7 may. 2012

Reseña: The Cat's Table, de Michael Ondaatje


Michael Ondaatje, The Cat's Table (Londres: Jonathan Cape, 2011). 287 páginas.

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Cada vez que como lector me encuentro con un libro que me deja un sabor de boca tan bueno como me ha dejado éste de Michael Ondaatje, siento unas irreprimibles ganas de hacérselo saber a todo el mundo. Este es un gran libro. Y con eso me podría quizá dar por satisfecho y terminar aquí la reseña, y aquí paz y allá gloria. Si eso hiciera, ¿lo agradecería el lector del blog? Opiniones, por favor, más abajo, donde corresponde expresarlas, si es que quieres hacerlo.
The Cat’s Table es más que una novela de viajes o una Bildungsroman. ¿Es a un tiempo autobiografía enmascarada como ficción o ficción disfrazada como autobiografía? ¡Qué más da! Es ‘Literatura’ con una gran L mayúscula.
Un narrador llamado Michael rememora el viaje de tres semanas en barco que hizo a los once años, en 1954, cuando se trasladó desde Colombo (lo que por entonces era Ceilán) a Londres. El barco se llama Oronsay, y se convertirá en un riquísimo universo para Michael, a quien sus dos amigos le apodarán Mynah (algunos comentarios sobre esto y los problemas – autoinfligidos – de traducción, más adelante).
La narración de Ondaatje oscila entre el presente del narrador ya adulto (el chico del Oronsay se convirtió en un escritor de renombre que reside en Canadá) y la evocación del viaje y de la niñez en la isla de Sri Lanka que Michael dejó atrás al embarcarse. En el barco, a Michael le asignan un camarote de tercera, el cual compartirá con un tripulante que se pasa las noches jugando al bridge con tres compinches. Michael entabla amistad con dos niños de sus edad, Ramadhin y Cassius, y pronto descubren que son prácticamente invisibles para los adultos. Sus exploraciones del barco y las conversaciones que tienen con otros pasajeros y tripulantes forman el cogollo de una historia cautivadora y narrada de manera excelente.
Ondaatje profundiza en las conexiones que establecen los seres humanos a lo largo de la vida, pero no lo hace recurriendo a disquisiciones filosóficas (que podrían resultar pesadas y fuera de lugar en este relato). Por ejemplo:
“… no sabemos más acerca de los personajes que ellos saben de sí mismos…. Eso creo. Reconozco eso como un primer principio del arte, aunque tengo la sospecha de que muchos lo reconocerían.”
Las conexiones, como bien sabemos todos, se hacen y se pierden. En algunos casos, reaparecen unos puntos de conexión allí donde nunca hubiéramos esperado encontrarlos. En todo caso, para cuando queramos recuperar el pasado, también sabemos que la memoria es exigua y no tan fiable como quisiéramos. Por suerte, nos quedará siempre la ficción para reconstruir una historia que queramos dejar como legado.
Muy sutil y elegante en sus palabras, Ondaatje pone de relieve las limitaciones que los personajes se encuentran en ese universo sellado por el mar durante tres semanas de travesía. La férrea moral de la posguerra, en los estertores del imperio y el rancio colonialismo que lo sostiene, constriñe a los comensales de la ‘mesa de los segundones’.
Michael y sus amigos se esconden para escuchar conversaciones sin ser vistos. Espían y observan con descaro, cometen increíbles travesuras (la idea de atarse en una cubierta poco antes de que el buque enfrente una espantosa tormenta me recordó a alguna que otra locura de mi niñez tardía, como la de lanzarse al vacío desde un segundo piso a una montaña de arena para la construcción); en definitiva, aprenden muchísimo en esas tres semanas en el mar.
Pero Ondaatje no se conforma con esto, y añade unas magistrales dosis de misterio al relato, enmarañando una trama alrededor de varios de los personajes de esa ‘mesa de los segundones’ en el comedor, a la que confinan a Michael desde el primer día de viaje. Dice Ondaatje que son personas como las que se sentaban a esa mesa, “extraños como ellos, en los diferentes lugares destinados a los segundones donde he estado, las que me cambiarían”.
Como todo viaje que se precie (dejemos de lado los viajes de turismo, que no cuentan), éste no es solamente un viaje de emigración, sino también descubrimiento de uno mismo. Michael se desplaza de Colombo a Londres, pero también se traslada de la niñez a la juventud. Pero como cualquiera de nosotros, no es consciente de lo que le sucede mientras le está sucediendo.
Una vez terminada la lectura de The Cat’s Table, releí las primeras páginas. Había algo que no cuadraba. En efecto, Ondaatje comienza la novela en tercera persona, refiriéndose a Michael como un niño que “tenía once años aquella noche cuando, verde como estaba para el mundo, subió a bordo del primero y único buque en su vida. Semejaba que a la costa le hubieran agregado una ciudad, mejor iluminada que cualquier pueblo o aldea.” Resulta muy curioso que Ondaatje no vuelve en ningún momento mas adelante en la novela a recurrir a la tercera persona.
Una última observación. The Cat’s Table ha sido publicada muy recientemente en español bajo el extraño título de El viaje de Mina. La elección de ese título para la versión en lengua castellana es realmente pobre y poco afortunada. Con El viaje de Mina se pierde demasiado (‘the cat’s table’ es una referencia al estatus de inferioridad que les confieren en el barco), por no hablar de los equívocos que pudiera provocar: Mina suele ser nombre de mujer, por lo que la elección de la mayúscula me parece muy poco afortunada. Hacer referencia, aunque sea mínima, al viaje de un pájaro mina, o mainate del Himalaya (mynah bird, una de cuyas numerosas variedades se ha convertido en una plaga aquí en Australia) tendría más que ver con un vuelo que con una travesía interoceánica. Dudo mucho que haya sido decisión del traductor empobrecer el texto a través del título; y dudo también que a Ondaatje se le haya explicado la merma que supone el título en castellano de su excelente novela.

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