De la Revolución Cultural, la gran purga política de los años 60 y 70, que
ciertamente tuvo peores resultados de los que Mao Zedong buscaba lograr (entre
ellos, la muerte de más de un millón de personas), en la República Popular China
quedan posiblemente pocos vestigios físicos. El país ha dado un gigantesco
salto tecnológico hacia el futuro – tan grande que está dejando atrás al resto
del mundo y, completamente boquiabiertos, a expertos y neófitos.
Esta nouvelle de Wang Xiaobao ha sido brillantemente traducida por
el valenciano Miguel Sala Montoro, a quien hace unas cuatro décadas que no he
visto. El librito, publicado por Galaxia Gutenberg, contiene algunas erratas. Todo
hay que decirlo: parece que se haya perdido el antiquísimo y necesario oficio
de la corrección de galeradas. Es sin duda estupendo que haya quien siga añadiendo
títulos de autores extranjeros a la literatura traducida al castellano, y más
si son de China, esa nación tan desconocida en Europa.
Corre la segunda mitad del siglo XX, y el narrador de La edad de oro,
que responde también al nombre de Wang, ha sido enviado a la montañosa región
de Yunnan, cuya capital, Kunming, fue la primera ciudad china que visité este año.
Yunnan hace frontera con Myanmar, Laos y Vietnam, y es la principal puerta de
entrada a Tibet.
| Vista de las montañas de Yunnan desde Taian Road, Dali, provincia de Yunnan, en abril de este año. |
Tras su llegada, el estudiante Wang, de veintiún años, se entrega a
trabajos extenuantes y desagradables (como el de cuidar los cerdos) y es a
veces maltratado por la gente local. En la brigada a la que ha sido asignado
conoce a la doctora Chen Qingyang, de veintitrés. El marido de ella esta en la cárcel,
y entre los hombres de la brigada corre el chisme de que es «una golfa».
Entre ambos comienza una amistad que deriva en
algo más. Es un impulso natural, que los empuja a rebelarse contra el puritanismo
del partido y la férrea ideología y los instrumentos de castigo que utilizan
contra los disidentes. En un momento de arrebato, Wang y Chen huyen a las
sierras y malviven allí su sueño. Cuando finalmente regresan, habrán de
confesar sus crímenes. Wang tiene una vena creativa y escribe una confesión estridente
e interminable. A los dos los
obligan a aparecer ante asambleas públicas en las que son acusados y humillados
de modo reiterado.
La intención del autor es evidente: el tono humorístico, jocoso de la narración
socava la estrategia humillante y represora del orden establecido. Frente a su violencia, nuestro
sexo. Frente a su humillación, mi absurdo, plantea Wang. ¿Sale ganador?
Ciertamente no. Una vez terminado su destino en la brigada, Wang y Chen han de
regresar a sus lugares de origen.
Pero Xiaobao le da una última vuelta de tuerca a su historia: Er y Qingyang se encuentran casualmente en un parque de Beijing. El todavía conserva el certificado del matrimonio al que los cuadros de la brigada les conminaron a contraer. Con ese documento les es posible juntarse en una habitación de hotel. Es la parte final de la historia: rememoran lo que les fue posible construir y compartir en mitad de una época de violencia y represión (no solamente el sexo, también una amistad basada en el amor).
Gracias, Elisa, por este regalo. Lo he disfrutado mucho.