18 may. 2012

Reseña: La mala espera, de Marcelo Luján


Marcelo Luján, La mala espera (Madrid: EDAF, 2009). 227 páginas.

“Alguien tendrá que explicar alguna vez qué aspecto tiene la venganza, qué ropa usa y cómo respira. Por lo pronto, eso que yo vi ahí parado, en silencio, con el pelo recogido y los brazos como sogas a un costado del cuerpo, con un vaquero gastado y los dedos bajo las mangas de un pulóver azul, será mi eterna imagen del desquite, del resarcimiento final”.

Esto nos cuenta el Nene (Rubén) hacia el final de La mala espera, la primera novela del argentino Marcelo Luján, quien con ella se llevó el Premio de Novela Negra Ciudad de Getafe de 2009. Entre este momento de clarividencia única y el inicio de la trama, al Nene le van a ocurrir muchísimas cosas, pocas de ellas buenas.

Rubén es un tipo bastante inocente, digamos que un argentino más de los muchos que se marcharon a fines del siglo pasado de su añorado Buenos Aires para buscarse la vida en España. El Nene llega a Madrid con muchas ambiciones (“me como el mundo”), pero al poco tiempo irá descubriendo que muchas de las decisiones que ha de tomar le vienen dadas: los naipes están marcados. Pero ¿quién los ha marcado, y por qué?

Hábilmente narrada en primera persona, la voz del Nene destila resonancias porteñas que se mezclan con lo más castizo de la central ciudad que sigue siendo capital del estado español. La trama avanza a golpes y a saltos, mientras la voz del narrador nos lleva de vuelta a Buenos Aires para rememorar quién es Rubén y qué tipo de vida dejó allá.

Al cabo de unos pocos meses de malvivir en Madrid, Rubén se muda a la casa de un matrimonio  conocido, el Pipo y su mujer francesa. Buscando comerse el mundo, el Nene empieza a recibir encargos de trabajo para una “agencia”, en la que una colombiana, llamada Angie, y otro argentino, Fangio, parecen marcar los ritmos y delimitar territorios. Para entonces Rubén ya se ha establecido en un piso céntrico propiedad de otro argentino, Nicolás, chico de familia acomodada y seguidor incondicional del Valencia C.F.

La mayoría de los trabajitos que realiza el Nene son de vigilancia: esperar y observar, observar y esperar. Pero cuando Angie le calienta las ideas (y no solamente las ideas) y le ofrece una suculenta tajada de un ingreso de varios kilos de cocaína vía Lisboa desde Santo Domingo, las cosas empiezan a torcerse.

Siguiendo un encargo (órdenes de Fangio) Rubén acude a un puticlub del que no saldrá por su propio pie. La narración de la brutal golpiza que recibe y su consiguiente oscilación entre la vida y la muerte en un hospital es de lo más conseguido que tiene la novela. Cuando finalmente recobra la consciencia (el bazo jamás lo va a recuperar), le viene también la conciencia de haber sido objeto de una trampa, de que lo han ofrendado como sacrificio. Entonces tiene que averiguar quién o quiénes querían quitárselo del medio, y luego (quizás) regresar a su vida en Buenos Aires.

Cimentada en un buen ritmo narrativo, La mala espera abunda en curiosos pormenores, en sensaciones y recuerdos, y nos advierte (por si hace falta hacerlo) de que el libre albedrío y el hampa son mutuamente excluyentes. La trama sostiene perfectamente hasta el final el misterio de una venganza cultivada y guardada durante muchos años, y su contundente desenlace no decepcionará a nadie. Para quien disfrute del género de la novela negra, pienso que La mala espera será una lectura satisfactoria.

Solamente una protesta como lector y comprador de libros. ¿Es realmente tan difícil para las editoriales producir libros que no contengan erratas? ¿Por qué no se puede hacer a los libros una revisión a conciencia del texto para evitar cosas horripilantes como “conciente” (p. 126)? ¿O es acaso esto reflejo, indicio y síntoma (lo digo porque las páginas webs de los diarios españoles están también plagadas de errores ortográficos y de redacción) de un mal ampliamente extendido entre la industria editorial española? Yo compro mis libros, y quiero comenzar a exigir corrección. Quiero el producto por el que pago, no un burdo sucedáneo dispuesto como sea por el becario de turno. 

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