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6 feb 2026

Reseña: The South, de Tash Aw

 
Tash Aw, The South (Londres: 4th Estate, 2025). 282 páginas.

En el primer capítulo de The South, dos chicos se pierden entre la maleza que ha tomado la finca donde vive uno de ellos, y a la que el otro, más joven, ha acudido con su familia a pasar las vacaciones. La primera impresión que el lector puede hacerse es la de un acto de transgresión. Pero no es así. Lo que hace Tash Aw es situar la trama en un momento culminante, para después ir desarrollando el contexto de ese episodio y todos los acontecimientos que lo rodean. Significativamente, la escena lleva a los chicos a un gran huerto de tamarindos enfermos que el propietario de la finca ha decidido eliminar. No han podido enfrentar el paso del tiempo. Pienso que esos árboles enfermos constituyen un símbolo fundamental para uno de los temas que el autor aborda en esta intrigante novela: la toma de conciencia del paso del tiempo.

Pero no es ese el único tema. Aw trata también cuestiones como las relaciones intergeneracionales de padres e hijos y su ruptura, nociones de masculinidad y la represión de la homosexualidad, la herencia patrimonial o, al igual que en su breve relato autobiográfico Strangers on a Pier, la segregación racial de la población de origen chino en Malasia.

Tash Aw: talento no le falta. Fotografía de Tim Duncan en Wikimedia Commons. 
La madre de Jay, Sui, ha heredado de forma algo inesperada una finca en el sur del país. Su marido la considera una carga, un lugar sin valor que mejor harían en vender. Pero la finca la gestiona Fong, medio hermano de Sui. Fong siempre ha vivido y trabajado en ella. Tras enviudar, ha criado a su hijo Chuan y ha mantenido la casa como mejor ha podido.

La familia llega allí en medio de una sequía atroz. La fruta de los árboles que conserva la finca apenas alcanza el tamaño que permita venderla. La coyuntura socioeconómica es, además, muy mala: una gran crisis financiera (estamos a finales de los 90) ha afectado al sureste de Asia, y Malasia no es inmune a sus efectos. Escasea el trabajo y salir adelante requiere inversiones e ingenio.

Ese es el telón de fondo de esta Bildungsroman, que aparentemente formará parte de un cuarteto. Aw combina varias perspectivas narrativas. Por un lado, el punto de vista del Jay adolescente (a veces en primera persona, como en el primer capítulo, que puedes leer más abajo) y el del Jay adulto como narrador un poco más cínico (y omnisciente). También hay capítulos en los que adopta el punto de vista de la madre, de Fong o de la hermana mayor de Jay. Pese a ello, la novela funciona bien.

Aw sostiene en el trasfondo las tensiones sociales e históricas que, se quiera o no, siempre afectan las relaciones humanas, hasta el punto de llegar a destruir vidas o sumergir a las personas en una frustración o desesperación que solamente aflora en momentos extremos de hostilidad manifiesta. No obstante, la novela pone siempre de relieve la cuestión del paso del tiempo, y que el ser que fuimos hace décadas ya no existe como tal.

«Dos chicos atraviesan la escasa sombra de un huerto, lejos de la casa donde se alojan. Es poco después del mediodía, el sol está en su momento más despiadado, y no hay nadie alrededor. Bajo esta luz, la tierra centellea con incerteza conforme avanzan. Hace meses que no llueve; la vegetación, normalmente pesada a causa de la humedad, se ha vuelto pálida y quebradiza. En los días recientes, el aire se ha recalentado y se ha vuelto tan seco que parece quemarles en la garganta cuando respiran.

Si prendes una cerilla, el país entero podría arder apunta uno de los chicos. Se llama Jay. Elige una senda que cruza la hierba, alta y áspera, que les deja arañazos y pequeños, exquisitos cortes en las pantorrillas que le escocerán cuando se las lave más tarde, aunque ya se haya acostumbrado al dolor. De hecho, apenas lo reconoce como tal. La maleza en esta parte de la finca es una maraña de arbustos espinosos; cada noche, Jay descubre pequeñas heridas en sus brazos y piernas, que dejan manchas rojas en la toalla y en la sábana, pero la mayor parte del tiempo ni siquiera se da cuenta de que los pinchos le penetren la piel.

Los chicos avanzan a paso firme en dirección a las profundas sombras del interior del huerto.

Los llamo chicos, pero a decir verdad ya no lo son. ¿Qué son, pues? Porque hombres todavía no son. Puede que no sea importante saberlo en este preciso instante. Cuando alcanzan la base del árbol más grande, los chicos levantan la vista y observan las ramas, que se han dividido y retorcido con los años. Jay extiende el brazo y toca el tronco del árbol, recorriendo las pequeñas hendeduras que hay en la superficie. Lo talarán pronto, este y todos los demás. Están enfermos, les han dicho a los chicos, y habrá que destruirlos.

“Hay árboles como este que pueden llegar a vivir cientos de años”, dice Jay. “En la India hay uno que tiene mil años”.

“¿Eso lo has leído en uno de tus libros?”, pregunta el otro chico, aunque no parezca una pregunta no le interesa la edad de los árboles; no le interesan los árboles, punto, aunque son parte del paisaje que ha conocido toda su vida.

“Talar un árbol es peor que matar a un ser humano”, dice Jay mientras mira fijamente las ramas.

El otro se ríe, aunque no se trata de un sonido jovial, es simplemente un rumor en la garganta. “¿Qué sabes tú de la muerte?”, le espeta. Se llama Chuan. “¿Has matado alguna vez a alguien?”

Jay nota que Chuan se le ha acercado, pero no se da la vuelta. Siente su respiración en la nuca, aunque quizás sea su intensa imaginación, pues lleva varios días anhelando este momento; y en su deseo ha anticipado la manera en que transcurrirá cada segundo cómo tocará y le tocarán, la sudorosa delicadeza de la piel de Chuan, las cosas que se dirán el uno al otro.

Siente las manos de Chuan en los hombros, cerca de la nuca. “Espero que podamos salvar estos árboles”, dice, mirando todavía la frondosidad que tiene por encima. Jay imagina que se da la vuelta, despacio, para mirar a Chuan, hasta que uno de los dos —no le importa quién sea de los dos— extienda la mano y le toque la cara al otro. Pero no será él; lo ha embargado algo que oscila entre el miedo y la indecisión. ¿Qué descubrirá si mira al otro ahora?

Date la vuelta, Jay, date la vuelta.

Pero no puede moverse; se da cuenta de que su cuerpo se ha vuelto algo extraño. Durante tantísimos años ha ansiado que alguien lo toque de esta manera por la libertad que sentirá. Imaginaba la claridad del júbilo que sentiría, cómo saborearía cada gesto. Puede ser que tenga miedo de esta liberación, y a lo que pudiera conducir. Es la primera vez que ha sentido que el cuerpo se le escapa a su control. En el futuro habrá otras ocasiones, en otros lugares lejanos a este, y se acostumbrará a ello, pero por ahora esta es una sensación nueva.

“Espero que podamos salvar estos árboles”, repite, mirando hacia el cielo. En las ramas más bajas ve un ave que no puede identificar. Un pequeño halcón o un cuclillo de gran tamaño. Es difícil distinguirlo a contraluz. El pájaro le está devolviendo la mirada —como estudiándolo. Se pregunta si es un buen augurio o si un mal presagio.

Nota cómo Chuan le agarra los hombros, al principio con una presión neutral y cálida que después empieza a dolerle un poco, aunque no sea un dolor desagradable. Y ahora, por fin, empieza a darse la vuelta, pero Chuan lo presiona con fuerza, forzándolo contra el tronco del árbol hasta que se da con la cara en él. La corteza es áspera y sabe que si se resiste, terminará con rasguños en la cara, quizás incluso con sangre —marcado por el deseo, que no podrá esconder del mundo.

Chuan le aparta las piernas, empujándolas con los pies, y Jay nota cómo trata torpemente de bajarle las bermudas, pero el velcro se atasca en la cinturilla y la tela se apretuja en torno a su cintura. Extiende la mano para desenredar el lío, y ahora puede sentir el cuerpo de Chuan, esbelto y rígido, que lo presiona mientras se quita las bermudas. Jay intenta otra vez darse la vuelta; quiere apreciar esos pocos primeros minutos, estirarlos en su imaginación, de manera que el tiempo que sea que tengan ambos parezca muchas horas, un día completo. Era así como lo había imaginado la primera vez. Pero Chuan está empujando, es mayor y más fuerte que él, ha colocado el antebrazo sobre la espalda de Jay, y momentáneamente a Jay lo sorprende la fuerza de Chuan, aunque sabe que no debiera sorprenderle —después de todo, el cuerpo de Chuan es el producto de este paisaje, duro e inflexible. Lo que más le sorprende es la idea de que Chuan quiere que sus primeros momentos de intimidad terminen lo antes posible. Acelerar cada segundo y colapsar el paso del tiempo —todo lo contrario de lo que busca Jay.

Cuando termina en menos de dos minutos, calcula JayChuan descansa la cabeza en el espacio entre el hombro y el cuello de Jay.

“Quiero estar contigo”, le dice. “Para siempre”.

Jay asiente. En ese instante, para siempre le parece una noción reconfortante. Pero a esa edad, ¿qué sabe realmente alguno de los dos sobre el tiempo?»

10 jun 2019

Reseña: Strangers on a Pier, de Tash Aw

Tash Aw, The Face: Strangers on a Pier (Nueva York: Restless Books, 2016). 78 páginas.
Al comienzo de este breve ensayo del malasio Aw nos confiesa que, cuando viaja por Asia, la gente no parece diferenciarlo de los pobladores locales por su rostro. Es algo similar a mi experiencia en partes de Sydney, donde algunas veces me han sorprendido en paradas de autobús o estaciones de tren al dirigirse a mí en árabe o en turco porque mi interlocutor asumió que yo procedía del mismo lugar que ellos.

Strangers on a Pier [Extraños en un muelle] forma parte de una serie de Restless Books, que lleva por título The Face. Tash Aw cuenta la experiencia migratoria de su familia, que emigró desde el sur de China a Malasia. Es una reflexión que tiene mucho de viaje introspectivo. Desde la salida de su abuelo hasta su propia niñez y juventud, Aw se interroga sobre el fenómeno migratorio y sobre cómo ha ido evolucionando éste en tiempos recientes.

Es una lectura muy entretenida, tanto por la temática que plantea como por la manera de abocar al lector a interrogantes que deberá responderse. Aw escribe sobre su familia de forma muy emotiva, pero nunca olvida que lo hace para un lector, invitándolo a mirar hacia fuera y hacia dentro: “Y en medio de ese silencio me pongo a pensar: eso es lo que me frustra de un tipo particular de emigrante: los que se desprenden por completo de su bagaje cultural para asimilarse con éxito a su nuevo entorno (a diferencia del otro extremo: los que se aferran desesperadamente a los recuerdos de su tierra natal y no pueden esperar al día en que se jubilen y regresen al país del que acaban de salir). Pues el problema con los que olvidan es que la necesidad de hacer borrón y cuenta nueva en su país de adopción no comienza y termina simplemente con su llegada a las nuevas tierras: continúa después de aquélla, repitiéndose hasta que encuentra una zona de impacto histórica y conveniente, que le es emocional e intelectualmente tranquila, para que se forme una nueva narrativa sobre ellos, una trayectoria elogiosamente positiva que lucha por un nítido arco narrativo, completado con unas dosis de dolor cuidadosamente empaquetadas (que en última instancia quedan superadas, claro está) que puntúan el ascenso hasta el confort, el éxito y la felicidad.” (p. 35, mi traducción)

Y al final del muelle, un destino: otra vida en una cultura distinta, una cadena en la que uno habrá necesariamente de hacerse eslabón... mas siempre cadena a fin de cuentas. Un muelle en Malaca hacia 1905. Fotografía de Carl Josef Kleingrothe.

Como integrante de la tercera generación de una familia emigrante, Aw puede evaluar los efectos de esa emigración en su familia y al tiempo autoevaluarse como integrante de una sociedad multicultural y plurilingüe, como lo es la de Malasia. Especialmente significativas me han parecido sus reflexiones en torno al sistema educativo malasio, sus experiencias y conclusiones.

Como primera incursión de Tash Aw en el ensayo, Strangers on a Pier es una pequeña joya. Escrito con muy buen gusto, abunda en delicadeza y está dotado de una estructura muy bien cuidada. Al autor le gusta llevarte a conclusiones que quizás partan de su vivencia personal, pero con las cuales no es difícil identificarse:

“[…] Mi madre está quitando el polvo de los estantes acristalados en la parte superior de los armarios con un plumero, como debe de haber hecho a lo largo de los años mientras crecía, y le está diciendo a mi abuelo que mi hermana llamó la semana pasada, hecha un mar de lágrimas, desde Singapur. Se había ganado una beca del gobierno singapurense y estaba viviendo con una cuadrilla de quinceañeras como ella en un dormitorio universitario a casi dos horas en autobús del Instituto Raffles para Niñas, donde estaba recibiendo el tipo de educación que mis padres siempre habían querido para ella. Cuando habíamos visitado el dormitorio, incluso mi padre, curtido como estaba por una niñez espartana, había dicho escuetamente: “No es muy bueno.” Ahora mi hermana tenía morriña, se sentía sola, estaba estudiando un horario de locura solamente para seguirle el ritmo a las adolescentes más motivadas del sureste de Asia. Sobresalientes en todo todos los años, o pierdes la beca. Quería volver a casa.
Mi abuelo deja escapar un ruidito extraño; algo parecido a una risita, pero que no suena para nada jovial. No le conmueve esto, lo encuentra ridículo. Llegó sin nada a Malasia siendo un niño, sin otra cosa que una camisa sobre sus espaldas; no entiende el significado de la palabra morriña. Mi madre trata de hacerle entender cómo se siente mi hermana; es difícil, está completamente sola, las otras chicas son mezquinas. Y entonces mi abuelo dice simplemente: “Pero, si somos inmigrantes.” Como si eso lo explicase todo. Como si la adversidad, la morriña, la melancolía y la nostalgia vayan a ser siempre parte normal de nuestras vidas. Como si no tuviésemos ninguna expectativa razonable de que las cosas sean diferentes. Por la facilidad con que aceptó lo que él vio como su destino (igual que como mi padre había aceptado su niñez) de pronto vi que nunca iba a poder comunicarme con él, con este hombre amable y cariñoso cuya sangre yo había heredado, cuya cultura había absorbido sin discusión.” (pp. 76-78, mi traducción)

Somos migrantes… ¿Eso lo explica todo?

1 ene 2014

Reseña: The Harmony Silk Factory, de Tash Aw

Tash Aw, The Harmony Silk Factory (Londres: Harper Perennial, 2006 [2005]). 362 páginas.


La segunda guerra mundial juega un papel predominante en la memoria colectiva de los malasios. Hay unas cuantas obras de ficción que se sitúan en esa época (como es el caso de Echoes of Silence de Chuah Guat Eng). La invasión japonesa que los británicos no pudieron detener acarreó terribles consecuencias para la población civil, no solamente para los prisioneros de guerra. El debut literario de Tash Aw, malasio nacido en Taiwán, que se crió en Kuala Lumpur para luego completar su educación en Inglaterra, también se sitúa en los años inmediatamente precedentes a la irrupción triunfal nipona en la península malaya, a la que solamente la guerrilla comunista hizo frente a base de escaramuzas desde las profundidades de la selva en la que malvivían los guerrilleros y quienes les prestaban su apoyo.
Vista de Taiping desde Maxwell Hill
El protagonista de The Harmony Silk Factory es Johnny Lim, un hombre de origen muy humilde y borroso. Dividida en tres partes muy bien diferenciadas y ejecutadas, cada una de esas partes (con tres narradores distintos) da una versión diferente de la vida de Johnny Lim. En la primera parte, titulada ‘Johnny’, es el hijo de Lim, Jasper, quien relata lo que sabe de su vida tras su funeral. Jasper nunca ha tenido demasiada estima (ya no hablemos de cariño) por su padre: “Incluso cuando era pequeño, sabía muy bien lo que hacía mi padre. No estaba orgulloso de él, pero tampoco me importaba. Ahora daría cualquier cosa por ser solamente el hijo de un mentiroso y un tramposo porque, como ya he dicho, él no era solamente eso.” (p. 4).

Jasper nos cuenta que ha realizado una detallada investigación de documentos y otras fuentes para llegar a saber qué sucios negocios y cuántos crímenes cometió su padre, pero no le es posible completar el retrato con certeza absoluta. Sí sabemos que tras la guerra, Johnny se enriquece con el tráfico de drogas y con una amplia variedad de sórdidos negocios. Con sus lecturas e investigaciones, Jasper averigua que a los once o doce años Johnny le clavó un destornillador en la pierna al jefe inglés de la mina de estaño del valle de Kinta donde trabajaba; que entra a trabajar para un empresario textil, Tiger Tan, a quien después alguien asesina brutalmente, y (curiosa coincidencia) Johnny hereda el negocio; que provoca un incendio en la tienda de textiles para luego salvar a su suegro y quedar como un héroe a los ojos de todos; que en 1942 los japoneses masacran a los líderes de la guerrilla comunista que habían acudido a una reunión convocada por Johnny, quien sale indemne y reforzado en su posición de poder y de favor con el ejército invasor.
Kellie's Castle es avistado por los protagonistas en su viaje al norte de Malasia
Tras el funeral (“El funeral de un traidor es algo difícil, especialmente si ese traidor era alguien cercano a ti” (p. 114)), un anciano inglés que ha acudido a presentar sus respetos le hace entrega a Jasper de una caja que contiene, entre otras cosas, un diario.

Dicho diario es la segunda parte de la novela, y es el diario del año 1941 de la madre de Jasper, Snow Soong, una belleza admirada por toda la sociedad colonial. Snow muere al dar a luz a Jasper. Aw ciertamente lo borda en esta segunda parte, pues en el diario Snow ciertamente nos habla con voz propia. Sin embargo, la narración de la vida conyugal de Johnny y Snow nos deja tantos interrogantes como respuestas. Un año después de la boda, los padres de Snow (que nunca aceptaron a Johnny como un igual) organizan una especie de postergado  viaje de luna de miel, en el que a la pareja acompañarán tres hombres de muy distinto temperamento: Frederick Honey, palmario representante de los colonos ingleses que tan mal trataban a los locales, otro joven inglés llamado Peter Wormwood, muy amigo de Johnny, y un misterioso académico japonés, Mamoru. En un viaje algo accidentado e incómodo, los cinco abordan un pequeño barco con el que se dirigen a un archipiélago en la costa occidental de Malasia (no muy lejos de la idílica Langkawi). De la lectura del diario conocemos que la relación entre Johnny y Snow es muy mala, y ella está planeando la mejor manera y el mejor momento para comunicarle su decisión de separarse de él. ¿A qué obedece la presencia del japonés en el viaje? ¿Qué tratos ha alcanzado el padre de Snow con él? La inminente amenaza de la invasión japonesa actúa de trasfondo dramático en las conversaciones que Snow recoge en su diario. Tras una extraña celebración del cumpleaños de Peter en la isla, los expedicionarios descubren a la mañana siguiente que Honey ha desaparecido. El misterio queda aclarado cuando un día más tarde encuentran su cuerpo flotando en el mar, boca abajo. ¿Accidente? ¿Asesinato? El diario de Snow termina el 15 de noviembre de 1941, entrada en la que describe cómo Mamoru intenta violarla (si bien no queda claro si consuma el crimen).
¿El Palmeral d'Elx? Las plantaciones de palma de aceite reemplazaron enormes extensiones de selva en Malasia, ya en tiempos coloniales. 
En la tercera parte, ‘The Garden’, es el ya anciano Peter Wormwood quien narra sus recuerdos, que intercala en poco interesantes disquisiciones sobre el jardín que está diseñando para la residencia de ancianos en la que vive, cerca de Malaca. Cómo conoció a Johnny en Singapur, cómo entabló una fuerte amistad con él y le siguió hasta encontrarlo en el valle de Kinta. Este relato, que hemos de suponer entregará a Jasper en algún momento, aporta una tercera perspectiva sobre Johnny y queda enfocado como confesión no solo de su amor por Snow sino también de sus crímenes y traiciones. Aun así, rellena necesariamente algunas lagunas en el relato de Snow, alguna de ellas francamente sorprendentes.

El tema predominante que recorre y envuelve toda la trama es no obstante la muerte, y cómo ésta borra todo vestigio de la presencia de una persona en el mundo y en las vidas de los demás. Es una noción que repiten varios personajes, pero que Jasper introduce al comienzo de una historia cuya narración, en sus propias palabras, “nunca puede ser perfecta” (p. 6). “La muerte borra todas las huellas, todos los recuerdos de vidas que una vez existieron, de forma completa y para siempre. Eso es lo que mi Padre me decía a veces. Creo que es la única cosa verdadera que me dijo.” (p. 4). Puede que sea cierto, y que huellas y recuerdos se esfumen con el tiempo, pero siempre quedarán (al menos esa es la esperanza y el objetivo último, pienso yo, de cualquier escritor) las palabras que escribamos.

Con todo, el relato de Wormwood en la tercera parte no logra mantener el nivel de excelencia narrativa de la que hace gala The Harmony Silk Factory en sus dos primeras partes, y en eso el libro se resiente. Como debut novelístico, no cabe duda de que esta es una buena novela, para mi gusto mucho mejor que Map of the Invisible World, la segunda de Tash Aw. Marca una interesante técnica que el autor retoma en su obra más reciente, Five Star Billionaire. Queda por ver con qué puede atraer al lector Aw en el futuro.

The Harmony Silk Factory se publicó en castellano el mismo año de su aparición, en 2005, en edición de Salamandra, bajo el título de La fábrica de sedas, en traducción de Luis Murillo Fort.

26 dic 2013

Reseña: Five Star Billionaire, de Tash Aw

Tash Aw, Five Star Billionaire (Londres: Fourth Estate, 2013). 435 páginas.

Ya nadie cuestiona el hecho de que el siglo XXI es el siglo de Asia. Pese a las tensiones geopolíticas que todavía amenazan esa parte del mundo, es innegable que el poderío económico de China ha cambiado la balanza estratégica mundial. De todas las metrópolis chinas, Shanghái es la más habitada (casi 24 millones en 2013), el centro financiero más importante de China. La ciudad es, en gran parte, la protagonista de esta novela del malasio Tash Aw.

Five Star Billionaire cuenta con cinco protagonistas, emigrantes todos ellos desde Malasia. Phoebe es la chica pobre, inmigrante ilegal, nada sofisticada pero ambiciosa; Gary, de origen muy humilde, ha triunfado en la vida como cantante pop en Asia, pero pasa por una profunda crisis existencial; Yinghui es una mujer madura, sofisticada, educada en Oxford, muy ambiciosa pero en última instancia algo insegura; Justin, primogénito de una rica familia china en Kuala Lumpur, acude a Shanghái escapando de la presión de su familia; y Walter Chao, misterioso personaje dueño aparentemente de numerosos negocios y autor de libros sobre cómo hacerse millonario.

La estructura de la novela es en sí misma interesante: al principio, con cada capítulo, vamos conociendo importantes datos sobre cada uno de los personajes en distintos capítulos con sugestivos títulos bilingües (en cantonés e inglés). Así, por ejemplo, el primero se titula ‘Move to Where the Money is’ [Múdate adonde esté el dinero]. Las vicisitudes de estos personajes son narradas en tercera persona por una voz omnisciente, si bien los ángulos adoptados son diferentes para cada personaje. A medida que avanza(n) la(s) trama(s), las historias personales de cada uno de los protagonistas van entrelazándose; el azar, obviamente, funciona siempre mejor en la ficción que en la realidad. Aw no tiene más remedio que llevar la verosimilitud de su narración más allá de los límites creíbles para que la conjunción de cinco personas en un mismo tiempo y un espacio (Shanghái).

En mitad de este rompecabezas de protagonistas y rebuscadas coincidencias (gracias a una web de contactos, Phoebe se convierte en la acompañante de Walter, mientras mantiene curiosos chats llenos de sinceridad y buen humor con Gary a altas horas de la noche), Aw intercala fragmentos de unas memorias de Walter Chao en primera persona. Este es un recurso particularmente apto en un principio, por lo que aporta como contraste a la historia en sí de Five Star Billionaire.

Sin embargo, en cierto modo lo que esta narración paralela provoca es que Aw saque el conejo de la chistera antes de tiempo. Puede ser, por lo tanto, que Five Star Billionaire sea en realidad una historia de venganza personal, y si así fuera, quizás el autor juega sus bazas con demasiado brío. Lo cual no quiere decir que disminuya el valor de la novela, pero en cierto modo sí alteraría la percepción inicial de su concepción y propósito.

No hay en Five Star Billionaire ningún ganador. Todos pierden de alguna manera. Phoebe fracasa y renuncia a sus ambiciones; Justin fracasa porque no sabe dejar atrás su pasado; Yinghui fracasa porque no aprende de sus errores; Walter fracasa porque no consigue conectar con ningún ser humano. Y por lo que respecta a Gary, el protagonista más apartado de la vorágine que crea Tash Aw, tampoco consigue derrotar los temores que le agobian. En una ciudad de cerca de 24 millones de habitantes, Aw parece querer acentuar la ausencia de humanidad, el continuo recurso a la careta, al disfraz, al ocultamiento de la verdadera identidad o personalidad , y finalmente la incapacidad de comunicarse unos con otros, sea cara a cara o con la máscara de la tecnología de por medio.

Five Star Billionaire es una novela muy coherente con nuestros tiempos: una historia de cinco extraños (y extranjeros) que parecen concentrar sus sueños de triunfo en el dinero, aunque el precio que hay que pagar por ello es una profunda y amarga soledad. Tampoco Shanghái sale bien parada; Aw nos la describe en términos nada generosos, como un mundo de avaricia y codicia ilimitadas:

Las multitudes, el tráfico, el dialecto ininteligible, las lluvias de barro que arrastraban los restos de las tormentas de arena del Desierto del Gobi y que te manchaban la ropa cada mes de marzo. La ciudad estaba jugando contigo, poniendo a prueba tus límites, utilizándote. Llegabas pensando que ibas a utilizar tú a Shanghái para conseguir lo que querías, y pasaría bastante tiempo hasta que te dieras cuenta de que te estaba utilizando ella, de que se te había adelantado y que eras tú el que estabas tratando de recuperar el terreno perdido.

Quizás es este el siglo asiático, pero no cabe duda de que Tash Aw no habrá hecho muchos amigos en la Oficina de Promoción Turística de Shanghái.

23 nov 2013

Reseña: Map of the Invisible World, de Tash Aw

Tash Aw, Map of the Invisible World (Londres: Fourth Estate, 2009). 342 páginas.

Las primeras páginas de Map of the Invisible World podrían hacer pensar al lector que se halla ante una Romansbildung con un cierto vuelco de suspense, en un entorno político de represión militar. El lugar es una isla indonesia, y el protagonista es un chico de 16 años, Adam, quien, oculto entre la maleza, observa cómo los soldados se llevan a empellones a su padre. La época en la que se sitúa la historia es 1964, años después de la independencia, cuya proclamación se produjo en 1945, dos días después de la rendición de Japón, el 15 de agosto. La Proklamasi fue seguida no obstante de una cruenta lucha entre los independentistas revolucionarios y las tropas neerlandesas y pro-coloniales. Finalmente, la independencia fue reconocida en 1949.

Adam es el hijo adoptivo del pintor Karl de Willigen, indonesio de origen neerlandés. Cuando los soldados se llevan a su padre en el curso de una redada contra los revolucionarios comunistas, Adam decide acudir a buscarlo a la capital del país, Yakarta, y se presenta en la casa de una americana afincada en Indonesia, Margaret, quien conoce a Karl desde muchos años antes. Profesora universitaria y perfecta conocedora de la lengua y la cultura locales, Margaret vive sola. No tiene hijos, pero al ver a Adam siente una especie de responsabilidad maternal por el chico. Además, quiere encontrar a Karl, de quien posiblemente estuvo alguna vez enamorada.
El típico becak con el que se trasladan los personajes por Yakarta
La Yakarta que nos describe Aw es una ciudad que comienza a convertirse en un gran centro metropolitano, pero los problemas inherentes a una gran ciudad asiática (tráfico, polución, hacinamiento, etc.) no son todavía tan grandes como a finales del siglo XX o en la actualidad.
Yakarta, años 50
Hay no obstante otro hilo argumental: Adam tiene un hermano mayor llamado Johan, a quien adoptó una familia malasia. Adam quisiera también encontrar a su hermano, y cuando conoce a Din, estudiante de posgrado en el departamento de Margaret, un joven algo taciturno y poco transparente en cuanto a sus ideas políticas, acepta su invitación de ayudarle a encontrar a su hermano y también a encontrarse a sí mismo. Pero Din tiene otros designios, y en realidad está reclutando a Adam para llevar a cabo acciones violentas contra el régimen de Sukarno, el héroe de la independencia y primer Presidente de la República.
Presidente Sukarno: "...se había encontrado cara a cara con el gran hombre, vistiendo su inmaculado uniforme, una corbata oscura, sus medallas y el tradicional topi negro. Era más bajo de lo que ella suponía, pero ello no disminuía el ostensible encanto que destilaba. Era contundente sin resultar forzado, convincente en cada uno de sus mínimos gestos, y su lenguaje no verbal era sencillo..." (p. 286)
Map of the Invisible World tendría pues en un principio todos los ingredientes para contar una gran historia que atrapara al lector, despertando su interés para llevarlo, si no en ascuas, al menos conquistado por la calidad de la trama y su escritura hasta el final. Pero lo cierto es que Tash Aw no consigue mantener esa necesaria tensión narrativa a lo largo de toda la novela. Buena parte del desacierto se debe, a mi parecer, al hecho de que el autor intercala largos episodios del pasado de Margaret u otros, algo más breves, de la estancia de Adam y Johan en el orfelinato. Si a eso se añaden los desvíos hacia elementos de intriga política y diplomática (que en nada se asemejan al impasse actual entre Canberra y Yakarta a cuenta del espionaje), los altibajos narrativos son llamativos y alargan los capítulos innecesariamente.
"La caza", de Raden Saleh. 1846
Uno de esas derivas argumentales gira en torno a la propuesta que un extraño operativo de la CIA, Bill Schneider, le hace a Margaret. Le pide que acuda al palacio presidencial y, haciendo uso de sus destrezas lingüísticas, trate de convencer a Sukarno para que acepte dos regalos, dos cuadros del pintor indonesio Raden Saleh, en un momento en que los estadounidenses han caído muy bajo en la estima de los dirigentes del país asiático. Aw parece decirnos que, pese al fracaso de su misión, Margaret consigue su objetivo personal, pues al poco tiempo Karl de Willigen es encontrado, y se produce su reunión con Adam.
Raden Saleh, "Autorretrato". 1845
La prosa elegante de Tash Aw salva en gran medida esta novela. Sin sus excelentes descripciones, Map of the Invisible World habría posiblemente naufragado. Con un final más o menos abierto, algunas de las interrogantes que Aw plantea al inicio no quedan resueltas en modo alguno, y por eso la novela padece algo de indefinición.

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