6 feb 2026

Reseña: The South, de Tash Aw

 
Tash Aw, The South (Londres: 4th Estate, 2025). 282 páginas.

En el primer capítulo de The South, dos chicos se pierden entre la maleza que ha tomado la finca donde vive uno de ellos, y a la que el otro, más joven, ha acudido con su familia a pasar las vacaciones. La primera impresión que el lector puede hacerse es la de un acto de transgresión. Pero no es así. Lo que hace Tash Aw es situar la trama en un momento culminante, para después ir desarrollando el contexto de ese episodio y todos los acontecimientos que lo rodean. Significativamente, la escena lleva a los chicos a un gran huerto de tamarindos enfermos que el propietario de la finca ha decidido eliminar. No han podido enfrentar el paso del tiempo. Pienso que esos árboles enfermos constituyen un símbolo fundamental para uno de los temas que el autor aborda en esta intrigante novela: la toma de conciencia del paso del tiempo.

Pero no es ese el único tema. Aw trata también cuestiones como las relaciones intergeneracionales de padres e hijos y su ruptura, nociones de masculinidad y la represión de la homosexualidad, la herencia patrimonial o, al igual que en su breve relato autobiográfico Strangers on a Pier, la segregación racial de la población de origen chino en Malasia.

Tash Aw: talento no le falta. Fotografía de Tim Duncan en Wikimedia Commons. 
La madre de Jay, Sui, ha heredado de forma algo inesperada una finca en el sur del país. Su marido la considera una carga, un lugar sin valor que mejor harían en vender. Pero la finca la gestiona Fong, medio hermano de Sui. Fong siempre ha vivido y trabajado en ella. Tras enviudar, ha criado a su hijo Chuan y ha mantenido la casa como mejor ha podido.

La familia llega allí en medio de una sequía atroz. La fruta de los árboles que conserva la finca apenas alcanza el tamaño que permita venderla. La coyuntura socioeconómica es, además, muy mala: una gran crisis financiera (estamos a finales de los 90) ha afectado al sureste de Asia, y Malasia no es inmune a sus efectos. Escasea el trabajo y salir adelante requiere inversiones e ingenio.

Ese es el telón de fondo de esta Bildungsroman, que aparentemente formará parte de un cuarteto. Aw combina varias perspectivas narrativas. Por un lado, el punto de vista del Jay adolescente (a veces en primera persona, como en el primer capítulo, que puedes leer más abajo) y el del Jay adulto como narrador un poco más cínico (y omnisciente). También hay capítulos en los que adopta el punto de vista de la madre, de Fong o de la hermana mayor de Jay. Pese a ello, la novela funciona bien.

Aw sostiene en el trasfondo las tensiones sociales e históricas que, se quiera o no, siempre afectan las relaciones humanas, hasta el punto de llegar a destruir vidas o sumergir a las personas en una frustración o desesperación que solamente aflora en momentos extremos de hostilidad manifiesta. No obstante, la novela pone siempre de relieve la cuestión del paso del tiempo, y que el ser que fuimos hace décadas ya no existe como tal.

«Dos chicos atraviesan la escasa sombra de un huerto, lejos de la casa donde se alojan. Es poco después del mediodía, el sol está en su momento más despiadado, y no hay nadie alrededor. Bajo esta luz, la tierra centellea con incerteza conforme avanzan. Hace meses que no llueve; la vegetación, normalmente pesada a causa de la humedad, se ha vuelto pálida y quebradiza. En los días recientes, el aire se ha recalentado y se ha vuelto tan seco que parece quemarles en la garganta cuando respiran.

Si prendes una cerilla, el país entero podría arder apunta uno de los chicos. Se llama Jay. Elige una senda que cruza la hierba, alta y áspera, que les deja arañazos y pequeños, exquisitos cortes en las pantorrillas que le escocerán cuando se las lave más tarde, aunque ya se haya acostumbrado al dolor. De hecho, apenas lo reconoce como tal. La maleza en esta parte de la finca es una maraña de arbustos espinosos; cada noche, Jay descubre pequeñas heridas en sus brazos y piernas, que dejan manchas rojas en la toalla y en la sábana, pero la mayor parte del tiempo ni siquiera se da cuenta de que los pinchos le penetren la piel.

Los chicos avanzan a paso firme en dirección a las profundas sombras del interior del huerto.

Los llamo chicos, pero a decir verdad ya no lo son. ¿Qué son, pues? Porque hombres todavía no son. Puede que no sea importante saberlo en este preciso instante. Cuando alcanzan la base del árbol más grande, los chicos levantan la vista y observan las ramas, que se han dividido y retorcido con los años. Jay extiende el brazo y toca el tronco del árbol, recorriendo las pequeñas hendeduras que hay en la superficie. Lo talarán pronto, este y todos los demás. Están enfermos, les han dicho a los chicos, y habrá que destruirlos.

“Hay árboles como este que pueden llegar a vivir cientos de años”, dice Jay. “En la India hay uno que tiene mil años”.

“¿Eso lo has leído en uno de tus libros?”, pregunta el otro chico, aunque no parezca una pregunta no le interesa la edad de los árboles; no le interesan los árboles, punto, aunque son parte del paisaje que ha conocido toda su vida.

“Talar un árbol es peor que matar a un ser humano”, dice Jay mientras mira fijamente las ramas.

El otro se ríe, aunque no se trata de un sonido jovial, es simplemente un rumor en la garganta. “¿Qué sabes tú de la muerte?”, le espeta. Se llama Chuan. “¿Has matado alguna vez a alguien?”

Jay nota que Chuan se le ha acercado, pero no se da la vuelta. Siente su respiración en la nuca, aunque quizás sea su intensa imaginación, pues lleva varios días anhelando este momento; y en su deseo ha anticipado la manera en que transcurrirá cada segundo cómo tocará y le tocarán, la sudorosa delicadeza de la piel de Chuan, las cosas que se dirán el uno al otro.

Siente las manos de Chuan en los hombros, cerca de la nuca. “Espero que podamos salvar estos árboles”, dice, mirando todavía la frondosidad que tiene por encima. Jay imagina que se da la vuelta, despacio, para mirar a Chuan, hasta que uno de los dos —no le importa quién sea de los dos— extienda la mano y le toque la cara al otro. Pero no será él; lo ha embargado algo que oscila entre el miedo y la indecisión. ¿Qué descubrirá si mira al otro ahora?

Date la vuelta, Jay, date la vuelta.

Pero no puede moverse; se da cuenta de que su cuerpo se ha vuelto algo extraño. Durante tantísimos años ha ansiado que alguien lo toque de esta manera por la libertad que sentirá. Imaginaba la claridad del júbilo que sentiría, cómo saborearía cada gesto. Puede ser que tenga miedo de esta liberación, y a lo que pudiera conducir. Es la primera vez que ha sentido que el cuerpo se le escapa a su control. En el futuro habrá otras ocasiones, en otros lugares lejanos a este, y se acostumbrará a ello, pero por ahora esta es una sensación nueva.

“Espero que podamos salvar estos árboles”, repite, mirando hacia el cielo. En las ramas más bajas ve un ave que no puede identificar. Un pequeño halcón o un cuclillo de gran tamaño. Es difícil distinguirlo a contraluz. El pájaro le está devolviendo la mirada —como estudiándolo. Se pregunta si es un buen augurio o si un mal presagio.

Nota cómo Chuan le agarra los hombros, al principio con una presión neutral y cálida que después empieza a dolerle un poco, aunque no sea un dolor desagradable. Y ahora, por fin, empieza a darse la vuelta, pero Chuan lo presiona con fuerza, forzándolo contra el tronco del árbol hasta que se da con la cara en él. La corteza es áspera y sabe que si se resiste, terminará con rasguños en la cara, quizás incluso con sangre —marcado por el deseo, que no podrá esconder del mundo.

Chuan le aparta las piernas, empujándolas con los pies, y Jay nota cómo trata torpemente de bajarle las bermudas, pero el velcro se atasca en la cinturilla y la tela se apretuja en torno a su cintura. Extiende la mano para desenredar el lío, y ahora puede sentir el cuerpo de Chuan, esbelto y rígido, que lo presiona mientras se quita las bermudas. Jay intenta otra vez darse la vuelta; quiere apreciar esos pocos primeros minutos, estirarlos en su imaginación, de manera que el tiempo que sea que tengan ambos parezca muchas horas, un día completo. Era así como lo había imaginado la primera vez. Pero Chuan está empujando, es mayor y más fuerte que él, ha colocado el antebrazo sobre la espalda de Jay, y momentáneamente a Jay lo sorprende la fuerza de Chuan, aunque sabe que no debiera sorprenderle —después de todo, el cuerpo de Chuan es el producto de este paisaje, duro e inflexible. Lo que más le sorprende es la idea de que Chuan quiere que sus primeros momentos de intimidad terminen lo antes posible. Acelerar cada segundo y colapsar el paso del tiempo —todo lo contrario de lo que busca Jay.

Cuando termina en menos de dos minutos, calcula JayChuan descansa la cabeza en el espacio entre el hombro y el cuello de Jay.

“Quiero estar contigo”, le dice. “Para siempre”.

Jay asiente. En ese instante, para siempre le parece una noción reconfortante. Pero a esa edad, ¿qué sabe realmente alguno de los dos sobre el tiempo?»

25 ene 2026

Reseña: Antifa, de Mark Bray

Mark Bray, Antifa: The Anti-Fascist Handbook (Brooklyn, NY: Melville House, 2017). 259 páginas.

El 22 de septiembre del año pasado, la administración estadounidense declaró a Antifa organización terrorista, lo cual tiene su gracia. Digo yo que solamente alguien que se identifique políticamente con los fascistas buscaría arremeter de ese modo (mediante decreto presidencial) contra un movimiento cuyo principal propósito es plantar cara al racismo y al fascismo supremacista. Además, tal como Mark Bray claramente expone en su libro, Antifa como entidad organizada no existe.

Quizás sea cierto que se trata de una red informal de ámbito internacional de afinidades, compartidas por más o menos pequeños grupos y movimientos comunitarios con implantación local (mayoritariamente en ciudades), y apenas en un ámbito nacional. Como movimiento social internacional, Antifa no parece existir más que en las mentes calenturientas de quienes preconizan el fascismo.

Si a lo anterior se añade el hecho de que Mark Bray, profesor de historia en la Universidad de Rutgers, tuviera que salir con toda su familia a toda prisa de los Estados Unidos el 8 de octubre tras recibir amenazas de muerte y ver la dirección de su casa divulgada en internet a modo de invitación para todo aquel que quisiera acercarse a él (¿Seguro que para darle un abrazo y pedirle un autógrafo, no?), queda muy claro que el libro sobre el antifascismo tiene infinidad de enemigos. Puedes escuchar la entrevista que le hicieron en la Radio Nacional australiana a Mark Bray (en Madrid) aquí (en inglés).

El manual sobre antifascismo de Bray dista mucho de ser un manifiesto. Es sobre todo un estudio académico, aunque su alcance no sea exhaustivo. Me resulta sumamente significativa la primera frase de su introducción: «Ojalá no hiciera falta este libro». Un deseo, visto lo visto desde enero de 2025, ilusorio. Por cierto, Antifa está disponible (en inglés) de forma totalmente gratuita aquí.

Compuesto de seis capítulos, una introducción y una breve conclusión más dos apéndices, Antifa constituye una valiosa aportación al importantísimo debate en torno a la más que necesaria respuesta que el fascismo merece. El primer capítulo explica las causas de la aparición del antifascismo como movimiento político en el periodo de entreguerras y su evolución. Menciona los grupos que surgieron en el Reino Unido, Alemania, Italia y España. Todos sabemos lo que ocurrió en los años 30 y 40 en Europa.

En el segundo capítulo, Bray trata el antifascismo en la segunda mitad del siglo XX. Es esta parte la que sin duda merece una ampliación en profundidad; el libro no menciona ninguna otra respuesta popular organizada aparte de las que tuvieron lugar en EE.UU. y algunos países de Europa. Bray puntualiza la separación entre la cultura punk y los nazis skinheads que se apropiaron de esa imagen díscola, algo de lo que fui testigo accidental en mi juventud.

En el capítulo siguiente, Bray explica los movimientos contemporáneos (los casos de Noruega, Suecia, Grecia y Holanda aportan interesante información sobre el fenómeno a escala internacional). En su investigación académica, el profesor Bray entrevistó a muchos integrantes de grupos locales antifascistas. Los otros tres capítulos se titulan “Cinco lecciones de la Historia para los antifascistas”, “Para que luego hablen de la izquierda tolerante” y “Boicots y la libertad de expresión”. Bray presenta argumentos muy relevantes. He aquí algunos de ellos que he traducido.

«La trágica ironía del antifascismo moderno es que cuanto más éxito tiene, más se cuestiona su razón de ser. Sus mayores éxitos yacen en un limbo hipotético: ¿Cuántos movimientos fascistas asesinos han cortado de raíz los grupos antifascistas durante los últimos setenta años antes de que se pudieran extender? Nunca lo sabremos; y eso es algo ciertamente bueno». (p. 141)

«Si tu principal objeción al nazismo es el hecho de que anula los mítines de la oposición, entonces eso expresa más sobre el tipo de política que sostienes que sobre la gente a la que criticas. Los antifascistas no se oponen al fascismo porque sea intolerante de una manera abstracta, sino porque promueve la supremacía blanca, el heteropatriarcado, el ultranacionalismo, el autoritarismo y el genocidio». (p. 162)

Bray se pregunta la causa de que tantos ciudadanos de los EE.UU. muestren no solamente su aversión al enfrentamiento contra fascistas y supremacistas, sino incluso a la interrupción de sus discursos en los que llaman al establecimiento de un IV Reich. Hay un escepticismo general «respecto a la inminente posibilidad de un gobierno explícitamente fascista en los Estados Unidos […]. Y no obstante, el antifascismo arguye que nunca debemos olvidar que fueron muy pocos quienes tomaron en serio a los pequeños grupos que rodeaban a Mussolini y Hitler cuando estos iniciaron su ascenso, y por lo tanto debemos mantenernos alerta frente a cualquier manifestación de política fascista. La falta de inquietud en torno a dicha posibilidad viene reforzada por la frecuente tendencia a separar épocas pasadas de la historia, tales como el régimen nazi o la época Jim Crow, del momento presente». (p. 171)

«Si la estrategia política radical viniese determinada en base a la preferencia pública en términos numéricos de tácticas diferentes, los métodos más moderados ganarían casi siempre porque constituyen la hegemonía. Si a los estadounidenses se les hubiera preguntado por el mejor modo de poner en marcha un movimiento para conseguir la justicia económica a principios de 2011, casi nadie, yo incluido, hubiera aprobado la idea de organizar un campamento en un parque del bajo Manhattan [Occupy Wall Street]. Para que la política sea tanto popular como revolucionaria, los organizadores “deben encontrarse con la gente allá donde esté”, y simultáneamente establecer un paradigma político-estratégico-táctico que promueva la lucha. Cuando la coreografía política se basa en los sondeos de opinión, resulta inevitable que la política sea un espejo de la sociedad que se quiere transformar». (p. 186)

Alguien ha sugerido que la raíz de la preocupante situación que se está desarrollando en el país que siempre se ha tomado como modelo de democracia no es el execrable personaje que volvió a ganar unas elecciones (incluso después de haber sido condenado por los delitos que había cometido), sino el electorado que lo eligió. En 1933, otro execrable individuo tomo el poder en Berlín. ¿Qué vamos a hacer si la historia se repite?

La portada de la edición de Capitán Swing
Antifa: El manual antifascista lo publicó la editorial Capitán Swing en 2019 en castellano. La traducción estuvo a cargo de Miguel A. Pérez.

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