9 may. 2015

Reseña, The Namesake, de Jhumpa Lahiri

Jhumpa Lahiri, The Namesake (Londres: Harper Perennial, 2004). 291 páginas.

Lo admito, estoy probablemente enganchado. Me atrae todo tipo de historia que cuente la experiencia  de la emigración, algo que he vivido y sigo viviendo en carne propia. Quizás porque cada una de esas historias tiene algo que la hace única y singular, aunque todas compartan ideas, temas y circunstancias harto similares.

The Namesake (palabra que en inglés suele traducirse por ‘tocayo’ u ‘homónimo’) es la segunda novela de esta autora estadounidense de origen indio. Las familias bengalíes, según parece, tienen la costumbre de darles un apodo a los hijos, apodo que solamente emplearán en el entorno familiar. Así, todos terminan teniendo un nombre oficial y otro de andar por casa.

Ashoke Ganguli es un profesor indio en los EE.UU. que contrae matrimonio (convenido entre sus dos familias) con Ashima y se la lleva a la costa este. Allí tendrán dos hijos, un varón (Gogol) y una chica (Sonia). La novela narra por un lado la paulatina prosperidad que consigue la familia Ganguli, contraponiéndolo al ajuste progresivo que deben emprender (especialmente Ashima) tras el choque inicial de culturas. Pero es ante todo un estudio de la vida del hijo varón, que toda su vida se debate entre la obediencia debida a la tradición cultural de su familia y la necesaria adaptación a la vida en la tierra donde ha nacido.

Al comienzo de la novela, justo cuando nace su primer hijo, Ashoke y Ashima se encuentran en la tesitura de tener que ponerle un nombre al niño cuando la carta de la abuela que tiene que revelarles cuál es el nombre bueno (frente al apodo familiar) nunca llega. Ashoke se decanta por ponerle Gogol, el nombre del novelista ruso cuyo libro tenía en sus manos cuando sufrió un terrible accidente ferroviario en la India que casi lo mata.

La idea de que nuestro nombre es parte de nuestra identidad es uno de los temas que expande Lahiri a través de las páginas de The Namesake. Ashoke trata de reinventar a su hijo al matricularlo en la escuela bajo otro nombre, Nikhil, pero Gogol se rebela y le pide al maestro que lo apunte como Gogol. Mientras la fuerte tradición cultural bengalí ejerce su influencia en la esfera familiar, a Gogol/Nikhil no le queda otra opción que lidiar con la sociedad estadounidense y adaptarse por tanto a sus modos de hacer y ver el mundo. Para complicarles más las cosas, la familia regresa cada cierto tiempo a Calcuta en lugar de pasar sus vacaciones en otras partes del país o del mundo.

En lo que constituye un cambio radical y decisivo, Gogol decide cambiar de nombre oficialmente tan pronto alcanza la mayoría de edad e ingresa en la universidad. Naturalmente, adopta Nikhil, un nombre que le permite seguir estando muy cerca de la idea de sí mismo que tenía hasta entonces. Solo que la tensión de la dualidad es precisamente su esencia vital, y en realidad nunca podrá liberarse de esa tensión propia: celebrará las navidades pese a no ser cristiano, acudirá a las multitudinarias fiestas de la comunidad emigrante bengalí aunque prefiera estar en otra parte. La muerte de su padre tras un infarto fulminante mientras trabajaba en Ohio precipitará los acontecimientos y una resolución de la tensión entre culturas que palpita en su ser.

En The Namesake, Lahiri construye un relato muy verosímil de la vida del emigrante de segunda generación, nacido en la tierra y cultura de acogida. Gogol/Nikhil se va labrando un futuro profesional en la costa este (y finalmente en Nueva York) al tiempo que en su vida sentimental experimenta los éxitos y clamorosos fracasos nada raros en las personas de su generación, sea cual sea su procedencia étnica. El fracaso más rotundo, sin embargo, se produce con Moushumi, la hija de unos amigos bengalíes de los Ganguli, a quien conocía desde pequeña y con quien se casa tras una relación alentada por ambas familias.



Antes de este libro, de Lahiri solamente había leído Unaccustomed Earth. The Namesake ha sido llevada al cine, pero ciertamente no voy a apresurarme en verla. Lahiri sabe cómo indagar en lo más recóndito de nuestro ser, en lo que nos (con)mueve y nos destroza, y lo hace con una prosa nítida y rica en detalles. Aunque el ritmo narrativo decae a ratos, es una novela de calidad. Se publicó en castellano en 2006, traducida por Juanjo Estrella para Emecé Editores.

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