25 sept. 2013

Reseña: The Rosie Project, de Graeme Simsion

Graeme Simsion, The Rosie Project (Melbourne: Text Publishing, 2013). 329 páginas.


A punto de cumplir los cuarenta, Don Tillman, profesor universitario e investigador en el campo de la de genética, sigue soltero en Melbourne. Tillman es un hombre atípico, un tipo estrafalario: carece de las habilidades sociales más comunes pero está dotado de un elevadísimo nivel de inteligencia. Tillman tiene el llamado síndrome de Asperger, y por ello es una persona muy meticulosa, con una vida organizada hasta el más mínimo detalle y al segundo, y a un tiempo capaz de enfocar cuestiones desde ángulos muy diferentes a los habituales; sin embargo, hace gala de un desprendimiento o distanciamiento que suele interpretarse como falta de empatía o puede verse como indiferencia respecto a las emociones de los demás. En otras palabras: Tillman no sabe cómo interactuar con otras personas. Pero aún así, quisiera encontrar a la mujer de su vida.

The Rosie Project es una divertida (a ratos) comedia romántica. Ganadora del Premio Literario del Premier de Victoria de 2012 para un manuscrito inédito, se convirtió de la noche a la mañana en un gran éxito editorial. Incluso antes de ser publicada oficialmente, los agentes de Simsion ya la habían colocado para ser traducida a más de 30 idiomas. Habrá película, claro está: es una línea argumental repetida hasta la saciedad por Hollywood, industria que no se caracteriza ni por su originalidad ni por la búsqueda de nuevas ideas.

Al principio de la novela, y animado por sus amigos Gene y Claudia, Don Tillman diseña un cuestionario de corte científico para realizar una selección de potenciales candidatas. El cuestionario, siguiendo el formato de preguntas con cuatro opciones para responderlas de las cuales solamente una es válida, forma parte de lo que él denomina el Proyecto Esposa.

En su camino se cruza sin embargo una joven doctoranda llamada Rosie, por quien Don siente al instante una fuerte atracción física. Don se ofrecerá a ayudar a Rosie a descubrir quién es su padre biológico, en lo que denomina el Proyecto Padre. La trama gira en torno a sus encuentros y desencuentros, y los muchos episodios en los que se ven envueltos, algunos sumamente ingeniosos. La búsqueda de esa elusiva secuencia genética los llevará hasta Nueva York, con más episodios estrambóticos.

Narrada en primera persona por Don Tillman, Simsion utiliza un lenguaje directo que recrea con éxito la naturaleza obsesiva, el carácter tenaz y la conducta socialmente ingenua del profesor. Lo que no tengo tan claro es la verosimilitud de la trama en su totalidad. The Rosie Project tiene el claro propósito de entretener. No hay ningún otro, y por eso no es nada difícil de entender que The Rosie Project se haya convertido en un éxito instantáneo de ventas. Una trama que encantará a lectores/consumidores que no busquen otra cosa que una historia divertida, sin complejidades ni dificultades narrativas, con unos personajes simpáticos y apropiados para lo que no deja de ser una comedia de enredo.

No es difícil de adivinar que ésta es la novela a la que Graeme Simsion hace referencia en su cuento ‘Tres encuentros con lo físico’, que traduje para la revista Hermano Cerdo hace unos meses. The Rosie Project aparecerá pronto en castellano (Salamandra) y en català (La Campana), y no me cabe duda de que venderá, como esos ricos buñuelos de calabaza en las noches de Fallas.

21 sept. 2013

Reseña: Big Brother, de Lionel Shriver

Lionel Shriver, Big Brother (Sydney: Fourth Estate, 2013). 373 páginas.

Durante las cinco semanas de un más o menos reciente viaje a Vietnam pude constatar que no hay apenas personas obesas entre la población vietnamita; en cambio, en países como Samoa el sobrepeso es un quebradero de cabeza para las autoridades sanitarias. La situación de Vietnam (donde McDonald’s no tiene permiso para operar sus restaurantes – solamente vi un KFC en Hanói y otro en Saigón) supone un patente contraste con la de muchos países del (así llamado) mundo desarrollado, en los que la obesidad se ha convertido en un gravísimo problema de salud pública.

Lionel Shriver nos presenta en Big Brother una interesante historia narrada en primera persona por una mujer de mediana edad, Pandora. Casada con un divorciado (Fletcher) que tiene la custodia de sus dos hijos (Tanner y Cody), en su casa de Iowa se presenta un tanto inesperadamente su hermano Edison, a quien no ha visto en años. Al ir a recogerlo al aeropuerto, Pandora no lo reconoce en un primer momento. Edison, pianista de jazz de mediano prestigio en Nueva York, ha casi triplicado su peso desde la última vez que Pandora lo vio.

La familia no sabe muy bien cómo reaccionar ante el cambio que ha experimentado Edison. Aparte del sonrojo que les produce, poco a poco la incomodidad que supone su presencia en la casa da lugar a situaciones no solamente de azoramiento sino también de enfrentamiento entre unos y otros. Lo que en un principio pensaban que iba a ser una breve estancia se convierte en un periodo de dos meses. Cuando finalmente llega el día de su partida, Pandora descubre que la gira musical que Edison decía tener programada por España y Portugal es mentira. Edison está en la bancarrota, no solo financiera y laboral sino también moral y física.

Ante esa situación, Pandora propone hacerse cargo de su hermano mayor (el título es un juego de palabras, puesto que hace referencia tanto a la edad como al tamaño de Edison) y ayudarle a perder peso hasta recuperar la figura que tenía cuatro años antes. Para lograr ese objetivo, los dos hermanos se mudan a un apartamento. No hace falta decir que a Fletcher la idea le parece descabellada, y el proyecto irrealizable.

La novela se divide en tres partes, tituladas ‘Up”, ‘Down’ y ‘Out’. La parte más larga es la segunda, y en ella Pandora narra el largo proceso de pérdida de peso del hermano obeso. Es también la historia del reencuentro con la persona que Edison era antes de su depresión. Los dos se embarcan en un régimen por el cual solamente consumen líquidos en los tres primeros meses. Shriver cuenta por boca de Pandora ese largo año, con sus altibajos: el aburrimiento de las largas horas sin comer, la frustración, los éxitos y los fracasos. El drama personal de Pandora también se refleja en la novela, pues su relación con Fletcher se resiente y está a punto de irse al garete.

Es casi normal esperar un final feliz en una novela dirigida al público mainstream, el más convencional de los EE.UU. Y de hecho, eso es lo que parece proponer Shriver cuando, tras haber logrado su objetivo, Edison y Pandora lo celebran con una gran fiesta en la que Edison piensa hacerle cumplir a Fletcher su promesa de comerse una tarta de chocolate si Edison pierde todo el peso al cabo de doce meses. Pero la autora se ha guardado un as en la manga, que se saca de repente y sin previo aviso en la última parte de la novela, cuando la verdad sale a la luz.

La impresión con la que uno se queda tras leer Big Brother es que Shriver parece decirnos que la obesidad es síntoma de algo más amplio, algo sumamente nocivo y lamentablemente muy extendido entre la ciudadanía no solo de los EE.UU. sino del mundo occidental en general. ¿Qué es verdaderamente el hambre? ¿Se trata de una insaciable ansiedad por llenar el buche con Big Macs y French fries? ¿Por qué hay padres que no asumen la responsabilidad de una nutrición racional y saludable para sus hijos?

Big Brother es una interesante propuesta narrativa de la que destaco sus excelentes diálogos, pulcramente trabajados. Shriver halla con soltura las voces de unos personajes a los que parece conocer íntimamente; con eso y algunos episodios no por verosímiles menos divertidos (el bloqueo del inodoro en la casa familiar de Solomon Drive destaca especialmente) la novela deja un buen sabor de boca sin llegar a deslumbrar.

17 sept. 2013

Reseña: Taipei, de Tao Lin

Tao Lin, Taipei (Edimburgo: Canongate Books, 2013). 248 páginas.


¿Y si alguien me hubiera preguntado mi opinión en el preciso momento de terminar de leer Taipei? Podría haberle dado una respuesta algo así como “I don’t know”, o “I don’t remember”. Son frases que Tao Lin repite hasta la náusea en Taipei. O puede que, para poder escribir una reseña que valiera la pena, podría haber esperado a administrarme una dosis de Adderall, o MDMA, o Xanax, o una de las diferentes drogas que toman sus personajes, y a ver qué pasa. En todo caso, puestos a escribir una reseña sobre Taipei, debería en todo momento centrarme en mí mismo, no en el libro. Al fin y al cabo, ¿a quién le puede interesar Taipei cuando lo que realmente importa del libro es… “uh, I don’t know”.

En fin, el argumento: un jovencito con aspiraciones literarias cuenta su vida (!?) en Nueva York mientras se halla en un “periodo provisional” a la espera de iniciar el tour promocional de su último libro por varias ciudades de los EE.UU. y Canadá; a falta de algo de más enjundia, va de fiesta en fiesta, ingiriendo drogas de diseño un día sí y otro también, mirando mucho, comiendo guacamole y papas, pero hablando bien poco con la gente. Paul, de padres taiwaneses, lleva varios libros publicados (no me preguntes por qué). Dada su complicadísima existencia (¿a qué fiesta voy esta noche?), tiene mucho tiempo para pensar. ¿Pero en qué? He ahí la cuestión. Realmente, son terribles los problemas del primer mundo…

Tras conocer a Erin durante el tour, Paul y ella se van a Las Vegas, donde se casan. Los padres de Paul los invitan a ir a Taipei en un viaje de luna de miel, y para allí se van, escondiendo un buen cargamento de drogas en el equipaje. En Taipei se pasean por la ciudad filmando restaurantes de McDonalds con un MacBook.

Mi opinión personal es que el libro está escrito en un estilo absurdo, insufrible e insustancial; demasiados párrafos se reducen a interminables disquisiciones sobre auténticas estupideces y sobre las obsesiones de Paul, escritos en un lenguaje por lo general bastante pobre, y sin un sentido real. La narración es tediosa en su mayor parte, como si el narrador estuviera permanentemente cansado o desconectado de la realidad (y no me extrañaría que así fuera, a juzgar por la cantidad de drogas que “ingiere”). Taipei es una novela (y uso la palabra en una acepción más o menos vaga del término) vacua, frívola, estúpida, pretenciosa, egocéntrica y cargante.

Aparentemente, Tao Lin se ha labrado un nombre entre la generación de veinteañeros estadounidenses que han mamado internet junto con el biberón, y a los que se les recetó drogas por principio tan pronto algún psiquiatra les diagnosticaba un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Al menos a mí me ha resultado curioso constatar que los mochileros contemporáneos, aunque viajen juntos y se sienten juntos en cafés y restaurantes, no hablan apenas entre sí ni con la población local, sino que mantienen largas conversaciones con otros que están a miles de kilómetros de distancia, mediante el chat de Gmail o por SMS. Este comportamiento se extrema en Taipei, donde Paul y Erin, la pareja de protagonistas, están tan atiborrados de drogas que, aun estando en la misma habitación, se comunican por email o por SMS. Todo un síntoma de que algo no funciona.


248 páginas de verborrea que no lleva a nadie a ninguna parte, ni siquiera a su autor. Varias horas de mi tiempo que podría haber empleado de forma, si no un poco productiva, al menos más placentera. Pero qué pérdida de tiempo.

13 sept. 2013

Reseña: Fallen Land, de Patrick Flanery

Patrick Flanery, Fallen Land (Londres: Atlantic Books, 2013). 422 páginas.

Con frecuencia los prólogos de muchas novelas no aportan gran cosa: suelen ser una especie de gestos estéticos o guiños narrativos que buscan captar la atención del lector (o quizás, más bien, la del editor). En Fallen Land, el prólogo nos sitúa en el año 1919, y describe un violento linchamiento extrajudicial en el contexto de una época de disturbios raciales en el interior de los Estados Unidos. El lugar es una ciudad de Nebraska (¿Omaha?), aunque Flanery no lo especifica en momento alguno. Sin embargo, en el prólogo se nos dan unas coordenadas de lo que esta tensa narración irá deparando a lo largo de 400 páginas.

No es muy difícil señalar a posteriori, que el prólogo, escrito con algo de ironía y buenas dosis de distanciamiento, parece aludir a uno de los temas recurrentes en la sociedad estadounidense: la violencia como algo cotidiano, la violencia como rutina normalizada y asimilada en la vida diaria. Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 no han ayudado en modo alguno a que decrezca la omnipresencia del terror en las vidas de los norteamericanos, y no necesariamente el causado por barbudos fundamentalistas nacidos en otras partes del mundo.

Como en el caso de Australia, en los EE.UU. la libertad y la oportunidad de muchos se asienta en la rapiña y la desposesión de otros; cuando el nuevo Primer Ministro australiano – sí, el boxeador seminarista que contará para gobernar con todo un supositorio de conocimientos – asevera que “éste es nuestro país, y decidimos quién viene aquí”, mi respuesta tácita es “será vuestro país, pero no es – ni nunca lo será – vuestra tierra.”

En plena crisis de las hipotecas basura, una familia de Boston decide mudarse al midwest para progresar en sus carreras profesionales. Julia investiga en el campo de la inteligencia artificial, y Nathaniel trabaja para una corporación que abarca todas las áreas imaginables en las que la iniciativa privada pueda sacar sustanciosos beneficios económicos exprimiendo y reduciendo a la mínima expresión el concepto de administración pública. Tienen un chico de siete años, Copley – bautizado con el nombre de la plaza de Boston donde se halla el hotel donde sus padres lo concibieron tras una fiesta de Nochevieja a principios del siglo XXI. Un magistral guiño irónico de Flanery (al menos esa es mi opinión).

Los Noailles compran su nueva casa en una subasta a través de una agente inmobiliaria. La casa es enorme en comparación con el apartamento en el que vivían en Boston; es también la primera edificación de un nuevo barrio ideado por Paul Krovik, promotor inmobiliario y mediocre constructor que a las primeras de cambio lo pierde todo (su negocio, su propia familia y su casa) y desaparece.

Pero en realidad Krovik no ha desaparecido. Escondido en un bunker subterráneo anexo a la casa, Krovik sueña con recuperar el sueño de su vida: la casa, la familia, el negocio, la autoestima. Con los nuevos propietarios ya instalados en la casa, Krovik emerge noche tras noche, incrementando paulatinamente su gama de actividades destinadas a echar a los Noailles de la que él considera todavía su casa.

Otros padres de familia tomarían más en serio lo que su hijo pequeño les cuenta, pero Nathaniel sospecha que es Copley el que durante la noche desbarajusta los muebles y causa quebraderos de cabeza derramando la leche en la pila de la cocina, o dejando los grifos abiertos y las luces encendidas. No se ha adaptado a su nuevo entorno, dicen, pese a que Copley asegura una y otra vez que hay un gigante escondido tras el muro de la despensa. Flanery ejecuta un interesante juego de reflejos al adentrarnos en el pasado traumático del padre, quien sufrió el abuso físico y psicológico infligido por ambos padres.

Desde el punto de vista técnico, Fallen Land es también una novela interesante, aunque estructuralmente no resulte completamente perfecta. Flanery adopta varias voces narradoras para contar la historia: hay un narrador externo y omnisciente, con diferentes perspectivas para los diferentes personajes, lo cual supone a veces una pega por la fluctuación inherente a dicha estrategia. Hay también fragmentos narrados en primera persona por Louise Washington, la mujer cuya tierra Krovik compró y a quien el municipio – en un trabajo subcontratado a la empresa para la que trabaja Nathaniel – finalmente expulsa de su casa antes de demolerla. Y un muy trabajado capítulo, supuestamente escrito a modo de confesión por Julia, la madre, cuando ya el matrimonio, ambos cónyuges desquiciados por el vandalismo que suponen inexplicable e increíblemente causado por Copley,  empieza a naufragar.

Pero quizás lo que más llame la atención de Fallen Land sea la muy cabal descripción de la América de pesadilla que se intuye tras los muchos elementos distópicos de la novela: una compañía privada que espía a sus empleados y a otros ciudadanos, y que basa el incremento exponencial de sus beneficios en mantener a la población reclusa en una situación de esclavitud casi permanente; una escuela propiedad de esa misma corporación en la que se imparte una pedagogía de corte fascista que prepara a los niños para servir en esa misma compañía privada; unos EE.UU. donde un vecino puede denunciarte por ser extranjero y parecer sospechoso después de haberle invitado a una barbacoa. El retrato que pinta Flanery de la sociedad estadounidense contemporánea es aterrador. ¿Cuán distinto es de la realidad?


Te invito ahora a leer el prólogo de Fallen Land (título de indudables resonancias bíblicas) en mi versión traducida al castellano.

1919
En lo que el escritor y erudito James Weldon Johnson denominó el ‘verano rojo’ de 1919, varias ciudades se vieron azotadas por disturbios raciales a lo largo y ancho del país, y aquí, en esta ciudad regional entre dos ríos, con la que por aquel entonces era, a excepción de Los Ángeles, la mayor población urbana de negros al oeste del Misisipi, una muchedumbre airada de unos cinco mil blancos empeñados en linchar a dos hombres de raza negra, Boyd Pinkney y Evans Pratt, prendió fuego al juzgado del condado. Pinkney y Pratt trabajaban en uno de los almacenes de empaquetado de carne de la ciudad, y habían sido arrestados por violentar a una chica blanca de doce años, quien se retractó ya de mayor, y confesó que los hombres no habían hecho otra cosa que decirle hola cuando ella los había saludado. A los dos amigos los colgaron de un árbol a las afueras del juzgado, despellejaron sus cuerpos y los quemaron antes de arrojarlos al río, donde estuvieron dando vueltas a la estela de los barcos de vapor para terminar enganchados en las ramas que se levantan como brazos y piernas descarnados en las aguas poco profundas y fangosas, atestadas de mosquitos, que se extienden desde las orillas, en medio de un intenso hedor a podredumbre.
Aquel mismo día Morgan Priest Wright, el alcalde, un gentilhombre granjero de sesenta años de edad al que habían elegido el año anterior en una lista reformista, fue linchado por tratar de intervenir en defensa de los acusados, en cuya total inocencia creían él y unos cuantos funcionarios locales. El juzgado fue pasto de las llamas, y Wright huyó en su Studebaker azul, marchándose de la ciudad y refugiándose en su granja, donde se cobijó con los arrendatarios que laboraban sus tierras en el sótano de piedra construido como refugio en caso de tormenta debajo de su casa. La historia guarda silencio sobre la serie de acontecimientos que llevaron a Wright y a uno de los labradores, George Washington, de veinticinco años de edad, a ser sacados a la fuerza del sótano y colgados de un álamo próximo a la casa de Wright, la cual inmediatamente fue quemada por desconocidos. Freeman iba vestido con ropas de mujer, y a los dos hombres lo ataron juntos, cara a cara, y allí los dejaron colgando después de que la muchedumbre se retirara. El hermano de Freeman, John, y su cuñada Lottie, que eran también arrendatarios de Wright, se habían ausentado de la granja cuando los disturbios, y se hallaban en un condado vecino visitando a la familia de ella. Camino de casa en el Ford T de Wright que él les había prestado, pudieron ver el humo desde la distancia y, ya advertidos de los disturbios, se temieron lo peor. No podrían haber imaginado que tanto el patrón como su propio hermano estaban muertos, ni que la casa a la que de forma discreta habían sido invitados en varias ocasiones, ya no estaba en pie. Para cuando John y Lottie llegaron a su casa, la casa de Wright había sido consumida por las llamas, mientras que su propia cabaña, sita en la parte baja de la colina y en el límite de la granja, seguía en pie y casi intacta, exceptuando algunas ventanas rotas. Levantando la vista hacia el álamo, de unos doce metros de altura, del que colgaban muertos George y el Sr. Wright, los dos cuerpos atados juntos y retorciéndose con el viento que una tormenta de final de verano estaba levantando, John le dijo a Lottie que esperara en casa con los niños mientras él investigaba.
Mientras John se alejaba del árbol del linchamiento y de las ruinas del hogar del alcalde, descendiendo la colina en dirección al granero con la intención de coger una escalera para poder cortar las sogas y soltar a los dos cuerpos, oyó un fortísimo ruido atronador, “calamitoso y catastrófico, como una catarata de ruido”, y sintió que la tierra vibraba bajo sus pies. Cuando se dio media vuelta, el álamo de doce metros de altura en la cima de la colina había desaparecido, y desde la posición que ocupaba John la tierra parecía descarnada, devastada. El regreso a la granja había sido traumático, y pensó que quizás estaba sufriendo algún tipo de trastorno mental debido a su pérdida. Al acercarse al lugar donde debería haber estado el árbol, pudo discernir una amplia sombra oscura en la superficie de la tierra, como si la hierba se hubiese calcinado en un círculo perfecto; sospechó que un fuego divino y purificador había tomado al árbol y a los dos hombres muertos juntos en una llamarada demoledora, un suceso de combustión espontánea causado por Dios. John había visto arder pajares durante los años de sequía, sabía del fuego que ardía sin llamas en los montones de desechos que había en los linderos de la granja, había oído hablar incluso de los grandes pinos que estallaban de pronto de manera inexplicable. Pero cuando se acercó, vio que la tierra no estaba en modo alguno calcinada; había desaparecido. Donde había estado el árbol había ahora un agujero, una enorme oquedad, y al escudriñar por encima del borde del agujero pudo distinguir la copa del árbol, y el tronco entero, y a los dos hombres atados que colgaban de él, tragados todos por la tierra. Freeman llamó a Lottie, que vino a la carrera, y los dos se asomaron al agujero durante un buen rato, intentando decidir qué hacer, observando las ramas hundidas del árbol y escuchando el desdichado silencio de la granja, en la que incluso los estorninos y los mirlos se habían callado. Conforme el viento se levantaba y las gotas de lluvia agujeraban la tierra y golpeaban la piel de aquella pareja con tanta fuerza que les dolía, decidieron que no había nada que hacer hasta la mañana siguiente.
Al día siguiente, mientras la lluvia derramaba su cortina sobre las sinuosas formas de la granja y anegaba las ruinas calcinadas de la casa de Wright, John y Lottie Freeman regresaron con sus hijos a la ciudad en el Ford T de Wright para informar de las muertes de su hermano George y del alcalde. La fuerza policial local, reforzada por la Guardia Nacional pero abrumada no obstante por los acontecimientos de los tres días precedentes, en los que habían ardido un mínimo de treinta casas de la ciudad y del área colindante, no dejaron de mostrar cierta comprensión por la situación en que se hallaban John y Lottie. Escoltados por el sheriff y varios oficiales, volvieron a la granja, donde dos de los agentes del orden público, bien asegurados con cuerdas, bajaron al interior del socavón y se encaramaron a las ramas del álamo, y desde allí confirmaron la presencia de los cuerpos y la identidad del alcalde. El sheriff comprendió que John y Lottie nada tenían que ver con las muertes, que en ningún modo eran responsables de ellas, y que nunca se haría justicia; alguien sugirió que desenterrar a los dos hombres de su inusual última morada daría lugar a preguntas que la comunidad no quería enfrentar, para las que nunca podría hallar respuesta, y únicamente crearía más tensión entre las razas, puesto que el espectáculo de un hombre negro y uno blanco, patrono y arrendatario, atados juntos en el momento de morir, no tenía una fácil explicación. Se acordó que lo mejor para todas las partes involucradas era dejar los cuerpos tal como estaban, y rellenar el agujero con los restos humeantes de la casa de Wright y con tierra de los campos colindantes. Los oficiales ayudaron a John, y mientras despejaban las ruinas de la casa, descubrieron la caja fuerte de Wright, la forzaron con una palanca y encontraron una última voluntad y testamento, un documento algo chamuscado pero todavía legible, por el cual dejaba todas sus propiedades, incluidas la granja y todos sus edificios, a George Freeman, y en el caso de que falleciera George Freeman, a su hermano y también arrendatario John. El propio sheriff era nombrado albacea, y como el hombre no quería otra cosa que el retorno de la paz a una ciudad que se le había escapado de las manos, vio que no tenía ningún sentido admitir impugnación alguna a los deseos finales expresados por el difunto alcalde, tan poco ortodoxos como resultaban ser. Y así, Poplar Farm pasó íntegramente, sin anuncio público alguno, a manos de John y Lottie Freeman, hijos de esclavos.
El juzgado del condado fue reconstruido al año siguiente. Ningún hombre blanco subió al estrado por los sucesos del otoño anterior, mientras que en una granja al oeste de la ciudad se colocaron dos pequeñas losas de granito para señalar el lugar donde un árbol y dos hombres yacían sepultados en una tierra de promesa austera y de muerte.

12/05/2106: El libro se ha publicado recientemente en castellano como Tierra hundida, en Galaxia Gutenberg, en traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla.

9 sept. 2013

A very different direction


Yes, sad but true. My kids like a boy band called One Direction. They make bland pop songs, catchy pap I cannot stand for more than 3 seconds. When I was their age I probably liked what would now be totally unnameable stuff, too. I’d be so embarrassed if they found out…

Now and then I play songs on Youtube for them. I guess I’m just trying to ‘educate’ them, somehow. Music I appreciated decades ago. So I played this Pixies theme a few weeks ago, and I was nicely surprised when a couple of days later one of them said the song had got into him, into his mind and wouldn’t let go. Wow!

Pixies were one of the very few bands that play songs that sound almost exactly the same live as in the studio. Great stuff. I hope you'll enjoy it...

5 sept. 2013

Pulau Pinang, Malasia

The Clock Tower, para que no se te pase la hora del té
Después de casi quince años, la semana pasada regresé por unos días a la isla malasia de Penang. No fue un viaje turístico como hace quince años, pero como pude disfrutar de bastante tiempo libre para leer, para comer y también descansar junto a la piscina del hotel. Partes de la isla de Penang han cambiado bastante en quince años – es muy patente que la urbanización le ha ganado terreno a la selva y a las faldas de las colinas. Pero en esencia, Penang sigue siendo lo que era.

Templo chino en el centro de Georgetown
Conocida como Perla del Oriente, esta isla ofrece al visitante numerosos alicientes, entre los que se puede destacar su interesante historia y su excelente oferta gastronómica.

La isla pasó a formar parte de los dominios de la British East India Company en 1786; los oficiales ingleses construyeron un fortín que todavía se conserva. Con el paso de los años, la isla fue anexionada al Imperio Británico, y con la independencia de Malasia en 1951 se convirtió en estado federado de este país del sudeste asiático.

Detalle de la puerta
El omnipresente dragón de la mitología oriental 

Es una isla relativamente pequeña: su superficie, 293 km2, viene a ser poco más de la mitad de la isla de Ibiza, pero está densamente poblada (se acerca ya al millón de personas). Uno de sus mayores atractivos es la variopinta composición étnica, con tres grupos principales: chinos, malayos e indios.

Guerrero que custodia la entrada del templo
La capital, Georgetown, conserva excelentes muestras de arquitectura china y colonial; de hecho, el centro histórico de Georgetown fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Un paseo improvisado por sus calles te conducirá hacia lugares sorprendentes: puedes pasar de estar en algún lugar indeterminado de India a pararte delante de un extraordinario templo budista chino, tras haber pasado junto a una mezquita.

Palos de incienso decorados. Por lo que me dijeron, nada baratos.
Con un clima húmedo y caluroso durante todo el año, Penang es un importante centro turístico. La mayoría de los hoteles y resorts se encuentran en la costa norte de la isla. Penang cuenta con una muy eficiente red de transporte público (autobuses); para el visitante que llegue en avión, recomiendo una de las tres o cuatro líneas de autobús que llevan a las zonas más habitadas de la isla desde el aeropuerto. La tarifa es extremadamente económica: por 4 ringgit (poco más de un euro) el autobús te llevará a Batu Ferringhi, en la otra punta de la isla, donde están los hoteles más populares.

En el interior del templo de una influyente familia, el recordatorio dorado de todos los ancestros fallecidos 
Nada más llegar, los ingleses construyeron un fortín y lo adornaron con ciertas herramientas destinadas a ahuyentar a los pájaros, o algo similar...

Té de jengibre
Pinang laksa: caldo de pescado, especias, fideos, trocitos de piña, hierbabuena, chiles, y otros ingredientes. Pica como el demonio, pero es aromática y deliciosa. Must-try!
Char Kway Tow, que se sirve como desayuno en muchos lugares
Con todo, uno de los más sabrosos atractivos de Penang es su comida. Especialidades malayas, chinas, nyonya e indias, muy económicas, hacen de Penang un lugar ideal para el paladar más exigente. La abundancia de frutas tropicales a precios de risa te permite degustar los más variados zumos. El plato local por antonomasia es la Pinang laksa, una sabrosísima sopa picante tras la que uno se resigna a sudar sin remedio.

Y cuando el calor y la humedad te obliguen a hacer una parada e hidratarte, te recomiendo un buen vaso de refrescante té de jengibre, que preparan con leche condensada.

Zumo de starfruit, que según parece, se traduce como 'carambola'. Delicioso y muy refrescante.

Reseña: The Village, de Nikita Lalwani


Nikita Lalwani, The Village (Londres: Viking, 2012). 241 páginas.

Puede que el sistema de reclusión penitenciaria abierta sea uno de los conceptos más difíciles de asumir, pero el hecho es que algunos países como India, funciona. Según cifras que ofrece Wikipedia, existen prisiones de régimen abierto en catorce estados de India, solamente en Rajasthan hay un total de veintitrés.

Nikita Lalwani basó esta novela (la segunda que publica) en su experiencia de la filmación de un documental en una de esas cárceles de régimen abierto para la BBC. The Village es una narración bien estructurada, en la que la autora explora cuestiones de índole ética en la profesión periodística.

Ray, una joven periodista británica de ascendencia india, llega a un pueblo-cárcel llamado Ashwer, donde se une a los otros dos integrantes del equipo de filmación, Serena y Nathan. La primera es algo mayor que Ray pero muy atractiva, y tiene mucha experiencia en el papel de productora. Nathan, en cambio, es la cara conocida de la BBC, el presentador, y cuenta con un borroso pasado que incluye algunos años en prisión por robo a mano armada.

Al llegar a Ashwer, donde vivirán durante la filmación, desde el aeropuerto de Nueva Deli, las expectativas de Ray parecen confirmarse: “Su choza era justo igual que las otras. De algún modo, prometía sinceridad; la posibilidad de empatía con la gente a la que iban a filmar” (8). Pero para alguien acostumbrada a las comodidades del mundo occidental, la choza y el pueblo-cárcel se le revelan muy pronto como un enorme obstáculo. Y de hecho, aun cuando Ray tiene buenas nociones de hindi y debiera en teoría poder conectar con los pobladores de Ashwer, para la mayoría de ellos no deja de ser una turista blanca, y se ríen de sus errores léxicos o de su acento al hablar en su lengua. Este es uno de los temas que con mejor habilidad traslada Lalwani en The Village: cómo el sentido de superioridad del turista occidental puede revolverse en contra de quien, como Ray, quiere sumergirse de golpe en la cultura de sus padres sin haber pasado por un necesario periodo de adaptación.

La prisión de régimen abierto constituye un interesante universo para un experimento social que, según el alcaide, sí da resultados: “‘La confianza engendra confianza’, dice Sujay Shangvi, el alcaide responsable del experimento. Está orgulloso de la fuerte comunidad que es Ashwer. Fue una visión que comenzó con solamente cinco chozas en una parcela de terreno a mediados de los ochenta. ‘Tú confía en ellos, y ellos te devolverán esa confianza’”(26), había escrito Ray en la propuesta de proyecto para el directivo correspondiente de la BBC.

Pero las tiranteces y antipatías entre Ray por un lado y Serena y Nathan por el otro, van paulatinamente alcanzando cotas intolerables. Las dos mujeres no consiguen ponerse de acuerdo sobre el contenido del documental y los métodos a emplear para conseguir filmar escenas que sean verídicas, tanto como sea posible. La divergencia entre ambas alcanza un punto de ruptura tras una noche en que Nathan le hace una proposición sexual a Ray tras consumir grandes dosis de hachís, y Ray lo rechaza. Lalwani no muestra simpatía alguna por los personajes británicos, mientras que los locales (los reos y sus familiares, pues viven con ellos) los vemos desde una perspectiva mucho más amable, pero también imparcial.

The Village nos hace pensar en cómo los observados pueden también observar al que los mira. Hacia el final de la novela, el desmoronamiento moral de los tres periodistas es evidente: pero son los reos (todos los condenados que residen en Ashwer están allí porque han asesinado a alguien) los que pueden ejercer el papel de jueces morales, especialmente Nandini, que en un principio había colaborado tanto con ellos. La lección que busca dictar Lalwani tiene un carácter tan directo como un gancho de, por ejemplo, Pedro Carrasco. Hay quien se tambalearía, y también hay que seguiría como si nada hubiera pasado, como el caso de Serena o el propio Nathan.


The Village cuenta con un curioso desenlace que no debiera defraudar a nadie. Pese a su ingenuidad e inexperiencia, Ray parece haber aprendido (demasiado tarde, en cualquier caso) una lección sobre la vida, pero mucho más importante es lo que aprende sobre sí misma. Es una novela recomendable, bien escrita, y con 240 páginas no parece sobrarle nada.

4 sept. 2013

Reseña: Grey Area, de Will Self

Will Self, Grey Area (Londres: Bloomsbury, 1994). 336 páginas.

Mi ya viejo diccionario Collins (de 1984) recoge tres definiciones diferentes de la palabra “grey area”. La primera, empleada preferentemente en Gran Bretaña, se refiere a una región de alto desempleo; el territorio del estado español, por poner un ejemplo que todos entendemos. La segunda definición remite a la zona intermedia entre dos extremos, y que presenta rasgos de ambos. La tercera define “grey area” como una zona o situación que no cuenta con características claramente definidas.

La mayoría de los cuentos en esta colección del londinense Will Self presentan extrañas situaciones en las que la indefinición es la norma. En el que abre el volumen, ‘Between the Conceits’, el narrador nos dice en la primera oración: “Hay únicamente ocho personas en Londres, y por fortuna, yo soy una de ellas”. La megalomanía del narrador queda patente a medida que describe las confrontaciones que tiene con los otros siete “que de verdad cuentan”. La narración es, por supuesto, una feroz crítica al sistema de clases inglés, que tan democrático afirma ser, hasta el momento en que se los conoce a fondo, cuando se quitan la careta y se revelan como son.

En ‘The Indian Mutiny’ el narrador comienza con una chocante confesión: “Yo maté a un hombre cuando estaba en el colegio.” La historia nos lleva a un aula en la que el narrador, Fein, y sus compañeros de clase, torturaron psicológicamente a su maestro de historia (el Sr. Vello), quien tras un ataque de ansiedad y humillado por el adolescente y el resto de la clase, se suicidó. Fein nos dice que sufre pesadillas desde hace muchos años, pero son pocos los indicios textuales que apunten un total arrepentimiento por su parte.

Self crea entornos harto plausibles a simple vista, pero en su narración fuerza los límites de la realidad creada hasta hacer de ella algo disparatado, u opresivo. En ‘A Short History of the English Novel’ dos amigos que están almorzando discuten sobre el estado de la novela inglesa preguntan por curiosidad al camarero si tiene aspiraciones literarias; éste les sorprende al revelarles el argumento de una novela siguiendo el modelo picaresco inglés del siglo XVIII. Conforme avanza la tarde, en cada uno de los locales donde pasan, a tomar café o a saludar a conocidos, los camareros (novelistas principiantes) plantean sus quejas ante el abandono por parte de los editores ingleses. El desenlace de una situación tan absurda es, por supuesto, absurdo.

Para mi gusto, los dos mejores cuentos de este volumen son ‘Inclusion®’ y ‘Chest’. En el segundo, un escenario distópico en el que la atmósfera está tan contaminada de gases irrespirables que los achaques respiratorios confinan a las personas en sus casas; el artista Simon Dykes invita al dependiente del quiosco a una fiesta en la que compartirán codeína y nebulizadores. Al día siguiente sale a dar un paseo sin máscara de gas y se encuentra con su rico vecino y sus amigos, que han organizado una cacería de faisanes entre la tóxica niebla que rodea la casa.

Dykes reaparece en ‘Inclusion®’ como paciente de un tratamiento ilegal masivo de los innumerables casos de depresión en las localidades cercanas a Oxford. La droga, obtenida de la materia fecal y en descomposición de un parásito de una especie de abeja de la región amazónica, tiene la virtud de despertar el interés del paciente por todo, hasta exacerbarlo. Este cuento está muy bien trabajado, en tanto que cuenta con hasta cuatro voces narradoras diferentes, explicitadas mediante diarios de trabajo o informes que el primer narrador (que se dirige al lector en segunda persona) va encontrando en una carpeta.


En general, los cuentos de Self no destacan por su creación de personajes (muchos de ellos planos, algo artificiosos) ni de sus tramas, sino por la riqueza de detalles, tanto visuales como sonoros y olfativos, y la descripción de objetos; con ambos, Self crea espacios ficticios irracionales y hace una más que aceptable exhibición de su gusto por la sátira agria.

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