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17 sept 2013

Reseña: Taipei, de Tao Lin

Tao Lin, Taipei (Edimburgo: Canongate Books, 2013). 248 páginas.


¿Y si alguien me hubiera preguntado mi opinión en el preciso momento de terminar de leer Taipei? Podría haberle dado una respuesta algo así como “I don’t know”, o “I don’t remember”. Son frases que Tao Lin repite hasta la náusea en Taipei. O puede que, para poder escribir una reseña que valiera la pena, podría haber esperado a administrarme una dosis de Adderall, o MDMA, o Xanax, o una de las diferentes drogas que toman sus personajes, y a ver qué pasa. En todo caso, puestos a escribir una reseña sobre Taipei, debería en todo momento centrarme en mí mismo, no en el libro. Al fin y al cabo, ¿a quién le puede interesar Taipei cuando lo que realmente importa del libro es… “uh, I don’t know”.

En fin, el argumento: un jovencito con aspiraciones literarias cuenta su vida (!?) en Nueva York mientras se halla en un “periodo provisional” a la espera de iniciar el tour promocional de su último libro por varias ciudades de los EE.UU. y Canadá; a falta de algo de más enjundia, va de fiesta en fiesta, ingiriendo drogas de diseño un día sí y otro también, mirando mucho, comiendo guacamole y papas, pero hablando bien poco con la gente. Paul, de padres taiwaneses, lleva varios libros publicados (no me preguntes por qué). Dada su complicadísima existencia (¿a qué fiesta voy esta noche?), tiene mucho tiempo para pensar. ¿Pero en qué? He ahí la cuestión. Realmente, son terribles los problemas del primer mundo…

Tras conocer a Erin durante el tour, Paul y ella se van a Las Vegas, donde se casan. Los padres de Paul los invitan a ir a Taipei en un viaje de luna de miel, y para allí se van, escondiendo un buen cargamento de drogas en el equipaje. En Taipei se pasean por la ciudad filmando restaurantes de McDonalds con un MacBook.

Mi opinión personal es que el libro está escrito en un estilo absurdo, insufrible e insustancial; demasiados párrafos se reducen a interminables disquisiciones sobre auténticas estupideces y sobre las obsesiones de Paul, escritos en un lenguaje por lo general bastante pobre, y sin un sentido real. La narración es tediosa en su mayor parte, como si el narrador estuviera permanentemente cansado o desconectado de la realidad (y no me extrañaría que así fuera, a juzgar por la cantidad de drogas que “ingiere”). Taipei es una novela (y uso la palabra en una acepción más o menos vaga del término) vacua, frívola, estúpida, pretenciosa, egocéntrica y cargante.

Aparentemente, Tao Lin se ha labrado un nombre entre la generación de veinteañeros estadounidenses que han mamado internet junto con el biberón, y a los que se les recetó drogas por principio tan pronto algún psiquiatra les diagnosticaba un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Al menos a mí me ha resultado curioso constatar que los mochileros contemporáneos, aunque viajen juntos y se sienten juntos en cafés y restaurantes, no hablan apenas entre sí ni con la población local, sino que mantienen largas conversaciones con otros que están a miles de kilómetros de distancia, mediante el chat de Gmail o por SMS. Este comportamiento se extrema en Taipei, donde Paul y Erin, la pareja de protagonistas, están tan atiborrados de drogas que, aun estando en la misma habitación, se comunican por email o por SMS. Todo un síntoma de que algo no funciona.


248 páginas de verborrea que no lleva a nadie a ninguna parte, ni siquiera a su autor. Varias horas de mi tiempo que podría haber empleado de forma, si no un poco productiva, al menos más placentera. Pero qué pérdida de tiempo.

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