31 jul. 2013

Reseña: Last Man in Tower, de Aravind Adiga

Aravind Adiga, Last Man in Tower (Leicester: WF Howes, 2011). 599 páginas.

Una película que más me gustaba compartir con los estudiantes de español avanzado, hace ya años, fue La comunidad de Alex de la Iglesia, y con Carmen Maura en el papel estelar. Se trataba de una comedia negra en la que se esboza un retrato despiadado de una comunidad de vecinos madrileña, en una crítica atroz de la codicia y la envidia que pueden vivir en cuerpo y alma tras las paredes de los apartamentos contiguos al nuestro. En Last Man in Tower, Aravind Adiga nos introduce en otra comunidad de vecinos, pero el escenario no es el centro de Madrid sino uno de los barrios de la populosa ciudad india de Mumbai.

Para ver el tráiler de La Comunidad, haz clic aquí.

Vakola es uno de los polos del imparable desarrollo urbanístico de Mumbai; es terreno abonado para la corrupción de los promotores inmobiliarios. Shah, rico hecho a sí mismo, es el halcón inmobiliario que quiere echarle sus garras a un viejo edificio en el que vive una bien avenida comunidad multirracial con diferentes creencias religiosas. Un total de quince apartamentos, en los que viven unas trece familias y una joven periodista sola, y uno de los pisos está desocupado. Shah proyecta construir un gran complejo de apartamentos de lujo, y para ello debe comprar el edificio de la Vishram Society.
Marina Drive, Mumbai (Fuente: Wikicommons Images)
El edificio ya no tiene el esplendor de sus primeros años: los monzones han dejado huella, y el poder adquisitivo de los propietarios no es tan alto que les permita hacer reparaciones costosas. El olor del dinero o el brillo del oro pueden ser suficientes para convencer a la mayoría de ellos de que vendan. Si bien en un principio no todos estarán dispuestos a marcharse, poco a poco la codicia y la esperanza de mejorar su posición económica hacen mella en su determinación. Solamente un viejo maestro que cuenta con el respeto de todos ellos se mantiene en su oposición a la oferta del promotor, pero con el paso del tiempo los demás lo verán como el obstáculo entre ellos y el dinero.

Una narración cronológica que comienza un 11 de mayo con la visita de un joven muy bien vestido a la Vishram Society. El joven hace muchas preguntas sobre el edificio y sus residentes y propietarios. La historia avanza hasta la fecha límite que les ha puesto el promotor para que todos firmen el acuerdo con su empresa inmobiliaria. Un par de días después el temido desenlace tiene finalmente lugar (si bien no en la forma que uno pudiera haber esperado). La parte final de la novela se sitúa ya a fines del mismo año, concretamente el 23 de diciembre, cuando algunos de los personajes se reúnen otra vez en la playa de Juhu alrededor de un partido informal de cricket.
La playa de Juhu, Mumbai. Fuente: Wikicommons Images.
La comunidad de Vishram Society constituye un retablo de la ciudad de Mumbai, pero Adiga centra la narración en los dos personajes que definen el conflicto, y que curiosamente nunca llegan a conocerse. El primero es Masterji, viejo maestro viudo, ya retirado pero testarudo y orgulloso, que persiste en vivir en la sola compañía de los recuerdos de su difunta esposa y de su hija, fallecida muchos años antes en un accidente de tren. El otro es el promotor inmobiliario, un empresario sin moral, implacable y emprendedor, rápido y sagaz a la hora de hacer entrega de un soborno a la policía, o de comprar los servicios de unos matones para que le den un buen susto a algún anciano inquilino díscolo.

Adiga indaga en la gradual degeneración moral de los vecinos de Masterji, quienes a medida que se acerca la fecha límite que el promotor les ha dado para formalizar la venta del inmueble se vuelven más impacientes, y su malquerencia hacia Masterji  adquiere tintes grotescos, llegando a embadurnarle la puerta de la casa con la caca de Ramu, el hijo con síndrome de Down de la Sra. Puri, su vecina.

Como en su anterior novela (publicada en 2008) que ya reseñé en 2011, The White Tiger, Adiga no escatima recursos para llevar al lector a considerar los temas de la codicia y la corrupción, y la desintegración moral que, según parece, es tan sencillo causar en personas cuya única esperanza de una vida mejor puede ser la oferta de un promotor inmobiliario. Sin embargo, esta no es una obra que despliegue la imparable fuerza y el ímpetu de la ya reseñada Behind the Beautiful Forevers de Katherine Boo, que trata también de la ciudad de Mumbai. Last Man in Tower vale como obra de ficción: Adiga maneja bien el suspense hasta el final, pero los personajes están un poco desdibujados.

Como en el caso de los personajes de La comunidad, tras haber cruzado un determinado umbral, ya no hay marcha atrás ni freno. El futuro se escribe con la tinta de los billetes del Banco de India. Agárrense fuerte al autorickshaw, porque el viaje puede ser movidito.
Fuente: Wikicommons Images.


24 jul. 2013

The Romantic Dogs, by Roberto Bolaño

The Romantic Dogs

At the time I was twenty years old
And I was crazy.
I had lost a country
But gained a dream.
And if I had that dream
The rest did not matter.
Not working, not praying
Not studying into the morning
Beside the romantic dogs.
And my dream lived in the gap of my spirit.
A wooden room,
In darkness,
In one of the tropical lungs.
And sometimes I turned within myself
And visited the dream: a statue eternised
Into liquid thoughts,
A white worm twisting
In love.
A runaway love.
A dream within a dream.
And the nightmare would tell me: you will grow.
You will leave behind the images of pain and the maze
And you will forget.
But at the time growing would have been a crime.
Here I am, I said, with the romantic dogs
And here I intend to stay.

Translated into English by Jorge Salavert, 2013.

This is the poem I chose to read at the annual Dead Poets' Dinner held in Canberra. It was well received by those attending. Even if the younger Bolaño, the one who founded the Infrarrealists Group in Mexico City, would have very likely booed at every single poem that was read at the Dinner.

21 jul. 2013

Reseña: The Marriage Plot, de Jeffrey Eugenides

Jeffrey Eugenides, The Marriage Plot (Nueva York: Farrar, Strauss & Giroux, 2011). 406 páginas.

Tan pronto terminé de leer esta novela de Jeffrey Eugenides, me entró la duda de si lo que había leído era una gran novela o no. El caso es que The Marriage Plot está cuidadosamente estructurada, pulcramente escrita en su gran mayoría, bien acabada en casi todos sus detalles; en definitiva, parece ser tan increíblemente perfecta que la duda parecía incluso disiparse. ¿Pero desaparece del todo esa duda?

Para empezar, el argumento es más viejo que la tos. Se trata de un clásico triángulo amoroso, compuesto de: a) una joven estudiante, muy guapa y atractiva, Madeleine, muy capacitada intelectualmente y de familia acomodada; b) otro joven estudiante, Mitchell, no excesivamente agraciado pero locamente enamorado de la chica, pero que vacila entre la vocación religiosa y la llamada de la carne; y c) el tercer joven estudiante, Leonard, alto, atractivo, muy inteligente, carismático, de familia pobre y rota, con tendencia a sufrir altibajos emocionales.

Al inicio de la novela, averiguamos que Madeleine ha roto hace poco su relación con Leonard. Es el día de su graduación, en mitad de la década de los 80. Sus padres han venido a verla y ella es un manojo de nervios; por casualidad se encuentran a Mitchell, a quien ya conocían porque Madeleine lo invitó a pasar un fin de semana en su casa, y lo invitan a desayunar con ellos.

La novela avanza y retrocede en el tiempo, revisitando episodios aunque sin aportar cambios drásticos de punto de vista ni datos reveladores que cambien un ápice de la historia. El día de la graduación Madeleine descubre que Leonard ha sido ingresado en el hospital con un severo cuadro psicótico; en vez de participar en el desfile universitario (nunca he sentido curiosidad alguna por este tipo de horteradas tan americanas) acude al hospital, donde hace las paces con Leonard. Madeleine se ocupará de ayudar a Leonard a retornar a una especie de normalidad que nunca será total. Tras el verano se va con él a un rincón apartado en Massachusetts a trabajar en un gran laboratorio genético. Mientras, Mitchell se marcha a Europa con su amigo Larry, y recorren gran parte del viejo continente antes de recalar en Grecia; de allí Mitchell se va a India, donde quiere trabajar como voluntario en uno de los centros humanitarios que dirige la Madre Teresa.

Leonard empieza a experimentar con su tratamiento, con resultados predecibles. En lo que supone para ambos una huida hacia adelante, Madeleine y Leonard deciden casarse. La luna de miel los llevará a Francia, y es en Montecarlo donde Leonard se asoma a un abismo y sufre una grave recaída.

Pese a los juegos metaliterarios que introduce Eugenides (Madeleine baraja la idea de realizar un estudio académico analizando las tramas en torno al matrimonio de las heroínas de la novela victoriana inglesa, y de ahí el título) en la primera parte de la novela, sin lugar a dudas la mejor, y los animados intercambios que relata entre los estudiantes del curso de semiótica (Barthes hace acto de presencia mucho más de lo que supongo que le habría gustado al autor de Mythologies), The Marriage Plot, para mi gusto, no termina de cuajar como narración. Y en parte no lo hace porque los tres personajes principales no tienen un sustrato sólido, y quedan desdibujados o desfigurados debido a que el autor no termina de mojarse.

En el caso de Mitchell (posiblemente el más próximo al autor, hijo de emigrantes griegos), la caracterización del personaje durante su estancia en India parece vacilar entre la sátira (se compra un crucifijo que solamente expone al mundo tras ver a Madre Teresa) y la seriedad de su visión de la miseria y la desgracia de los más desfavorecidos, ante cuya fuerza finalmente sucumbe para huir de una realidad tan insufrible.

The Marriage Plot va perdiendo fuerza a medida que la trama nos acerca al desenlace, y podría argüirse que también Eugenides va perdiendo el imponente control que ha ejercido sobre la novela en un primer momento. El símil que construye en torno a la situación familiar en casa de Madeleine, con Mitchell de espectador mudo e involuntario árbitro, con la situación belicosa entre Israel y Palestina en esa misma época es no solamente forzado sino extremadamente poco afortunado.

Es una novela que comienza muy bien, prometiendo mucho, deslumbrando en ocasiones con su ordenada estructura y atractiva trama, pero el ritmo no se sostiene. Con todo, estoy convencido de que Hollywood la adaptará bien pronto a la pantalla, y volverán a vendérnosla, bien empaquetada bajo los famosos nombres de algunos atractivos cuerpos de chicas y galanes que tan bien venden (si nos da por comprar, claro está; en mi caso, lo llevan bastante crudo porque no voy al cine ni alquilo películas). Y aquí paz, y allá gloria.

Menos mal que siempre hay otro libro por leer, y siempre hay esperanza de que sea un poco mejor que el anterior…

18 jul. 2013

Rain, by Roberto Bolaño

Estarcido de Bolaño, Barri de Sant Antoni, Barcelona, Catalunya. (c) Farisori, 2013
Rain

It’s raining, and you say: ‘it’s as if the clouds
were crying.’ Then you cover your mouth and hurry
on. As if those scrawny clouds were crying?
No way, impossible. Yet where does that rage come from,
that desperation that will take us all to hell?
Nature shrouds some procedures of hers
in Mystery, her stepbrother. And so, this evening,
which you believe similar to an end-of-the-world evening,
sooner than you think will seem just
a gloomy evening, an evening of solitude lost
in your memory: the mirror of Nature. Or maybe
you will forget it. Neither the rain, nor the weeping, nor your steps
echoing on the cliff track matter now;
Now you may cry, and let your image dissolve
on the windscreens of those cars parked along
the Promenade. Yet you cannot get lost.

Translated into English by Jorge Salavert, 2013.

16 jul. 2013

EmpaÑá

Prime Minister Rajoy: "Spain is a serious democracy" (15 July 2013)


¿Libros gratis? Sí, pero solo para los elegidos...

Pues resulta que el otro día Max Barry decía en su blog que regalaba cinco copias de su nuevo libro, Lexicon, pero solamente para residentes en Oz, no vayan ustedes a pensarse que la vida es una feria, que no lo es, y se me ocurrió hacer un comentario más o menos gracioso en su blog, y va y al día siguiente me escribe el mismo Max un email, en el que me pregunta si soy de verdad un ser humano y si vivo en Australia, y que si digo que sí a ambas preguntas entonces me he ganado una copia de su nuevo libro, y yo me alegro pues, y le respondo que sí y que sí, y además le cuento en mi respuesta que traduje su cuento 'Springtide' para la revista Hermano Cerdo, y Max me responde: "that's awesome!", y pues tiene razón, pienso, y mientras espero a que llegue el ejemplar firmado personalmente de puño y letra por Max, aquí estoy, y no exagero nada, eh, retorciéndome, comiéndome las uñas de los pies, de tantos nervios que tengo, y pienso que pues igual es una especie de recompensa por haber traducido su cuento o por haber reseñado sus cuatro libros anteriores, Syrup, Jennifer Government, Company y Machine Man, y es que el Max es un tío muy cachondo y enrollado, con un buenísimo sentido del humor...

Coming soon into my hands... Yeah!!!




15 jul. 2013

Reseña: Dear Life, de Alice Munro

Alice Munro, Dear Life (Detroit: Wheeler Publishing, 2013). 436 páginas.

Por mucho que desde las páginas de suplementos literarios y publicaciones similares se insista una y otra vez en la superioridad de la novela sobre el relato corto, la aparente supremacía existe únicamente en términos económicos – las listas de los libros más vendidos las nutren en buena medida novelas no particularmente brillantes. Si el cuento parece contar con un estatus marginal, ello no es óbice para reconocer que hay escritores cuyos cuentos reúnen características literarias de altísima calidad, por lo que en ese sentido la hegemonía novelística sería más bien infundada.

El caso de Alice Munro puede ser una de las mejores pruebas de lo anterior. Munro ha contribuido durante muchísimos años sus cuentos a, entre muchas otras revistas, The New Yorker. Dear Life es su colección final, y posiblemente la más personal de todas, como confiesa en una nota que precede a los cuatro últimos relatos de este volumen, de los que dice que “no son en realidad cuentos. Forman una unidad independiente, la cual es autobiográfica en sentimiento.”

Los cuentos que dan inicio a Dear Life tienen variadas temáticas, pero tienen algunos nexos que los unen, además de la ubicación geográfica canadiense. Muchos de ellos remiten al lector a la época de la segunda guerra mundial y la posguerra. Además, la difícil relación que se da entre el paso del tiempo y el recuerdo de los sucesos pasados: cómo los cambios bruscos afectan nuestras vidas, las vidas de personas normales, como tú o yo, y el reflejo que de dichos cambios crea en nuestra memoria el transcurrir del tiempo y la manipulación subjetiva de la memoria.

El primer relato, ‘To Reach Japan’, es deslumbrante. Una joven madre y ama de casa de Vancouver aficionada a la poesía, acude a una fiesta de la revista donde le han publicado algunos poemas. Tras tomarse varios vasos de zumo que resulta ser alcohol de alta graduación, un periodista de Toronto la rescata, pero al dejarla a la puerta de casa renuncia a besarla. El recuerdo la consume, y cuando meses después consigue un trabajo de profesora en Toronto, le escribe al periodista. Durante el viaje en tren comete una indiscreción y le hace pasar un muy mal trago a su hija. ¿Qué ocurre cuando el tren llega a la estación?

En ‘Amundsen’ una joven maestra, Vivien, acepta un puesto de trabajo en un sanatorio para niños tuberculosos. Allí conoce al médico, el Dr. Fox, un hombre mucho mayor que ella; al poco tiempo sucumbe a su influjo y entabla relaciones con él. El relato nos guía paulatinamente hacia un desenlace ingrato para Vivien: en lugar del romance que Munro parece haber sugerido podía aflorar en la vida de la maestra, la mezquindad de un hombre sin escrúpulos se impone y quebranta la vida de la maestra.

‘Corrie’ es la historia de una joven acaudalada pero discapacitada por la poliomielitis; en este relato, la mujer entabla relaciones con un hombre casado, arquitecto, y quien al poco tiempo le revela que una exsirvienta los ha descubierto y empieza a hacerles chantaje. El desenlace es de lo más sorprendente: gracias a un episodio imprevisto, relatado de forma muy escueta, Munro nos hace dudar sobre la veracidad de algo que afectó la vida de Corrie.

Una de las virtudes en los cuentos que componen Dear Life es el modo en que la autora realiza un sublime despliegue del poder que tienen las emociones sobre el ser humano, y lo confusas que pueden resultarnos. En ‘Dolly’, una anciana mujer cuenta cómo, tras haber acordado un pacto suicida con su viejo esposo, sucumbe a un ataque de celos cuando él reconoce a una vieja novia en una vendedora ambulante de perfumes. Sin pararse a pensarlo en frío, hace la maleta y se sube al coche, dispuesta a dejarlo para siempre. ¿Pero qué es "siempre" para una septuagenaria?

Posiblemente se deba al estilo tan sobrio y sin florituras de Munro, pero el caso es que los cuentos de Dear Life introducen plácidamente al lector en el mundo de sus personajes; sin embargo, la placidez es del todo engañosa, es un mero artificio, quizá porque el mundo real no abunda en placidez y quietud sino más bien en malevolencia, mezquindad y pobreza de espíritu. Munro no revela esas caras oscuras y lóbregas de la humanidad, sino que simplemente se limita a aludir a ellas. O dicho de otro modo: lo que es en apariencia un sencillo entramado lingüístico deja entrever al lector un mundo agrio. Lo connotado es mucho más expresivo de lo que las simples palabras que la autora emplea parecían habernos dicho.

En su reseña para la London Review of Books, Christian Lorentzen opinaba que “los relatos de Munro sufren cuando aparecen en una recopilación, porque la forma correcta de leerlos es dentro de una revista”. No puedo estar más disconforme con esa opinión: precisamente el hecho de juntar los cuentos en un único volumen permite al lector marcar el tempo de lectura, abandonarla y retomarla a su antojo, elegir cuándo (re)leer un relato, o en qué orden (re)leerlos, y combinar su lectura con la de otros libros. Por cierto, en la edición que he leído, impresa en letra grande, cuentos que normalmente ocuparían diez páginas ocupaban treinta, y ése era un placer/valor añadido.


Munro ha dicho que éste será su último libro, que dejará de escribir. Por suerte para los que nos gusta la buena literatura, ha dejado un importante legado que podrán disfrutar muchas generaciones venideras de lectores.

10 jul. 2013

Reseña: We Need New Names, de NoViolet Bulawayo

NoViolet Bulawayo, We Need New Names (Londres: Chatto & Windus, 2013). 294 páginas.
“Aparecieron de uno en uno, de dos en dos, de tres en tres. Aparecieron en fila india, como hormigas. En enjambres, como moscas. En oleadas encrespadas, igual que un mar espantoso. Aparecieron a primera hora de la mañana, por la tarde, en mitad de la noche. Aparecieron llevando el polvo de sus casas arrasadas pegado al pelo, a la piel y a la ropa, que les daba una apariencia como de cosas procedentes de otra vida. Con los tobillos hinchados y los pies llenos de ampollas, aparecieron fatigados por la larga caminata.” (p. 73-4)
La descripción es de una de tantas diásporas que los conflictos, el hambre y la pobreza causan en uno de muchos rincones olvidados de África. En este caso se trata de Zimbabue, y el lugar al que se dirigen los expulsados, los proscritos, se llama, irónicamente, Paraíso.

En este asentamiento humano improvisado vive una niña, Darling, quien se pasa los días merodeando con su pandilla: Bastard, Chipo, Godknows, Sbho y Stina. Su padre está en Sudáfrica, y no se sabe nada de él desde hace meses; su madre viaja cada cierto tiempo a la frontera, donde vende cosas para poder subsistir. Hacía relativamente poco tiempo, Darling y su familia vivían en una casa de verdad en lugar de una chabola, ella asistía a la escuela a diario y tenía – posiblemente – un futuro por delante. Pero todo eso cambia cuando los bulldozers ordenados por el gobierno destruyen sus casas.

A excepción de dos o tres capítulos en los que una primera persona en plural cuenta la historia de esta diáspora (y que me hizo recordar a un libro bien distinto pero de temática muy próxima, The Buddha in the Attic de Julie Otsuka), Bulawayo adopta para apuntalar la narración el punto de vista de esta niña. El suyo es ciertamente un apasionante relato, combinando la velada ironía que puede revelar la ingenuidad infantil con la lírica, el dardo mordaz de la palabra justa con la meditación reposada.

Darling nos cuenta las desdichas de su querido Zimbabue, las consecuencias de la nefasta política del dictador Mugabe: en esta novela aparecen referencias a elecciones, a promesas de cambio que dan paso a la decepción y a una brutal represión contra los simpatizantes de la oposición, al despojo que sufren los habitantes nativos blancos del país a manos de hordas fanáticas espoleadas por el régimen despótico. También hay mención de la epidemia del sida (en algún momento, el padre de Darling regresa de Sudáfrica, esquelético y moribundo). En esa realidad, Darling y sus amigos pasan el tiempo robando guayabas del barrio opulento cercano (“Budapest”) para saciar un hambre insaciable, e inventándose juegos (“Encontrad a bin Laden”).

Ante esta situación desesperada, son muchos los que se marchan en busca de una vida mejor, y se irán adonde sea, huyendo de un “terrible lugar de hambre y destrucción”. En el caso de Darling, ese lugar es “Destroyedmichygen”, es decir, Detroit, Michigan. Gracias a una tía afincada en los EE.UU., Darling puede escapar de Zimbabue. Es aquí donde comienza la segunda parte de la novela, la cual desarrolla un tópico posiblemente más interesante que la primera.

Tras Michigan, la extraña familia que la ha acogido se muda a un barrio bajo de Kalamazoo, donde Darling pasa de ser niña a adolescente, una más de los millones de residentes ilegales en los Estados Unidos. Con todo, el formato típico de una Bildungsroman no se adueña completamente de We Need New Names: a Bulawayo le interesa mucho más la distancia que comienza a abrirse entre la Darling africana y la Darling americana.

La estrategia que adopta todo niño recién llegado a un lugar nuevo es la de mimetizarse con su entorno, y en el caso de una muy joven emigrante, ello resulta imperativo para no llamar demasiado la atención. Darling adoptará por lo tanto los hábitos propios de las jóvenes adolescentes americanas de su instituto, e incluso adquiere hábilmente un acento americano, el cual le reporta el rechazo de Chipo, una de sus amigas en Zimbabue, en una llamada por Skype: “Dime, ¿tú abandonas tu casa porque está ardiendo, o buscas agua para apagar las llamas? Y si dejas que se queme, ¿esperas que el fuego se convierta en agua y se apague él solo? La dejaste, Darling, preciosa, te marchaste de una casa en llamas, ¿y ahora tienes las agallas de decirme, en ese estúpido acento con el que ni siquiera naciste, y que ni siquiera te sienta bien, que es este tu país?” (p. 286).

Bulawayo explora notablemente los temas de la adaptación a una nueva cultura y de la alienación que sufre todo emigrante. En la narración de los años que Darling pasa en los EE.UU., imposibilitada para salir del país por carecer de los documentos necesarios para poder regresar, la autora intercala distintos episodios y anécdotas que nos permiten ver un amplio abanico de posicionamientos y ángulos. La celebración de una boda entre un africano y una americana de raza blanca, la visita que hace a un gran centro comercial en compañía de dos amigas, su trabajo de clasificadora de envases en un supermercado local.

La amargura de que el sueño americano no llegue nunca a cristalizar para la gran mayoría de esos emigrantes impregna los capítulos finales de We Need New Names, pero la autora nunca deja de lado el humor.

De todo este libro, recomiendo muy encarecidamente el capítulo que lleva el mismo título que la novela, y en el que Bulawayo cuenta cómo las chicas de la pandilla se disponen a “sacar” el bebé del vientre de Chipo (una chica de 12 años a quien ha violado su propio abuelo) con una percha, adoptando los nombres de los personajes de la serie ER de la TV americana. Hablando sobre el procedimiento que deben seguir, dice Sbho: “«Lo vi en la tele en Harare, cuando visité a Sekuru Godi. ER es lo que se hace en un hospital, en América. Para poder hacerlo bien, nos hacen falta nombres nuevos. Yo soy la Dra. Bullet, que es muy guapa, y tú eres el Dr. Roz, que es alto», dice Sbho, señalándome con la cabeza” (p. 82).

A veces la literatura pasa de puntillas por escenarios harto verosímiles, pero nada confortantes.

(Esta reseña ha aparecido también en la revista Hermano Cerdo, donde puedes encontrar gran variedad de artículos, cuentos y ensayos).

8 jul. 2013

Reseña: Mullumbimby, de Melissa Lucashenko

Melissa Lucashenko, Mullumbimby (St Lucia: UQP, 2013). 285 páginas.


Una de las cosas que más me llamó la atención en mis primeras salidas al campo australiano, hace ya muchísimos años, fue la omnipresencia de horrorosas vallas de alambre de espino por todas partes, circundando las propiedades. Desde los primeros momentos de la colonia penal, los invasores ingleses dividieron la tierra según sus foráneos y erróneos criterios, despreciando el saber ancestral de los oriundos. Las consecuencias de su estrategia colonialista siguen sufriéndose hoy en día, entre otras cosas, en términos de irreparables daños medioambientales.

Mullumbimby es el nombre de una pequeña población situada en el extremo nororiental del estado de Nueva Gales del Sur, entre Byron Bay (destino turístico en mi opinión extremadamente sobrevalorado) y las exuberantes sierras de la Gran Cordillera Divisoria, que preside la impresionante mole de Mount Warning y que esconden, entre muchas otras cosas, el pintoresco (por así decirlo) poblado de Nimbin.

Jo Breen, una joven mujer goorie (el pueblo indígena de esa zona de Australia) se ha establecido con su hija adolescente Ellen en una pequeña granja cercana a Mullumbimby, tras un agrio divorcio. Está orgullosa de haber podido adquirir, tras grandes esfuerzos, un pedazo de tierra en la tierra de sus ancestros. Además del duro trabajo que exige la granja, Jo trabaja cuidando del cementerio municipal.

El mayor mérito, a mi parecer, de esta novela de Lucashenko, es que logra transmitir al lector el sentido de unión, de conexión que ha existido durante decenas de miles de años entre los pueblos aborígenes y su tierra, entre los seres humanos y la naturaleza en el seno del continente australiano. El personaje de Jo, en este sentido, es el más pulido de todos. Jo comparte con otros personajes goories la desazón de vivir con la desdichada herencia de los “ladrones de tierras” blancos. Pero no todos los goories se rigen por el mismo código ético que lo hace Jo Breen.

La trama secundaria de Mullumbimby es el romance entre Jo y Twoboy, un atractivo joven aborigen que en nombre de su familia ha interpuesto una demanda reclamando el reconocimiento de título de propiedad nativo del área en la que se halla la granja de Jo. Como trama secundaria, el romance entre Jo y Twoboy no aporta nada que sea extraordinario, pero sin duda alguna le sirve a Lucashenko para apuntalar el desarrollo de la narración principal e intercalar algunos episodios humorísticos y con algunas dosis de acción y misterio.

Uno de los aciertos de Lucashenko es el uso de algunas palabras aborígenes no solamente en los diálogos sino también en la narración en tercera persona. La autora incluye las pocas palabras de la nación Bandjalung que todavía subsisten, además de palabras del inglés aborigen empleado en gran parte de Australia. Dicha inclusión insufla la autenticidad de la lengua que pertenece al lugar, y es algo que el lector agradece. Hay un breve glosario al final de la novela.

Palabras como yarraman, jagan o talga (caballo, tierra, música) poseen una curiosa cadencia propia; pero la mezcolanza de un registro muy bajo (muy realista y genuino sin duda, con abundantes palabrotas) con pasajes de un lirismo pulcro no cuaja. El problema se da porque Lucashenko superpone una voz omnisciente (la voz de la escritora educada, académica, que supuestamente narra la historia desde afuera) a la voz de Jo Breen, hasta el punto de confundir ambas. El resultado es en ocasiones un tanto chirriante, y resta valor al conjunto.


Con todo, Mullumbimby es una novela que muestra las tremendas dificultades a las que se enfrenta una mujer aborigen independiente en la Australia contemporánea. La portada reproduce un poderoso símbolo del que Lucashenko hace uso en la novela: un nido construido por una urraca nativa, utilizando un pequeño fragmento de alambre de espino oxidado. Con un pequeño fragmento de lo que es azote brutal de animales autóctonos (las heridas que sufren los canguros que quedan atrapados en las cercas son horripilantes) otro animal fabrica un hogar para sus crías.

2 jul. 2013

Why I am worried - Por qué me preocupo


Anyone who knows me well enough should know by now that I don’t worry too much about my own future. Having (not literally) died once, what lies ahead for me has lost a great deal of its importance.

But I do worry about the two children I have left. I worry about the place where they are growing. I worry about the society they will be part of.

Today the ugliest side of Australian bigotry and intolerance showed its repugnant face. They bared their teeth and stretched their claws. They abused an Australian MP, a Minister of the Government, and displayed their hatred, their bile, their repulsiveness. What an utterly disgusting example they have set for the rest of the world.

I worry because I am well aware that these xenophobes vote; and it is just so easy for them to elect someone who may be prepared to give in to their vile demands, to their disgusting views in exchange for their votes. I am worried, but I am not worried for myself. I am worried because I would rather see my children grow up in a society where the hideous behaviour some moronic bigots have displayed today is not possible.


Cualquiera que me conozca lo suficientemente bien ya sabrá a estas alturas que no me preocupa demasiado mi propio futuro. Al haber muerto (no literalmente) una vez, lo que me depare la fortuna ha perdido buena parte de su importancia.

Pero sí me preocupo por los dos hijos que me quedan. Me preocupa el lugar donde están creciendo. Me preocupa la sociedad de la que serán parte.

Hoy la parte más fea de la intransigencia y la intolerancia en Australia ha mostrado su faz repugnante. Han mostrado los dientes y han sacado las garras. Han insultado a un miembro del Parlamento, a un Ministro del Gobierno, han exhibido su odio, su hiel, lo repulsivos que son. Vaya un ejemplo tan asqueroso que han dado al resto del mundo.


Me preocupa porque soy bien consciente de que estos xenófobos votan; y es tan fácil que elijan a alguien que esté dispuesto a ceder a sus despreciables exigencias, a sus asquerosas opiniones a cambio de sus votos. Me preocupa, pero no por mí mismo. Me preocupa, porque preferiría ver a mis hijos crecer en una sociedad en la que no sea posible la siniestra conducta de la que han hecho gala hoy unos imbéciles intolerantes.

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