31 jul. 2017

Traducciones de poemas de Maria Takolander en Revista Prometeo


La revista colombiana Prometeo ha publicado este mes de julio en un solo volumen los dos números en los que recoge la Memoria del Festival Internacional de Poesía de Medellín. En el volumen aparecen tres poemas de la autora australiana Maria Takolander, cuyas traducciones al castellano he realizado.

Es siempre un gusto ver tu trabajo publicado, de manera que le agradezco públicamente a Maria que me haya enviado un ejemplar. En el caso de Takolander, traduje una significativa selección para su presentación en el Festival, con un total de 22 poemas y un manifiesto introductorio. Para poder dar cabida a todos los poetas (que acudieron desde todos los rincones del mundo) que intervinieron en el Festival, Prometeo ha seleccionado entre tres y cinco poemas de cada participante, cuyo número, según el índice, excedía los 80. Este doble número alcanza las 320 páginas, e incluye fabulosas ilustraciones de pinturas del artista colombiano Eduardo Esparza.

A continuación, mi traducción de ‘Rock’, uno de los poemas de Maria Takolander, no incluido en la colección, y que apareció en la antología Writing to the Wire, editada por Dan Disney y Kit Kelen, y publicada por University of Western Australia Publishing.

Fotografía procedente de ABC.

Roca
Dedicado a Anónimo, solicitante de asilo

Fui testigo (por televisión)
de una barca que se mecía como ninguna cuna lo haya visto yo hacer.
Tú estabas a bordo; había hombres y mujeres a bordo;
había niños a bordo; había bebés a bordo.

(¿Puedo decirte que nunca he sentido más asco
por ese absurdo ímpetu del mar,
y el lugar donde se originó, y el porqué
de que ese movimiento se reprodujera una y otra y otra vez?)

Había una inmensidad de espacio
por encima de ustedes, teñida de un azul distante,
y estaba claro que ninguno de nosotros tendría sentido alguno
a no ser que, como los dioses, nos decidiéramos a hacerlo.

Un puñado de gente—tan pequeños—
se subió a las negras, escarpadas rocas
de una orilla más hostil que cualquier metáfora.
Les observaron dando bandazos y hundirse

en esas olas implacables y abominables—
antes de escabullirse de la espuma oceánica
como cabras montesas de un desprendimiento de rocas. 
(Pido perdón: mi país no hizo nada por salvarte.)

Maria Takolander, 2016
Traducción © Jorge Salavert 2017

29 jul. 2017

Reseña: Cuatro páginas en blanco, de Lucho Zúñiga

Lucho Zúñiga, Cuatro páginas en blanco (Lima: Paracaídas editores, 2011). 129 páginas.

¿Qué es exactamente leer? Esa es la reflexión que parece querer plantearnos Zúñiga, con su recreación de un autor ficticio, Federico Alzubide, quien, en el año 1925, habría logrado la publicación de un relato inexistente titulado (sorpresa, sorpresa) Cuatro páginas en blanco. Zúñiga, naturalmente, incluye el relato de Alzubide en este volumen de microcuentos como primera parte de la colección.

Traté de leerlo, y si bien el enormemente creativo vacío que propone Alzubide no me pasó desapercibido, no conseguí dilucidar su sentido. Al fin y al cabo, el relato de Alzubide es un texto de muy libre interpretación.

La segunda parte lleva por título ‘Dossier Federico Alzubide’. Esta parte contiene dos relatos, ‘El regreso de Federico Alzubide’ y ‘El viaje’. En el primero, el narrador nos sugiere que el relato vacío de Alzubide redactado sobre cuatro páginas en blanco es un “texto – si podemos decir que estamos frente a un ‘texto’ es porque existen elementos como: emisor (Alzubide), receptor (el lector), plurisignificación (multitud de significados de acuerdo a la época y lectores), una intención (el vacío del relato busca un efecto en el lector), entre otros” (p. 13) Todo es naturalmente debatible: no me cabe duda alguna del efecto que provocan cuatro páginas en blanco en un lector que probablemente esperaría encontrar otra cosa.

‘El viaje’ está narrado por el sobrino de Alzubide. En él cuenta cómo Alzubide ha muerto y sus cenizas han sido esparcidas en el lago de Chapala, en Jalisco. El sobrino es el heredero de un disquete que contiene cerca de mil microcuentos del oscuro autor. Una selección de esos microcuentos constituye la tercera parte, que lleva por título ‘Clarividencias’.
Rest in peace, Alzubide. Lago de Chapala, Jalisco. Fotografía de OHFM
La última parte del libro se titula ‘Cuarto deseo’, que vendría a ser la última voluntad del inefable Alzubide, y que en forma de sobre cerrado que solamente debe abrir el sobrino tras la lectura de ‘Clarividencias’.

Como artificio literario, la estrategia de Zúñiga es tan creativa como osada. No soy muy dado a la lectura de microcuentos, he de admitirlo. Como entretenimiento, este volumen tiene sus destellos. Algunos de los brevísimos relatos tienen ciertamente originalidad y establecen un juego de espejos sobre la base de las múltiples paradojas de la ficción literaria. Otros son pequeños homenajes a grandes autores del relato breve del siglo XX, como Cortázar, Borges, Monterroso, Kafka, o a grandes obras de la literatura universal, como Las mil y una noches o Don Quijote de la Mancha.

Pero no todos los microcuentos logran sostener un alto nivel. Algunos flojean, lo cual va en detrimento de la intención de Zúñiga y menoscaba el conjunto. Por ejemplo, ‘Un fanático de Hitchcock’: “Echados en la cama del motel, ella está esperando que él le pregunte: «¿Quieres ser mi novia?». Pero él está muy ocupado, pensando en la escena de la ducha.” (p. 80).

Una buena presentación en rústica por parte de la casa Paracaídas Editores. Es una lástima que haya varias erratas de bulto, algunas por duplicado, lo cual apunta a que se trata de algo más que simple gazapos: “>¿Desea que busqué [sic] más datos? (S/N)” (p. 62, repetido en p. 63) Un libro entretenido, sin más.

24 jul. 2017

Reseña: El cuarto mundo, de Diamela Eltit

Diamela Eltit, El cuarto mundo (Santiago: Seix Barral, 2011 [1988]. 152 páginas.
Pocas veces me he enfrentado a un texto que, de entrada, me haya parecido tan deliberadamente opaco para su interpretación como esta breve novela de la chilena Diamela Eltit, publicada por primera vez en 1988. Digo de entrada, porque conforme uno avanza en su lectura, los elementos que conforman el significado, las metáforas escondidas tras las palabras, se vuelven más evidentes, y dada su brevedad el lector progresa rápidamente hasta la conclusión (quizás un término más apto que desenlace).

Lo que no debería extrañarnos es que, dada la fecha en que la escribió, Eltit tratase de imbuir de simbolismo el lenguaje de una novela que le habría granjeado más de un problema con el régimen de Pinochet. Tras la extrañeza inicial que produce, uno no deja de admirarse de los portentosos amagos, fintas y subterfugios que emplea la autora para decir lo que dice, sin hacerlo explícitamente. Tiene su mérito.

El cuarto mundo comienza con la gestación del narrador, y la gestación de su hermana melliza al día siguiente. Desde ese momento los dos cohabitan y a un tiempo compiten por el espacio vital. Su vida, no obstante, es descrita como algo caótico, siempre enfrentada a peligros exteriores. El narrador habla de la casa como refugio, aunque también los enfrentamientos y preferencias de la figura del padre y la de la madre pueden suponerles riesgos o situaciones de velada amenaza.

Pronto los mellizos empiezan a intercambiar roles, y para confundirlos todavía más, la madre menciona durante el bautizo que el varón se asemeja a la hembra: “Mi madre, solapadamente, me miró y dijo que yo era igual a María Chipia, que yo era ella” (p. 32). Poco después, la paz llega al domicilio familiar: “Su encuentro con el amor materno fue la primera experiencia real que tuvo, y la encandiló como a una adolescente alucinada por el poder de los sentidos. Plena en su estado, se volcó a nosotros, amparándonos del peligroso afuera.” (p. 32)

La cosa cambia radicalmente cuando nace la hermana pequeña, a la que los padres bautizan como María de Alava. Ella pasa a ser la favorita: “Sin dolor fuimos testigos de su preferencia por ella y asistimos a su constante proteccionismo.” (p. 55)

En sus andanzas por la ciudad, el joven tiene contactos con “jóvenes sudacas”, que son sin embargo personajes extraños y hostiles cuyo idioma no entiende; el narrador cuenta su primera experiencia “genital” en las callejas, aunque unos meses después es “atacado brutalmente por una horda de jóvenes sudacas furibundos” (p. 90). La vida en la casa sigue confusamente amenazada, la relación entre el padre y la madre se deteriora, pero la mayor amenaza la constituye “la nación más famosa y poderosa del mundo”.

El cuarto mundo está dividida en dos partes. La primera, ‘Será irrevocable la derrota’ es la que narra en primera persona el hermano, y concluye con su aceptación de “depositar la confesión en [su] hermana melliza”. Es en la segunda parte, ‘Tengo la mano terriblemente agarrotada’, donde la hermana melliza relata que su hermano ha adoptado oficialmente el nombre de María Chipia y se ha travestido. El tono y el estilo de esta segunda parte son muy diferentes: es ahora un texto mucho más mordaz, y el blanco de la parodia es la pervivencia de formulaciones patriarcales, machistas y ultraconservadoras de los sexos y de la noción de familia.

Mural "Los Prisioneros", en el Museo a cielo abierto (San Miguel, Santiago) Fotografía: Josedm.
Esta es, a grandes rasgos, mi lectura de este libro, el cual me ha resultado ser intencionadamente indeterminado en sus objetivos. Un libro difícil, no por su lenguaje sino por la falta de pistas. Eltit no dota el texto de demasiados indicios o insinuaciones interpretativas, por lo que el lector queda en un limbo en el que no es fácil progresar. En la lectura han quedado remarcados temas importantes, como el incesto, la violencia sexual, la marginación social de las clases populares chilenas… Todo está (o parece estarlo) sugerido, pero a El cuarto mundo hay que sacarle el sentido con mucho esfuerzo, y quizás una profunda relectura.

21 jul. 2017

Territorio del Norte: Notas de un viaje (3)

Aunque infrecuente, la lluvia horada brechas y hendiduras entre las rocas en Kings Canyon.
Kings Canyon
La mejor (en realidad, la única) manera de llegar a Kings Canyon por carretera asfaltada implica dar un rodeo de cerca de 300 kilómetros, tomando la Lassiter Highway y después Luritja Road. Estos tramos de carretera atraviesan, como en casi todo el Territorio del Norte, un enorme vacío despoblado, bastante monótono y sin demasiados alicientes. La cosa cambia cuando la carretera te lleva hasta Kings Canyon.

Kings Canyon
En el extremo occidental de la cordillera MacDonnell se encuentra este rincón espectacular y ciertamente único, cuyo nombre en la lengua nativa es Watarrka. La erosión de agua y viento han labrado con el paso de los siglos las formas de este cañón y las moles de piedra arenisca que lo coronan y limitan. Las vistas son espectaculares, tanto desde debajo, en el lecho del arroyo King, como desde arriba. En el entorno del Parque Nacional se le ofrecen al visitante varios senderos, desde lo muy sencillo a lo largo del lecho del arroyo, hasta lo más dificultoso, como el Sendero de Giles, que los guardias recomiendan tratar de completar en dos días. Durante el verano la dirección del Parque cierra los senderos tan pronto la temperatura ambiente llega a los 35 grados, pues los casos de deshidratación e insolación son muy numerosos. Hay que llevar agua abundante, sombrero y crema de protección solar, tanto en verano como en invierno (cuando la temperatura a mediodía puede alcanzar los 30 grados).
El arroyo King. La mezcla de colores, tonos y texturas es única.

Esta roca fue fondo del océano hace millones de años. Hoy forma parte de uno de los senderos señalizados en el Parque Nacional de Watarrka.
Dentro del Parque está prohibido acampar, como es lógico. El alojamiento más cercano es el Kings Canyon Resort, donde los precios de comestibles y combustibles triplican los de una ciudad cualquiera de Australia. En las inmediaciones no es raro avistar rebaños de camellos salvajes, y por el camping se pasea algún que otro dingo en busca de sobras, de la comida que algún incauto campista haya podido dejar sin resguardo o, al menos las dos noches en que paré por allí, los vómitos de mi hijo, que se había comido una hamburguesa de canguro. Como ocurre con los precios, también en este aspecto el outback no perdona.

Acantilados de Kings Canyon.

Parte del Sendero de Giles, que recorre la sierra de occidente a oriente siguiendo los acantilados.
Uluru
A trescientos kilómetros de Kings Canyon existe una gran roca arenisca en mitad del desierto. Una gran duna petrificada. Ante Uluru uno puede adoptar el criterio puramente científico y escéptico y ver la roca como lo que parece ser: una impactante masa de dimensiones realmente descomunales que ha devenido icono y símbolo innegable de Australia. O uno puede considerar un enfoque más metafísico o espiritual, y ver la roca como el símbolo o incluso refugio de una cultura milenaria amenazada por la imparable anexión de la civilización occidental. Para muchos es el centro espiritual de Australia.
El centro espiritual de Australia para unos - una gran fuente de divisas para otros.
Mi sentido más pragmático me hace pensar que estoy ante un impactante e interesante fenómeno geológico; sin embargo, otra vertiente algo más imaginativa que hay en mí me hace pensar que hay algo más, que esta enorme mole de piedra arenisca en medio del desierto es algo más que una roca. Trato de pensar en cómo habría sido nacer y crecer en un lugar donde el horizonte es tan plano, donde todo el suelo es una finísima arena roja, donde el calor es la por lo general la norma asfixiante: en definitiva, crecer en un lugar tan remoto en el que esta montaña y otras muy similares que pueden verse en la distancia son el único punto de referencia del entorno.
La cima de Uluru vista desde la base.
A unos quince kilómetros de Uluru la industria turística se ha inventado una pequeña ciudad, Yulara, que incluso cuenta con su pequeño aeropuerto. El centro principal de Yulara es el Ayers Rock Resort. El eslogan que emplean es ´Touch the silence´. Quienes nos alojamos en el área de tiendas de campaña y caravanas sin acceso a electricidad sufrimos sin embargo el ruido de los generadores que durante toda la noche rompen monótona y latosamente ese silencio, que para muchos va a resultar intocable.

La roca es, desde luego, un imán: hay quien insiste en hacer el ascenso (la traducción al castellano de las normas y recomendaciones al pie de Uluru es otro llamativo ejemplo de la incompetencia profesional que acecha a la profesión, por cierto) desoyendo los ruegos de los propietarios tradicionales de la región. La mayoría de visitantes simplemente realizan el paseo circular alrededor de la roca, que se puede completar en apenas tres horas, y no es nada exigente. Sus dimensiones son impactantes, y no me cabe duda de que su magnetismo seguirá creciendo con el paso de los años. Pero no debemos negar la evidencia: Uluru se está cayendo a pedazos – lo ha estado haciendo durante milenios, pero pocas generaciones podrán ser testigos del fenómeno.

Kata Tjuṯa
Este grupo de montañas (también llamadas las Olgas) se encuentran a unos 40 kilómetros de Uluru. Es el único punto de referencia visual en el horizonte aparte de la gran roca roja, y lugar de especial significación espiritual para los pobladores originales de estas tierras. Se pueden realizar dos paseos.

Valley of the Winds, Kata Tjuṯa.
Valley of the Winds. Mirador Karingana
El primero te lleva al llamado Valle de los Vientos: incluso en días de poca brisa las moles de piedra se constituyen en enormes barreras que dirigen el aire hacia el valle. Justo allí escucho palabras de una lengua que me es entrañable. Una familia catalana, de varias generaciones, incluida la iaia més valenta del món, está recorriendo partes de Australia en este mes de julio. Cuando me preguntan cuánto tiempo llevo en Australia y les contesto que 21 años, una de las señoras me dice: ‘Déu n'hi do!’ Casi la misma cantidad de años que no oía esa expresión, le confieso.
A diferencia de Uluru, Kata Tjuta se compone de piedras, en su mayor parte cantos rodados, unidas por una argamasa de arena prensada. 
El segundo paseo es más corto y más asequible para todos los públicos. Desde el estacionamiento te lleva a Walpa Gorge, un desfiladero labrado por la lluvia y el viento durante milenios.
Walpa Gorge
Esa noche, la última noche en el outback, se pone de repente a llover. Lo que empieza como una llovizna se transforma en un fuerte aguacero que dura apenas unos diez minutos, suficiente sin embargo para sembrar el caos en Yulara. Y mientras me duermo, sonrío: todas las huellas que mis pies (y los de otros miles de visitantes) han dejado en estos dos últimos días en la finísima arena del centro de Australia desaparecerán bajo esta inopinada lluvia. Algo de justicia poética hay en ello.
Mount Conner. Otro nombre apuntado para una próxima visita. 
A modo de epílogo
Los riesgos de viajar en el outback no son una broma. Uno no debe detener su vehículo y hacerse un paseíto en solitario. Perderse es muy, muy fácil. Un litro de agua te durará, a lo sumo, dos horas. Después de eso, no habrá nada que te salve.
Sheilas y Blokes. Sin palabras.
La fascinación que miles de australianos sienten por este vasto erial es real, sin embargo. La mejor manera de abordar un viaje por esta región es con un potente vehículo todoterreno, bien pertrechado de agua, víveres y combustible.
Desert she-oak (casuarina). Este ser vivo sí ha sabido adaptarse a un entorno hostil y duro.
En un vehículo estándar las distancias se hacen interminables. Conducir de noche es muy desaconsejable, solamente lo hacen los camioneros.


La mejor canción para acompañar este viaje. Y de una banda australiana, claro está. Carretera al infierno.

19 jul. 2017

Territorio del Norte: Notas de un viaje (2)

Bitter Springs (o Fuenteamarga, si se quiere). El olor a sulfuro procede de la putrefacción de larvas de insectos en el fondo.

La distancia desde Darwin hasta Alice Springs, la única ciudad (tiene unos 25.000 habitantes – todo es relativo) en el árido centro de Australia, es de cerca de 1.500 kilómetros. La carretera que las une es la Stuart Highway, que atraviesa una extensísima superficie mayoritariamente despoblada (el Territorio cuenta con área cercana al millón y medio de km2), en la que el viajero solamente encuentra pequeños pueblitos o estaciones de servicio aisladas. Son las llamadas roadhouses. Cuentan con un bar-restaurante, en algunos casos habitaciones de motel y terrenos para acampar o aparcar caravanas y pasar la noche. Cruzar el Territorio del Norte tiene sus retos: por poner un ejemplo, la posibilidad de encontrarse algún animal (sea ganado o sea salvaje) en mitad de una carretera donde los camiones (road trains, de 3 y hasta 4 ejes articulados, que pueden medir más de 55 metros) circulan a 130 km/h, si no más. No hay muchos radares en mitad de ninguna parte.

Mataranka
La primera parada la hago en Mataranka. La población (250 habitantes) ofrece dos lugares para el baño, uno al norte (Bitter Springs, en donde las aguas huelen a sulfuro, aunque no son de origen termal), y al sur, en Mataranka Homestead, Rainbow Springs. A cierta distancia del diminuto centro urbano, Mataranka Homestead atrae a viajeros con espectáculos del gusto de la clase media rural blanca australiana. En la noche en que paré yo, una más que floja banda trataba de amenizar la velada, cuyo colofón puso un virtuoso del látigo.

Sobre la barra del pub en Daly Waters cuelgan sujetadores, calzones, fotos, billetes, gorras, etc.
Desde Mataranka la ruta sigue hacia el sur. Hacemos una breve pausa en Daly Waters, un pub típico del interior de Australia. La vegetación cambia paulatinamente, la distancia entre árboles se amplía conforme el agua se va haciendo más escasa. Aquí comienza el gran vacío, el enorme corazón ‘muerto’ de Australia, que Elliott (unos 300 habitantes) ejemplifica perfectamente. Las distancias entre un lugar habitado y el siguiente son cada vez mayores, y en algunos casos la idea de lugar habitado es algo sumamente elástico. Una típica roadhouse como Renner Springs, fundada en 1871 como avanzadilla de la línea del telégrafo que habría de comunicar el norte y el sur del país, quizás cuente con una población estable de cinco a diez personas.

Hay quien viaja con estilo inconfundible. Un grey nomad en Daly Waters.

Renner Springs roadhouse.
Tennant Creek
160 kilómetros adelante la carretera cruza otro pequeño pueblo, Tennant Creek (unos 3.000 habitantes). El lugar tiene un aspecto decrépito, casi tanto como Elliott. La mayoría de las pocas tiendas que siguen operando tienen las lunas selladas con puertas o enrejados de aluminio para evitar robos y vandalismo. A plena luz del día el lugar parece siniestro, sombrío y falto de esperanza. ¿Quién sabe qué le deparará el futuro?

En un lugar del Territorio de cuyo nombre no tengo ni idea... no vivía nadie ni había nada. Junto a la Stuart Highway.
Karlu Karlu, o The Devil’s Marbles
Cien kilómetros más adelante, la carretera pasa junto a una anécdota geológica de indudable significación cultural y espiritual para las comunidades indígenas locales. Karlu Karlu (The Devil’s Marbles) pudiera simplistamente identificarse como la Ciudad Encantada del Centro de Australia. Llego al Parque Nacional justo en el momento que uno de los guardas se encuentra en plena discusión con un turista de Victoria. El turista le está amenazando y menospreciando. El guarda le explica que solamente cumple con su cometido. Al parecer, el victoriano había tratado de filmar uno de los grupos de rocas desde el aire con su dron, para lo cual es necesario el permiso pertinente, con el que obviamente no contaba.

La erosión es caprichosa con las formas que crea. Karlu Karlu (The Devil's Marbles).
A pocos kilómetros de las Canicas del Diablo se halla Wycliffe Well, otra roadhouse y parque de caravanas. Su origen es interesante: fue creado durante la II Guerra Mundial con el único propósito de servir de huerta para las bases militares que Australia creó en el Territorio del Norte tras el bombardeo de Darwin por la aviación imperial de Japón. El sitio contaba con agua abundante y las tierras eran fértiles. Hoy en día sobrevive como gasolinera, restaurante, tienda de comestibles y bar, además de adjudicarse el extraño título de capital australiana de los ovnis y punto de contacto con los extraterrestres.

Barrow Creek Roadhouse. Según parece, Falconio y su asesino se enzarzaron en una nimia discusión en el bar. Para Murdoch no fue tan nimia: los siguió y les hizo parar en alguna parte al norte, y cuando Falconio bajó de la furgoneta, le disparó a quemarropa.
Barrow Creek
La Stuart Highway sigue rumbo al sur entre las vastísimas extensiones despobladas del outback. Cada tanto aparece tirado como un pobre guiñapo el cadáver de alguna res muerta, sin duda a causa del atropello de uno de los innumerables road trains que vuelan, más que ruedan. No hay nada ni nadie en decenas de kilómetros a la redonda, y es aquí, en algún lugar que nadie ha encontrado todavía, donde quizás estén los restos mortales de Peter Falconio, mochilero británico brutalmente asesinado mientras viajaba con su novia en una furgoneta en julio de 2001. Joanne se salvó de una muerte cierta porque le dio tiempo a esconderse entre matorrales y arbustos espinosos, y pasó allí una noche terrorífica. Incluso en pleno día, estos inabarcables llanos no inspiran demasiada confianza. Imaginar lo que puede sentirse en un lugar así en total oscuridad y con un tipo armado que quiere cazarte no es nada placentero.

Stuarts Well
La Stuart Highway cruza Alice Springs, donde será indispensable reponer la despensa antes de proseguir el camino con rumbo sur y después al oeste. La ciudad se encuentra casi encajonada en medio de las dos vertientes de las cordilleras MacDonell, oriental y occidental. A poco más de 40 kilómetros, en el corazón de estas viejas ondulaciones del suelo, se puede entrar a un increíble tajo en la piedra, Standley’s Chasm. La montaña ha sido erosionada por el agua de un arroyo a lo largo de los siglos, y el resultado es prodigioso. Las MacDonell encierran muchos otros lugares fascinantes, pero si no cuentas con un vehículo todoterreno no es recomendable adentrarse mucho en esta región. Retomamos la Stuart Highway, y tras haber recorrido cerca de 550 kilómetros en un solo día, ya es hora de detenerse y descansar.

Standley's Chasm. Durante milenios, el agua ha cortado la piedra.
Elegimos Stuarts Well, una vieja estación en la antigua ruta de transporte que en el siglo XIX atravesaba el centro de Australia. Para poder realizar la travesía se importaron camellos y guías afganos, pues los caballos europeos no sobrevivían al desierto. Adjunta a Stuarts Well, otra roadhouse que incluye gasolinera, bar-restaurante y parque de caravanas, existe todavía una granja de camellos. Los animales los siguen utilizando en pequeñas y no tan pequeñas excursiones por el outback.

La belleza de los paisajes y horizontes se traslada en forma de arte a las paredes. Obra de Adrian Robertson expuesta en la cafetería del Araluen Centre, Alice Springs. Tuya por $640.
Es viernes noche, y tras una opípara cena de rosbif con salsa y unas verduras, me dispongo a ver el partido de footy. Pero el bar ha sido ocupado por un numeroso grupo de grey nomads. El alcohol los desmelena (a ellas un poco más que a ellos) y pronto el griterío es ensordecedor, mientras cantan (o mejor dicho, aúllan) las canciones de los 70 que escogen en una Rockola. Parece que la noche va a ser larga para algunos. Pero no para mí.


El paso de los días comienza a cobrarse un precio, el cansancio se acumula, pero antes de que salga el sol ya estamos de nuevo en la carretera. Los colores de la tierra, los pocos árboles y el cielo van cambiando de tonalidad conforme la luz del sol va ganándole terreno a la noche. Por unos minutos los rayos del sol iluminan únicamente las copas de árboles y los matorrales, produciendo un efecto extraño, casi sobrenatural. Lo cierto es que todo en el outback parece a veces ser, si no sobrenatural, extraño y hostil, tal como sugiere el nombre: out (foráneo) y back (contrario). Todas las posibles traducciones de la palabra al castellano resultan inadecuadas e imprecisas. Es un lugar único e irrepetible.

18 jul. 2017

Reseña: Island of a Thousand Mirrors, de Nayomi Munaweera

Nayomi Munaweera, Island of a Thousand Mirrors (Melbourne: Penguin, 2014). 242 páginas.
La cruenta guerra civil entre los cingaleses y los tamiles en la isla de Ceilán, más conocida en la actualidad como Sri Lanka, es el trasfondo de esta novela, la primera de la autora. Island of a Thousand Mirrors oscila entre lo burdamente melodramático y una narración brillante y rica en matices. Es una lástima que en su momento nadie le diese a la autora indicaciones más estrictas sobre el grueso de la novela y su estructura, muy desigual.

La novela narra las historias de dos jóvenes mujeres: por un lado, la de Yasodhara, de origen cingalés, y por otro, la de Saraswathi, de origen tamil. Está dividida en dos partes, y es por eso que existe un fuerte desequilibrio entre las dos. Saraswathi no hace acto de presencia hasta la segunda parte del libro, en el capítulo 8, cuando la narración de Yasodhara ya ha consumido más de 120 páginas.

El pintoresco pueblo pesquero de Hikkaduwa figura varias veces en la novela. Fotografía de Kalaiarasy. 
Cuando los disturbios y conflictos traen como resultado masacres y represalias, la familia de Yasodhara, que había dado cobijo a una familia tamil a la que arrendaba el piso superior de su casa, sale huyendo camino de los Estados Unidos. La familia tamil, a la que pertenece Shiva, el amor de niñez de Yasodhara, también huye, pero al Reino Unido.

Yasodhara crecerá junto con su hermana pequeña Lanka en California, adoptando las costumbres y vicios occidentales sin demasiadas dificultades. Tras completar sus estudios y sufrir un fuerte desengaño amoroso, Yasodhara accede a contraer un matrimonio concertado, según la tradición cultural de sus padres. Mientras, Lanka también sufre igualmente un desengaño amoroso y se refugia en el arte, para el cual tiene innegables dotes.

Pasan los años y ambas están en un punto de inflexión en sus vidas. Yasodhara descubre que su matrimonio es una farsa, y Lanka decide irse a Colombo a poner su granito de arena en la recuperación del país enseñando a leer, escribir y pintar a niños mutilados por las minas antipersonales. Allí se encuentra con Shiva, que también ha vuelto, y el romance es inevitable. Ante el fracaso de su vida en los EE.UU., Yasodhara regresa también a Colombo para visitar a su hermana y al amigo de su niñez. Esta parte de la trama viene a ser una versión bastante light de las muchas novelas sobre el proceso de diáspora que han surgido en las dos últimas décadas, dada la magnitud de los desplazamientos humanos que los conflictos militares han causado en todo el mundo.

Las olas del Océano Índico en Galle Face. Saraswathi se dirige a Galle Face Green en su último viaje en autobús. Fotografía de  jpaul211.
La historia de Saraswathi es mucho menos trivial. En su aldea del norte de la isla, Saraswathi estudia para algún día ser la maestra del pueblo. Sus tres hermanos han muerto como mártires de la causa de los Tigres tamiles. Es sin duda el orgullo de sus padres. Hasta que una noche llegan soldados cingaleses, que la raptan y la violan. Es aquí donde Munaweera mejor se emplea como creadora: las escenas, narradas en primera persona, son brutales, y es poco frecuente la naturalidad con la que se cuentan el horror y el terror más inenarrables.

Desde ese momento, Saraswathi ha quedado marcada a los ojos de sus padres y de la comunidad local. Cuando los reclutadores de los Tigres tamiles llegan al pueblo, el destino de la joven está escrito. Saraswathi se alista y se prepara en un campamento de entrenamiento militar para cometer un atentado suicida en Colombo.

Velupillai Prabhakaran, cuando era el líder de los Tigres tamiles. 'En los oídos me retumban las palabras de Nuestro Líder: “El miedo a la muerte es la causa de todos los miedos del hombre. Aquel que vence al miedo a la muerte se vence a sí mismo. Es él quien gana la libertad desde la prisión de su mente.”' (p. 185, mi traducción). Fuente: Wikicommons Images.

El problema es que, si en los capítulos 8 y 10 Saraswathi, aparece como una narradora elocuente y segura de sí misma, hacia el final de la novela su voz se desvanece y deviene un mero espectro de lo que ha sido. La trama progresa hacia un final trágico y predecible, y la impresión que me quedó es que el texto final tiene muchas deficiencias que podrían haberse subsanado. Es como si Saraswathi hubiera surgido como un personaje añadido posteriormente, y la autora decidiera no rearmar la novela para acomodar una segunda línea argumental que le habría dado mucho mejores dividendos. No obstante, Island of a Thousand Mirrors tiene muchos elementos a su favor: es una crónica sincera y espeluznante de la guerra civil a través de los ojos de una niña, y Munaweera recrea con acierto la magia de Sri Lanka, sus pueblos marineros, sus paisajes, junglas, comidas, flores y olores. El libro, publicado originalmente en Sri Lanka en 2012, fue posteriormente premiado en 2013 con el Commonwealth Book Prize en su sección de Asia.

16 jul. 2017

Territorio del Norte: Notas de un viaje (1)

El puerto de Darwin. El municipio ha organizado buena parte de su oferta turística en torno a la implicación de la ciudad en la 2ª Guerra Mundial.
Darwin

Camino del hotel, el taxista me comenta que es una ciudad muy multicultural, que los tiempos de bonanza económica han terminado, pero que por muy poco dinero es posible irse un fin de semana a Bali. En el informativo local en la TV la sección de finanzas proporciona la cotización de la rupia indonesia. Darwin es una ciudad relativamente pequeña y muy joven. Sorprendentemente, está también llena de mucha gente joven.

Voy a un supermercado, y al salir veo atónito cómo un guardia de seguridad saca a golpes de periódico enrollado a un joven indígena, mal vestido y algo sucio, es verdad, que ha entrado a pedir limosna o a buscarse la vida, sea lo que sea. Cuando ya están fuera y el guardia continúa imprecándole y dándole con el periódico, me detengo y le digo que ya está bien, que deje de darle, que ya es suficiente, que su mensaje parece haber calado. El guardia entonces la emprende conmigo, y amenaza con hacer lo mismo conmigo. Le hago ver que soy un cliente, y si se atreve a ponerme un dedo encima, tendrá que responder de sus acciones. Finalmente me alejo asqueado de ver el trato que reciben algunas personas solamente por su color de piel o falta de ingresos en esta Australia de la segunda década del siglo XXI.

Berry Springs. Aguas termales en el trópico.
A pocos kilómetros de Darwin vale la pena desviarse un poco de la ruta para darse un chapuzón en Berry Springs, una piscina natural de aguas templadas y relativamente seguras, pese a su proximidad al mar. No olvidemos que aquí los cocodrilos peligrosos son los de agua salada.

Litchfield

El Parque Nacional de Litchfield es el que se encuentra más cercano a Darwin, y es por lo tanto muy popular. Desde Darwin uno puede dirigirse directamente a Kakadu, y luego regresar por la misma carretera para visitar Litchfield. Si el destino final es el centro de Australia, la parte más meridional del Territorio del Norte, la mejor opción es quizás ir antes a Litchfield, retroceder unos cuantos kilómetros en la ruta y dirigirse entonces hacia el este al Parque Nacional de Kakadu, de donde se puede salir por otra carretera más al sur para retomar la Stuart Highway en Katherine.

Esta casa no tiene ni hipoteca ni cláusula suelo que valga. Termitero a la entrada del Parque Nacional de Litchfield. A este tipo de termitas las llaman 'catedral'.
Al cabo de unos minutos de circular por el interior de Litchfield, está muy claro que el elemento más llamativo y frecuente del paisaje son los termiteros. Los hay de dos tipos: unos son rojizos y alcanzan dimensiones muy respetables, mientras que los otros son de un color un poco más oscuro y grisáceo y solamente aparecen en los llanos.

Termiteros de termitas magnéticas en Litchfield. Más pequeños, pero muy abundantes.
Dentro del parque hay varios lugares para bañarse, lo cual, con el calor habitual en el norte tropical australiano, es sin duda una buena idea. En Florence Falls hay un gran gentío, y muchachos que se creen invulnerables se lanzan al agua desde la cornisa superior, pese a los carteles que lo prohíben.

Florence Falls en Litchfield NP.
En la otra cascada con piscina natural, Wangi Falls, hay mucha menos gente, aunque es mucho más grande y espectacular. El agua está limpia y fresca. Me acerco a la cascada con precaución: el estruendo es mayúsculo, y los chorros salpican en el agua y taponan la nariz. Es casi imposible respirar y mantenerse a flote sin agarrarse de las rocas.

Wangi Falls ofrece el baño ideal para terminar el día.
Kakadu

Yellow Waters de Kakadu. Un lugar en serio riesgo por causa del cambio climático.
Maravilla de la naturaleza y patrimonio natural de la humanidad, Kakadu ocupa una superficie similar a la de Suiza. La diversidad de paisajes y atracciones es contundente. Desde los llanos y marismas a las pequeñas colinas y mesetas, el escenario es espectacular. Uno de los tours más recomendables es un recorrido en vehículo todoterreno por distintas partes del parque. Nuestro guía es un poeta indígena, Trevor Wie, y antes de comenzar a negociar con sobrada destreza los caminos de tierra y los peliagudos cruces de arroyos y corrientes nos explica los orígenes del Parque y de los pueblos indígenas que lo han habitado y cuidado durante decenas de milenios, y añade pormenores acerca de las amenazas que se ciernen sobre su existencia actual y futura. A la entrada del Parque hay carteles de la Universidad Charles Darwin que avisan sobre las potenciales consecuencias devastadoras que una subida del nivel de los océanos tendrá para este lugar tan maravilloso y singular.

Maguk Creek es accesible únicamente durante la estación seca.
Tras aparcar el camión y servirnos un prodigioso café matutino, con su gran sentido del humor Trevor conduce al grupo hasta el lugar de nuestra primera parada larga, la cascada de Maguk. Es la estación seca, y por lo tanto la posibilidad de que en el río haya algún cocodrilo de agua salada es remota, pero no 100% descartable. Avisa a todo el mundo de que entramos en el agua conscientes del riesgo. Algo en sus ojos me dice que hoy no vamos a encontrar ningún reptil en las inmediaciones…

Maguk Falls
No se debe ignorar los avisos, especialmente al final de la estación lluviosa.
Tras el chapuzón, el tour nos lleva a otra parte remota del Parque, accesible únicamente durante la estación seca, que lleva el nombre de Garnamarr. Trevor nos lleva por una ancha pista de tierra que las autoridades no han cuidado durante años: la camioneta tiembla y traquetea, pero avanza seguro hacia nuestro destino, una laguna natural que una fantástica catarata ha formado con el paso de los años. A mitad de camino paramos para el almuerzo. Hay comida de sobra, y todo es muy sabroso.

Jim Jim Falls. Majestuosa, increíble. Un cortado de cerca de cien metros.
Tras el almuerzo, la pista se convierte en tortuoso camino, las curvas se acentúan y en algunos rincones la arena podría jugarnos una mala pasada, pero Trevor ha hecho este trayecto cientos de veces y sortea los obstáculos sin demasiadas dificultades. Cuando por fin estacionamos y comenzamos a caminar, el sendero resulta ser mucho más arduo y dificultoso de lo que muchos integrantes del grupo habían anticipado. Los últimos quinientos metros no hay en realidad camino alguno, sino rocas de varios metros de alto y ancho. A trancas y a barrancas llegamos a la orilla de la laguna que hay a los pies de la catarata de Jim Jim. La vista es indescriptible.

En todos los arroyos y corrientes de las lagunas a que acceden los tours se pueden ver estas trampas para cocodrilos. La cuestión es: ¿funcionan?
A pocos kilómetros en dirección oeste hay otra catarata, Gumlon Falls, de muy difícil acceso, que mucha gente ha podido ver gracias a Cocodrile Dundee, la película australiana más taquillera de la historia. Pero Jim Jim Falls no desmerece a ningún otro enclave del parque. El agua está mucho más fría que en otros lugares del parque, y aquí es imposible que lleguen los cocodrilos. Es una muralla de rocas tan inexpugnable que te dan ganas de reírte del muro del impresentable presidente del tupé tintado.


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