12 may. 2016

Reseña: I Am No One, de Patrick Flanery

Patrick Flanery, I Am No One (Londres: Atlantic Books, 2016). 336 páginas.

“No somos nadie”, dice esa socorrida expresión que con cara compungida suele soltarse en funerales y entierros. En el caso del Profesor Jeremy O’Keefe, ya quisiera él ser nadie… para la agencia o agencias de inteligencia que por alguna razón que desconoce le han seguido la pista (lo que es un eufemismo en este caso) desde que decidió marcharse de los Estados Unidos y establecerse en Oxford poco después de septiembre de 2001, tras un agrio divorcio y un fracaso profesional del que prefiere no hablar.

It was boring in 1986 when I visited. Betcha it remains so. Fotografía de Doc Searls.
Esta tercera novela de Patrick Flanery (hasta ahora solamente he leído la segunda, Fallen Land, que ya reseñé aquí en septiembre de 2013, y la cual no dejo de seguir recomendando encarecidamente) ofrece un comienzo de lo más intrigante que he leído en mucho tiempo: O’Keefe se presenta en una cafetería donde ha quedado con una de sus estudiantes de posgrado para hablar; transcurre el tiempo y se da cuenta de que la chica no va a venir, y un joven cliente de la cafetería le aborda y le hace preguntas sobre la chica que no ha acudido a la cita. Apenas una hora después, ya en su apartamento del campus, encuentra en su ordenador un email que él no recuerda haber escrito, según el cual había cancelado la cita con su discípula, que le había respondido.

En los siguientes días, el cincuentón académico empieza a recibir cajas que contienen folios impresos con las direcciones de los sitios web que ha estado visitando en los últimos diez años y de los números de teléfono que ha marcado o de los que ha recibido alguna llamada en ese mismo periodo. Sería como para echarse a temblar, ¿no?

¿Quién le vigila, y por qué? Desde su punto de vista, él no es nadie de importancia. Pero es evidente que alguien poderoso está al tanto de todos los detalles de su vida, incluidas sus pequeñas indiscreciones en Oxford. ¿Qué quieren de él? Al fin y al cabo, Jeremy es un tipo más bien retraído, con un interés académico muy específico por la historia de la Stasi (qué sutil ironía: un ejemplo perfecto de especialistas en la vigilancia total del individuo) y, de vuelta en su Nueva York natal, se siente todavía un poco fuera de sitio, solo, extraviado.

La novela está narrada en primera persona, y se presenta como una suerte de testamento o confesión por parte del historiador, que había logrado la doble nacionalidad (estadounidense y británico) mientras estaba en Oxford.

A medida que progresa el relato de O’Keefe, vemos cómo su situación empeora: descubre que hay un hombre apostado enfrente de su apartamento; el joven de la cafetería se hace omnipresente, y aparece hasta en las fiestas del día de Acción de Gracias y de Navidad que da su hija, una adinerada propietaria de una galería de arte del centro de Nueva York. Cuando se va un fin de semana a su casa de Rhinebeck, el mismo joven vuelve a aparecer en circunstancias más que sospechosas (¿Cuántas coincidencias son posibles en un lugar como Rhinebeck?); en la casa, desaparece su teléfono, y al poco rato lo encuentra en el interior del frigorífico, con un mensaje escrito en la pantalla, pero no enviado: “Los teléfonos escuchan”.

 El centro de Rhinebeck. Suena un teléfono... mejor no contestar, Jeremy. Fotografía de Daniel Case.
Flanery va esparciendo los hechos más comprometedores y significativos de la vida de O’Keefe a lo largo de los capítulos de la novela, de manera que el lector va haciéndose una idea más exacta de quién es Jeremy. ¿Es su conexión con una estudiante egipcia procedente de una pudiente familia en Oxford la que le ha metido en este embrollo que le está literalmente volviendo loco? ¿Es posible que el hermano de esa estudiante, Fadia, sea la causa última de que el Profesor O’Keefe esté en la mira de las agencias de inteligencia?

Como en Fallen Land, Flanery maneja los hilos argumentales con astucia y buen hacer. I Am No One no es, estrictamente hablando, un thriller a la vieja usanza. Cierto es que desde prácticamente la primera página el misterio te atrapa, y uno no deja de preguntarse qué es lo que realmente le está sucediendo a O’Keefe. Pero el hecho de que la historia esté contada en primera persona lo convierte en un narrador que no es 100% fiable.

They're warching YOU, too. No lo olvides.
Fotografía de Nikolaos S. Karastathis, mayo de 2006.
Quizá lo más significativo e inquietante de este nuevo libro de Flanery sea que describe un escenario demasiado verosímil, demasiado actual y presente en nuestras vidas. Dice por boca de O’Keeefe:
“Es horrible ponerse a imaginar que lo que parece un delirio paranoico pudiera ser cualquier cosa excepto eso, que sospechar que a uno lo están siguiendo y vigilando y manipulando es, de hecho, el colmo de la cordura, quizás la definición misma de la cordura en el mundo actual. Lo que es de locos es suponer que llevamos vidas privadas, o que la vida privada sea aún una posibilidad, y eso es no solo cierto para los que vivimos nuestra condena en el mundo desarrollado, sino para cualquiera en cualquier sitio, excepto quizás para los que se esconden bajo tierra, pues los satélites que hemos puesto en el espacio, y las aeronaves, tripuladas y no tripuladas, que patrullan el espacio aéreo por encima de nosotros, nos miran fijamente, y producen imágenes minuciosamente detalladas de todas nuestras vidas, observándonos, o quizás se podría decir que simplemente nos estamos observando a nosotros mismos, o al menos que los gobiernos a los que les permitimos seguir en el poder nos están observando en nuestro propio nombre, así como las corporaciones que también lo hacen por cuenta propia, aun cuando insisten en el servicio público que dicen facilitar, el cual utilizamos, con frecuencia de forma gratuita, sin que gastemos nada para poder mirar imágenes de satélite del patio trasero de nuestros vecinos y las terrazas de los tejados o vistas a nivel de calle de los ventanales y puertas de su fachada, intercambiando este acceso gratuito a todo el conocimiento del mundo por la grabación, por parte de esas corporaciones, de los hábitos de nuestra actividad, y haciéndonos vulnerables no solo a la captación de esos datos y su potencial monetización, es decir, a su venta otras entidades que recojan sus propias clases de datos sobre nosotros, sino también a ser bombardeados con publicidad que, por mucho que podamos luchar contra ella, inserta sus mensajes en la profundidad de nuestro pensamiento, influyéndonos de una u otra forma… (p. 116, mi traducción).
Visto lo visto, a partir de ahora habrá que saludar hacia arriba, al satélite de servicio discrecional, al salir de casa. Nos están viendo, nos están mirando. Y mucho cuidadito con lo que decimos por teléfono. Todo se escucha, todo se graba, todo se sabe. Pero, ¿por qué hemos elegido a estos políticos tan nauseabundamente furtivos a la hora de tomar decisiones en torno a la privacidad de sus ciudadanos?

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