22 dic. 2015

Subhash Jaireth: Canción de amor para una página con caligrafía china




Canción de amor para una página con caligrafía china

Subhash Jaireth

Si mi corazón fuese
una página en blanco,
te pregunté aquella mañana,
¿qué palabras querría
pintar tu pincel?

«No me extrañes
cuando me haya ido», escribiste.
¿Una premonición
o sólo un juego inofensivo:
fácil de jugar y olvidar?

Te extraño, sí;
de qué otro modo podría ser:
como cometas, las palabras recorren los cielos
de mi ser, contigo y sin ti:
un sueño y su sombra caminan juntos.

Píntame
la palabra agua, dije.
Sonreíste, y en la página apareció un pez: 
fuego, te reté una vez más,
y pintaste una hilera de linternas rojas.

Aquella noche
Llovió en mis sueños
empapándome; la página
debe estar en mí, dijiste, y al girarte
y vi una serpiente tatuada en tu espalda.

Hay un carácter
llamado Caoshu, dijiste;
se sujeta el pincel con firmeza
y se gira la muñeca como el cuello de un ganso
que nadara en los arrozales.

El Kaishu es estricto
pero no riguroso, austero pero exacto.
Como mi abuelo
rara vez sonríe, pero cuando lo hace
flotan las líneas y vuelan las formas.

Enséñame Caoshu,
te pedí entonces,
y me sacaste a bailar;
caía la nieve y se fundía
mientras trazábamos figuras en el suelo.

Es como un baile,
me explicaste, que como el agua
se escapa entre los dedos:
fluir es su propósito,
desvanecerse, su glorioso destino.

«Debo irme.»
No lo hagas, quise decir,
Pero no, te marchaste,
dejando el día manchado,
como una sábana por las semillas de una granada.

Mientras dormía aquella noche
envuelto en la sábana teñida,
soñando con berenjenas espléndidas,
en un lejano continente explotó una bomba,
allí donde esperabas que parara un autobús.

Y ahora, llamo silencio a mi casa,
y el silencio, amor mío, eres tú.
Pero el pincel ha hallado un nuevo objeto:
las pinceladas son fuertes, los cordeles no tienen costuras
y la tinta, oscura como las moras, reluce.





Un poema de una sensibilidad exquisita, mesurado en sus cadencias, gentil en las metáforas al tiempo que ambiguo en los juegos de palabras. Construido en torno a un monólogo de un hablante inquisitivo y curioso, el dilema de la canción de amor queda perfectamente esbozado en las tres primeras estrofas. Incluso el título plantea una disyuntiva al lector de la que es imposible escapar.

El mensaje que deja la amada en una página (o la sábana, si así lo prefiere el lector, dado que “white sheet” tiene perfectamente ambas lecturas, que la traducción no podría en ningún caso transmitir con éxito). Ella escoge escribir/pintar (este es, al fin y al cabo, un poema de amor con caligrafía china) un aviso/consejo para evitar el dolor que le conllevará a él su ausencia. «No me extrañes/ cuando me haya ido». El ideograma, el dibujo como palabra, la imagen del trazo curvo y altamente estilizado del Caoshu, que solamente puede lograrse mediante la firmeza. Alcanzar la delicadeza a través de la tenacidad.

Hay naturalmente algunos problemas de traducción en los que he tomado decisiones que pueden resultar difíciles de justificar. Por ejemplo, en “como cometas,/ las palabras recorren los cielos/ de mi ser, contigo y sin ti” he optado por interpretar el “without” del original como correlativo del “with” que le precede, cuando todo parece indicar que debería interpretarse como en el exterior de mi ser. Opciones personales que hacen de la traducción un juego arriesgado, pero deliciosamente entretenido.

Agradezco a mi amigo Subhash su enorme gentileza al permitirme republicar este poema tan íntimo. Como él, yo también he llamado a mi casa, en un no tan distante pasado, silencio. Espero que te guste.


El original en inglés, en la revista Meanjin.

20 dic. 2015

Reseña: John Crow's Devil, de Marlon James

Marlon James, John Crow's Devil (Nueva York: Ashaiko Books, 2010). 230 páginas.
Dice el saber popular que los extremos se tocan, y en un universo tan atrasado, aislado y provinciano como Gibbeah, el Bien y el Mal parecen confundirse. Se trata de un pequeño pueblo ignoto del interior de la isla de Jamaica, en el que durante mucho tiempo sus habitantes han vivido en la anodina paz de un pastor, Hector Bligh, más dado a las libaciones que a las prédicas bíblicas. No en vano los lugareños lo han apodado “Rum Preacher”, el Predicador del Ron.

En una paradoja no exenta de ironía, Marlon James titula el primer capítulo como ´The End´, esas tres mágicas palabras que aprendíamos todos como anuncio del final de las películas americanas en los cines de mi niñez, unos cuantos antes de que empezara yo a aprender la lengua inglesa. Los eventos de este capítulo son posteriores al comienzo de la historia, pero curiosamente, también el último capítulo del libro lleva por título ‘The Beginning’.

Una de las cordilleras orientales de la isla de Jamaica tiene por nombre John Crow. El Rio Grande (nombre de origen obviamente español) corre a sus pies. Fotografía de Michael L. Dorn
En medio de la celebración religiosa oficiada por Bligh en un miércoles de ceniza llega a la parroquia un hombre al que nadie conoce: “Le observaba desde el fondo de la iglesia. El hombre había llegado con la noche, pero la oscuridad no lo abandonaba durante el día. Le inquietaba toda la excitación. Era un sentimiento tan extraño como el éxtasis o el remordimiento. Tanto daba un día grueso como un año flaco, si uno sentía el mismo odio. El hombre era más alto que el Pastor, y llevaba zapatos negros, traje negro y camisa negra, tenía pelo negro y una piel clara que estaba bien tostada por el sol.” (p. 30, mi traducción) De pronto el extraño le agarra de las manos estrujándole los huesos mientras, delante de los atónitos feligreses, le pregunta quién va a asumir la responsabilidad de absolverle a él y a todos sus parroquianos, quién va a limpiar sus pecados: “¿Quién va a perdonarte a ti, hijo de perra ignorante?” (p. 31)

Tras el rapapolvo y la paliza que le da al Pastor, el Apóstol York asume la jefatura de la congregación religiosa de Gibbeah. Su mensaje es en esencia uno: ha venido a llevar a cabo la obra del Señor. “Dios me ha enviado. ¿Y qué es lo primero que vamos a hacer? Limpiar este templo. Escúchame, Gibbeah. He venido a devolver la integridad y a arrasar la iniquidad, ¡Aleluya! He venido a dar consuelo a los afligidos y a ser el azote de los acomodados. ¡Gibbeah! ¡He venido con una espada!” (p. 35, mi traducción)

El enfrentamiento entre el eclesiástico titular y el recién llegado se refleja asimismo en el de dos mujeres de Gibbeah: Lucinda es una chica simple, bizca y poco agraciada físicamente, pero una ferviente creyente en el obeah, el vudú caribeño de raíces africanas. Su contrincante es la viuda Greenfield, que acogerá al Pastor Bligh cuando York lo pone de patitas en la calle. Mientras Lucinda sueña con ofrecer sus servicios al Apóstol (en más de un sentido), la viuda es un reducto de bondad y raciocinio en un pueblo emponzoñado por la disputa entre los dos religiosos. La trama gira pues en torno a estos dos polos: resultaría inútil identificar a alguno de los dos como el Bien. La cuestión es quizás dilucidar cuál de los dos encarna el Mal menor.

James alterna una voz narradora omnisciente adaptada a los puntos de vista de diferentes personajes con capítulos en los que una voz colectiva, compuesta por las voces de los lugareños, da rienda suelta a la rumorología y el cotilleo. La ortografía y la sintaxis reflejan el dialecto jamaicano: para quien no esté acostumbrado a esta forma de la lengua inglesa, puede resultar una pizca difícil de entender en un principio:

Lawd a massy, Puttus, you no hear the latest bout the Pastor?
No! Is weh you a hide the secret for, pop the story give we!
Well, people say the Pastor deh down a river a live like mad man.
Holy Jesus our Heavenly Father.
True-true. Him deh down deh a live like dog. People say him all shit down deh.
Then where people expect him fi shit?
We did think say the Apostle kill him.
Who say him no dead?
True-true, the Rum Preacher is nothing but duppy now, heh-hay!
The you a go look!
No baba, who want to see that deh?” (p. 41)

Quizás un breve glosario habría sido un adecuado acompañamiento: quien no conozca el inglés jamaicano dejará de comprender algunos conceptos importantes para la historia de John Crow’s Devil. Palabras como pickney (niños), combolo (secuaces), guzum (magia negra) podrían haberse explicado para lectores no familiarizados con ellas.

Hay por supuesto una razón para la presencia y las acciones del Apóstol York en Gibbeah, y tiene que ver con el señor Garvey, el rico millonario que en realidad es dueño del pueblo entero y vive en una mansión de la que apenas se molesta en salir. Es una historia de venganza, sí, pero el subtexto nos lleva a leerla más como una denuncia de los riesgos que supone la religión organizada para una sociedad cerrada y aislada. Cualquier loco violento puede exhibirse como Mesías y conducir a la comunidad al desastre y al caos. La violencia en John Crow’s Devil es ciertamente una representación que termina por convertirse en ceremonia.

Un simpático ejemplar de John Crow, o pavo buitre, típico de la región caribeña. Fotografía de Dori.
Puede que quien siga regularmente mi trayectoria lectora en este blog se pregunte: ¿a santo de qué ha elegido este libro Jorge? Pues bien: se debe a la anécdota (muy reveladora) que el autor dio a conocer tras ganar el Booker Prize de 2015 por su novela A Brief History of Seven Killings. Y es que John Crow’s Devil, publicada por vez primera en 2005, fue rechazada por un total de 78 editores. Marlon James ya había enviado el archivo de la novela a la papelera de su ordenador cuando otra novelista, Kaylie Jones, insistió en rescatarla y editarla pro bono. En nombre de los lectores de marlon James, ¡Mil gracias, Kaylie!

Que un libro tan bueno fuera rechazado por 78 editores dice mucho sobre cómo funciona la industria del libro, y mucho más sobre los prejuicios raciales que, lamentablemente, todavía existen. Ya tengo ganas de hincarle el diente a otros libros de este autor.

13 dic. 2015

Reseña: Barracuda, de Christos Tsiolkas

Christos Tsiolkas, Barracuda (Crows Nest: Allen & Unwin, 2013). 513 páginas.

Ay, ese viejo mito de que no existe la división de clases en la sociedad australiana… Más que mito, es una falacia, una falsedad muy fácil de desmontar y de percibir tan pronto como uno tiene que desenvolverse en círculos sociales diferentes de los asignados por un sistema caduco que siempre ha buscado mantener ciertos privilegios de clase, de extracción social, incluso de raza.

Estamos en la década de los 90, y Daniel Kelly es un muchacho de Melbourne de padre de origen escoces/irlandés y de madre griega. Viven en un barrio de clase trabajadora; es una de tantas familias que bregan por salir adelante. En la piscina, sin embargo, Danny cuenta con el empuje y el talento necesarios para que alguien se fije en él y maneje algunos hilos con el fin de que le ofrezcan una beca en una elitista escuela privada para chicos a la que Tsiolkas bautiza en un principio como ‘Cunts College’ y no se molesta en momento alguno en identificar de otra manera. En la piscina Danny demuestra su potencia y entrega, pero fuera de ella, en ese mundo de los compañeros ricachones y privilegiados, se siente, valga el juego de palabras, como pez fuera del agua.

¿Qué hace entonces un muchacho de humilde extracción para defenderse y hacerse un hueco entre la elite? Pues golpearles donde les duele y donde puede hacerse respetar: derrotándolos, triunfando en la piscina. Ser el más rápido, el más fuerte. El Mejor, con mayúsculas.

Australia vive del y para el deporte. Sin los deportistas que triunfan en la escena internacional, ¿por qué se nos conocería en el resto del mundo? El problema para muchos de esos que aspiran a labrarse un nombre en el deporte es que, si hay un ganador y no eres tú, ello te convierte automáticamente en un perdedor. Por desgracia, para muchos no hay término medio ni escala de grises. Y uno de esos es Danny Kelly, al que por su fiereza y agresividad los compañeros del equipo de natación de la escuela bautizan como Barracuda.

La estructura de Barracuda resulta ser quizás tan interesante como la novela misma. Aunque contiene naturalmente muchos elementos de una Bildungsroman, Tsiolkas opta por mover al lector, de manera continua y algo sugerente, entre el pasado del Danny adolescente y el presente de Dan, el hombre ya adulto que busca no solo su redención sino una forma de vivir que le sea mínimamente aceptable tras haber fracasado en la piscina y ver cómo el sueño sobre el que había construido un mundo se ha hecho añicos. Dividida en dos partes bien diferenciadas (‘Breathing in’ y ‘Breathing out’), Barracuda tiene temas tan numerosos como calles puede tener una piscina olímpica: la familia, el racismo, la división de clases, el nacionalismo, la pasión (o la obsesión) por el deporte, el sexo y la violencia (muchos de ellos temas ya explorados en The Slap y más recientemente en Merciless Gods).

Así, la primera parte sigue la trayectoria de Danny hasta el momento crítico en que se quiebra el sueño y se abre el mundo bajo sus pies. Al sentimiento de fracaso, de vergüenza, de no ser nadie, Danny responde con una agresividad y una violencia insospechadas. Esa reacción marcará su vida de manera indeleble. El chico que soñaba con ganar medallas olímpicas y alcanzar la gloria termina en los juzgados y sirviendo condena. ¿Cómo sobrevivir al salir y volver al mundo real? El proceso tiene que ser necesariamente largo y doloroso.

Los dientes de una simpática barracuda. Fotografía de Etrusko25
De Tsiolkas se suele decir que escribe con la provocación como objetivo obvio. Barracuda es quizás menos provocadora que The Slap o Merciless Gods, en el sentido de que, en base al desenlace que Tsiolkas propone, resulta evidente que el sistema impone su inherente conservadurismo. No hay tampoco ironía, por supuesto, ni sarcasmo. No parece que Tsiolkas crea que en la vida de Dan pueda haber algún atisbo de comedia. Lo que hay es una invitación a sostener una mirada fría y desapegada a la respuesta emocional de Danny ante su fracaso. Su rechazo visceral a todo lo que huela a sentimientos de lástima es una de los hilos argumentales mejor desarrollados. Además, la alternancia entre una narración en primera y en tercera persona aporta matices ricos y variados al desarrollo de la trama, presentada por Tsiolkas al lector en forma de una madeja cronológica bien organizada, pese a su complejidad.

Como era el caso en The Slap, los diálogos agregan unas grandes dosis de verosimilitud a la narración. La prosa directa y sin adornos de Tsiolkas nos lleva a una realidad cruda, dura, implacable. Utilizando como telón de fondo las figuras de Torma (el entrenador de Daniel) y del padre, Neal Kelly, Tsiolkas construye el conflicto interno e íntimo del muchacho que aspira a la gloria, pero en última instancia, hay también residuos de un importante conflicto generacional.

A diferencia de The Slap, que fue publicada en España tan pronto como fue llevada en forma de miniserie a la pequeña pantalla, Barracuda todavía no ha sido traducida al castellano. Lo cual es una pena.

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