14 ene. 2016

Reseña: J, de Howard Jacobson

Howard Jacobson, J (Londres: Jonathan Cape, 2014). 327 páginas.
Comencemos por la cubierta de esta novela: la letra J aparece “cortada” por dos bandas (en las que se puede leer el nombre del autor), al igual que lo hace en muchas de las páginas de esta oscura sátira distópica del escritor inglés de ascendencia judía. Siguiendo la costumbre que le inculcaron sus padres, Kevern Cohen, uno de los dos personajes principales, siempre pronuncia temerosamente la letra J cruzando dos dedos por delante de los labios.

La escena es deliberadamente vaga e imprecisa. Parece ser la Inglaterra de la segunda mitad del presente siglo. El país, del cual nadie puede salir y al cual nadie de afuera puede entrar, parece haberse sobrepuesto a un suceso de enorme magnitud y cierto cariz apocalíptico. Los ciudadanos únicamente se refieren a ello con una enigmática frase, pero cargada de ironía: “WHAT HAPPENED, IF IT HAPPENED” [LO QUE SUCEDIÓ, SI ES QUE LLEGÓ A SUCEDER]. Todos han sido reeducados para pedir perdón por lo ocurrido hace décadas, aproximadamente en la segunda década del siglo en que vivimos. ¿No tiene sentido? Solo aparentemente.

Una de las muchas curiosidades de esa reeducación es el hecho de que toda la población haya adoptado apellidos judíos. La uniformidad es la norma: géneros musicales que estimulan la improvisación (como el jazz) no están bien vistos, si bien no están prohibidos. La conservación de objetos del pasado (las reliquias de familia) sí pueden ser objeto de denuncia. ¡Mucho cuidado con guardar los diarios o los discos de tus abuelos!

La atmósfera no es tan orwelliana como parece. La paz es algo impuesto, pero la violencia está siempre latente en el pequeño poblado pesquero de Port Reuben. Kevern es un muchacho local, al que todos tienen por un bicho raro. Hasta un lugar cercano llamado Valle del Paraíso llega la joven Ailínn. Ambos comparten el hecho de tener un pasado oscuro: si Kevern ha heredado extraños hábitos cuando no un claro trastorno obsesivo-compulsivo, Ailínn es también huérfana y está convencida de que alguien la espía y la controla. En un momento que ninguno de los dos olvidará, un desconocido los pone en contacto. ¿Paranoia? Ni hablar.

Con esa historia de amor como divertido telón de fondo, Jacobson propone una probablemente intolerable sociedad que ha diluido el lenguaje y se ha reconstruido sobre la base de una disculpa por algo que sucedió pero que nunca se explica del todo, “si es que llegó a suceder”. En J Dicen más las elisiones que las palabras expresadas, aunque Jacobson nos deja algunas joyas como el hecho de que los locales llamen a los foráneos “aphids” [áfidos o pulgones].

Si a la historia de esa pareja de jóvenes que resultan manipulados añadimos un macabro y repugnante detective (Gutkind) que investiga la extraña y nunca resuelta sub-trama de un triple asesinato en Port Reuben, la presencia de Esme (que parece tirar de los hilos en todo lo que concierne a Ailínn) y que es la representante de la agencia gubernamental Ofnow (dedicada a evaluar la psiquis colectiva, sus eslóganes no tienen desperdicio: "the overexamined life is not worth living" [no vale la pena vivir una vida examinada en exceso] o "yesterday is a lesson we can learn only by looking to tomorrow" [el ayer es una lección que solamente podemos aprender mirando al futuro]) y algunos capítulos del diario de un excéntrico Profesor de las Artes Benignas escritos en primera persona, la mescolanza podría dar la impresión de ser un poco rebuscada. No es así. Es cierto que esta es una novela atípica, y aunque cueste meterse en ella, en mi opinión vale la pena.

¿Sería posible un nuevo holocausto en la actual Inglaterra, o en otro lugar de Europa, por decir lo indecible? También en Submission Houellebecq planteaba una imparable huida de judíos de Francia en un escenario futuro más implausible que otra cosa. Lo que no elimina la terrible posibilidad de purgas étnicas o pogromos en otras partes, ante la encrucijada en que se encuentra el mal llamado viejo continente.

J es una novela sutilmente provocadora en torno a lo que motiva el odio en el corazón de los seres humanos. Plantea preguntas francamente incontestables acerca de lo que significa la identidad, en un trasfondo de fuerte crítica a la sociedad del ciego y estúpido consumismo de la cultura pop al que nos hemos abocado en nombre de un progreso muy mal entendido. La imprecisión y la indeterminación con que Jacobson retrata ese futuro contribuyen a darle un sabor siniestro y temible.

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