22 may. 2013

Reseña: Bahía Blanca, de Martín Kohan


Martín Kohan, Bahía Blanca (Barcelona: Anagrama, 2012). 276 páginas.

De un viaje por tierras patagónicas, al sur de la provincia de Buenos Aires, en la última década del siglo XX, tengo muchos recuerdos, pero ninguno de ellos incluye la ciudad de Bahía Blanca. No podré negar que pasé por ella o muy cerca de ella, pero confieso que no me quedó ninguna cosa memorable de aquel lugar en el mundo. Digo esto porque el narrador en esta novela homónima de Martín Kohan viene a reafirmar más si cabe la impresión que por algún motivo conservo de esa ciudad argentina, que no resulta ni llamativa ni atractiva: “Ninguna persona que yo conozca ha dicho jamás nada bueno de Bahía Blanca, y fue por eso que la elegí como destino. […] el peor lugar del mundo según todos. […] Las razones esgrimidas solían ser, entre otras, las siguientes: el clima adverso, con entradas de fríos oceánicos comparables a las entradas de los ejércitos vencedores en las ciudades vencidas; la arquitectura casi siempre ingrata, colección de fealdades o de bellezas fallidas, que en última instancia es lo mismo…”(p. 1).


Lo que Mario Novoa, el narrador protagonista de Bahía Blanca, no nos cuenta en esa primera página (ni en las casi cien que siguen) es desde qué situación se ha marchado o de qué problema ha huido, si es que tiene algún problema. Y el lector, a medida que progresa en la lectura, va observando ciertos tics, ciertas obsesiones en el personaje, que narra su estancia en la ciudad que sirve de cabecera de la ruta que lleva a la Patagonia argentina en forma de diario fechado.

Por medio de sus anotaciones, Mario desvela que se ha plantado en Bahía Blanca tras engañar a las autoridades universitarias con el pretexto de un proyecto de investigación en torno a un autor, Martínez Estrada, quien le ocasiona una suerte de obsesión porque tiene, nos dice Novoa, una prodigiosa capacidad para cambiar de tema.

En Bahía Blanca, Novoa pasa días enteros aislado o sin establecer apenas contacto con la gente. Las visitas de unos jóvenes catequistas o la conversación con el vecino de la casa de la universidad donde se aloja quedan reflejadas con humor y obsesiva minuciosidad. Mientras Mario sigue sin dar cuenta de lo sucedido antes de su escapada a Bahía Blanca, el meollo de la narración lo constituyen sus paseos por una ciudad sin atractivo alguno, pero que a sus ojos parece acogedora, puede que hasta agradable.

Cuando su permiso académico está a punto de terminar, el pasado hace súbitamente acto de presencia, y fuerza a Novoa a explicarse. El pasado se llama Ernesto Sidi, antiguo compañero y socio de negocios, a quien Novoa reconoce a la puerta de un burdel del barrio portuario; poco después, y tras unas entradas en el diario en las que Novoa despoja de todo atisbo de ocultación su neurosis maniaco-compulsiva (refleja las dos voces que le hablan en su cabeza), se nos revela el acto criminal del que Novoa va huyendo tanto física como mentalmente. Quiere tanto como ausentarse de él como olvidarlo. Cuando Sidi lo reconoce por la calle y lo invita a subir al coche, Mario tiene que admitir que el pasado no se desvanece por arte de magia, y termina confesándole a Ernesto qué es lo que hizo. Resquebrajado el muro de contención que se había construido, la realidad y la verdad penetran en la narración, y desde ese momento, las referencias a su exesposa, Patricia, se multiplican.

Con el regreso de Novoa a Buenos Aires, la novela entra sin embargo en una dinámica bien distinta. La narración deja por momentos de tener el interés que tenía, y pasa a ser una colección de retazos que dibujan las manías, las obsesiones o las costumbres fuertemente enraizadas en la mente de un hombre que está enfermo, que se sabe enfermo, pero que no va a aceptar(se) diagnóstico alguno.

Puede que el hecho de que Novoa sea profesor universitario de literatura sea el detalle menos plausible de Bahía Blanca, pero a Kohan le sirve para crear una subtrama metaliteraria que, personalmente, me supo a poco. Novoa recibe un email de un estudiante de posgrado que le pide su opinión acerca de la novela de Dostoievski Crimen y castigo. La correspondencia sucesiva entre el profesor y el estudiante, intercalada en una sucesión de acontecimientos más bien inanes que no vienen sino a reforzar la obsesión como característica fundamental de Novoa como sujeto, consigue despertar mucho interés. Tanto es así, que la abrupta conclusión de esta sugestiva derivación argumental deja un mal sabor de boca.

Sin que esté en mi ánimo desvelar el desenlace, cabe añadir que la solución narrativa propuesta por Kohan no termina de cuajar: nos encontramos a Novoa, desquiciado por la posibilidad de volver con Patricia; la acecha en el exterior de su casa y provoca un encuentro fortuito. En una huida hacia ninguna parte, Novoa se lleva a Patricia en un largo viaje nocturno a través de la provincia de Buenos Aires, y amanecen en… lógicamente: Bahía Blanca.

Kohan realiza un encomiable trabajo de caracterización del personaje a través de sus palabras, de sus giros, de su sintaxis. Palabras repetidas hasta la saciedad, enumeración gratuita de sinónimos, minuciosas observaciones del entorno cotidiano intercaladas de forma compulsiva en los diálogos. Novoa, por quien en un principio el lector puede sentir hasta simpatía, se convierte en un ser cargante, fastidioso, hiperactivo en la observación de detalles nimios. Un criminal neurótico, insistentemente enamorado de una mujer que ya no es la misma mujer de quien se enamoró, Novoa se muestra al final como un pobre majadero incapaz de ver la realidad: que la imagen del pasado que podemos formarnos en la mente se puede derruir, y solamente un ser neurótico, un hombre enfermo y transgresor como Novoa es incapaz de constatar el estado de ruina, prefiriendo ver lo que una vez hubo y se perdió irremediablemente.

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