2 feb. 2014

Reseña: Levels of Life, de Julian Barnes

Julian Barnes, Levels of Life (Londres: Jonathan Cape, 2013). 118 páginas.

“En los primeros años de la vida, el mundo se divide, grosso modo, entre los que han tenido sexo y los que no. Más adelante, entre los que han conocido el amor y los que no. Más adelante todavía – al menos si tenemos suerte (o lo contrario, mala suerte) – se divide entre los que han padecido el duelo y los que no. Estas son divisiones absolutas; son trópicos que cruzamos.” (p. 68, mi traducción). Levels of Life es, en muchos sentidos, un extraordinario libro que, a quien no haya cruzado ese Trópico del Duelo puede que le resulte inabordable.

Pat Kavanagh, la esposa del autor de The Sense of an Ending, murió en 2008, 37 días de que los médicos descubrieran que tenía un tumor cerebral. Exactamente cuatro años después Barnes completó Levels of Life (Pat murió un 20 de octubre, fecha en la que firma Julian el libro), el cual, con 118 páginas y una inusual pero acertadísima estructura, constituye una lectura amena y absorbente.

Levels of Life está dividido en tres partes: ‘The Sin of Height’, ‘On the Level’ y ‘The Loss of Depth’ [El pecado de la altura, Con honestidad y La pérdida de profundidad]. Aviso para navegantes: quien espere encontrar una memoria desgarrada del duelo de Barnes tras la muerte de su esposa (no emplearé ninguno de los eufemismos que el propio Barnes deplora), mejor que no tome este libro entre sus manos, porque probablemente no entenderá nada.
Autorretrato de Nadar (c. 1865). Fuente: Wikicommons
La primera parte es una somera historia de los pioneros de la navegación aerostática, y Barnes dedica su atención principalmente a Gaspard-Félix Tournachon (apodado Nadar), quien fue también pionero de la fotografía aérea. Nadar “fue periodista, caricaturista, fotógrafo, aeronauta, empresario e inventor, ávido registrador de patentes y fundador de compañías” (p. 15). Fue, asimismo, el primer ser humano en tratar de explotar la capacidad “de mirarnos desde la distancia, de hacer que lo subjetivo sea de repente algo objetivo”. El maravilloso y acelerado de la aeronáutica posibilitó hace ya años que el ser humano saliera de la Tierra y pudiera observar el lugar donde vivimos desde la distancia. De pronto, en otro trópico o línea que la humanidad ha cruzado, podíamos vernos a nosotros mismos tal como (hasta entonces se había asumido no sin cierta obediencia ciega a la religión establecida) lo había estado haciendo Dios. Quizás fue ese el momento en que murió la idea de Dios.
Earthrise. Fotografía de Bill Anders (24 de diciembre de 1968). Fuente: Wikicommons
La segunda parte es un relato dramatizado de la historia de amor entre otros dos aeronautas, el  capitán inglés Fred Burnaby y la actriz francesa Sarah Bernhardt (a quien Nadar retrató en numerosas ocasiones). Barnes recurre a la ficción (“podemos establecer que se conocieron en el París de los 1870” (p. 37). Toda historia de amor es en potencia una historia de duelo, nos dice Barnes en varias ocasiones en el libro. Burnaby cree estar enamorado de la actriz (La Divina), pero Bernhardt no se compromete con nadie: “Estoy hecha para la sensación, para el placer, para el momento. Estoy a la búsqueda constante de nuevas sensaciones, de nuevas emociones. Así seré hasta que mi vida se acabe. Mi corazón desea más excitación que la nadie – una persona sola – pueda dar.” (p. 56) Rechazado, Burnaby se examina y descubre que “fue él que se engañó a sí mismo. Mas si ser honesto no te protegía del dolor, puede que fuera mejor estarse en las nubes” (p. 61-2).
Sarah Bernhardt. Retrato a cargo de Nadar. Fuente: Wikicommons. 
La tercera parte es la reflexión personal de Barnes sobre el duelo como proceso vital, y sobre su experiencia personal a lo largo de esos cuatro años. El duelo, explica Barnes (y coincido plenamente con él) “es un estado humano, no una afección médica, y si bien hay pastillas que nos ayudan a olvidarlo – y todo lo demás – no hay pastillas que lo curen.” (p. 71).

El tono de esta tercera parte no es confesional, sino meditativo; no es autoindulgente sino escrupuloso en su naturalidad. Se compone de retazos de sus vivencias tras la muerte de Pat: comentarios inapropiados, consejos inútiles, silencios vergonzosos, la ira del doliente… Si no fuera por la ironía anónima con la que delicadamente maneja esas anécdotas y episodios, el resultado sería devastador para aquellos que, en su caso, metieron la pata.

Desde un punto de vista meramente personal, me produjo un leve placer íntimo la frase siguiente, por lo cercana que la experiencia de Barnes parece estar a la mía propia: “Algunos amigos tienen tanto miedo del duelo como de la muerte; te evitan como si temieran contagiarse” (p. 75).

Desde las alturas de los globos aerostáticos en los que los pioneros veían a sus congéneres Barnes pasa a la caída libre, al descenso a los infiernos del duelo sin caer en las “muchas trampas y peligros [que hay] en el duelo, y que el paso del tiempo no reduce. La autocompasión, el aislacionismo, el desprecio por el mundo, un excepcionalismo egoísta: todos aspectos de la vanidad” (p. 113).

Las ideas que Barnes explica en los siguientes extractos me parecen especialmente significativas y conmovedoras. En referencia a esas fotografías que todos tenemos de nuestros seres queridos: “Esas viejas fotos familiares de tiempos más felices han pasado a parecer menos originales, menos parecidas a fotografías de la vida misma, más parecidas a fotografías de fotografías. […] el recuerdo que tienes de tu vida – tu vida previa – se asemeja a ese milagro corriente que contemplaron Fred Burnaby,  el Capitán Colver y el Sr. Lucy en alguna parte cerca del estuario del Támesis. Estaban por encima de las nubes, debajo del sol, […] El sol estaba proyectando sobre el espeso banco de nubes que había debajo la imagen de su nave […] Burnaby la comparó con una ‘colosal fotografía’. Y así es con nuestra vida: tan clara, tan segura, hasta que por una razón u otra […] la imagen se pierde para siempre, disponible solamente para la memoria, convertida en anécdota.” (p. 110)
Caricatura de Fred Burnaby en Vanity Fair, 2 de diciembre de 1876. Fuente: Wikicommons.
Los que hemos sido golpeados por el duelo (“griefstruck” es la palabra que emplea Barnes) sabemos que el dolor nunca desaparece, y aceptamos vivir con él: “El dolor demuestra que no has olvidado; el dolor refuerza el sabor del recuerdo; el dolor es una prueba de amor.” (p. 113)

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