sospechar de Oliver. Los indicios apuntan a él; además, la desaparición, sin dejar rastro alguno, de su hija Laura cuando ésta era muy pequeña carga más las tintas de la sospecha policial.

En este escenario, en un piso lóbrego y sucio que me hizo recordar a uno en el casco viejo de València, donde habité un par de años, la existencia del pensionista es sencillamente sórdida, rayana en la miseria. Oliver entabla amistad con Anna, una prostituta que trabaja en el piso de abajo. Los matones que el arrendador Martí ha contratado para asustar a Oliver no se andan con chiquitas, y Oliver escucha escondido e impotente cómo le propinan una paliza a Anna en la escalera.

El desenlace de El quadern de les vides perdudes es ciertamente poco previsible, y el progreso de la narración mantiene al lector enganchado en todo momento, con capítulos cortos y sin descripciones ni digresiones ajenas a la trama. Técnicamente, esta obra de Silvestre Vilaplana supone un salto cualitativo respecto a su novela anterior, L’estany de foc, que reseñé en su día y que fue una de las entradas más populares de este blog a lo largo del año 2012.

Vilaplana emplea dos narradores distintos: Oliver cuenta su historia en primera persona y en presente, mientras que las apariciones del “huésped”, ese alter ego cruel, sádico y desalmado son narradas en tercera persona, y en pasado. El contraste no resulta ser, en mi opinión, nada efectista. Al contrario, permite interesantes matices y detalles que probablemente se pierdan en una lectura superficial y a la carrera.

Así como en L’estany de foc la literatura forma parte de la trama en tanto que el principal protagonista es un traductor, en El quadern de les vides perdudes la literatura universal se erige en gran protagonista, pues Oliver, en su afán por rememorar lo que ha sido una vida abocada a su final, va apuntando en un cuaderno extractos de grandes obras literarias que, a su modo de ver, le dan sentido a lo que les está sucediendo. Autores como Joyce, Borges, Kafka, Bradbury, Kerouac, Vonnegut, Hugo, y obras como Alice in Wonderland, The Portrait of Dorian Gray o La plaza del diamante hacen acto de presencia y añaden una significativa dimensión metaliteraria a una trama ya cautivadora de por sí. Un estupendo ejemplo, éste de la página 186, y que traduzco al inglés para los lectores australianos del blog:

“Ningú com Proust per cloure un camí de record i de temps perdut. No dubte quin fragment tancarà el quadern, el sé, el visc, el puc recitar paraula per paraula, lletra per lletra, des de fa molts anys. Tot i això, el copie conscienciosament, comparant síl·laba a síl·laba amb l’original del llibre. «La vertadera vida, la vida finalment descoberta i dilucidada, l’única vida, per tant, realment viscuda és la literatura». Repasse la sentència i hi trobe la saviesa, la confirmació de la raó que sempre m’ha mogut i que dóna sentit a tantes hores acompanyat de pàgines. L’única manera de retrobar el temps és fer-ho amb els llibres, cercant-lo entre les giragonses de l’escriptura.”
“No one like Proust to put an end to a trail of memories and lost time. I have no doubt as to which excerpt will wrap up my notebook, I know it, I live it, I have been able to recite word for word, letter for letter, for many years. Even so, I copy it conscientiously, comparing it syllable after syllable with the original in the book: "La vraie vie, la vie enfin decouverte et eclaircie, la seule par consequent pleinement vecue, c'est la litterature" [True life, life at last discovered and illuminated, the only life therefore really lived, that life is literature.] I go over the words and realise their wisdom, confirming the rationale that has always moved me and gives sense to so many hours in the company of pages. The only way to finding the past once again is through books, seeking it in the twists of the writing.”
El quadern de les vides perdudes se hizo merecedora del Premi Alfons el Magnànim València de Narrativa de 2011.

28 ene. 2013

Postales de Vietnam: 2

Los túneles de C Chi: escenario del horror


Uno de los tours más populares entre los turistas occidentales que pasan por Saigón es la visita a la zona en la que las guerrillas del Vietcong construyeron una laberíntica red de túneles desde la cual combatían a las tropas estadounidenses. El complejo está controlado por los gerifaltes locales del Partido Comunista vietnamita. El tour se inicia con la presentación de un vídeo, no exento de patrióticas soflamas, seguido del discurso de alguno de los cabecillas del complejo, que no dudan en emplear el humor y el sarcasmo al referirse a la guerra y a los eventos que tuvieron lugar en esa zona durante aquellos años. Al que yo escuché, nos explicó con orgullo que una de las mujeres que venden souvenirs en la tienda de recuerdos nació en los túneles, y “fíjense, qué guapa ha salido”.

El recorrido del complejo de C Chi te lleva a la entrada de un túnel, donde uno tiene la posibilidad de ver por sí mismo lo estrechas que eran las entradas y cuán perfectamente disimuladas las construyeron los guerrilleros.


El recorrido incluye la contemplación de diversas modalidades de trampas, que los guerrilleros colocaban en la selva o en los túneles. Las trampas son auténticos ingenios mortíferos, de una crueldad extrema. El soldado que cayera en una de ellas, o bien moría con enorme dolor y sufrimiento, o quedaba tullido o lisiado para el resto de sus días.




A lo largo del recorrido es posible ver también los cráteres que dejaron las bombas norteamericanas. El Vietcong, no obstante, era el epítome de la eficiencia militar: los restos de las bombas, explotadas o no, eran reconvertidos por los vietnamitas en granadas de mano o en obuses caseros.


Durante los varios años del conflicto bélico que los vietnamitas llaman 'la guerra americana', los guerrilleros vivieron la mayor parte del tiempo bajo tierra. Las condiciones eran naturalmente insalubres y extremadamente difíciles. Las enfermedades intestinales, una pobre nutrición y la malaria causaron estragos entre sus fuerzas – de hecho, en los túneles murieron más guerrilleros por causa de las enfermedades que por culpa de los ataques enemigos.

La red de túneles de C Chi se extiende por unos 120 kilómetros de longitud. Es posible recorrer alguno de los túneles, hoy en día ampliados para poder acoger a los turistas occidentales, mucho más altos (y mucho, mucho más anchos) que los vietnamitas. La sensación de claustrofobia y la falta de oxígeno en un recinto estrecho y oscuro hacen que ese recorrido sea una experiencia nada placentera.


A mi parecer, una de las “atracciones” del complejo de C Chi que debiera, si no eliminarse, al menos alejarse, es el campo de tiro, situado “estratégicamente” junto a la tienda de souvenirs y la cafetería. Por unos pocos dólares, los turistas pueden disparar un AK-47 o una ráfaga de ametralladora. El estruendo es aterrador. Es difícil comprender cómo esas personas soportan el terrorífico sonido de la guerra día tras día. El campo de tiro, para esos descerebrados que quieren disparar y sentirse Rambo por unos segundos, podrían alejarlo un poco del complejo. No hay ningún preaviso, y la entrada de menores (los niños también pagan, solo media entrada, no como en la mayoría de los museos de Vietnam) es muy bienvenida.

Como muchos otros recintos en otras partes del mundo, C Chi glorifica la guerra y escenifica el horror de la muerte violenta. Para mí, será la última visita. Una y no más.


The Củ Chi tunnels: a stage for horror

One of the most popular tours amongst Western tourists in Saigon is the visit to the area where the Vietcong guerrillas built a maze-like network of tunnels from where they fought the US troops. The place seems to be controlled by the local chiefs of the Vietnamese Communist Party. The tour always begins with a video presentation full of patriotic slogans, and is followed by the speech of one of the senior officers, who will not hesitate to use humour and sarcasm when talking about the war and the events that took place in the area during the war years. The one I listened to proudly explained that one of the ladies selling souvenirs in the shop was born in the tunnels, and “look how pretty she was born, and still is”.

The Củ Chi tour then takes you to one of the tunnel entrances, where you have the chance to see for yourself how narrow the entrance was and how well camouflaged they were made by the guerrillas.

The tour also features the many different types of traps guerrillas would create in the rainforest or at the entrance of tunnels. They are incredibly cruel, deadly devices. Any soldier that happened to fall in one of them either died suffering enormous pain or would have been maimed and disabled for life.


Along the way it is still possible to see the craters US bombs created. But the Vietcong was the epitome of military efficiency: the remains of bombs, exploded or not, were recovered and converted into hand grenades or other type of homemade weaponry by the Vietnamese.


Guerrillas lived most of the time underground, for the several years the conflict, known in Vietnam as 'the American war', lasted. The living conditions were of course extremely difficult and unhealthy. Intestinal diseases, undernourishment and malaria decimated their numbers – in fact, many more people died from disease in the tunnels than due to enemy attacks.


The Củ Chi tunnel network is about 120 kilometres long. It is possible to walk through some of the tunnels, which have nowadays been slightly widened to accommodate Western tourists, much taller (and much, much wider) than ordinary Vietnamese people. Claustrophobia and the lack of fresh air in such a dark, narrow place make the underground walk a rather unpleasant experience.


In my view, one of the “attractions” of the Củ Chi complex that should be, if not eliminated, at least moved away, is the shooting range, “strategically” located next to the souvenir shop and the café.  For just a few dollars, tourists may fire an AK-47 or a machine gun. The din is of course terrifying. I find it hard to understand how those people can put up with the terrorising noise of war day after day.  The shooting range, for those brainless idiots who wish to fire a gun and feel like a Rambo for a few seconds, should be moved away. There is no warning at the entrance, and children are of course very welcome (they pay for half a ticket, unlike in most museums in Vietnam).


Like so many other places in other parts of the world, Củ Chi glorifies war and has become an arena where the horrors of violent death are displayed. As far as I’m concerned, it will be the last time I visit anything like it. Once is more than enough.

26 ene. 2013

Australia, 26 January 2013

National Museum of Australia, Obj. nº 1987.0011.0001
En este 26 de enero de 2013, Día de Australia, reproduzco traducido al castellano un extracto del editorial del periódico de Melbourne The Argus, del 17 de marzo de 1856, y que el magistrado y poeta Peter Gebhardt incluye en un artículo titulado 'A national day of shame' publicado el pasado jueves.

“Nunca hemos escuchado en el Consejo Legislativo debate alguno que más nos provocara sentimientos de amarga indignación, que el que tuvo lugar en torno a la suma dedicada a los aborígenes en los presupuestos. Durante mucho tiempo hemos sido de la opinión de que, en tanto que un pueblo, somos culpables de las más baja mezquindad y deshonestidad en el trato que le damos a esta desdichada raza. Y dicha impresión fue fuertemente reverdecida por la escena a la que nos referimos – por la despreciable cantidad que los ocupantes actuales de esta colonia otorgan a sus poseedores originales, por la indecente frivolidad por la que se caracterizó todo el debate en torno a dicho asunto. Estos pobres infelices tienen, evidentemente, muy pocos amigos. Es de justicia dedicar un momento a la exposición de su causa.

Pareciera que nunca se presenta el hombre blanco…de forma más rematadamente despreciable que en sus relaciones con sus hermanos menos desarrollados. Toma posesión de la tierra por costumbre. Altera el curso de los ríos, ahuyenta los animales de caza, erige cercas, elimina la vegetación y pone sus cultivos, abre las entrañas de la tierra, y se lleva una riqueza incalculable, mientras que los ocupantes originales de esas tierras, no solamente observan con impotencia todo esto, sino que se hunden, emponzoñados por vicios nuevos y arruinados por enfermedades exóticas, hacia un exterminio prematuro. Y nosotros – un pueblo cristiano – una raza devota, magnánima e inteligente – que cuenta con una historia que podemos rememorar, y un talante que apuntalar – nos quedamos inmóviles, callados, ¡y no sentimos el oprobio y el pecado de esa actitud!

Cuanto más pensamos en este asunto, es tanta la humillación y la irritación, que no puede ser tratado de manera atemperada. Si el así llamado 'salvaje' es lo suficientemente astuto como para negociar un precio por su tierra, mi magnánimo europeo condesciende en comprarla. Si el habitante autóctono es tan ingenuo y poco precavido que no estipula los términos de pago, le viene muy bien a la pureza anglosajona tomar la tierra sin pagar por ella. Si estos hombres de piel cobriza tienen tanto conocimiento de la civilización que ya saben del valor de las propiedades, e incluso más, si tienen tantos conocimientos de la guerra que los hicieren peligrosos, Rostro Pálido se lleva la mano a la cartuchera. Si los aborígenes son intelectualmente torpes y carecen de fuerza física, ¡el hombre blanco no considera que sea vergonzoso robarles! Lo que para una naturaleza verdaderamente noble sería causa adicional para prodigar un trato justo e incluso generoso – dada la indefensión y la falta de sofisticación de esos a los que desposeemos – se ha convertido para nosotros – qué vergüenza produce reconocerlo – en ocasión para el engaño y la enajenación fraudulenta.

Afirmamos que en las circunstancias actuales, este país le ha sido descaradamente robado a los negros. Si hubiesen sido como los maoríes de Nueva Zelanda o como los indios de Norte América, tendríamos que haberles comprado la tierra, y haberles dado medios de subsistencia cuando la tomamos. Mas como resultaron ser débiles, pobres e inexpertos, los hemos desalojado sin pago ni recompensa alguna. Protestamos contra esto en tanto que es un acto de tan cobarde y sórdida tiranía – de una deshonestidad tan vil y flagrante – como el mundo ha visto y verá. Nosotros, el pueblo de esta colonia, tenemos en esta instancia la posición de embusteros y timadores, y no mereceríamos que esta tierra, que ha sido adquirida tan indignamente, prosperase con nosotros.”


Desde 1856 a 2013 las cosas han cambiado, pero no tanto. Como dice Peter Gebhardt, "Washing the blood away doesn't wash away the stain", es decir, que por mucho que se haya lavado la sangre, la mancha permanece (Macbeth de esto sabía lo suyo).

Por el futuro de mis hijos, que han nacido en esta tierra, yo me niego a celebrar la injusticia en la que se fundamenta esta Australia en 2013.

23 ene. 2013

Reseña: El amor verdadero, de José María Guelbenzu


José María Guelbenzu, El amor verdadero (Madrid: Ediciones Siruela, 2010). 584 páginas.

Que la narrativa española actual más conocida presenta por lo general un panorama, si no desolador, al menos muy preocupante, no debe de ser noticia para nadie. A las listas de los libros más vendidos me remito. Realmente es difícil encontrar un novelista cuya obra reciente merezca el calificativo de excelente, o simplemente muy buena.

Pudiera ocurrir que un lector habitual de novela española, harto ya de añagazas pseudometafísicas (Fin o Marcos Montes, por poner dos ejemplos que fueron en su día muy populares) o de malabarismos narrativos con un cierto deje narcisista (Ejército enemigo), lea, todavía con alguna esperanza, alguna reseña en esos suplementos culturales que todos conocemos, y que opte por dar algún crédito a lo que le dicen en ellas los “expertos”.

El amor verdadero es la primera novela que he leído de José María Guelbenzu, quien hace acto de presencia de manera muy habitual con sus reseñas en Babelia. Es también muy probable, dicho sea de paso, que sea la última, al menos en mi caso. Y no es que sea rematadamente mala. Nada de eso. Guelbenzu tiene mucho oficio, pero no me resulta notable. Para mí, tras haber leído El amor verdadero, no es un autor imperdible.

Con un planteamiento en principio harto ambicioso, Guelbenzu busca abarcar casi sesenta años de historia de España a través de una narración plagada de múltiples puntos de vista, de la vida y la relación de un matrimonio, Andrés Delcampo y Clara Zubia, quienes repetidamente admiten que el otro es el hombre/la mujer de su vida. Nacidos ambos en un pueblo castellano en los primeros años de la durísima posguerra, Andrés y Clara quedan emparejados gracias al hechizo que lleva a cabo el tío de Clara, Cadavia. Más que el azar, Guelbenzu nos quiere dar a entender que es el tesón pasional  de ambos, Andrés y Clara, lo que los empuja a encontrarse en Madrid cuando empiezan a hacer vida propia como estudiantes universitarios. Una pareja de “personas corrientes, no…vulgares”, cuya lealtad, respeto y afecto mutuo son la envidia de casi todos los que los conocen. Pero, ¿son realmente tan leales y fieles como parece?

Así como en sus inicios El amor verdadero cautiva en parte por la brillantez del lenguaje, y en parte gracias a un aciago episodio de posguerra que la niña Clara describe, y cuya importancia queda un tanto diluida, al aparecer casi trescientas páginas después, la novela se desdibuja por momentos, en tanto que Guelbenzu insiste en recargar la narración con detalles de anécdotas y chismorreos sobre prácticamente cada uno de los personajes secundarios, además de alguna que otra disquisición moralizante en torno a la política española de la transición y los primeros años de la democracia. Podría apuntarse también que el texto se hubiera beneficiado de una revisión con espíritu crítico: en concreto, en el primer capítulo de la Primera Parte, la machacona inclusión de frases introductoras (“En el despacho.” “En la galería.”) para indicarle al lector dónde tiene lugar el diálogo que sigue. Son totalmente superfluas, y por tanto son un incordio.

Por otra parte, tanto bailoteo de voces narradoras (son tres: Andrés, Clara y un narrador omnisciente, en ocasiones un pelín condescendiente) y de posicionamientos temporales terminó por incomodarme. A mi parecer, cuando el autor obliga a que cada dos o tres páginas el lector tenga que adaptarse a una voz narradora “distinta” – lo pongo entre comillas porque no son tan diferentes, exceptuando algunos pasajes muy bien trabajados (he ahí el buen oficio novelista de Guelbenzu al que aludía antes), corre el riesgo innecesario de cansar al lector.

Incluso los primeros monólogos interiores de Clara Zubia me parecieron un poco acartonados, les faltaba vida: el abuso de los coloquialismos y las frases hechas no es suficiente para dotar de vida a un personaje:

“Lo cierto es que me gusta Andrés, me encanta Andrés, estoy enamorada de él, pero tiene que sufrir. Hasta que no sufra no hay tu tía. Si a los chicos les pones las cosas fáciles, preparate a que te dejen colgada o, lo que es peor, te tengan ahí aparcada mientras ellos vienen y van. No es que a mí me guste este plan, es que las cosas son así.” (p. 107)
“Voy a trincar a Andrés, ya está bien de jugar al gato y al ratón, o sea, a la gata y al ratón. Aunque también lo puedo dejar para después del verano, sí, buena idea, que espere un poco más […] reconócelo Clara, te encantaría pasar el verano con él. Pero ¿dónde? ¿Sin dinero? Es un sueño. Qué asco ser jóvenes.Andrés es terco y no se apea fácilmente de sus errores. Pero si el tío Cadavia se decide a ayudarme, idea que se me acaba de ocurrir, podemos adelantar acontecimientos.” (p. 120-1)

Hay que reconocer no obstante que a medida que avanza la novela, el personaje de Clara va cobrando dimensiones gratamente sorprendentes, hasta convertirse en el personaje principal, muy por encima de Andrés, al cual Guelbenzu no consigue en mi opinión separar plenamente de esa condescendiente tercera voz narradora, la voz omnisciente que al final se nos revela, à la Melville en Moby Dick, como Asmodeo.

Hay otros aspectos de El amor verdadero que merecen comentario, como algunas interesantes referencias metaliterarias a la situación actual de la literatura española (me pregunto si el propio Guelbenzu habrá caído alguna vez en las malas prácticas que critica por voz de su personaje Mateo Perdiz), y las numerosas citas de obras poéticas, generalmente bien ajustadas al contenido de la novela.

Por lo demás, y como es ya habitual en demasiadas ediciones españolas, hay unas cuantas erratas y gazapos de edición, algunas gordas (“una día tan bueno” (p. 134), “se alienan botellas” (p. 315), “atravesando por un periodo” (p. 310), o “ni un sólo comentario” (p. 380)).

El amor verdadero atraerá a muchos lectores poco exigentes, no me cabe ninguna duda. Es una historia con indudable interés, pero con una estructura cansina, un tanto fatigosa. En ocasiones al texto le falta frescura, y posiblemente le sobren muchas páginas. En pocas palabras, a mí no me convence.

17 ene. 2013

Postales de Vietnam: 1


Para el recién llegado a Vietnam, sea al aeropuerto de Saigón, el gran centro económico del país, o al de la capital, Hanói, los primeros minutos en un taxi son de una angustia y un pánico irremediables. Los vietnamitas parecen no tener un reglamento de circulación, se dice el viajero recién llegado. El taxista está loco. Todos los demás que ocupan las carreteras están locos. Piensas que en cualquier momento el taxista va a llevarse a una moto por delante y el motorista va a aterrizar en el parabrisas, o peor, va a atravesarlo y te va da a dar a ti.

Y uno se imagina ensangrentado por la sangre y las vísceras de un pobre motorista vietnamita, destripado e incrustado en el parabrisas del taxi que  le lleva por la carretera de acceso a Hanói, o en la espaciosa avenida que une el centro de Ho Chi Minh con su aeropuerto.

Y sin embargo, eso no sucede. Salvo alguna contadísima excepción, claro está.

Este video, cuya duración no llega al minuto, está grabado desde la terraza de una cafetería en el centro de Hanói. Las cinco calles que confluyen en esta especie de plaza no tienen semáforos. De hecho, apenas hay semáforos en Hanói (ni tampoco abundan en Saigón), y los pocos que hay la mayoría de los motoristas no los respetan. Los pasos de cebra, señalizados como están, no significan nada (a un extranjero que se paró en un paso de cebra para dejarnos pasar lo hincharon y vituperaron ¡a claxonazos!)

Observa:

Quien no conozca Vietnam es muy probable que no dé crédito a sus ojos. ¿Cómo es posible que no haya ningún accidente? El cruce en cuestión tiene una altísima intensidad de tránsito a todas horas. El minuto que puedes ver en el video es una mínima muestra de lo que sucede prácticamente las 24 horas del día. Los peatones también cruzan a su aire, por cierto. Una asombrosa concentración de líneas en un mismo plano que sin embargo, no entran en colisión.

Estuve pensando un poco sobre este fenómeno. Algo así nunca ocurriría en Europa, ni en Australia, ni en los EE.UU. Ni siquiera en la ciudad de México, famosa por el caos circulatorio de sus calles, el caos llega a tanto.

Mi conclusión fue que, pese a las pocas reglas que rigen el tráfico en Vietnam (no es necesaria licencia de conducción para ir en motocicleta), hay una que está por encima de todas las demás: No hagas daño a los que comparten la vía contigo. Puedes colarte, recortar ángulos, saltarte los semáforos o incluso ir en dirección contraria, pero no les hagas daño a los demás usuarios de la calle. Esa parece ser la regla no escrita que permite que todos (una inmensa mayoría, en todo caso) vuelvan a casa cada noche.

¿Qué otra explicación puede haber?




For the traveller who has just arrived in Vietnam, whether at the airport of Saigon, the country’s great financial engine, or that of the capital, Hanoi, the first few minutes in a taxi can be of unavoidable agony and panic. Vietnamese people do not appear to have a set of traffic rules, the traveller might tell themselves. The taxi driver is crazy. All the other people on the road are absolutely crazy. At any moment now, the taxi driver is going to run into a motorbike, and the motorcyclist is going to land on our windscreen, or even worse, the guy’s going to crash through it and hit me, the traveller thinks.

And you easily picture yourself covered in blood and with the guts of a poor Vietnamese victim of a traffic accident, gutted and inserted through the windscreen of the taxi on the road to Hanoi or the great avenue that joins downtown Ho Chi Minh with its airport.

However, the above does not happen. There is always the odd exception, of course.

The video that follows, hardly a minute long, was recorded from a café at the top floor of a building in the very heart of Hanoi. The five streets that come together in this sort of square or place do not have traffic lights. In fact, there are not many traffic lights in Hanoi (they are not abundant in Saigon, either), and the few there are most motorists do not obey. Pedestrian crossings, though clearly signed, do not mean anything to them (yet a foreigner who stopped at one to let us cross the street was taken to task and hooted down!)

You've watched the video?

If you don’t know Vietnam, you can hardly believe your eyes. How is it possible that no accident actually takes place? The intersection has very high traffic intensity at all times. This one-minute footage is but a minimal sample of what happens there almost 24 hours a day. Pedestrians too cross the road as they wish, by the way. It is an amazing encounter of lines on one same plane, yet they never collide.

I thought about this for a while. Something like this would never take place in Europe, in Australia or in the USA. Not even in Mexico City, notorious for the traffic chaos that rules over its streets, reaches this kind of bedlam.

The conclusion I came to was that, despite the few rules that seem to regulate traffic in Vietnam (a driving licence is not required for driving a motorcycle), there is one that overrides all others: Do not hurt those who share the road with you. You may get out in front, cut corners, run a red traffic light or drive against the oncoming traffic, but do not hurt others on the streets. That seems to be the unwritten rule that allows them (most of them in any case) to get home every night.

Any other explanation, anyone?

14 ene. 2013

Reseña: Infinite Jest, de David Foster Wallace


David Foster Wallace, Infinite Jest (Londres: Abacus, 1996). 1079 páginas.

Hay algunas (pocas, a decir verdad) obras de literatura cuya lectura te deja un poco abrumado, apabullado, y es incluso posible que uno se sienta casi incapaz de empezar a poner por escrito las impresiones que esa obra le ha causado. Infinite Jest, de David Foster Wallace, es una de esas grandes obras literarias. Es una locura de novela en prácticamente casi todos los aspectos que uno quisiera poder hincarle un diente reflexivo: por su estructura, por sus múltiples tramas o por su exigente lenguaje, por mencionar tres.

De Wallace, que se suicidó hace unos cinco años, no había leído absolutamente nada hasta ahora. De hecho, solamente empecé a conocer de su existencia cuando ya era (por así decirlo) demasiado tarde, la curiosidad por su obra aguijoneada por los amigos de Hermano Cerdo, quienes lo tenían en un pedestal.

El título de la novela se debe a una de las mayores obras teatrales jamás escritas, Hamlet, la cual también me resultó en su momento una locura – particularmente en el contexto de la traducción, un desafío en el que participé durante un par de años con la Fundación Shakespeare de Valencia. Las palabras las pronuncia Hamlet recordando al bufón Yorick, cuya calavera han sacado los sepultureros en la primera escena del quinto acto. Yorick, nos dice Hamlet, era un hombre que no paraba nunca de bromear.

Situada en un futuro en el que los años son patrocinados por un producto (la mayoría de los sucesos que narra la novela tienen lugar en el “Year of the Depend Adult Undergarment”, el Año de la Prenda Interior Depend), Infinite Jest une las tramas de muchos personajes, pero son tres las nebulosas argumentales principales. La de Hal Incandenza, talentoso tenista y estudiante en la Escuela de Tenis de Enfield, fundada por su padre James, prodigioso tenista joven y experto en óptica, quien se dedicó también a filmar “entretenimientos”, películas vanguardistas, una de las cuales engancha de tal manera al espectador que éste no quiere nunca dejar de verla una y otra vez, ¿hasta morir de inanición?

La segunda es la de Don Gately, exconvicto, “artista” del robo y drogadicto reformado que trabaja en Ennet House, refugio para los que toman la decisión de dejar la calle, las drogas y/o el alcohol. Gately es un gigantón, capaz de matar a alguien con sus manos, aunque en el fondo odia la violencia.

Una tercera línea argumental es la que desarrolla Wallace a través de los encuentros entre uno de Les Assassins en Fauteuils Roulants, Rémy Marathe, y un agente de espionaje de la administración gubernamental, Hugh Steeply, disfrazado de Helen Steeply para intercambiar información con Marathe.

La mayor parte de la trama y subtramas que componen la novela tienen lugar en Boston. Pero el escenario geopolítico que presenta Wallace es distinto de la realidad. Se ha formado ONAN, la Organización de Naciones Norteamericanas (con sus muy divertidas palabras derivadas, ONANismo y ONANista), pero una amplia cuña del noreste de los EE.UU. ha sido convertida en vertedero tóxico y cedida a Canadá, a lo que los habitantes de Quebec han respondido con la formación de células terroristas – una de ellas, la más sanguinaria, Les Assassins en Fauteuils Roulants, es decir, Los Asesinos en Sillas de Ruedas.

Infinite Jest resulta enloquecedora por momentos, y no debe extrañar que muchos lectores abandonen en el intento. Personalmente la idea de tirar la toalla no me pasó por la cabeza en ningún momento, aunque sí confieso que la novela me hundió en la confusión en muchos momentos. Curiosamente, la aparición del caso Lance Armstrong en estos momentos puede resultar muy oportuna para la lectura de esta novela. Wallace escribió una gigantesca sátira en torno a las obsesiones más propiamente norteamericanas: el logro del triunfo a toda costa, utilizando drogas si fuera necesario, y el abuso de sustancias estupefacientes, que no es sino una de las muchas aristas de la cuestión anterior. Y como una suerte de telón de fondo que contribuye a destacar todo lo anterior, esa obsesión norteamericana por el entretenimiento interminable al que se llega por el aturdimiento intelectual del espectador.

Wallace colma de detalles la narración, y hace alarde de una erudición ilimitada (una de las muchas palabras que desconocía, pero que quise saber qué significaba, es “koan”, que resultó ser de origen japonés). El autor también hace cierta ostentación de su enorme potencial creativo as través de la sintaxis y el amplísimo abanico de registros que refleja en el habla de los personajes (la creación de Marathe es, en este sentido, sublime). En todo caso, el lector puede escoger seguirle el juego a Wallace y buscar todas las palabras que desconoce, o simplemente contentarse con su ignorancia y seguir leyendo. Infinite Jest divierte, entretiene, entristece y apasiona; es una obra extremadamente inteligente, densa hasta la saturación en contenidos, lenguaje y estructura. Un corrosivo humor negro la recorre desde principio a fin, invitando a la carcajada o a la reflexión, según sea nuestro estado de ánimo.

En alguna parte he leído que Wallace encontró más de 700.000 erratas en las primeras galeradas del libro. Unas cuantas siguen ahí, casi diecisiete años después. Una cuestión distinta es la repetición deliberada de algunos detalles: por ejemplo, el hecho de que James Incandenza se suicide metiendo la cabeza en el horno microondas de su residencia en la Academia de Tenis de Enfield aparece numerosísimas veces en la narración, aunque no siempre sea necesario hacer referencia a los detalles.

Por mi parte, estoy deseando leer otras obras de Wallace, y conocer más acerca de este prodigioso creador, que lamentablemente decidió poner fin a su vida. 

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