26 jun. 2015

Reseña: Welcome to Normal, de Nick Earls

Nick Earls, Welcome to Normal (North Sydney: Random House, 2013). 271 páginas.

Esto es Normal:
Normal, Illinois. Fotografía de ParentingPatch
El título de este heterogéneo volumen de relatos del australiano Nick Earls es el del primero de ellos, la curiosa narración de la visita de dos hombres de negocios a la ciudad del interior de los EE.UU. que fue bautizada como Normal. El narrador, Craig, un joven ejecutivo de una empresa minera australiana en una gira comercial por el país, se ve de pronto obligado a acompañar a su jefe, Martin, quien aprovecha el viaje para visitar a su amigo de juventud, Don, en Normal, Illinois. Mientras Don y Martin se emborrachan para recordar pasadas ‘proezas’ y se van a ver un partido de béisbol, le corresponde a Jennifer, la mujer de Don, mostrarle la ciudad al joven australiano. Lo que podría haberse convertido en una velada aburrida y forzada por las circunstancias termina siendo una especie de confesión por parte de Jennifer, quien un tanto descontenta, le revela a Craig su ambición: restaurar el viejo cine local. El diálogo entre estas dos personas revela los aspectos más íntimos de sus vidas, sin que lleguen a una mayor intimidad física.

“Pues tiene columnas de hierro, el puente”, dijo ella mientras doblaba los dedos y agarraba otra vez el volante. “El Puente de la Joroba de Camello. Ahí lo tienes.” La carretera se elevó hasta situarnos por encima de las casas, y parecía algo equivocado hacerlo en una región tan plana, como si fuéramos a aterrizar en el País de Oz. “Son las originales, esas columnas. Fabricadas por una empresa llamada Phoenix, y según parece, eso es algo inusual. Lo llaman Joroba de Camello porque lo construyeron así para que pudieran pasar locomotoras de vapor por debajo. Aunque ya no lo hacen. Ahora lo llaman Paseo de la Constitución. Un sendero para caminar. Lo hago con frecuencia.” (p. 18, mi traducción) Camelback Bridge, Normal, Fotografía de Run4earth
El segundo relato lleva por título ‘Merlo Girls’, y es uno de los que más me han gustado. Contado también en primera persona, en este caso el narrador es un cirujano que se ha visto obligado a dejar la profesión a causa de la artritis. Lleva en su coche a Steve, marido de una buena amiga suya y codicioso promotor inmobiliario, a una de las cafeterías más populares de Brisbane: “Steve está hablando y yo escucho en la medida que tengo que hacerlo. Lleva un tarro vacío de café Merlo entre los brazos, mientras con los dedos de su mano izquierda hace tamborilea sin ritmo en la tapa. Esta es la más asimétrica de mis amistades, y somos amigos únicamente si la definición de amistad se extiende hasta sus límites más remotos.” (p. 31, mi traducción) La visita a la cafetería sirve de fondo para que Earls indague en uno de esos (des)encuentros sociales que a veces nos producen una sensación embarazosa, cuando nos damos cuenta de que estamos en compañía de alguien con quien no compartimos ningún valor.

Todos los relatos de Welcome to Normal están narrados en primera persona. En algunos de ellos supone un acierto pleno, como en ‘Range’, en el que un empleado del Ejército estadounidense estacionado en Arizona recuerda, mientras conduce camino del campo de futbol donde estrena su hijo, lo que ha estado haciendo durante su turno (seleccionando objetivos para que los drones lancen sus ataques de misiles en Afganistán). La imagen del balón en las manos de su hijo se conecta con otra brevísima imagen que ha visto vía satélite décimas de segundo antes del impacto del misil. De manera muy sutil, Earls manda un aviso sobre la posible brutalidad del desarrollo tecnológico y el enorme peligro que supone el mal uso de ésta.

En otros relatos, en cambio, la narración en primera persona me pareció que menoscababa el potencial. ‘The Heart of Robert the Bruce’ sitúa a una pareja gay australiana en la malagueña Ronda. Los australianos comparten tour con una pareja paquistaní de Glasgow. El relato zigzaguea por los callejones de Ronda y algunos pueblos de su vecindad, y entre los dimes y diretes en una gresca un tanto mezquina entre el narrador y su compañero, para terminar sin un claro propósito en los recovecos de la Judería de Córdoba. Las continuas provocaciones de Duncan a la sensibilidad de los paquistaníes parecen una pizca forzadas. Por otro lado, Earls habría hecho bien en buscar la ayuda de un lector hispano para corregir las erratas y errores del español que incluye en el texto (ningún camarero español diría “Buen apetito” tras servir la comida).

Ronda. Fotografía de Parpadeo
En sus relatos, Earls trabaja con individuos comunes, esas personas desconocidas que uno quizás puede ver por las calles sin saber absolutamente nada de ellos. En ‘Breaking Up’, el narrador es un niño que, junto con su hermana más pequeña, va a pasar el fin de semana en un hotel con su padre a poca distancia de su vivienda habitual. La madre los deposita en recepción y se marcha. Una vez en la habitación, padre e hijo se enfrascan en uno de sus habituales juegos hasta que una frase del muchacho (la que da título al relato) de algún modo hace recapacitar al padre sobre la situación marital en la que estaba abocándose.

No son relatos con desenlaces sorprendentes o demoledores. No es eso lo que busca el autor. Los cuentos de Welcome to Normal recrean el proceso, o una concatenación de sucesos, por el cual un individuo toma una decisión que va a cambiar su vida. Es el caso de ‘Breaking Up’, y puede que también se pueda intuir un cambio de gran calibre en ‘Range’; es en cambio el aspecto definitorio del último relato de esta colección, ‘The Magnificent Amberson’. Una pareja de vinicultores de Queensland realizan un viaje a Taiwán con la intención de colocar sus vinos en el cada vez mayor mercado asiático. Acuciados por las deudas, y con muy diversas opciones para intentar expandir su negocio, un encuentro con un empresario taiwanés, antiguo estudiante de la Universidad de Queensland, resultará decisivo para que tomen una decisión muy importante.

El emblemático edificio Taipei 101. Fotografía de Meow.
En ‘Grass Valley’ el narrador es nuevamente un niño australiano, Adam, que acompaña a su padre en un viaje a Berkeley, California. El padre regresa en un viaje nostálgico adonde estudió durante un año, cuando el abuelo, un científico de renombre, formó parte de un importante grupo de investigadores. Pero el padre aprovecha el viaje para visitar a un antiguo amor, Laura, ahora divorciada y con un hijo de más edad que el narrador, y con ciertas tendencias violentas y sádicas. Tras la extraña visita a Laura, padre e hijo regresan al motel. Ya acostado, escucha la voz de su padre mientras habla por teléfono con su madre, quien también ha ido de vacaciones acompañada de la hermana de Adam, pero a visitar a familiares en Gales.

Son relatos bien escritos, pero para nada ambiciosos. Nick Earls permite que como lectores intuyamos más de lo que dicen las palabras en la página, un esfuerzo que debería ser siempre algo bienvenido.

19 jun. 2015

Reseña: Barley Patch, de Gerald Murnane

Gerald Murnane, Barley Patch (Artarmon: Giramondo, 2009). 265 páginas.

Murnane explica al comienzo de Barley Patch que, antes de la publicación de este libro, había dejado de escribir ficción después de casi treinta años de escribir lo que “los editores y casi todos los lectores llamaban novelas o relatos breves, pero que los llamasen así con el tiempo empezó a hacerme sentirme incómodo, y me dio por usar únicamente la palabra ficción como nombre de lo que yo escribía. Cuando finalmente dejé de escribir, no había usado durante muchos años los vocablos novela o cuento en conexión con mis escritos. Varias otras palabras que igualmente evitaba: crear, creativo, imaginar, imaginario, y por encima de todas, imaginación. Mucho antes de que dejara de escribir, llegué a comprender que yo nunca había creado ningún personaje ni imaginado ninguna trama. Mi forma preferida de resumir mis deficiencias era simplemente decir que no tenía imaginación.” (p. 5, mi traducción, como el resto de citas del libro).

Ciertamente, Barley Patch derriba cualquier noción de plausibilidad en torno a los límites entre lo que es ficción y ensayo autobiográfico. Es un texto que camina tortuosamente entre uno y otro género, generalmente sin orden ni concierto. No existe una trama y los personajes no son otra cosa que imágenes en un paisaje (hay que puntualizar aquí que Murnane evita generalmente la palabra character y favorece el uso de personage, lo cual causará algún que otro dolor de cabeza a quienes tengan que traducir su obra algún día).

Me espetará posiblemente quien haya leído lo anterior y no conozca ninguna de las obras de ficción en prosa de Murnane: ¿entonces, de qué va el libro? Una posible respuesta incluiría los recuerdos de la niñez del yo del autor, a su vez ficcionalizado como narrador, entre los que se incluyen algunos libros y revistas, catálogos de ventas, canciones, visitas a familiares en remotas granjas de distritos rurales del estado de Victoria, carreras de caballos, hipódromos y jockeys, la escolarización en una escuela católica de la Australia de posguerra, paisajes de pastizales mayormente planos rodeados o delimitados por filas de árboles, y edificios desde los cuales sería posible o bien contemplar esos paisajes o espiar a una joven atractiva, o bien refugiarse en una pequeña recámara en ellos, donde intentar escribir ficción en prosa o poesía. Es decir, nada realmente tangible como argumento.

O! Dem Golden Slippers

Esta es una escritura que se explora a sí misma, una especie de autoindagación, y en consecuencia tiene algo de obsesiva, pues retoma una y otra vez detalles, motivos e imágenes. De hecho, el inicio de Barley Patch es una pregunta (“Must I write?”), y las diversas secciones del libro (no se puede hablar de capítulos) van precedidas de preguntas o interpelaciones del autor a sí mismo.

Uno de los problemas de Barley Patch es que la narrativa se vicia en ocasiones con una sintaxis deliberadamente dificultosa, como si la compleja temática que aborda necesitase de una estructura compleja. El resultado es una sensación de frustración, de estar dando vueltas en círculos viciosos que no llevan a ninguna parte. ¿Será cierto que la escritura como autoexploración engendra monstruos?

La contrapartida, cuando Murnane se aleja de esa especie de ensimismamiento, cuando decide no transitar por ciénagas o terrenos pantanosos en los que es fácil hundirse, es muy gratificante para todo lector que busque reflexiones sobre el mismo acto de la lectura o el proceso de ficcionalización de una experiencia. Sobre el primero, este párrafo me pareció sumamente ilustrativo:

“…todas las así llamadas descripciones de los así llamados personajes en obras de ficción se han malgastado en mi caso desde que comencé a leer tales obras. ¿Durante cuántos años leí obedientemente lo que yo consideraba pasajes descriptivos? ¿Con qué frecuencia intentaba sentirme agradecido a los autores que incluían tales pasajes en sus obras, permitiéndome de ese modo ver vívidamente, mientras leía, lo que ellos, los autores, habían imaginado mientras escribían? Puedo recordar haber descubierto ya en 1952, mientras estaba leyendo Mujercitas, de Louisa M. Alcott, que los personajes femeninos en mi mente, por así llamarlos, tenían una apariencia por entero diferente de los personajes en el texto, por así llamarlos. Yo era demasiado joven por entonces para saber que esto no era consecuencia de que yo fuese un lector inexperto. Pasaron muchos años antes de que comenzara a entender que mirar línea tras línea de texto es solo una pequeña parte de la lectura; que me pudiera hacer falta escribir sobre un texto antes de poder decir que lo había leído por completo; que aun mientras escribo la presente pieza de ficción estoy intentando leer un cierto texto. (Con la escritura, el tema parece haber sido de otra manera. Siendo un hombre joven, ya comprendía que podría ser capaz de escribir ficción sin haber observado primero numerosos lugares y personas y eventos interesantes e incluso sin poder imaginar escenarios y personajes y tramas, pero no fue hasta el día en que dejé de escribir que comprendí lo que había estado haciendo todo el tiempo cuando había pensado que estaba meramente escribiendo.)” (p. 26-7)
Mujercitas
O éste, mucho más breve, sobre los límites de la ficción:

“Se ajustaría muchísimo a mi propósito al escribir esta obra de ficción si informara de que aprendí en mi niñez que una obra de ficción no está necesariamente encerrada dentro de la mente de su autor, sino que en sus extremos se extiende hacia territorio poco conocido.” (p. 68)
El juego entre la realidad y la ficción es la esencia de la narrativa de Murnane. Confundir ambas en el interior de una obra de ficción podría llevar al lector a responder a la pregunta que se hacía el autor con otra pregunta: ¿Por qué leer esto? Desde luego, la lectura de Tamarisk Row y de A Lifetime on Clouds me dejaron mucho mejor sabor de boca que Barley Patch. Eso no quiere decir que vaya a dejar de leer sus otros libros.

En un fragmento de entrevista realizada por Ivor Indyk y publicada en septiembre de 2014 en Sydney Review of Books (aquí), decía Murnane lo siguiente: “I can say in all honesty and sincerity that I can’t tell the difference between my fiction, my thinking about my fiction, and my life.” Pienso yo que Murnane es realmente afortunado: hay un episodio de mi vida que ya quisiera yo poder convertir en ficción y disociar de mi realidad de modo permanente.

14 jun. 2015

Reseña: Invisible Yet Enduring Lilacs, de Gerald Murnane

Gerald Murnane, Invisible Yet Enduring Lilacs (Artarmon: Giramondo, 2005). 232 páginas.

¿Qué tipo de ensayos literarios cabría esperar de un escritor con más de 75 años de edad que nunca se ha alejado más de 1.000 km de su distrito natal en el estado de Victoria – y apenas lo ha hecho en muy contadas ocasiones – que nunca ha salido de Australia, pero que decidió sin embargo comenzar a aprender húngaro a los cincuenta y pico años? El autor de Tamarisk Row y de A Lifetime on Clouds publicó en diversas revistas literarias entre los años 1984 y 2003 artículos y ensayos que la editorial Giramondo reunió en este volumen en 2005.

Puszta, de Károly Markó 
Son escritos en torno a la escritura y la lectura, siempre con el inconfundible sello Murnane, en los que se abordan ideas importantes para la ficción creativa, algo que Murnane enseñó durante varios años en Deakin University.

El tercero de estos ensayos lleva por título ‘Why I Write What I Write’ [Por qué escribo lo que escribo], publicado por vez primera en 1986 en la revista Meanjin, y comienza con las siguientes afirmaciones: “Escribo oraciones. Escribo primero una oración, luego otra oración. Escribo una oración tras otra. Escribo unas cien oraciones o más cada semana, y unos pocos miles de oraciones al año.” (p. 25, mi traducción). Se trata de una pieza bastante breve, en la que Murnane desmenuza el proceso de escritura, con la oración como unidad mínima: “Mis oraciones surgen a partir de imágenes y sentimientos que me persiguen – no siempre de una manera penosa; a veces de forma agradable. Esas imágenes y sentimientos me persiguen hasta que doy con las oraciones con que traerlas a este mundo.” (p. 28, ‘Why I Write What I Write’)

De que la filosofía de Murnane sobre la creación literaria es, como mínimo, harto idiosincrática, si no excéntrica, dan buena cuenta estos ensayos. Las peculiares obsesiones de Murnane aparecen una y otra vez, y arrojan una luz significativa sobre aspectos de su ficción que, para quienes no estén familiarizados con su obra, resultarán cuando menos extraños, si no totalmente opacos.

Si tuviera que resumir de improviso las que yo interpreto como preocupaciones fundamentales del Murnane autor de ficción tras la lectura de Invisible Yet Enduring Lilacs probablemente me perdería en un batiburrillo de imágenes, en medio del cual, una u otra de dichas imágenes me llevaría a considerar a alguien que yo veo en mi mente considerando las preocupaciones fundamentales del autor australiano Gerald Murnane. Lo anterior es, naturalmente, un torpe y barato juego mío de palabras que no se acercan ni por asomo a describir el tema que trato de describir o explicar.

A grandes rasgos, uno podría resumir que el principal interés del autor no es el mundo exterior como una posible realidad existente (lo es en tanto que la percibimos y configuramos en nuestro cerebro, pero pare usted de contar) sino el mundo como se aparece como imagen en nuestra conciencia. O bien Murnane trata temas sencillos desde una perspectiva compleja, o bien intenta simplificar temas complejos posicionando al lector en diversos y distintos niveles de significación. La suya es una cosmogonía de la ficción absolutamente propia y en gran medida intransferible.

No todos los ensayos que forman este volumen tienen la misma vigencia. Uno de ellos me resultó especialmente oneroso e incluso exasperante: el que presta su título al volumen. Sin embargo, la lectura de Murnane es casi invariablemente un regalo de pequeñas dosis de distintos aspectos, por ejemplo su humor, en este caso sobre la Australia de la posguerra: “No me pareció extraño que a [Adam Lindsay] Gordon [poeta australiano del siglo XIX nacido en las Azores] le achacaran ser muy inglés aquellas mismas autoridades que enseñaban lealtad al Imperio. Había momentos apropiados para que un australiano pensara en Inglaterra: durante las misas (protestantes); el día del cumpleaños de Shakespeare; en el funeral de un líder cívico o militar. En general, un australiano pensaba como un inglés de puertas adentro y cuando la solemnidad lo requería. De puertas afuera, uno podía ser australiano, y más desenfadado.” (p. 4, ‘Meetings with Adam Lindsay Gordon’, mi traducción)

Un vaquero magiar, de Tomsics & Perlaszka 
El mejor de estos ensayos es, en mi opinión, ‘The Breathing Author’, que afortunadamente es posible leer en inglés en internet, aquí. Comienza con una importante declaración de intenciones: “No puedo concebirme leyendo un texto sin tener presente que el objeto delante de mis ojos es un producto del esfuerzo humano. Gran parte de mi implicación con un texto consiste en mi especular acerca de los métodos empleados por el escritor a la hora de componer el texto, o acerca del sentimiento y creencias que condujeron al escritor a escribir el texto, o incluso acerca de la historia vital del escritor.” (p. 157, mi traducción)

Más adelante, Murnane explica el porqué de dejar escribir poesía para pasarse a la prosa: “la poesía me pareció extremadamente difícil de escribir siempre que tuviese que escribir en versos rimados, o incluso sin rima. Me pareció algo más fácil escribir lo que yo creía que era verso libre, pero pensé que era un engaño llamar a eso escribir poesía. Empecé a escribir prosa en la creencia de que podría expresar lo que quería expresar con mayor libertad en prosa que en poesía. Sin embargo, durante varios años creí que mi prosa tendría más sentido si me permitía no observar las convenciones de la gramática inglesa. En la época por la que estaba escribiendo los primeros borradores de las primeras páginas de Tamarisk Row, vine a comprender que nunca podría concebir una red de sentido demasiado complejo como para ser expresado en una serie de oraciones gramaticales. La totalidad de la prosa que he publicado se compone de oraciones gramaticales, aunque la penúltima sección de Tamarisk Row se compone de cuatro oraciones gramaticales entrelazadas. Uno de mis mayores placeres como escritor de ficción en prosa ha sido descubrir continuamente las formas interminablemente variables que puede adoptar una oración. Intenté enseñarles a mis estudiantes a amar la oración. A veces supongo que la existencia de la oración da fe de nuestra necesidad de establecer conexiones entre las cosas. A veces, todavía pienso en intentar de nuevo lo que intenté y no logré hacer como escritor joven: escribir una obra de ficción que consistiese en una sola oración gramatical que comprendiera al menos varios miles de palabras.” (p. 181-2, mi traducción)

Es una pena que hasta la fecha (junio de 2015) no haya aparecido ninguna de las obras de Murnane en castellano. L’editorial barcelonina Minúscula va publicar l’any passat una traducció de The Plains al català (Les planes), a càrrec de Marta Hernández Pibernat.

10 jun. 2015

Reseña: Afternoon Raag. de Amit Chaudhuri

Amit Chaudhuri, Afternoon Raag (Londres: William Heinemann, 1993). 133 páginas.

Son pocos los libros sin una trama bien definida que consigan despertar mi interés, pero en el caso de esta ‘nouvelle’ (lo pongo entre comillas porque no me queda nada claro que lo sea) del indio Amit Chaudhuri al interés se ha ido sumando, a medida que lo leía, el disfrute de un estilo narrativo muy peculiar.

Para quien sea tan inexperto como yo en cuestiones relativas a la música india, me apresuro a explicar que raag es un término que designa uno de varios patrones musicales, con una melodía y un ritmo similar, que sirven de fondo para composiciones más o menos improvisadas, y que supuestamente se relacionan con aspectos religiosos. Te invito a escuchar un ejemplo de raag mientras sigues leyendo. Aunque igual te da por ponerte a meditar, o a dormir la siesta, que a veces viene a ser lo mismo, o incluso más productivo.


En Afternoon Raag, Chaudhuri hilvana diversas observaciones y reflexiones en torno a tres lugares, uno de ellos muy distante y distinto de los otros dos: Bombay y Calcuta por un lado, y Oxford por el otro. No es una historia propiamente dicha, sino una especie de autobiografía ficticia y fragmentaria, narrada de manera un tanto errática. El narrador salta de un lugar a otro, contando anécdotas sobre su familia en India o sobre su estancia como estudiante en la ciudad universitaria inglesa. Los personajes que desfilan por la obra no terminan nunca de aparecer en un primer plano. Al contrario, hacen su entrada y salida sin alharacas.

El narrador es deliberadamente impreciso a la hora de proporcionar detalles. Por ejemplo, nos cuenta al principio del libro que mantuvo en Oxford una relación con dos mujeres, Sheznah y Mandira, pero con ninguna de las dos halló algo que pudiera ser remotamente un atisbo de felicidad. Aunque situado en Oxford, el narrador regresa continuamente a la India, para rememorar a las personas que tuvieron una significación especial en su niñez en Bombay, y en su adolescencia en Calcuta. Sus evocaciones frecuentemente retornan a las tardes de música, a las clases que su madre y él recibían de su gurú de Rajastán.

El tono narrativo es pues predominantemente melancólico. Chaudhuri es detallista en la descripción de ambientes, pero intencionalmente impreciso en la caracterización de los personajes. La suya es una prosa con ribetes de lirismo que se adecua perfectamente a la fragmentariedad en la que sumerge la narración. Dirige nuestra atención a detalles concretos sobre los que nos invita a reflexionar: por ejemplo, los acentos ingleses, que tanto contribuyen a encasillar a las personas en esa parte del mundo (o en esta en la que yo vivo, donde es también un comentario habitual en cualquier conversación que uno mantenga, como si los hablantes nativos no tuvieran un acento).

De Afternoon Raag me ha gustado especialmente el modo en que Chaudhuri conecta episodios de la narración con distantes anécdotas, como en el capítulo 19, en el que al volver a Bombay durante las vacaciones lo despierta un insistente golpeteo en la calle. La escena que ve desde la terraza le sorprende: el camión de la basura está parado en la callejuela mientras el jefe de la cuadrilla de recogedores de basura golpea un plato rítmicamente, mientras las sirvientas y limpiadoras salen de los apartamentos apresurándose con los cubos llenos. Los jovenzuelos del servicio de recogida de desperdicios, vestidos únicamente con calzones, las miran con descaro.

Un dato curioso sobre el autor es el hecho de que es también músico ya consagrado. Y la verdad, no lo hace nada mal. 





5 jun. 2015

Reseña: The Fishermen, de Chigozie Obioma

Chigozie Obioma, The Fishermen (Brunswick: Scribe, 2015). 293 páginas.

“What we don't understand we can make mean anything”, dice una cita de Chuck Palahniuk. O lo que es lo mismo, el ser humano otorgará un sentido a todo lo que no comprenda, y es por eso que algunos se dejan llevar por la superstición, y en determinadas circunstancias, puede que lo hagan hasta sus últimas consecuencias. Allá ellos.


No todos podemos ganar una medalla de oro, Benjamin. Foto tomada de la BBC.
Benjamin es el cuarto hijo de una familia numerosa en la ciudad de Akure, en Nigeria, mediada la década de los 90. Sus tres hermanos mayores son Ikenna, Boja y Obembe. Hay también dos más pequeños, David y Nkem. No son ricos, pero no pasan penurias. El padre trabaja para el Banco Central de Nigeria y un buen día le comunican que tiene que ausentarse por un largo periodo de tiempo. La madre tiene una parada en el mercado. Fuera de las horas que pasan en la escuela, los cuatro muchachos tienen tiempo libre para jugar a fútbol o hacer cosas propias de su edad. El padre habla de ellos con orgullo: como cualquier progenitor, sueña con que tengan éxito en la vida y sean médicos, pilotos, catedráticos, abogados.

Una vista de Akure. Fotografía de Okorojude
El río que cruza la ciudad es el Omi-Ala, y un día Ikenna convence a sus hermanos de que pueden convertirse en pescadores. En compañía de otros niños de la vecindad aprestan unas cañas y a escondidas de sus padres se escabullen a pescar en las orillas del río, sucio y fétido. En una de esas tardes la cuadrilla de pescadores se topa con un chiflado y hediondo vagabundo, Abulu, de quien las habladurías populares dicen que lee el futuro y puede enunciar profecías. El encuentro con este personaje será definitorio desde el mismo momento en que Abulu pronuncia el nombre de Ikenna, a quien en teoría no conoce de nada. Instigado por la curiosidad de los muchachos, Abulu lanza una profecía justo en el momento en que un avión pasa por encima de sus cabezas. Solamente Boja dice haber oído las palabras del loco. Según Abulu, Ikenna nadará en un río rojo del cual no volverá a levantarse, y será un pescador el que le quite la vida.

Desde ese día, y pese a los azotes que reciben los cuatro de su padre, la vida de los hermanos cambiará por completo. Ikenna sufre una metamorfosis inexplicable y empieza a enemistarse con su hermano Boja, con quien tenía la mejor de las relaciones. El mayor de los hermanos interpreta la profecía del loco como que será su propio hermano Boja el que ponga fin a su vida. En un principio, Ikenna (la historia nos es narrada a través de la mirada de Benjamin, que a la sazón cuenta con 9 años de edad) se vuelve quisquilloso y huraño, poco a poco su alejamiento de la familia crece en intensidad, hasta desaparecer días completos o encerrarse en el dormitorio que hasta entonces había compartido con Boja. La violencia se torna en espiral imparable, y una discusión entre ambos degenera en una pelea en toda regla. Mientras Obembe y Benjamin salen de la casa en busca de un adulto que ponga fin a la pelea, Boja le clava un cuchillo a Ikenna, cuyo cuerpo queda tendido en la cocina en un río de sangre. Se ha cumplido la profecía.

Tras el fatal desenlace, Boja parece haber huido. Entierran a Ikenna, y cuatro días después aparece Boja. Flotando en el pozo. Obioma maneja con excelente sutileza la narración de unas semanas de horror, dolor en la familia, y del enloquecimiento de su madre, combinando perfectamente la perspectiva del niño Benjamin con la del narrador adulto. Esta es la predominante, la que pone orden y reflexión, y articula la historia, mientras que la del niño se fija más en las experiencias y recuerdos sensoriales.

Obioma escribe en una prosa elegante, inserta con frecuencia frases del igbo natal de los personajes y calca curiosos proverbios y la rica fraseología local, recordando al lector que el inglés es un idioma suplementario en Nigeria. Hace asimismo un uso abundante pero no excesivo de la metáfora: de hecho, muchos de los capítulos se inician con una en la que se equipara a un personaje (o varios, si es el caso) con un animal. “Padre era un águila”; “Ikenna era una pitón”; “Abulu era un leviatán”.

Son obvios los ecos bíblicos a Caín y Abel, y a los pescadores que Jesús alistó para predicar su evangelio. A diferencia de otras novelas situadas en Nigeria (me viene a la cabeza The Famished Road, de Ben Okri), la dimensión metafísica de los espíritus apenas tiene relevancia en The Fishermen. Es desde luego más evidente que la misma narración del desastre que sufre la familia Agwu es una alegoría de la historia reciente de Nigeria, y Obioma no escatima en referencias históricas, como el encuentro que los cuatro hermanos tienen con el candidato presidencial MKO Abiola, quien tras supuestamente ganar las elecciones fue detenido por la junta militar y murió años después, todavía en prisión.

Portada del manifiesto de M.K.O. Abiola: Hope'93. Fotografía de Limburg. 
El terrible desenlace que pone fin a la profecía y a la vida de Abulu le permite a Obioma ampliar la historia y agregar los datos necesarios para que el lector ate cabos. The Fishermen parece envuelta en un aura de simplicidad, pero es engañosa: hay una sutil corriente humorística en su subtexto, apoyada en la gran tradición oral africana. Es en todo caso un tipo de literatura muy distinto de Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie, por poner un ejemplo reciente.

Benjamin aprende a una edad muy temprana que en algunas personas, la creencia ciega en algo no demostrable puede convertirse en algo eterno e indestructible, en un dogma que nos arrastra hacia la perdición y destruir nuestros recuerdos e incluso nuestras percepciones.

En una excelente novela de un debutante del que cabe esperar más cosas en un futuro, uno de los aspectos más destacados de The Fishermen es para mí el modo en que Obioma construye imágenes muy detalladas basadas en matices que apelan a los cinco sentidos del lector. Un botón de muestra es la descripción del loco Abulu poco antes de que los dos hermanos pequeños de la familia Agwu pongan fin a su vida a orillas del Obi-Ala:

Ahora que lo tenía bien cerca y estaba seguro de que iba a morir, dejé que mis ojos hicieran inventario del loco. Tenía el aspecto de un poderoso hombre antiguo, de cuando los hombres hacían añicos todo lo que agarraban con las manos. Tenía una cara feraz, con una barba que se extendía desde las mejillas hasta la barbilla. Un tieso bigote le cubría la boca como si se lo hubieran puesto allí con finas pinceladas de carboncillo. El pelo estaba largo, sucio y enredado. Gruesos grumos de pelo le cubrían también una buena parte del pecho, el rostro arrugado y cetrino, el centro de la pelvis y rodeándole el pene. Sus uñas eran grandes y alargadas, y en los huecos debajo de ellas se habían amontonado la mugre y la suciedad.

       Observé que portaba en su cuerpo una variedad de olores, el más detectable de los cuales era un tufo fecal que flotaba hacia mí cual zumbido de moscas cuando me acercaba a él. Este olor, pensé, pudiera haber sido consecuencia de que hubiera dejado pasar mucho tiempo sin limpiarse el culo después de excretar. Apestaba a sudor estaba acumulado en la densa mata de pelo que le cubría las regiones púbicas y las axilas. Olía a comida podrida, y a heridas abiertas y a pus, y a fluidos corporales y desechos. Hacía pensar en metales oxidados, en materia putrefacta, en ropas viejas, en la ropa interior abandonada que a veces se ponía. También olía a hojas, a enredaderas, a los mangos en descomposición al lado del Omi­-Ala. A la arena de la orilla del río, incluso a la misma agua. Arrastraba el olor de bananeros y guayabos, al polvo del harmatán, a la ropa tirada al contenedor de la basura que estaba detrás de la tienda del sastre, a los restos de carne que quedaban en el matadero de la ciudad, a los restos de cosas devoradas por los buitres, a los condones usados en las inmediaciones del motel La Room, a agua y suciedad de alcantarilla, al semen de las eyaculaciones que había derramado sobre sí mismo cada vez que se había masturbado, a fluidos vaginales, a mucosidades resecas. Pero eso no era todo: olía a cosas inmateriales. Olía a las vidas rotas de otros, y a la quietud en sus almas. Olía a cosas desconocidas, a extraños elementos, a cosas temibles y olvidadas. Olía a muerte. (p. 221-2, mi traducción)


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