30 nov. 2014

Reseña: Walking Home, de Simon Armitage

Simon Armitage, Walking Home (Oxford: ISIS, 2013). 285 páginas.

Un viaje de 256 millas, o lo que es lo mismo, 428 km, cruzando de norte a sur los Peninos, la cordillera que une los Midlands ingleses con Escocia, parando cada noche en un lugar distinto para llevar a cabo un recital de poesía. Un trovador del siglo XXI, armado de GPS por si las moscas, pertrechado de teléfono móvil para grabar sus notas y un cargamento irracional de barritas Mars de chocolate.
  

En el verano de 2010 Simon Armitage puso en su web un anuncio. Se proponía recorrer el Pennine Way de norte a sur (en dirección contraria a la que suele tomar todo el mundo) y solicitaba la ayuda de todo aquel que apreciara la poesía. En apenas unos meses ya tenía más o menos organizado el viaje, con promesa de cama y comida cada noche y compañía en el camino. Para costearse el viaje se propone hacer un recital de poesía cada noche en un lugar diferente y aceptar los donativos que los concurrentes tengan a bien dejarle en el calcetín limpio que le acompaña a tal efecto. Los libros de poesía le acompañarán en una maleta (apodada the Tombstone, “la Lápida”) que amables voluntarios llevarán de un punto a otro en el norte de Inglaterra por medios de transporte más convencionales. La única noche en que no habrá recital, nos avisa, es la de la final de la Copa del Mundo en Sudáfrica. Cada uno debe definir sus prioridades de antemano.
High Force - fotografía de Les Hull
Walking Home es el resultado de esa odisea moderna. Como dice el título, Armitage va camino de casa. Nacido en Marsden, por donde pasa el Camino de los Peninos, Armitage ha vivido siempre en el norte de Inglaterra. Es un libro atípico: cada día el caminante se encuentra en un estado de ánimo diferente, y las vicisitudes de la marcha son lógicamente diferentes. Cuando se pierde en los montes Cheviot, cerca de la frontera con Escocia, Armitage está en un tris de abandonar su ambiciosa empresa.
Maize Beck - fotografía de Les Hull
No es, en el sentido estricto del género, un libro de viajes. Es innegable que se trata del libro de un poeta, pero no hay únicamente poesía, sino también (y en dosis muy generosas) mucho humor. La mayor parte del recorrido Armitage iba acompañado de voluntarios que habían respondido a su anuncio. Las conversaciones, pero también los silencios, son en ocasiones materia para la reflexión. “Emprender el camino es rendirse al saber popular y afrontar un reto contra el propio ser. Desde el punto de vista físico, asumí que no estaría a la altura, y resultó que sí lo estuve. Desde el punto de vista mental,  pensé que sería más que capaz de hacerlo, y resultó que no lo fui.” (p. 278, mi traducción)
Barro, barro y más barro... Fotografía de Oliver Dixon
A pesar del barro, la lluvia, la niebla (Inglaterra en verano, don’t you just love it?), la pesadez de las piernas tras dos semanas de caminar jornadas enteras, el juglar contemporáneo termina el recorrido (no llegó a completar el trayecto, por cierto – decidió  no hacer los últimos diez kilómetros) con poco más de 3000 libras en el bolsillo (ya no estaban en el calcetín). Para los que nos gusta caminar, este es un libro recomendable porque Armitage describe muy bien las sensaciones que deja en la memoria un largo trayecto de este tipo. Como lector, sin embargo, me quedé con ganas de saber algo más acerca de los recitales, por la mayoría de los cuales Armitage pasa de puntillas.
Peldaños para el caminante. Jacobs Ladder. Fotografía de Clem Rutter

Hay en Australia varios senderos de largo recorrido que bien podrían servir de inspiración a algún bardo ambicioso y pertinaz. Que no espere sin embargo que canguros, wallabies, zarigüeyas, wombats y koalas le llenen el calcetín de dólares. Por las tierras que cruza el Sendero de los Alpes Australianos (Australian Alps Walking Track) apenas encontraría unas cuantas granjas, y poco más. Pero si alguien se anima, pues buena suerte. Le esperaré en el Namadgi Visitor Centre.

24 nov. 2014

Reseña: El oficinista, de Guillermo Saccomanno

Guillermo Saccomanno, El oficinista (Barcelona: Seix Barral, 2010). 199 páginas.

Un hombre sin nombre. Un hombre gris que ocupa un puesto de trabajo gris. Un hombre amedrentado por todo lo que le rodea: amedrentado por su mujer, una obesa despótica; amilanado por su jefe y por la compañía para la que trabaja, donde se producen despidos extemporáneos y sin motivo aparente; acobardado por el régimen político del país en el que vive, un régimen dictatorial en el que la única posible expresión de disidencia se lleva a cabo por medio de la violencia; asustado por el clima de terror e inseguridad que se respira en una ciudad sin nombre, en la que nos sobrecoge el frío y sobre la que cae una eterna llovizna ácida. El escenario que traza Saccomanno podría ser distópico si no fuera porque uno puede reconocer ciertas características de esa ciudad en la actual Buenos Aires.

El oficinista es en gran medida atemporal pero al mismo tiempo, sospecho, muy actual. Lo más llamativo, a mi parecer, es cómo retrata Saccomanno la enorme brecha social que ha deshumanizado a la sociedad occidental. Ninguno de los personajes de esta novela tiene nombre. Ni los personajes principales (el oficinista, su compañero, la secretaria y el jefe) ni los secundarios: el único de sus hijos por el que el oficinista siente algo de cariño es, sencillamente, el viejito. Por las noches, las calles militarizadas son un vasto espacio de sombras y miedos: jaurías de perros clonados, patotas de jóvenes borrachos y drogados, hordas de mendigos y desharrapados sin hogar. Elementos reales y elementos ficticios se mezclan en un escenario que se intuye muy próximo a una catástrofe quizás definitiva.

Saccomanno renuncia al estilismo en favor de una expresión vertical, cortante, directa. Frases cortas, a veces muy cortas, en las que la elisión es el recurso más frecuente: “La mañana, finalmente. Por la ventana suben los motores de unos camiones militares, bocinazos, colectivos, sirenas, autos. El raspado de un fósforo que prende una hornalla. El hervor de una cafetera. El ruido de la tostadora. Un bostezo. Un carraspeo. Una canilla. Unas pantuflas. Las voces de la cría que emerge de su letargo. Después gritos, discusiones, insultos, lamentos.” (p. 49)

Quizás lo único que se podría calificar como un poco decepcionante (y esto, siendo muy, muy severos) de El oficinista es la trama misma. No porque el desenlace sea un tanto previsible (que lo es), sino porque la línea argumental es para mi gusto algo floja. Hombre de mediana edad en puesto de trabajo mediocre con serios problemas domésticos se enamora de una joven, la secretaria, que le ofrece sexo una noche después del trabajo. Angustiado porque ella no parece sentir la misma atracción ni la misma necesidad perentoria de verlo a él todas las noches, dedica horas extra a espiarla, hasta que descubre que la secretaria sale del trabajo en el automóvil del jefe.

El oficinista experimenta una especie de revelación. Aguijoneado por la presencia acuciante y constante del “otro” – la conciencia de su mediocridad que le espeta una y otra vez que es un don nadie – se entrega a quimeras y proyectos irrealizables: eliminar a toda su familia (pese a la pena que le daría matar al viejito), robarse una ingente suma de dineros de la empresa y huir con la secretaria al extranjero.

Saccomanno apila episodios escuetos uno tras otro que no hacen sino aumentar la sensación de mediocridad y trivialidad en la vida del personaje central. Tras delatar al compañero de trabajo siente remordimientos, pero su búsqueda de la expiación deviene en una patética aventura por los barrios bajos de la ciudad. Especialmente llamativo me resultó el de su entrada en una iglesia en mitad del servicio religioso, sus ropas manchadas de sangre. El sacerdote brasileño le conmina a confesarse en público, pero el oficinista no soporta la presión brutal del clérigo y huye aterrado sin poder vaciar su conciencia.

Galardonada con el Premio Biblioteca Breve de 2010, El oficinista es un acertado retrato de la mediocridad en la que vive la inmensa mayoría del tejido social de la sociedad occidental contemporánea. Donde la cobardía nunca deja de reprimir los sueños porque el miedo es más fuerte y atenaza. Su protagonista anónimo es una atinada imagen del individuo temeroso que predomina entre las clases medias, quien interioriza (y reprime) su rebeldía a través de un "otro", que le recrimina su insignificancia, y quien solamente muestra sus aspiraciones por lograr un cambio sustancial a través de sueños inalcanzables. Un interesante relato breve que se lee, como suele decirse, en un suspiro.

22 nov. 2014

Reseña: Montebello, de Robert Drewe

Robert Drewe, Montebello (Melbourne: Penguin, 2012). 291 páginas.

Para los nacidos décadas después del inicio de la Guerra Fría es muy probable que la posibilidad de una guerra atómica total, que hubiera acarreado la destrucción mutua irreversible a los dos bloques geopolíticos de aquella época, nunca les pareció demasiado real, mas para la gente que se crió en las décadas de los 50 y los 60 ese escenario final fue algo realmente plausible y demasiado creíble. Quizás no sean muchos los australianos que tienen conocimiento de las pruebas nucleares que los británicos realizaron en el remoto archipiélago de las islas Montebello a principios de la década de los 50. El entonces Primer Ministro, Menzies, les dio a los militares británicos prácticamente carta blanca para hacer lo que les viniera en gana, y en el transcurso de varios años varias explosiones nucleares arrasaron las principales islas del archipiélago. Además de aniquilar la fauna local, la radioactividad se cobró finalmente las vidas de muchos soldados australianos, cuyo atuendo consistía en pantalones cortos y sandalias, expuestos a las explosiones – básicamente utilizados por nuestros amigos británicos como ratas de laboratorio.

Montebello viene a ser una secuela de The Shark Net (2000) la autobiografía de Drewe. Como es el caso de su antecedente, este libro cuenta con un ritmo narrativo y una amplitud de miras muy gratificantes, si bien algunos de los episodios entrelazados en el conjunto parecen un tanto fuera de orden, cuando no totalmente ajenos. Pero Drewe tiene un gran sentido del humor, el cual, junto con sus agudas descripciones, no solamente de las islas sino también de otras partes de Australia Occidental de las que hace mención, hacen de Montebello una placentera lectura. Drewe es incisivo como un buen periodista de investigación, serpenteando con habilidad desde los recuerdos de su niñez a su vida adulta, pasando por una adolescencia desasosegada, al tiempo que roza apenas temas muy candentes de la Australia actual.

También puede hacer alusiones a sus fijaciones más personales. El capítulo que sirve de introducción a Montebello es una peculiar historia, un peligroso encuentro con una serpiente (muy venenosa como casi todas en Australia) durante ‘una noche oscura y tormentosa’ (p. 1). Armado con la espátula de la barbacoa y sumamente preocupado por la posibilidad de que el ofidio se introduzca en el dormitorio de su hija, derrota a su enemigo.

El episodio lo narra Drewe en clave irónica, del mismo modo que cualquier experiencia de peligro de la que uno se salve por los pelos puede retrospectivamente considerarse cómica. Pero Drewe la ve como un momento definitorio. Puede que uno de los más importantes rasgos que todo escritor debe tener es la capacidad de reírse de sí mismo: Drewe es estupendo en la ironía. La aventura con la serpiente en su casa da paso a una confesión, la de su obsesión por las islas.

Explica que su apego a las islas es en parte consecuencia de la literatura a la que estuvo expuesto cuando era niño: “Las islas mostraron su poderosa presencia en mi vida tanto como lo habían hecho en mi imaginación. De niño me atraían los relatos de náufragos” (p. 39, mi traducción). Naturalmente, menciona los clásicos que siguen capturando la imaginación de todos los niños: Robinson Crusoe, La isla del tesoro, La isla de coral y El Robinson suizo, y también títulos como La isla del Dr. Moreau y El señor de las moscas. Pero fue la pequeña isla de Rottnest frente a la ciudad de Perth que parece haber atrapado el corazón de Drewe para siempre y que le convirtió a la islofilia: “mi islomanía creció cuando descubrí la isla de Rottnest cuando era un jovenzuelo…donde los jóvenes de Australia Occidental perdían la virginidad…ellos (bueno, yo) conferían a esta isla desierta en particular a unos veinte kilómetros del continente una cualidad sensual que no les resultaba tan prontamente evidente a los extranjeros o a los procedentes de los estados orientales.” (p. 43, mi traducción)

Cuando por fin le dan el visto bueno para que se sume a la expedición de ecologistas gubernamentales que van a completar un proyecto de repoblación de especies en el archipiélago, Drewe exprime al máximo esta excelente oportunidad para seguir escribiendo sus memorias. Sus observaciones le otorgan un valor irónico añadido al relato de sus expediciones y experiencias en el campamento insular:
«[E]l alcohol nunca está lejos de tu mente en este sitio. Al comprobar que había pocos rasgos identificados en los mapas para ayudarles en la navegación durante las pruebas nucleares, los británicos se aprestaron a bautizar las calas y ensenadas del archipiélago de las Montebello. A todas les dieron nombre de algún tipo de bebida alcohólica: Hock, Claret, Whisky, Stout, Cider, Champagne, Chartreuse, Burgundy, Chianti, Drambuie, Moselle y Sach. También le pusieron nombre a Rum Cove [Cala del Ron] y a las lagunas Sherry y Vermouth. Es cosa muy apropiada el hecho de que haya un promontorio denominado Hungover Head [Punta Resaca].» (p. 82, mi traducción)
Mientras critica las razones que llevaron a realizar un programa de pruebas nucleares en ese remoto rincón del mundo, Drewe recuerda los episodios coetáneos de su juventud en Perth: ataques de tiburones, enamoramientos, lesiones deportivas. De ser niño a ser un joven y luego convertirse en hombre – y su decisión de hacerse escritor; es un relato contrapuesto a la fascinante narración del trabajo que lleva a cabo el grupo de medioambientalistas en el archipiélago y su feliz concienciación de que el programa de reintroducción de especies nativas ha comenzado a tener éxito tantos años después de la destrucción atómica que tuvo lugar en las islas.
A pesar de la remembranza de muchos sucesos trágicos, tanto pasados como actuales, que Drewe incluye en el libro, Montebello aporta una visión mayormente positiva de la vida – la idea viene a ser que de lo caótico y de lo destructivo pueden surgir una nueva vida y la belleza. Pero Drewe nos recuerda asimismo – unas veces en clave de humor, otras con un tono más sombrío – que debemos tener muy presentes los muchos peligros que pueden surgir de la nada, incluso en medio del entorno más agradable y placentero.

Hay también espacio para la reflexión. Dice Drewe: «Ese chico idealista de trece años, ese que quería ser amigo de todos los pueblos, que quería tocar con la trompeta La Vie En Rose para las chicas y prohibir la bomba atómica, hubiera preferido que hubiera una dura lección para la humanidad […] no sabía si debía sentirse contento […] o confundido como siempre.» (p. 283, mi traducción). Me atrevo a sugerir que quizás ese estado permanente de incertidumbre que sentimos por vez primera en la adolescencia es esa dura lección que podemos extraer de cada una de nuestras experiencias vitales.


Versión en castellano de la reseña publicada en inglés en Transnational Literature Vol. 7 no. 1, November 2014, que puedes descargar como PDF aquí.

20 nov. 2014

Reseña: 10:04, de Ben Lerner

Ben Lerner, 10:04 (Londres: Granta, 2014). 245 páginas.

Mientras esto escribo, tengo al alcance de la mano mi ejemplar de The New Yorker correspondiente al 18 de junio de 2012. En aquella fecha, la narración breve publicada en la sección de ficción correspondía a ‘The Golden Vanity’, de Ben Lerner, y confieso que o bien no la leí, o me pasó desapercibida.

Lo anterior podría muy bien pasar a formar parte de otra historia, en la que un lector ya maduro (que en su juventud haya sometido a sus células grises a unas buenas sesiones de castigo químico) no recuerda haber leído una historia que encuentra incluida en un libro que está leyendo, y solamente después de leer el libro le surge la duda de si ya conocía esa historia o no.

El caso es que sí recuerdo en cambio haber leído (y reseñado el 15 de abril de 2013 aquí) la primera novela de Lerner, Leaving the Atocha Station. De ella dije entonces que me había hecho pasar un buen rato. Me hizo reír mucho, pero no la consideré “un hito”. Ahora Lerner ha publicado su segunda novela, 10:04 (del cual no explicita si se trata de a.m. o p.m.). Y poco importa, la verdad sea dicha.

10:04 es una metaficción, algo que ya no es ninguna novedad, pero que sigue en cierta medida estando en boga. Lerner mezcla la ficción con la no-ficción, en un relato que incluye como segunda parte de las cinco de las que consta la ya mencionada ‘The Golden Vanity’. El tema de fondo de esta obra es las múltiples y variopintas relaciones entre la vida y el arte. Y Berner, como en su novela anterior, trata el tema con un gran sentido del humor.

El narrador-protagonista recibe un jugoso avance por su segunda novela tras la aceptación por parte de The New Yorker de una narración breve. Al mismo tiempo, nos cuenta que los médicos le han diagnosticado un ensanchamiento de la aorta coronaria que podría dejarlo frito. Mientras, su mejor amiga, Alex, le ha convencido para que se convierta en donante del semen con el que quedará embarazada.

Con un interesante golpe de efecto, el narrador decide utilizar diversos aspectos y episodios de su vida real y reconvertirlos, tras cambiar nombres y algunos detalles, en ficción. De este modo, ficción y realidad se unen en un juego de espejos y de sombras. Además, Lerner parece complicar un poquito más las cosas al romper la cronología narrativa. Esta especie de rompecabezas es deliberado: lo que interesa a Lerner es las posibles/plausibles interacciones entre el pasado y el presente, y sobre los posibles futuros que los distintos pasados nos pueden deparar.

En ese sentido, la novela de Ben Lerner es un juego muy serio, digamos un malabarismo en manos de un narrador vacilante: Ben (es ése el nombre del protagonista) navega un rumbo que va y viene de la parodia a la sinceridad, entre el desapego absoluto  y el compromiso crítico (su gusto por el exquisito plato de pulpitos portugueses suavemente masajeados con sal gruesa hasta morir se contrapone sin sarcasmos con su conciencia de que numerosos desastres ecológicos parecen haber condenado a los océanos a convertirse en un erial ácido donde se acumula el plástico). Ben es el franco impostor de un delicioso juego narrativo en el que prima la conciencia de sí mismo. Para quien no disfrute de este tipo de lúdicas maniobras metaficcionales, la obra de Lerner no será estimulante.

Sin embargo, sí debiera disfrutar de algunos de los episodios hilarantes de 10:04. Como cuando Ben acude a una clínica a proporcionar la muestra de semen que planea donar para que lo use su amiga Alex. Tras escuchar y leer el aviso que se les hace a los donantes con el fin de que no se contamine la muestra, el protagonista, encerrado en la pequeña sala con videos pornográficos, se lava una y otra vez las manos de forma obsesiva antes de masturbarse.

El ensamblaje de ‘The Golden Vanity’ en la novela es un gran acierto para quien haya leído (o crea haber leído) la pieza que publicó The New Yorker. Cuenta Ben/Lerner:

La historia implicaría una serie de transposiciones: transferiría mi problema médico a otra parte del cuerpo; sustituiría la agnosia táctil con otro tipo de trastorno, reemplazaría la cirugía dental de Alex. Cambiaría los nombres: Alex pasaría a ser Liza, nombre que ella me había dicho una vez era la segunda opción que había pensado su madre; Alena se convertiría en  Hannah; a Sharon le cambiaría el nombre a Mary, y Jon en vez de Josh; el Dr. Andrews sería el Dr. Roberts, etc. En lugar de convertirse en albacea literario, y por tanto hacer frente a la tensión entre la mortalidad biológica y la textual mediante dicha obligación, una universidad se dirigiría al protagonista — una versión de mí mismo; lo llamaría «el autor» —inquiriendo sobre la posibilidad de adquirir sus papeles personales. (p. 54-55, mi traducción)
Con párrafos como el anterior, Lerner le obliga al lector a moverse. Es como si te estuviera diciendo: puedes escoger leer esto como no ficción, pero no debes olvidar que el autor decide que el narrador es un impostor, y por lo tanto muchos de los detalles pueden ser ficticios.

En mi opinión, 10:04 es un primoroso, inteligente y entretenido ejercicio metaliterario. Por supuesto, no agradará a todo el mundo, pero eso es algo que Lerner ya daba por descontado, según se deduce de lo que la agente literario de Ben le recomienda:

«Acuérdate de que esta es tu oportunidad de llegarle a un público más amplio. Tienes que decidir quiénes quieres que sean tu público, quiénes crees que son tu público», dijo mi agente, y esto fue lo que yo oí: «Elabora una trama clara, geométrica; describe rostros, incluso los de la gente de la mesa de al lado; asegúrate de que el protagonista sufra una transformación dramática.» Y si solamente sufre un cambio su aorta, me preguntaba. O su neoplasma. ¿Y si al final del libro todo es lo mismo, solo que un poquito diferente? (p. 156, mi traducción)

No me extraña que Ben esté bastante seguro de que el libro no se venderá. O quizás sí lo haga.


(3 de abril de 2015). El libro lo ha publicado en castellano, en traducción de Cruz Rodríguez Juiz, Reservoir Books.

14 nov. 2014

Reseña: Burial Rites, de Hannah Kent

Hannah Kent, Burial Rites (Sydney: Pan Macmillan, 2013). 338 páginas.

La ficción permite hacer de la historia algo más dúctil, transformando al antojo del autor los elementos históricos más oscuros, o los aspectos menos exactos, de manera que un personaje histórico nos sea presentado bajo una luz amable o compasiva. No me cabe ninguna duda de hay y habrá personajes históricos que no merecen simpatía ni compasión alguna: genocidas, dictadores, déspotas. Podemos sin embargo asumir con seguridad que son muchísimos los que a lo largo de la historia han sido injustamente castigados, perseguidos con crueldad o ajusticiados con el mero propósito de dar un escarmiento al populacho.

Agnes Magnúsdóttir fue la última mujer decapitada en Islandia. Su muerte se produjo en 1830. Fue acusada junto con otras dos personas (un joven llamado Fridrik y otra sirvienta como Agnes, llamada Sigriður) del asesinato de dos hombres en el norte de la isla. Sigriður vio su pena capital conmutada por la de cárcel perpetua en Copenhague (Islandia estaba bajo dominio de la corona danesa en el siglo XIX), mientras que tanto Agnes como Fridrik fueron ejecutados un frío día de enero.

Este es el material histórico con el que trabaja la australiana Hannah Kent en Burial Rites. La autora invirtió mucho tiempo y esfuerzo en investigar los datos históricos disponibles antes de ponerse manos a la obra. Burial Rites se inscribe por tanto en la cada vez más pujante tendencia de la novela histórica. La novela cuenta la historia de Agnes adoptando distintos puntos de vista narrativos, en gran medida complementarios entre sí: por un lado el de la propia Agnes, en primera persona, y por otro el de varios de los personajes secundarios que se articulan en un narrador en apariencia omnisciente. Además, Kent incluye documentos judiciales y legales diversos traducidos, los cuales ayudan a contextualizar la trama y la narración. En la nota final que sigue a la novela, la autora asevera que su intención es crear un retrato más ambiguo de Agnes que el que la historia nos ha dejado en forma de legajos judiciales y leyendas orales.

El estudio de Agnes, deliberadamente ambiguo, permite al lector posicionarse y jugar con las perspectivas. A ratos es fácil pensar que fue víctima de los prejuicios sexistas y clasistas de la época, mientras que de la lectura de otros fragmentos de la novela podría muy bien deducirse que fue cómplice consciente de un doble asesinato. ¿Importa la verdad (sea ésta la que sea) en su caso? En los momentos finales Agnes cede al miedo y Kent la presenta no como heroína sino como una pobre mujer empobrecida y derrotada.

La relación de la cautiva con la familia que se vio obligada a aceptarla en su hogar hasta el día de su ejecución queda diestramente reflejada en los diálogos. No así tanto la relación de Agnes con el joven clérigo Toti: Kent opta por la ambigüedad a la hora de plasmar en la novela los atisbos de tensión sexual entre el religioso y la condenada.

Pese a que el desenlace de Burial Rites es evidente desde un principio, la novela no defrauda gracias al buen hacer de Kent. La autora escribe con una prosa elegante, un lenguaje de un porte poético, quizás un pelín florido. El durísimo entorno climático del invierno islandés lo describe Kent con abundante elocuencia  Más mérito tiene en mi opinión el hecho de que los documentos históricos reproducidos que acompañan a la narración no chirríen en absoluto.
Islandia - Photograph by Andreas Tille
Me resulta un tanto intrigante que la novela haya sido ya traducida al castellano (Ritos funerarios, publicada por Alba en traducción de Laura Vidal). Hay unos cuantos (muchísimos, if you ask me) autores australianos con una larguísima trayectoria literaria, con obras de gran calibre y calidad, que siguen sin recibir esa rara bendición de la traducción al castellano, y al paso que vamos terminarán en el cajón del olvido y la indiferencia. Aun siendo un buen debut, Burial Rites no es una obra deslumbrante, por lo que su rápida irrupción en el mercado editorial español es para mí algo muy sorprendente. Uno de esos misterios que quizás en un par de siglos alguien con tiempo y dinero se dedique a investigar.

Y quizás hasta le inspire a escribir una novela histórica...

8 nov. 2014

Reseña: The Woman Upstairs, de Claire Messud

Claire Messud, The Woman Upstairs (Londres: Virago, 2013). 301 páginas.

Hacía ya un tiempo que no me encontraba con una primera página de una novela que me haya cautivado tanto como este largo despotricar de la protagonista de The Woman Upstairs. Hay algo en esas primeras oraciones de lo que es una narración que adopta el formato de un largo monólogo que de hecho me impacta como lector. Es sin duda, en la superficie, la ira directa y palpable, una rabia colérica que no admitirá ser aplacada por nada, y que Nora expresa con un tono inabordable:

“¿Que como estoy de enfadada? No quieres saberlo. Nadie quiere saber nada de eso. 
Soy una buena chica. Soy una chica simpática, con todo sobresalientes, una buena hija algo mojigata, una chica que hizo buena carrera, y nunca le robé el novio a nadie ni dejé en la estacada a una amiga, y me aguanté las gilipolleces de mi padre y las gilipolleces de mi hermano, y en todo caso ya no soy una chica, joder, tengo más de cuarenta tacos, hago bien mi trabajo y soy fenomenal con los niños, y sujetaba la mano de mi madre cuando se murió, después de pasarme cuatro años sujetándole la mano mientras se estaba muriendo, y hablo con mi padre por teléfono todos los días – todos los días, eso sí, y «¿Qué tiempo tenéis al otro lado del río?, pues aquí está bastante plomizo y también algo húmedo. En la lápida de mi tumba se suponía que iba a leerse ‘Gran Artista’, pero si me muriera ahora mismo diría en cambio ‘una buena maestra/hija/amiga’; y lo que realmente quiero decir a grito pelado, y que se lea también en mayúsculas en la lápida, es QUE OS JODAN A TODOS.” (p. 3, mi traducción)
Nora, como ella misma nos ha dicho nada más comenzar el libro, es maestra de primaria en Cambridge, Massachusetts. Con (ahora más o menos secretas) ambiciones artísticas que nunca llegó a desarrollar plenamente y próxima a los 40, vive sola, aunque tiene unas cuantas buenas amistades, y está empezando a darse cuenta de que muchas de las posibilidades vitales de que goza una mujer se le están cerrando. Nora recuerda con amargura el momento en que su madre abrió su galleta de la suerte en un restaurante chino local y leyó que “Lo que no hayas hecho será lo que te atormentará”, y yo me atrevo a añadir “para el resto de tus días”.

Al principio del nuevo curso entra en la clase un niño de apariencia inusual, Reza Shahid. A los pocos días, Reza es objeto de un ataque con tintes xenófobos por parte de un par de descerebrados, y es gracias a ese incidente que Nora conocerá a su madre, Sirena (el nombre no es una mera coincidencia). Nora inmediatamente se siente atraída por la italiana Sirena, y poco a poco entra en la órbita de la familia Shahid. El hecho de que Sirena sea una artista cuya reputación empieza a expandirse por todo el hemisferio occidental la motiva más todavía a acercarse a ellos. El padre de Reza, Skandar, está trabajando como profesor invitado en Harvard durante un año. Son por lo tanto una pareja sofisticada e ilustrada. Podrían ser un modelo a seguir para cualquiera, ¿no? Nora queda fascinada por la especie de aureola multicultural de los Shahid (Skandar es de origen libanés/ palestino, cristiano/musulmán) y la timidez y hermosura de Reza, y cuando Sirena le ofrece la posibilidad de compartir un gran atelier, no lo duda ni un instante.

Mientras Nora trabaja en sus propios dioramas (diminutas reproducciones de habitaciones de escritoras o artistas famosas, tal como lo podría hacer una niña de tendencias imaginativas y creativas), Sirena se embarca en un gran proyecto creativo, Wonderland, basado en la obra más conocida de Lewis Carroll; Sirena naturalmente alista la ayuda de Nora, quien se enamora de la artista. El problema es que al mismo tiempo, tras ofrecerse a hacer de canguro de Reza algunas noches, comienza a dar largos paseos con Skandar por las noches, y también su embrujo personal y fuerte atractivo intelectual empiezan a hacer mella en ella. Su obsesión por los Shahid llega a niveles prácticamente enfermizos.

¿Qué busca Nora en los Shahid? ¿Satisfacer un deseo sexual, ya sea con Skandar o con Sirena? ¿Inspiración artística? ¿El paradigma de un ideal que ha ambicionado ser toda su vida sin lograr llegar a serlo? ¿Poder sentirse madre con Reza antes de la edad se lo impida? En las muchas reflexiones que salpican su monólogo (la narración que conforma, al fin y al cabo, The Woman Upstairs) Nora hace mención una y otra vez de un hambre que nada puede saciar, y que es aspecto fundamental de su existencia.

El suspense en torno a las complejidades de su relación con los dos Shahid adultos avanza no siempre al ritmo que uno quizás preferiría – en algunos momentos, Nora me ha exasperado como lector. El clímax resolutivo parece llegar cuando ella y Skandar parecen consumar algo de apariencia sexual en el atelier, en el interior de la instalación artística que Sirena ha creado, y que Messud decide envolver en un halo de vaguedad que a muchos les resultará un tanto frustrante. Hay además un episodio en el que Nora, sola en el estudio y con una botella de tinto matador, se disfraza de Edie Sedgwick y se masturba en el césped artificial de Wonderland.

La narración de The Woman Upstairs transmite (solamente a ratos) un cierto aire a desasosiego, que en mi opinión tiene más que ver con la impresión de que a veces la narradora protagonista resulte una pizca fastidiosa, que con la narración en sí misma. Messud calibra perfectamente el progreso de la trama hasta un desenlace ciertamente inesperado (o quizás es que yo soy un poco ingenuo – a mí me sorprendió, y mucho). La creatividad reprimida, el voyerismo, la facilidad con que la mente humana puede engancharse a una obsesión: son temas fascinantes, pero a través de la narración de Nora (por muy verosímil que lo sea, por muy valiente que resulten sus admisiones) la protagonista casi nunca despierta nuestra simpatía, ni nuestra comprensión. Puede que tú, lector/a, tengas otra opinión, y si has leído la novela, ciertamente me interesaría conocer tu opinión.

Cuando finalmente los Shahid regresan a Europa, la intensa amistad con los Shahid (o la intensidad con que Nora percibía esa amistad) se va difuminando. Hasta que Nora se toma un año sabático y decide viajar a Europa y hacer coincidir sus días en París con fechas en las que los Shahid estarán en la capital francesa, donde tienen su residencia habitual. Como parte de su recorrido turístico, la maestra estadounidense decide visitar la exposición de los videos que Sirena ha grabado de las reacciones de los visitantes a Wonderland. (Atención: SPOILER ALERT) En la exposición descubrirá la imperdonable y abominable traición de la que ha sido objeto, la causa de su ira inextinguible.

6 nov. 2014

Right Now: a poem by Miquel Martí i Pol


Right Now

Right now I’m threading a needle
with this yarn of a purpose I suppress,
and which I’m beginning to mend. None of the wonders
eminent magicians had announced
has come to pass, and the years go by quickly.
From nought to little, always against the wind,
what a long course of anguish and silences.
And we are where we are; better to know and say so,
and to place our feet on the ground and proclaim ourselves
the heirs of an era of doubt and renunciation,
when noise drowns out the words
and with many a mirror we half-imitate life.
Neither reminiscing nor complaining is any good,
nor is the off-handed stroke of melancholy
we put on, like a jumper or a necktie,
whenever we go out into the streets. We barely have
what we own, and that’s enough: the space of specific
history we have been given and a minuscule
territory where we enact it. Let us stand up
once again and let the voice of all of us
be heard, solemnly, clearly.
Let us shout out who we are: let everyone listen!
And, once we are finished, let each and every one
put on whatever clothes they fancy, and go outside, 
for everything still needs to be done, and everything is possible.

(from L’àmbit de tots els àmbits)

English version by J. Salavert, 2014.

The original in Catalan, together with a Spanish version,

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