20 nov. 2014

Reseña: 10:04, de Ben Lerner

Ben Lerner, 10:04 (Londres: Granta, 2014). 245 páginas.

Mientras esto escribo, tengo al alcance de la mano mi ejemplar de The New Yorker correspondiente al 18 de junio de 2012. En aquella fecha, la narración breve publicada en la sección de ficción correspondía a ‘The Golden Vanity’, de Ben Lerner, y confieso que o bien no la leí, o me pasó desapercibida.

Lo anterior podría muy bien pasar a formar parte de otra historia, en la que un lector ya maduro (que en su juventud haya sometido a sus células grises a unas buenas sesiones de castigo químico) no recuerda haber leído una historia que encuentra incluida en un libro que está leyendo, y solamente después de leer el libro le surge la duda de si ya conocía esa historia o no.

El caso es que sí recuerdo en cambio haber leído (y reseñado el 15 de abril de 2013 aquí) la primera novela de Lerner, Leaving the Atocha Station. De ella dije entonces que me había hecho pasar un buen rato. Me hizo reír mucho, pero no la consideré “un hito”. Ahora Lerner ha publicado su segunda novela, 10:04 (del cual no explicita si se trata de a.m. o p.m.). Y poco importa, la verdad sea dicha.

10:04 es una metaficción, algo que ya no es ninguna novedad, pero que sigue en cierta medida estando en boga. Lerner mezcla la ficción con la no-ficción, en un relato que incluye como segunda parte de las cinco de las que consta la ya mencionada ‘The Golden Vanity’. El tema de fondo de esta obra es las múltiples y variopintas relaciones entre la vida y el arte. Y Berner, como en su novela anterior, trata el tema con un gran sentido del humor.

El narrador-protagonista recibe un jugoso avance por su segunda novela tras la aceptación por parte de The New Yorker de una narración breve. Al mismo tiempo, nos cuenta que los médicos le han diagnosticado un ensanchamiento de la aorta coronaria que podría dejarlo frito. Mientras, su mejor amiga, Alex, le ha convencido para que se convierta en donante del semen con el que quedará embarazada.

Con un interesante golpe de efecto, el narrador decide utilizar diversos aspectos y episodios de su vida real y reconvertirlos, tras cambiar nombres y algunos detalles, en ficción. De este modo, ficción y realidad se unen en un juego de espejos y de sombras. Además, Lerner parece complicar un poquito más las cosas al romper la cronología narrativa. Esta especie de rompecabezas es deliberado: lo que interesa a Lerner es las posibles/plausibles interacciones entre el pasado y el presente, y sobre los posibles futuros que los distintos pasados nos pueden deparar.

En ese sentido, la novela de Ben Lerner es un juego muy serio, digamos un malabarismo en manos de un narrador vacilante: Ben (es ése el nombre del protagonista) navega un rumbo que va y viene de la parodia a la sinceridad, entre el desapego absoluto  y el compromiso crítico (su gusto por el exquisito plato de pulpitos portugueses suavemente masajeados con sal gruesa hasta morir se contrapone sin sarcasmos con su conciencia de que numerosos desastres ecológicos parecen haber condenado a los océanos a convertirse en un erial ácido donde se acumula el plástico). Ben es el franco impostor de un delicioso juego narrativo en el que prima la conciencia de sí mismo. Para quien no disfrute de este tipo de lúdicas maniobras metaficcionales, la obra de Lerner no será estimulante.

Sin embargo, sí debiera disfrutar de algunos de los episodios hilarantes de 10:04. Como cuando Ben acude a una clínica a proporcionar la muestra de semen que planea donar para que lo use su amiga Alex. Tras escuchar y leer el aviso que se les hace a los donantes con el fin de que no se contamine la muestra, el protagonista, encerrado en la pequeña sala con videos pornográficos, se lava una y otra vez las manos de forma obsesiva antes de masturbarse.

El ensamblaje de ‘The Golden Vanity’ en la novela es un gran acierto para quien haya leído (o crea haber leído) la pieza que publicó The New Yorker. Cuenta Ben/Lerner:

La historia implicaría una serie de transposiciones: transferiría mi problema médico a otra parte del cuerpo; sustituiría la agnosia táctil con otro tipo de trastorno, reemplazaría la cirugía dental de Alex. Cambiaría los nombres: Alex pasaría a ser Liza, nombre que ella me había dicho una vez era la segunda opción que había pensado su madre; Alena se convertiría en  Hannah; a Sharon le cambiaría el nombre a Mary, y Jon en vez de Josh; el Dr. Andrews sería el Dr. Roberts, etc. En lugar de convertirse en albacea literario, y por tanto hacer frente a la tensión entre la mortalidad biológica y la textual mediante dicha obligación, una universidad se dirigiría al protagonista — una versión de mí mismo; lo llamaría «el autor» —inquiriendo sobre la posibilidad de adquirir sus papeles personales. (p. 54-55, mi traducción)
Con párrafos como el anterior, Lerner le obliga al lector a moverse. Es como si te estuviera diciendo: puedes escoger leer esto como no ficción, pero no debes olvidar que el autor decide que el narrador es un impostor, y por lo tanto muchos de los detalles pueden ser ficticios.

En mi opinión, 10:04 es un primoroso, inteligente y entretenido ejercicio metaliterario. Por supuesto, no agradará a todo el mundo, pero eso es algo que Lerner ya daba por descontado, según se deduce de lo que la agente literario de Ben le recomienda:

«Acuérdate de que esta es tu oportunidad de llegarle a un público más amplio. Tienes que decidir quiénes quieres que sean tu público, quiénes crees que son tu público», dijo mi agente, y esto fue lo que yo oí: «Elabora una trama clara, geométrica; describe rostros, incluso los de la gente de la mesa de al lado; asegúrate de que el protagonista sufra una transformación dramática.» Y si solamente sufre un cambio su aorta, me preguntaba. O su neoplasma. ¿Y si al final del libro todo es lo mismo, solo que un poquito diferente? (p. 156, mi traducción)

No me extraña que Ben esté bastante seguro de que el libro no se venderá. O quizás sí lo haga.


(3 de abril de 2015). El libro lo ha publicado en castellano, en traducción de Cruz Rodríguez Juiz, Reservoir Books.

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