22 dic. 2015

Subhash Jaireth: Canción de amor para una página con caligrafía china




Canción de amor para una página con caligrafía china

Subhash Jaireth

Si mi corazón fuese
una página en blanco,
te pregunté aquella mañana,
¿qué palabras querría
pintar tu pincel?

«No me extrañes
cuando me haya ido», escribiste.
¿Una premonición
o sólo un juego inofensivo:
fácil de jugar y olvidar?

Te extraño, sí;
de qué otro modo podría ser:
como cometas, las palabras recorren los cielos
de mi ser, contigo y sin ti:
un sueño y su sombra caminan juntos.

Píntame
la palabra agua, dije.
Sonreíste, y en la página apareció un pez: 
fuego, te reté una vez más,
y pintaste una hilera de linternas rojas.

Aquella noche
Llovió en mis sueños
empapándome; la página
debe estar en mí, dijiste, y al girarte
y vi una serpiente tatuada en tu espalda.

Hay un carácter
llamado Caoshu, dijiste;
se sujeta el pincel con firmeza
y se gira la muñeca como el cuello de un ganso
que nadara en los arrozales.

El Kaishu es estricto
pero no riguroso, austero pero exacto.
Como mi abuelo
rara vez sonríe, pero cuando lo hace
flotan las líneas y vuelan las formas.

Enséñame Caoshu,
te pedí entonces,
y me sacaste a bailar;
caía la nieve y se fundía
mientras trazábamos figuras en el suelo.

Es como un baile,
me explicaste, que como el agua
se escapa entre los dedos:
fluir es su propósito,
desvanecerse, su glorioso destino.

«Debo irme.»
No lo hagas, quise decir,
Pero no, te marchaste,
dejando el día manchado,
como una sábana por las semillas de una granada.

Mientras dormía aquella noche
envuelto en la sábana teñida,
soñando con berenjenas espléndidas,
en un lejano continente explotó una bomba,
allí donde esperabas que parara un autobús.

Y ahora, llamo silencio a mi casa,
y el silencio, amor mío, eres tú.
Pero el pincel ha hallado un nuevo objeto:
las pinceladas son fuertes, los cordeles no tienen costuras
y la tinta, oscura como las moras, reluce.





Un poema de una sensibilidad exquisita, mesurado en sus cadencias, gentil en las metáforas al tiempo que ambiguo en los juegos de palabras. Construido en torno a un monólogo de un hablante inquisitivo y curioso, el dilema de la canción de amor queda perfectamente esbozado en las tres primeras estrofas. Incluso el título plantea una disyuntiva al lector de la que es imposible escapar.

El mensaje que deja la amada en una página (o la sábana, si así lo prefiere el lector, dado que “white sheet” tiene perfectamente ambas lecturas, que la traducción no podría en ningún caso transmitir con éxito). Ella escoge escribir/pintar (este es, al fin y al cabo, un poema de amor con caligrafía china) un aviso/consejo para evitar el dolor que le conllevará a él su ausencia. «No me extrañes/ cuando me haya ido». El ideograma, el dibujo como palabra, la imagen del trazo curvo y altamente estilizado del Caoshu, que solamente puede lograrse mediante la firmeza. Alcanzar la delicadeza a través de la tenacidad.

Hay naturalmente algunos problemas de traducción en los que he tomado decisiones que pueden resultar difíciles de justificar. Por ejemplo, en “como cometas,/ las palabras recorren los cielos/ de mi ser, contigo y sin ti” he optado por interpretar el “without” del original como correlativo del “with” que le precede, cuando todo parece indicar que debería interpretarse como en el exterior de mi ser. Opciones personales que hacen de la traducción un juego arriesgado, pero deliciosamente entretenido.

Agradezco a mi amigo Subhash su enorme gentileza al permitirme republicar este poema tan íntimo. Como él, yo también he llamado a mi casa, en un no tan distante pasado, silencio. Espero que te guste.


El original en inglés, en la revista Meanjin.

20 dic. 2015

Reseña: John Crow's Devil, de Marlon James

Marlon James, John Crow's Devil (Nueva York: Ashaiko Books, 2010). 230 páginas.
Dice el saber popular que los extremos se tocan, y en un universo tan atrasado, aislado y provinciano como Gibbeah, el Bien y el Mal parecen confundirse. Se trata de un pequeño pueblo ignoto del interior de la isla de Jamaica, en el que durante mucho tiempo sus habitantes han vivido en la anodina paz de un pastor, Hector Bligh, más dado a las libaciones que a las prédicas bíblicas. No en vano los lugareños lo han apodado “Rum Preacher”, el Predicador del Ron.

En una paradoja no exenta de ironía, Marlon James titula el primer capítulo como ´The End´, esas tres mágicas palabras que aprendíamos todos como anuncio del final de las películas americanas en los cines de mi niñez, unos cuantos antes de que empezara yo a aprender la lengua inglesa. Los eventos de este capítulo son posteriores al comienzo de la historia, pero curiosamente, también el último capítulo del libro lleva por título ‘The Beginning’.

Una de las cordilleras orientales de la isla de Jamaica tiene por nombre John Crow. El Rio Grande (nombre de origen obviamente español) corre a sus pies. Fotografía de Michael L. Dorn
En medio de la celebración religiosa oficiada por Bligh en un miércoles de ceniza llega a la parroquia un hombre al que nadie conoce: “Le observaba desde el fondo de la iglesia. El hombre había llegado con la noche, pero la oscuridad no lo abandonaba durante el día. Le inquietaba toda la excitación. Era un sentimiento tan extraño como el éxtasis o el remordimiento. Tanto daba un día grueso como un año flaco, si uno sentía el mismo odio. El hombre era más alto que el Pastor, y llevaba zapatos negros, traje negro y camisa negra, tenía pelo negro y una piel clara que estaba bien tostada por el sol.” (p. 30, mi traducción) De pronto el extraño le agarra de las manos estrujándole los huesos mientras, delante de los atónitos feligreses, le pregunta quién va a asumir la responsabilidad de absolverle a él y a todos sus parroquianos, quién va a limpiar sus pecados: “¿Quién va a perdonarte a ti, hijo de perra ignorante?” (p. 31)

Tras el rapapolvo y la paliza que le da al Pastor, el Apóstol York asume la jefatura de la congregación religiosa de Gibbeah. Su mensaje es en esencia uno: ha venido a llevar a cabo la obra del Señor. “Dios me ha enviado. ¿Y qué es lo primero que vamos a hacer? Limpiar este templo. Escúchame, Gibbeah. He venido a devolver la integridad y a arrasar la iniquidad, ¡Aleluya! He venido a dar consuelo a los afligidos y a ser el azote de los acomodados. ¡Gibbeah! ¡He venido con una espada!” (p. 35, mi traducción)

El enfrentamiento entre el eclesiástico titular y el recién llegado se refleja asimismo en el de dos mujeres de Gibbeah: Lucinda es una chica simple, bizca y poco agraciada físicamente, pero una ferviente creyente en el obeah, el vudú caribeño de raíces africanas. Su contrincante es la viuda Greenfield, que acogerá al Pastor Bligh cuando York lo pone de patitas en la calle. Mientras Lucinda sueña con ofrecer sus servicios al Apóstol (en más de un sentido), la viuda es un reducto de bondad y raciocinio en un pueblo emponzoñado por la disputa entre los dos religiosos. La trama gira pues en torno a estos dos polos: resultaría inútil identificar a alguno de los dos como el Bien. La cuestión es quizás dilucidar cuál de los dos encarna el Mal menor.

James alterna una voz narradora omnisciente adaptada a los puntos de vista de diferentes personajes con capítulos en los que una voz colectiva, compuesta por las voces de los lugareños, da rienda suelta a la rumorología y el cotilleo. La ortografía y la sintaxis reflejan el dialecto jamaicano: para quien no esté acostumbrado a esta forma de la lengua inglesa, puede resultar una pizca difícil de entender en un principio:

Lawd a massy, Puttus, you no hear the latest bout the Pastor?
No! Is weh you a hide the secret for, pop the story give we!
Well, people say the Pastor deh down a river a live like mad man.
Holy Jesus our Heavenly Father.
True-true. Him deh down deh a live like dog. People say him all shit down deh.
Then where people expect him fi shit?
We did think say the Apostle kill him.
Who say him no dead?
True-true, the Rum Preacher is nothing but duppy now, heh-hay!
The you a go look!
No baba, who want to see that deh?” (p. 41)

Quizás un breve glosario habría sido un adecuado acompañamiento: quien no conozca el inglés jamaicano dejará de comprender algunos conceptos importantes para la historia de John Crow’s Devil. Palabras como pickney (niños), combolo (secuaces), guzum (magia negra) podrían haberse explicado para lectores no familiarizados con ellas.

Hay por supuesto una razón para la presencia y las acciones del Apóstol York en Gibbeah, y tiene que ver con el señor Garvey, el rico millonario que en realidad es dueño del pueblo entero y vive en una mansión de la que apenas se molesta en salir. Es una historia de venganza, sí, pero el subtexto nos lleva a leerla más como una denuncia de los riesgos que supone la religión organizada para una sociedad cerrada y aislada. Cualquier loco violento puede exhibirse como Mesías y conducir a la comunidad al desastre y al caos. La violencia en John Crow’s Devil es ciertamente una representación que termina por convertirse en ceremonia.

Un simpático ejemplar de John Crow, o pavo buitre, típico de la región caribeña. Fotografía de Dori.
Puede que quien siga regularmente mi trayectoria lectora en este blog se pregunte: ¿a santo de qué ha elegido este libro Jorge? Pues bien: se debe a la anécdota (muy reveladora) que el autor dio a conocer tras ganar el Booker Prize de 2015 por su novela A Brief History of Seven Killings. Y es que John Crow’s Devil, publicada por vez primera en 2005, fue rechazada por un total de 78 editores. Marlon James ya había enviado el archivo de la novela a la papelera de su ordenador cuando otra novelista, Kaylie Jones, insistió en rescatarla y editarla pro bono. En nombre de los lectores de marlon James, ¡Mil gracias, Kaylie!

Que un libro tan bueno fuera rechazado por 78 editores dice mucho sobre cómo funciona la industria del libro, y mucho más sobre los prejuicios raciales que, lamentablemente, todavía existen. Ya tengo ganas de hincarle el diente a otros libros de este autor.

13 dic. 2015

Reseña: Barracuda, de Christos Tsiolkas

Christos Tsiolkas, Barracuda (Crows Nest: Allen & Unwin, 2013). 513 páginas.

Ay, ese viejo mito de que no existe la división de clases en la sociedad australiana… Más que mito, es una falacia, una falsedad muy fácil de desmontar y de percibir tan pronto como uno tiene que desenvolverse en círculos sociales diferentes de los asignados por un sistema caduco que siempre ha buscado mantener ciertos privilegios de clase, de extracción social, incluso de raza.

Estamos en la década de los 90, y Daniel Kelly es un muchacho de Melbourne de padre de origen escoces/irlandés y de madre griega. Viven en un barrio de clase trabajadora; es una de tantas familias que bregan por salir adelante. En la piscina, sin embargo, Danny cuenta con el empuje y el talento necesarios para que alguien se fije en él y maneje algunos hilos con el fin de que le ofrezcan una beca en una elitista escuela privada para chicos a la que Tsiolkas bautiza en un principio como ‘Cunts College’ y no se molesta en momento alguno en identificar de otra manera. En la piscina Danny demuestra su potencia y entrega, pero fuera de ella, en ese mundo de los compañeros ricachones y privilegiados, se siente, valga el juego de palabras, como pez fuera del agua.

¿Qué hace entonces un muchacho de humilde extracción para defenderse y hacerse un hueco entre la elite? Pues golpearles donde les duele y donde puede hacerse respetar: derrotándolos, triunfando en la piscina. Ser el más rápido, el más fuerte. El Mejor, con mayúsculas.

Australia vive del y para el deporte. Sin los deportistas que triunfan en la escena internacional, ¿por qué se nos conocería en el resto del mundo? El problema para muchos de esos que aspiran a labrarse un nombre en el deporte es que, si hay un ganador y no eres tú, ello te convierte automáticamente en un perdedor. Por desgracia, para muchos no hay término medio ni escala de grises. Y uno de esos es Danny Kelly, al que por su fiereza y agresividad los compañeros del equipo de natación de la escuela bautizan como Barracuda.

La estructura de Barracuda resulta ser quizás tan interesante como la novela misma. Aunque contiene naturalmente muchos elementos de una Bildungsroman, Tsiolkas opta por mover al lector, de manera continua y algo sugerente, entre el pasado del Danny adolescente y el presente de Dan, el hombre ya adulto que busca no solo su redención sino una forma de vivir que le sea mínimamente aceptable tras haber fracasado en la piscina y ver cómo el sueño sobre el que había construido un mundo se ha hecho añicos. Dividida en dos partes bien diferenciadas (‘Breathing in’ y ‘Breathing out’), Barracuda tiene temas tan numerosos como calles puede tener una piscina olímpica: la familia, el racismo, la división de clases, el nacionalismo, la pasión (o la obsesión) por el deporte, el sexo y la violencia (muchos de ellos temas ya explorados en The Slap y más recientemente en Merciless Gods).

Así, la primera parte sigue la trayectoria de Danny hasta el momento crítico en que se quiebra el sueño y se abre el mundo bajo sus pies. Al sentimiento de fracaso, de vergüenza, de no ser nadie, Danny responde con una agresividad y una violencia insospechadas. Esa reacción marcará su vida de manera indeleble. El chico que soñaba con ganar medallas olímpicas y alcanzar la gloria termina en los juzgados y sirviendo condena. ¿Cómo sobrevivir al salir y volver al mundo real? El proceso tiene que ser necesariamente largo y doloroso.

Los dientes de una simpática barracuda. Fotografía de Etrusko25
De Tsiolkas se suele decir que escribe con la provocación como objetivo obvio. Barracuda es quizás menos provocadora que The Slap o Merciless Gods, en el sentido de que, en base al desenlace que Tsiolkas propone, resulta evidente que el sistema impone su inherente conservadurismo. No hay tampoco ironía, por supuesto, ni sarcasmo. No parece que Tsiolkas crea que en la vida de Dan pueda haber algún atisbo de comedia. Lo que hay es una invitación a sostener una mirada fría y desapegada a la respuesta emocional de Danny ante su fracaso. Su rechazo visceral a todo lo que huela a sentimientos de lástima es una de los hilos argumentales mejor desarrollados. Además, la alternancia entre una narración en primera y en tercera persona aporta matices ricos y variados al desarrollo de la trama, presentada por Tsiolkas al lector en forma de una madeja cronológica bien organizada, pese a su complejidad.

Como era el caso en The Slap, los diálogos agregan unas grandes dosis de verosimilitud a la narración. La prosa directa y sin adornos de Tsiolkas nos lleva a una realidad cruda, dura, implacable. Utilizando como telón de fondo las figuras de Torma (el entrenador de Daniel) y del padre, Neal Kelly, Tsiolkas construye el conflicto interno e íntimo del muchacho que aspira a la gloria, pero en última instancia, hay también residuos de un importante conflicto generacional.

A diferencia de The Slap, que fue publicada en España tan pronto como fue llevada en forma de miniserie a la pequeña pantalla, Barracuda todavía no ha sido traducida al castellano. Lo cual es una pena.

30 nov. 2015

Reseña: Submission, de Michel Houellebecq

Michel Houellebecq, Submission (Nueva York: Farrar, Strauss & Giroux, 2015). 246 páginas. Traducido del francés por Lorin Stein.

Las calles de varias ciudades australianas han visto en los últimos meses manifestaciones de grupos nativistas radicales como Reclaim Australia cuya principal consigna es su oposición al islam y a los inmigrantes. Por fortuna, en general, los australianos no prestamos demasiada atención a estos loonies y seguimos con nuestras vidas en una sociedad que es multicultural y, sobre todo, mayoritariamente pacífica.

Se ha hablado mucho en la prensa de esta novela de Houellebecq, cuya publicación coincidió con la matanza en la redacción de Charlie Hebdo. Es muy posible que el novelista francés disfrute de la atención que suscita con sus declaraciones, que suelen estar impregnadas de un tinte reaccionario, cuando no abiertamente xenófobo. El caso es que Submission sorprende, pero no porque sea un alegato en contra de una de las tres principales religiones monoteístas de Occidente – que no lo es – sino por la falta de claridad de los planteamientos ideológicos que la sustentan y, especialmente, porque si buscaba ser una sátira distópica, no lo consigue en ningún momento.

Por lo que a mí respecta, prefiero siempre un vaso bien lleno que un micrófono. Fotografía de ActuaLitté
El narrador protagonista, François, es un solitario académico alcohólico que se encuentra, valga el cliché, en la flor de la vida a sus 44 años. Su especialidad es un escritor del siglo XIX, Joris-Karl Huysmans, de quien confieso nunca haber oído nada antes de leer este libro. La existencia de François podría muy bien ser la de cualquier solterón de gran ciudad europea: comidas precocinadas o de servicio a domicilio, mucho alcohol, demasiado tabaco y poco sexo. En la Francia de la segunda década del siglo en que nos encontramos (es decir, en poco más de un lustro) se produce una más que improbable situación en la que un partido islamista, llamado los Hermanos Musulmanes, consigue que sea su candidato (el ficticio Ben Abbes) el que se enfrente al del Front National (la muy real Marine Le Pen).

En las calles hay enfrentamientos y escaramuzas constantes, pero a François eso no parece molestarle demasiado. No demasiado, hasta que los padres de la jovencita estudiante de ascendencia judía a la que se estaba beneficiando de vez en cuando, deciden que Francia es un lugar demasiado peligroso y emigran a Israel y se llevan a la encantadora Myriam con ellos.

Y entonces gana Ben Abbes. Y su victoria conlleva un inverosímil y a todas luces dramático reajuste social y cultural: se instaura la ley sharia, las universidades se islamizan y quien quiera continuar trabajando en ellas deberá convertirse, someterse. François renuncia a cambio de una aparentemente excelente pensión y se va de París en busca de algo que no sabe muy qué es: una guía espiritual, sea lo que sea eso.

Entretanto, increíblemente, resulta que Francia mejora: desciende el paro, disminuyen los enfrentamientos violentos y prácticamente desaparece el crimen. Ante la disyuntiva entre no ser nada o someterse a un régimen que le va a hacer la vida muy fácil (y le va a permitir beber todo lo que quiera y tener hasta tres esposas sabiamente escogidas por una celestina) François se abraza a la farola.

Es una pena que una novela que tiene un comienzo muy bueno, cautivador, que suscita el interés del lector con muchas elaboradas observaciones metaliterarias, se despeñe en el tramo final hacia la banalidad y la vulgaridad. Lo que me resulta también intragable es que sean muchos los críticos que adulen a Houellebecq por esta novela, diciendo que Submission funciona muy bien como novela de política ficción. Bollocks. A otro perro con ese hueso. Como sátira, es un intento fallido porque por momentos nos presenta a François como alguien por quien deberíamos sentir compasión (la muerte de sus padres, divorciados mucho tiempo atrás, le deja más bien frío).

"Excusez-moi, ¿Have you seen my friend François?" Avenue de Choisy, in the heart of the Parisian Chinatown. Fotografía de besopha 
La novela se sustenta en una ambigüedad deliberada (lo cual no quiere decir que esté bien calculada) que personalmente me deja un tanto confuso: si buscaba ser una narrativa humorística, el final no remacha en modo alguno el tema ni el desarrollo, en buena medida desigual, del resto. A ratos lo que hace es bordear la parodia de un personaje nihilista, cuya perspectiva es siempre cínica y desengañada. Como novela distópica política, ya lo he dicho, no funciona, por mucho que muchos críticos (la categoría de crítico literario al que le pagan por escribir) la aplaudan.

Otro aspecto realmente curioso de Submission, una novela que trata supuestamente de un imparable proceso de sometimiento de la población francesa en general a la religión islámica, es que en realidad no hay ni un solo personaje de cierta enjundia que sea un verdadero musulmán. La mayoría de los que aparecen son simplemente conversos que han actuado por intereses puramente personales. Tampoco hay una descripción de la religión musulmana que sea acorde con la realidad: las divisiones internas del islam que en ciertas partes del mundo están en el origen de brutales crímenes no parecen interesarle a Houellebecq.

Para que una ficción distópica sea verosímil, hace falta dotarla de elementos que sustenten esa verosimilitud. Mientras que las andanadas a la línea de flotación del sistema político y el establishment académico y cultural francés (y por ende, europeo) son muy acertadas y rebosan humor, el conjunto lo es menos. Es muy fácil caer en la patochada cuando no se sabe muy bien qué hacer con una idea que sobre el papel es buena. Naturalmente, lo más lógico es caer en el non-sequitur.

La traducción al inglés de Soumission, a cargo de Lorin Stein, es un texto ejemplar en muchos aspectos, con una clara y acertada tendencia a favorecer lo extranjerizante en la traducción. La pena es que esta edición de Farrar, Strauss & Giroux en tapa dura tenga algunas erratas, algunas de ellas de bulto, como “Acquitaine” (p. 119)

Soumission ya está disponible en castellano (Sumisión, Anagrama, traducción de Joan Riambau) i en català (Submissió, també en Anagrama, amb traducció a càrrec de Oriol Sánchez Vaqué). 

25 nov. 2015

Reseña: After Darkness, de Christine Piper

Christine Piper, After Darkness (Crows Nest: Allen & Unwin, 2014) 297 páginas.

Todos guardamos algún secreto que ocultamos y defendemos contra viento y marea, ¿o acaso no es así? El narrador de esta novela de Christine Piper, el doctor Ibaraki, conservará ese secreto hasta su vejez, cuando el hallazgo insospechado de unos restos humanos en los terrenos de un antiguo hospital le llevará a tomar una decisión que debió haber tomado muchas décadas antes.

La novela, que constituye el debut de su autora en el género novelístico (tuve el enorme gusto de poder traducir un tremendamente impactante ensayo suyo, titulado ‘Unearthing the past’ para la revista Hermano Cerdo, que ganó el Premio Calibre de Ensayo en 2014 y que puedes leer aquí) comprende la década anterior a la II Guerra Mundial en Japón, los años anteriores al inicio de la contienda en Broome, en la costa norteña de Australia Occidental, y unos cuantos meses del año 1942 en uno de los campamentos para extranjeros “enemigos” internados por las autoridades australianas tras el bombardeo de Pearl Harbour. Australia no fue el único país en encerrar a residentes japoneses (y a ciudadanos australianos de ascendencia japonesa): recomiendo el librito de Julie Otsuka The Buddha in the Attic para una muy original narrativa centrada especialmente en las mujeres que arribaron a los EE.UU. antes de la II Guerra Mundial.

Tras completar sus estudios de medicina, Ibaraki, hijo de un reputado cirujano, solicita un puesto en un centro de investigación biológica y epidemiológica del ejército japonés. Poco después se casa con una joven hermosa e inteligente, Kayoko. Las exigencias del trabajo le alejan del hogar, y cuando Kayoko pierde al bebé que esperaban, el joven matrimonio se rompe. Poco después, Ibaraki se desprestigia en público y es cesado. ¿Dónde puede ir a vivir y trabajar? “Australia beckons”, como dicen en inglés.

Ibaraki llega a Broome para hacerse cargo del hospital japonés de la ciudad, donde prestará atención médica especialmente a los buzos dedicados a la recolección de perlas. En Broome lleva una vida retraída y tranquila: solamente su ayudante, una monja australiana llamada Bernice, parece querer saber algo más que la imperturbable fachada que el doctor ofrece a quien con él conversa. Pero el doctor Ibaraki reacciona de manera agresiva cuando Bernice trata de cultivar su amistad.

Pero tras Pearl Harbour, el hospital cierra e Ibaraki es arrestado y trasladado a Australia Meridional, al campo de prisioneros de Barmera, en el que también están alojados – en secciones separadas – alemanes e italianos.

La entrrada al Campamento 14 de Barmera. Fotografía: Australian War Memorial.
Piper escribe con un aplomo admirable para alguien que no había publicado una novela anteriormente. Los capítulos alternan las diferentes épocas y escenarios siguiendo un ritmo narrativo muy apropiado al carácter del narrador protagonista, el doctor Ibaraki, un hombre que es reservado incluso en la retórica y el estilo en el que narra su vida. Como buen médico, examina sus propias emociones, pero no las demuestra. Lejos de ser un síntoma, su circunspección es más bien la raíz del problema. El tema central de la novela giraría en torno al conflicto interno que aflora con la confrontación entre el valor de lo humano y la adhesión a ideologías intransigentes y tradiciones mal entendidas, que agresores belicistas convierten en un horrendo sistema binario, pintado en blanco y negro: si no estás con ellos, estás contra ellos.

La autora, de padre australiano y madre japonesa, llevó a cabo una investigación exhaustiva de las condiciones en que vivieron los internados en los campos. En la novela se refleja la muy diferente experiencia que tuvieron los japoneses procedentes de las antiguas colonias holandesas (en lo que hoy es Indonesia) o Singapur frente a los hijos de japoneses nacidos en Australia, algunos de los cuales prácticamente no sabían hablar japonés. Se sentían (y se sabían) completamente australianos, pero la justicia nunca es algo que se prodigue durante una guerra.

After Darkness fue galardonada con el Premio The Australian/Vogel en 2014, que está dedicado a manuscritos de autores jóvenes sin publicar. Es un debut brillante, que sin duda animará al lector a esperar una próxima segunda entrega por parte de una escritora con mucho futuro por delante.

16 nov. 2015

Reseña: Merciless Gods, de Christos Tsiolkas

Christos Tsiolkas, Merciless Gods (Crows Nest: Allen & Unwin, 2014). 323 páginas.

En una reseña de Tsiolkas que logré publicar hace ya años (digo logré, porque a los pocos meses su petulante editor me mandó a la porra, y con muy malos modos) en una revista de cuyo nombre me acuerdo, pero el cual no pienso molestarme en reproducir aquí, terminaba mi opinión con el siguiente párrafo: “El lector que busque una novela de prosa elegante, cuidada y florida, que no indague en The Slap, pues no la encontrará. Encontrará en cambio un relato fascinante de lenguaje crudo y directo, con múltiples opciones y perspectivas, ante el que cabe esperar cualquier respuesta lectora, excepto la indiferencia. Y precisamente de eso Tsiolkas puede asumir todo el mérito.”

Lo que dije entonces de The Slap es igual de válido para las narraciones de este primer volumen de cuentos de Christos Tsiolkas, que abarcan prácticamente dos décadas. Si hay algo que distingue al escritor greco-australiano radicado en Melbourne es su capacidad para sobresaltar (si no asustar) al lector acomodaticio. Para muestra, este inolvidable botón con el que comienza ‘The Hair of the Dog’, el tercero de los cuentos de Merciless Gods: “Mi madre es más conocida por hacerles una mamada a Pete Best y a Paul McCartney en los baños del Star Club de Hamburgo una noche a principios de la década de los 60. Ella decía que el pene de Best era más grueso, el más grande de los dos, pero que el de McCartney era el más bonito. – La polla de Paul era elegante, – le gustaba decir. Sé también que había escupido el semen de ambos hombres en un pañuelito, y que ninguno de los dos había mirado al otro mientras ella los atendía por turnos. Después, había compartido un cigarrillo con Paul.” (p. 67, mi traducción)

A la mayoría de los protagonistas de las narraciones en este singular volumen les sucede algo que va a trastocar su entendimiento del mundo de arriba abajo. El trasfondo es siempre australiano, aunque algunas de ellas tengan lugar en otros lugares: ‘Tourists’, por ejemplo, sitúa a una pareja de turistas australianos bastante desorientados en Nueva York. El hombre, Bill, descubre con vergüenza que en la Gran Manzana no deja de ser un pueblerino. Cuando acuden a un museo a ver una exposición de Edward Hopper, el portero les trata con una pizca de condescendencia. Al alejarse de la entrada, Bill le sisea un comentario a Trina (“What a stuck-up black cunt”) que naturalmente le asquea a ella y a una pareja de ancianos que se encontraban también delante de la puerta del ascensor. Enojadísima, se separa de él durante el resto del día. Será una autorrevelación, íntima, hiriente, pero muy propia, que Bill nunca olvidará.

Como era el caso de The Slap, estas narraciones hurgan en las debilidades y en las heridas abiertas de la sociedad australiana, heridas profundas que no afloran a simple vista para el visitante que no sepa dónde mirar o buscar los puntos conflictivos: racismo, homofobia, violencia, abuso del alcohol y de sustancias estupefacientes, la historia de desposesión de los pueblos indígenas y su perpetua exclusión en los márgenes de la sociedad, religión y nacionalismo extremo.

Sin recurrir a un discurso abiertamente teorizante, Tsiolkas hace en sus cuentos uso de la narración en primera persona para plasmar una visión cruda del mundo: turistas, exiliados, presidiarios, padres y madres, drogadictos, camioneros, parejas homosexuales (tanto gay como lesbianas), chaperos y hasta un fundamentalista bisexual. Estos son los narradores de Tsiolkas.

Sus temas son obviamente muy políticos. Lo interesante, lo que hace de Tsiolkas un narrador tan singular, es la combinación de violencia y sexo, la contraposición de dos comportamientos humanos que con frecuencia – y por desgracia, me apresuro a añadir – van juntos. El autor nos invita (nos reta más bien) a ser testigos de un feroz ataque al sistema sociopolítico imperante por medio de dos facetas del lenguaje: lo inadmisible (el tabú) y lo obsceno (el exabrupto). En el relato titulado ‘Genetic Material’, un hombre de edad madura rememora un día de su niñez en la playa cuando le propinó a su padre, a quien adoraba como a un dios, un puñetazo. Ahora, de visita en la residencia de la tercera edad donde está internado su padre, quien padece demencia, cuida de él, lavándolo cuando sufre incontinencia. Mientras lo limpia con una esponja, a su padre le sobreviene una erección y fantasea con que hay una mujer que está acariciándolo. El hijo masturba a su anciano padre hasta que éste se corre. Después va a lavarse las manos, pero antes se lleva el dedo a la boca y prueba el semen de su padre. “Me lo llevo a la boca. Tengo sabor a mi padre. Mi padre tiene sabor a mí.” (p. 144, mi traducción)

Podría realmente destacar cualquiera de los relatos de Merciless Gods, pero el primero, que da título al libro, merece un comentario aparte. Un sábado noche en una casa de Melbourne un grupo de amigos, que en su mayoría han alcanzado ya el éxito profesional, se han reunido para cenar y pasar una velada juntos. Tras la cena y la ingesta de alcohol y algunas drogas deciden jugar. El juego consiste en contar una historia a partir de una palabra (“venganza”) que sacan de un sombrero. A medida que avanza la noche las confesiones se vuelven más serias y las tensiones crecen. Cuando le corresponde contar una historia a Vince, éste narra un episodio de su niñez en el que fue ridiculizado, y después cómo durante un viaje por Turquía unos cuantos años antes, en compañía de otro turista de origen kurdo, llevó a cabo su venganza. Cuando llegan al este del país, Vince describe cómo se vio envuelto en un incidente en el que un jovenzuelo le robó el dinero. La naturaleza de la venganza es aparentemente tan brutal y tan atroz que tanto los anfitriones como los invitados (uno de los cuales es el narrador) quedan sometidos a un durísimo examen moral que los dejará a unos derramando lágrimas y a otros encolerizados. Para ese grupo de amigos será “la última cena”.

Merciless Gods [Los dioses inmisericordes] lo completan ‘Petals’ (escrito inicialmente en griego y traducido por el propio Tsiolkas al inglés), ‘Hung Phat!’, ‘Saturn Return’, ‘Jessica Lange in Frances’ (un extraordinario relato de violencia sexual), ‘The Disco at the End of Communism’, ‘Sticks, Stones’, ‘Civil War’, ‘The T-shirt with a Fist on it’ y una serie de tres relatos con el título ‘Porn’ pero con temática muy diferente. Es uno de los mejores volúmenes de cuentos que he leído en los últimos años, y ciertamente como lector no me parece que ninguno de ellos sobre. Ojalá se publique en castellano, o en català. Pura dinamita.

10 nov. 2015

Reseña: Clade, de James Bradley

James Bradley, Clade (Penguin, 2015). 239 páginas.

Un artículo que aparece en el diario local (The Canberra Times, 11 de noviembre de 2015) indica que para finales de este siglo los niveles de las aguas oceánicas pueden haber subido unos 8 metros, y posiblemente entre 2 y 4 para 2050. El mundo, tal como lo conocemos, será casi irreconocible. En Clade, James Bradley se hace eco de esa proyección para construir un relato distópico que abarca varias generaciones de una misma familia en unos 50 años: incluye una epidemia devastadora que diezma la población global y concluye con una sugerencia abierta a la posibilidad de que haya inteligencia más allá de nuestro planeta.

El título de la novela es una rara palabra inglesa: ‘clade’ se utiliza para referirse a un grupo taxonómico de organismos, estén vivos o muertos, agrupados en razón a unos rasgos homólogos los cuales pueden remontarse a un antepasado común.

En la novela, uno de esos grupos más notables es el de los seres humanos, Homo sapiens (este último adjetivo en latín se me antoja en ocasiones una paradoja de difícil explicación), que tras una imparable epidemia de orígenes desconocidos está en riesgo de desaparecer de la faz de la Tierra, destino del que numerosísimas otras especies no escapan en la novela, mientras que otras nuevas, resultado de la ingeniería genética y los experimentos científicos con los que las autoridades tratan de detener los efectos del calentamiento global en el clima planetario, se extienden con consecuencias impredecibles.

Bradley construye una trama en apariencia muy esquemática: el libro se compone de diez capítulos que a simple vista podrían parecer breves narraciones más o menos conexas. La narración avanza a saltos en el tiempo, con una familia como nexo argumental, y la lucha de sus miembros por sobrevivir en un planeta mayormente arruinado por los efectos del cambio climático como eje temático.

En el primero de los diez capítulos, titulado ‘Solsticio’, el climatólogo Adam Leith duda si es buena la idea de que él y su esposa, Ellie, traigan a una nueva criatura al mundo. Mientras contempla las vastas planicies heladas de la Antártida, Adam piensa en Ellie, quien a esa hora en Sydney estará en la sala de espera de la clínica de fertilidad, a punto de saber si el largo tratamiento al que se ha sometido va a tener éxito. Adam es también consciente de que este mundo, al que quieren traer una nueva persona, es cada vez más un lugar difícil, y que los retos son cada vez mayores.

En el segundo capítulo, la hija de Ellie y Adam, Summer, crece en una ciudad donde los apagones de la red eléctrica se están convirtiendo en algo diario. Pese a los avances tecnológicos, la vida en el planeta sigue dificultándose con el paso del tiempo, nos hace ver Bradley. Las tensiones en la vida conyugal se vuelven tan insostenibles que con el paso de los años el matrimonio se desintegra.

De este modo, cada capítulo introduce a un personaje nuevo al tiempo que avanza la narración unos años, mientras el entorno natural, social y político se degrada cada vez más. Uno de los capítulos más significativos lleva por título ‘A Journal of the Plague Year’, una suerte de pequeño tributo a la portentosa narración de Daniel Defoe situada en el siglo XVII y que publicó el inglés en el XVIII.

Hacia el final de la novela, Noah, el hijo autista de Summer que en su madurez resulta ser un gran astrónomo, realiza un gran descubrimiento. La idea que persigue Bradley, supongo, es ofrecer un atisbo de esperanza a la humanidad. Hay otros mundos posibles, a pesar de que como la mayor especie depredadora que somos hemos arruinado el nuestro. Clade dista mucho de la trivialidad de California, otra novela de tema distópico publicada en los últimos años, pero ofrece una visión más benigna del futuro que otras ofertas similares.

Bradley, más conocido en Australia por sus acertadas contribuciones a la crítica literaria, ha publicado, además de Clade, tres novelas. La anterior, The Resurrectionist, (puedes consultar aquí una reseña) se publicó en 2006, es decir, nueve años antes. Uno quisiera que el autor se prodigara más, pues es sin duda una de las plumas australianas contemporáneas a tener más en cuenta.

Erm... Not quite what we should expect... Hollywood always exaggerates... (Fotografía: Daily Mail, de la película The Day After)
Lo realmente importante de Clade es el tipo de preguntas que tarde o temprano todos nos tendremos que hacer: ¿Qué va a ocurrir exactamente cuando los cambios climáticos y los desastres atmosféricos, posiblemente irreversibles, comiencen a afectar nuestro actual modo de vida y el ritmo de consumo que mantenemos se haga del todo insostenible? ¿Cómo reaccionaremos ante la pérdida de esos privilegios? Bradley dibuja escenarios verosímiles, aunque su tratamiento de los personajes sea a ratos excesivamente esquemático para mi gusto.

De momento, sería muy recomendable no olvidarnos de cómo cultivar hortalizas y frutas. Quién sabe cuándo nos van a ser necesarias.

1 nov. 2015

Reseña: Purity, de Jonathan Franzen

Jonathan Franzen, Purity (Londres: Fourth Estate, 2015). 563 páginas.

Franzen parece haberse convertido en un fenómeno planetario de masas. No me he molestado en comprobar lo que ha sucedido con otros idiomas europeos, pero las traducciones al castellano y al catalán de su nueva novela aparecieron apenas un par de semanas después del original en lengua inglesa. Purity ha sido promocionada a bombo y platillo en todas partes. Ya no causa sonrojo sino bochorno ver cómo los autoproclamados periodistas culturales se deshacen en elogios ante una novela que todavía no han leído, únicamente sobre la base de lo que dicen las solapas o los comunicados de prensa que les han puesto en el pienso.

Que Franzen es un narrador de grandes dotes y muy seguro de sí mismo nadie lo pone en duda. Personalmente, tras haber leído Purity, una larga novela con una trama extremadamente elaborada que se sale de los límites de la credulidad (que no de la verosimilitud, son cosas distintas), me queda la impresión de que al libro quizás le sobren páginas, que sin duda le sobra espacio dedicado al argumento, y que también es posible que le falte un algo más bien indefinible: esa suerte de genio literario que al buen amigo de Franzen, DFW, parecía sobrarle.

Purity es básicamente la historia de una amistad corroída por el paso del tiempo, pero sobre todo por un terrible secreto y las mentiras que lo acompañan. Los dos protagonistas de esa amistad truncada son un periodista investigador estadounidense, Tom Aberant, y un esclarecedor y un alemán llamado Andreas Wolf (un guiño al folklore que ve en el animal a un devorador de personas). Andreas, nacido en la ahora extinta RDA, es el hijo de uno de los dirigentes del régimen que creó la Stasi, y con el paso del tiempo y las cambiantes circunstancias pasa de ser disidente a director de una organización dedicada al hackeo, la filtración de informaciones comprometidas y la revelación de la Verdad. Así, con mayúsculas. Naturalmente, Franzen se cuida mucho de identificarlo con el australiano Assange: incluye el nombre de Assange en el texto unas cuantas veces para diferenciarlos explícitamente, y misión cumplida.

Pasen y vean...la función va a comenzar... Fotografía de jkb
Sin embargo, el primer capítulo de Purity trata de la joven que le da título a la novela, Purity Tyler (Pip). Pip ha crecido en el recóndito valle del San Lorenzo, en el condado de Santa Cruz (California), con su madre, quien nunca ha querido revelarle la identidad del padre. Acaba de egresarse de la universidad y, dados sus muy humildes orígenes, está endeudada hasta las cejas por el coste de sus estudios. Residente en Oakland, Pip trabaja por cuatro perras para una empresa de dudosa moralidad dedicada a exprimir oportunidades en energías renovables. En Oakland comparte casa con un extraño grupo de personas, entre ellas Dreyfuss, el dueño de la casa, próximo a perderla al no poder hacer frente a los pagos de la hipoteca. Cuando trae una noche a casa a un chico por el que siente cierta atracción, en un rocambolesco episodio no exento de ironía, termina arrinconad a por una visitante alemana que la somete a un extraño cuestionario, cuyas preguntas no tienen nunca respuestas incorrectas.

Las tranquilas aguas del San Lorenzo, a la espera del espíritu contradictorio de Anabel. Fotografía de Ken from Scotts Valley, USA   
Es en estos detalles en los que la destreza narrativa de Franzen se hace presente. Pip no lo sabrá hasta la parte final de la novela, pero ella es en realidad el nexo de conexión entre Aberant y Wolf. No quiero dar a conocer más detalles porque si lo hiciera, revelaría en buena medida la algo enrevesada trama de Purity, la cual es probablemente uno de los mejores ingredientes (si no el mejor) del libro.

El segundo capítulo, ‘The Republic of Bad Taste’ nos lleva a la RDA y narra la vida del joven Andreas, y cómo conoce a la hermosa Annagret, de la que se enamora perdidamente y por la que llegará a cometer un acto extremo e irreparable. Este capítulo ya había sido publicado en The New Yorker en el número correspondiente al 8 de junio.

Conforme uno avanza en la lectura de Purity, se da cuenta de la destreza con la que maneja Franzen los hilos de esta historia. Andreas consigue atraer a Pip a Los Volcanes, un paradisiaco lugar próximo a Santa Cruz (Bolivia), desde donde dirige su Sunlight Project iluminando la verdad y filtrando comunicaciones y datos que provocan escándalos y le confieren un estatus de celebridad mundial.

La pega que le pongo a Purity estriba en la necesidad real de las numerosísimas páginas dedicadas a la historia del fracaso del matrimonio de Tom Aberant y Anabel. Todos sabemos que existen siempre como mínimo dos puntos de vista por lo que respecta a una ruptura. ¿Es estrictamente necesario presentar ambos puntos de vista en una novela? Posiblemente no. El riesgo es agregarle muchas páginas superfluas a un libro, y como explicó Colm Tóibín en su reseña de la novela para The New York Times, Purity “depende más de una historia que de un estilo”.

Al igual que en Freedom, hay un capítulo de corte autobiográfico, narrado por Tom Aberant. Es, con mucho, de lo mejor de la novela, pero para cuando llegas a esta parte uno se ha leído ya cerca de 300 páginas. Como les ocurre a muchos con la tercera semana del Tour de Francia, que se puede hacer eterna.

En todo caso, puedo decir que he disfrutado de su lectura, la mayor parte del tiempo que le he dedicado. Y que me alegra el hecho de haber sacado el libro en préstamo de la biblioteca local en lugar de comprarlo – el espacio libre en las estanterías de mi casa es mínimo. Con sus 563 páginas, no es un librito.

Purity, como ya mencioné en el primer párrafo de esta reseña, ya está en las librerías tanto en castellano (Pureza, traducida por Enrique de Hériz y publicada por Salamandra), com en català (Puresa (Purity), traduïda per Ferran Ràfols Gesa i publicada per Empúries).

27 oct. 2015

Esperança Camps' Naufragi a la neu: A Review.

Esperança Camps, Naufragi a la neu (Alzira: Bromera, 2011). 214 pages.

Fortunately for us readers, literature has endless possibilities for mirror games. When re-creating a creation produces reflections as varied and meaningful as those produced by Camps’ skilful narrative technique in this novel, Naufragi a la neu [literally, Wreck in the snow, although an alternative translation for the title could be Failure in the snow] the result can be delightfully playful.

Take Cristina, a youngish ex-drug addict who was rescued from the squalor and wretchedness her life had become by a charitable middle-aged woman, Teresa, in an ugly, tacky Mediterranean city on the east coast of the Iberian Peninsula no one can fail to recognise: my home town, Valencia. For reasons we are never completely told (Camps can also conveniently leave gaps where appropriate) Teresa saves Cristina from herself and probably from a certain and premature death, too. They become an item in more senses than one, and in time Teresa will give her young paramour an education. Cristina embraces literature while disengaging herself from all the vices and substances that used to be part of her bodily fluids, and just before their breakup she is invited to go to a writers’ retreat in the mountains.

The place has been snowed in: it should be an ideal situation for her fresh talent to flourish. The main character of the novel she is writing is Paco el Moix: an ex-convict, Paco survives in an all too familiar jungle of poverty and drug deals. The man has no scruples and will stop at nothing just to get a few euros with which to buy the next dose. When he the opportunity to do a big job come his way (a bank robbery in a small town), he does not hesitate to join two gun-toting Slavic thugs who treat him with absolute contempt. Will they succeed in getting away with the money?


It’s raining and I’m the woman in the wide-brimmed hat who is reviewing some papers and travels in Compartment C, Car 193 by Edward Hopper, who always painted loneliness. The thick, viscous unsought for loneliness that falls on your eyelids and corrodes your spirit. So many book covers have been illustrated with Hopper’s unreal atmospheres! I am who I want to be, and I know I’m fleeing. (p. 1, my translation) Image sourced from www.museumsyndicate.com/item.php?item=9758
If this were the whole plot of the novel, the book would have never seen the light of day. But because this is not what Naufragi a la neu is about, the reading is far more interesting than simply crime fiction. Camps presents the reader with three parallel texts. The first one is Cristina’s journal, where she confesses her fears, her aspirations, her miseries. The second one is the story Cristina is writing about Paco el Moix, which hardly ever goes for too long and is cleverly and frequently interrupted by a third voice, that produced by an anonymous narrator, who makes it first appearance in brackets, interrupting Cristina’s crime story.

Cristina’s stay at the mountain retreat eventually becomes some sort of mirror where she will need to confront the reality of her personal failure. Is Cristina the product of the narrator’s imagination? Or is the “narrator”, the intrusive narrative voice that nudges his/her way into the text the product of Cristina’s imagination (as Cristina appears to suggest in her journal)? Or are they all the result of yet another creator working at a higher level? Is it Teresa perhaps? Or Esperança Camps? We will never know because we are never told.

The metaliterary game played by Camps is remarkably thought-provoking. Towards the end of the robbery story, Cristina shows pity for Paco el Moix, whom she would have liked to kill in her fiction since she could not do so in real life. Was the narrator’s influence on this narratological choice determined by his/her affection for Cristina? Do these decisions mirror each other?

A story within a story is given an even wider narrative framework through the disruptive intervention of the anonymous narrator: “(this is not the way, I know, I’ve got no excuse to barge into the text Cristina’s writing, I’ve got no reason to do so, it’s one of the basic rules of the profession: our presence in the novel must not be noticed, but since I’ve already breached the precept of invisibility so many times, one more will hardly matter; I’ll make the most of the darkness in this room now that she’s gone down to supper and has left her laptop on, it looks like she intends to keep on writing when she comes back upstairs, that’s a good sign; oh, how I hate waltz! This one I can hear now, too, this one by Hans Christian Lumbye, so fat, with an insufferable moustache, the music he wrote seems to me too slimy… I’m going around in circles, I’m moving the cursor up and down because I know what I’m about to write is reckless, because I know I can’t sneak into Cristina’s novel to say that, despite my initial reticence, I like this woman, there, I’ve said it, I like Cristina, head over heels, there, it’s written, it makes me happy to hear her by my side, adjusting the pace of our thoughts, to think up what she writes, I like her so much! Even though I am no one, I don’t have any feelings, I don’t have any feelings? How can I write without feelings? I should not have written the word ‘feelings’ three times, and that one makes it four, it is an unnecessary reiteration, and now I need to write that I don’t have an identity, nor any need to love or be loved, that I’m just a simple narrator…) [p. 111, my translation].

Naufragi a la neu was awarded the 31st Blai Bellver Prize for Fiction, and I believe it was thoroughly deserved.

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