18 dic. 2016

Reseña: Dragonfish, de Vu Tran

Vu Tran, Dragonfish (Nueva York: W.W. Norton, 2015). 298 páginas.
El oficial de policía de Oakland, Robert Ruen, está sentado en el interior de su coche, vigilando el exterior de su casa. Ha estado recibiendo llamadas al teléfono de su casa en las que nadie dice nada. Silencio absoluto.

Entonces vi a un flaco chico asiático – un adolescente; pasó por delante del coche, se giró y se acercó a la ventanilla. Me sonrió y me hizo un ademán para que la bajara. No parecía llevar nada en las manos. Llevaba puesta una gorra de los Dodgers y una chaqueta azul, también de los Dodgers, que le venía grande y que llevaba abrochada hasta la garganta. Por su sonrisa parecía como si estuviera haciendo una pose para una cámara, y cuando se agachó para mirarme, no pude ver otra cosa que no fueran dientes.
Bajé un poco la ventanilla.
Qué tal, agente me dijo. Hace una buena tarde, ¿eh? Me pasó entonces una nota plegada a través de la rendija, y antes de que yo pudiera decirle nada, ya se había marchado a buen paso y había dado la vuelta a la esquina del edificio.
Reconocí el papel amarillo, el logotipo del Departamento de Policía de Oakland, arrancado del bloc que estaba en la mesa de la cocina. Las palabras estaban escritas con esmero en tinta roja. Hemos venido de Las Vegas. Deje el arma en el coche y venga al apartamento. Solo queremos hablar. Siga nuestras instrucciones, y nadie terminará lastimado. (p. 11, mi traducción)
Habían pasado unos dos años desde que Ruen se divorció de su esposa vietnamita, Suzy. Cuando a través de la mejor amiga de Suzy, Happy, Ruen se entera de que el nuevo marido de su exmujer, un hampón vietnamita afincado en Las Vegas llamado Sonny, le ha propinado una paliza y la ha lanzado escaleras abajo en su casa, Robert acude a Las Vegas dispuesto a darle su merecido. Y en cierto modo, lo hace. ¿Han venido a ajustar cuentas con él?

Hay que dejar claro, sin embargo, que Dragonfish no es la típica novela de detectives. Ni siquiera se puede catalogar como tal. Tran recurre al género detectivesco para ayudarse a bosquejar un estudio de la emigración, particularmente la vietnamita, a los Estados Unidos tras esa guerra que los vietnamitas llaman la Guerra Americana, y que curiosamente el resto del mundo conoce como la Guerra de Vietnam.

The small dragonfish is an endangered species. Photograph by Hans Hillewaert.
Y lo cierto es que, en su trabajo como autor debutante (es su primera novela) su desempeño es más que notable. Con dos narradores diferentes, Vu Tran traza una historia repleta de interrogantes desde el principio.

Los hampones llegados desde Las Vegas han venido a buscar a Robert porque Suzy ha desaparecido. Para su exmarido, eso no supone ninguna noticia. Era algo que Suzy (Hong es su nombre vietnamita) ya había hecho en numerosas ocasiones mientras estuvieron casados. De manera que le ‘invitan’ a venirse con ellos a la ciudad de los casinos en mitad del desierto y le encomiendan la misión de encontrarla. Para ello, le reservan habitación en el Hotel Coronado (usando su propia tarjeta de crédito; pero qué amabilidad tienen estos matones), justo en una habitación contigua a la que Suzy ha estado reservando todos los miércoles en las últimas semanas; curiosamente, es un hotel al que Sonny y su hijo tienen vetado el acceso.

En esa habitación encontrará no a Suzy, sino a su hija Mai, de cuya existencia Robert no sabía absolutamente nada. Y una maleta llena de 100.000 dólares. ¿De verdad extraña tanto Sonny a su mujer, o es el dinero lo que echa en falta? ¿Sabe quizás Sonny que Mai está viva, no muerta como Hong le había dicho?

La parte detectivesca tiene como narrador a Robert, que actúa más como observador que como personaje desarrollado plenamente. La segunda narración, también en primera persona, es la historia de la emigración de Hong después de la guerra, y Tran la intercala en la trama de la novela de forma bastante experta, sin apenas fisuras.

Hong cuenta su pasado en una especie de diario (que Tran nos presenta en inglés): el porqué de su huida de Vietnam, la captura de su joven marido por el Vietcong y su posterior traslado a un campo de reeducación, en el que le someten durante varios años a maltratos y donde contraerá una enfermedad incurable; la escapada de madre e hija en un abarrotado barco pesquero (escenario recreado también hace unos años por Nam Le en ‘The Boat’), los episodios dramáticos que ambas vivirán en el barco, y finalmente su llegada a una isla malasia donde conocerá a Sonny en el campamento de refugiados. El diario cuenta también traslado de madre e hija a Los Ángeles, donde vivirán con los familiares de su marido ya difunto, y por último su huida, abandonando a Mai sin dar explicación alguna.

Mai dirigió otra vez la mirada hacia la aguja del Stratosphere, y siguió la sombra del cuerpo en su caída junto a los muros blancos de la torre. Estaba jugando con una ficha azul del casino, volteándola a ciegas sobre los nudillos de su mano derecha, de modo que pareciera que se movía sola. “Aquí hay más suicidios que en ninguna otra parte de América”, reflexionó en voz alta. “He oído que muchas camareras de hotel se encuentran huéspedes muertos en las habitaciones todo el tiempo. En la cama, en el baño, hasta sentados en el aseo.” (p. 182, mi traducción). Fotografía de Grombo.
El trauma de la emigración forzosa, el trauma de la pérdida de los seres amados, el trauma de la adaptación a una tierra extraña cuya lengua no dominaba. Son los elementos temáticos realmente esenciales en Dragonfish. Tran se asegura además de presentarnos a Sonny también como alguien damnificado por la diáspora. Del diario de Suzy transcrito en la novela resulta evidente que ella no busca utilizar a las personas; lo que le resulta imposible es conectar con los demás, ni siquiera con su propia hija.

Escrita en una prosa limpia y fluida, con sucintas descripciones, Dragonfish cumple con los requisitos de la novela de misterio, pero además aporta una visión muy realista de personas descolocadas, desplazadas de su mundo e incapaces de encontrar su pequeño nicho en otro país. Tran mantiene el nivel de misterio hasta el final (con varias muertes y otras sorpresas incluidas). Y, de hecho, no nos proporciona una resolución completa. Lo cual se agradece.

Eran las 7:45 y estábamos a pocas manzanas del Stratosphere, pero cuanto más nos acercábamos al bulevar, peor se ponía el tráfico. Un embotellamiento de cuatro carriles, las limusinas y los taxis impacientes cambiando de carril constantemente, y los carteles móviles de bailarinas casi desnudas que iban desfilando junto a nosotros como si se tratara de un peepshow ambulante. Uno de cada dos coches tenía matrícula de California, lo que me hacía preocuparme más todavía por poder mandar a Mai fuera de la ciudad lo antes posible.” (p. 246, mi traducción). Fotografía de Mike Russell.
¿Quién no te asegura que, en tu próxima visita a Las Vegas, te encuentres no solo al rey Elvis (como aseguraba uno de los personajes de Pynchon en Inherent Vice) sino también a Suzy/Hong?

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