10 abr. 2013

Reseña: The Resurrectionist, de James Bradley


James Bradley, The Resurrectionist (Sydney: Picador, 2006). 333 páginas.

Uno de los significados de la palabra resurrectionist es el de “ladrón de cadáveres”. El término se empleó ampliamente de manera eufemística durante el siglo XIX, en el sentido de que estos delincuentes devolvían a los difuntos (es decir, “resucitaban”) a la tierra. En realidad, lo que hacían los resurrectionists era vender de forma ilegítima los cuerpos de los muertos a médicos y cirujanos, quienes los diseccionaban en sus clases de anatomía.

En aquella época, los únicos cadáveres que cirujanos y anatomistas podían legalmente diseccionar eran los de los ajusticiados. Como siempre sucede en una coyuntura prohibicionista, desde el mismo momento que se crea un mercado negro, habrá quien se arriesgue a suplir la mercadería deseada.

Resurrectionists en plena faena, con farol y vigilante incluido. El cuadro se halla en la pared de la Old Crown Inn en Penicuik, Midlothian (Source: Wikipedia).

Huérfano de padre y madre a una temprana edad, a Gabriel Swift, procedente de un pobre entorno rural en Yorkshire, lo encomiendan como aprendiz en la residencia de un cirujano de Londres, Poll. Allí trabaja en la limpieza y preparación de los cadáveres que les entregan de madrugada los ladrones de cuerpos. Junto a él trabajan Charles, un joven de clase alta, y Robert, de origen humilde como Gabriel. Hay en esa casa otros personajes, entre ellos un hombre siniestro y peligroso llamado Tyne, de quien muy pronto Gabriel aprenderá a guardarse, y Caley, quien trae los cuerpos sustraídos de los difuntos a la casa.

En un mercado tan incierto, no es de extrañar que haya competencia desleal. Aparece ahí Lucan, el jefe de una banda rival, a quien Poll odia. En su tiempo libre Gabriel comienza a familiarizarse con los ambientes sórdidos del Londres de mediados de siglo: las tabernas, los fumadores de opio, las casas donde se sirve ginebra por unos pocos chelines. Gabriel quedará prendado de una joven actriz, Arabella, y al igual que le sucede a ella, que vende su cuerpo para lograr vivir con más medios, él mismo se hunde poco a poco en una espiral de degradación y traiciones.

Después de que Poll lo expulse de su casa y lo deje sin empleo, Gabriel acude a Lucan y solicita su ayuda. Se une a la banda de ladrones de cadáveres de Lucan, y paulatinamente pierde toda noción de moralidad que había guiado sus actos hasta entonces. Los miembros de la banda desconfían unos de otros, y el negocio degenera hasta el punto de que se convierten en asesinos en serie, raptando y matando a vagabundos y pobres, inocentes bobalicones a los que encuentran en las calles de Londres; finalmente empiezan a caer los integrantes más débiles de la banda. En la última escena de la primera parte, Gabriel, atrapado en una gran fosa común, siente cómo Caley está echándole tierra por encima.

La segunda parte de The Resurrectionist nos traslada unos diez años más tarde a la colonia de Nueva Gales del Sur, donde un convicto que se hace llamar Thomas May ha cumplido su sentencia y se gana la vida como profesor de dibujo de los hijos de los colonos más ricos. Lleva una vida solitaria, y cuando conoce a una joven mujer llamada Winter, que se convierte en alumna suya, vislumbra una posibilidad de rehacer su vida. Pero un tal Robert Newsome llega a la colonia, y reconoce en May a su antiguo amigo Gabriel. Al igual que la joven Winter, Gabriel tendrá que reconocer que el pasado no puede quedar enterrado para siempre: ‘¿Qué debiera haberle dicho a ella? ¿Que la nuestra es una vida tan tenue, tan pequeña, que pudiera perderse en cualquier momento sin pensarlo? ¿O que las peores cárceles que construimos no son de piedra, ni tan siquiera son un espacio, sino que son las que nosotros mismos nos creamos? ¿O que nada, una vez hecho, tiene de verdad remedio?’ (p. 310)

Una de las mayores virtudes de esta novela de Bradley es el hecho de que realmente te atrapa: el lector querrá saber más, seguir avanzando en la lectura. La prosa impecable de The Resurrectionist también ayuda. Escrita en la primera persona, adopta el punto de vista de Gabriel en tanto que personaje central; la narración progresa mediante fragmentos pulcros, elegantes. No hay aspavientos ni florituras estilísticas; el estilo de Bradley es sobrio aunque utilice un lenguaje altamente literario, incluso poético. Detrás de esta novela se adivina un gran esfuerzo de refinamiento lingüístico, realizado con esmero pero también con una clara intención de recrear una época, con sujetos de la peor calaña en ambientes moralmente corrompidos.

The Resurrectionist, no obstante, no proyecta realmente una censura de la condición imperfecta del ser humano, sino que nos adentra, mediante la confesión de su pasado por parte de Gabriel, en un planteamiento lleno de entendimiento y tolerancia por las flaquezas que nos hacen humanos. ¿Quién está libre de tener un pasado?

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