18 sept. 2016

Reseña: The Lives of Others, de Neel Mukherjee

Neel Mukherjee, The Lives of Others (Londres: Chatto & Windus, 2014). 516 páginas.
La guerrilla naxalita de orientación maoísta apareció en la región india de Bengala Occidental en las décadas posteriores a la independencia del país en 1947 y se extendió posteriormente a otras regiones del subcontinente. Sus objetivos eran claros: lograr la redistribución de las tierras entre los campesinos que ninguna tenían o que habían perdido la poca que tenían a manos de los terratenientes, prestamistas y otros caraduras de muy diversa índole. Dejando de lado lo adecuado o no del método por el que optaron para intentar lograr sus objetivos – tema que es sin duda discutible desde varios puntos de vista – no cabe duda de que dichos objetivos eran loables. De hecho, la reforma agraria que tanto se prometió durante el proceso de independencia y después de esta nunca se ha llevado a cabo a rajatabla.

Fotografía de Michael Gäbler.
Este es el contexto histórico en el que sitúa Mukharjee esta su segunda novela, la cual estuvo cerca de llevarse el Premio Man Booker de 2014, que se llevó otra magnífica historia, la del australiano Richard Flanagan (The Narrow Road to the Deep North). The Lives of Others tiene como protagonista indiscutible a la familia Ghosh, perteneciente a la clase media-alta de Calcuta. Es un trabajo muy ambicioso, presentado en dos narraciones paralelas durante buen aparte del libro. Por un lado, una narración omnisciente en tercera persona, en la que Mukherjee sigue las vicisitudes (que son muchas, y no siempre fascinantes) de la familia Ghosh. Por otro lado, el autor incluye una serie de cartas que Supratik, el joven heredero del clan Ghosh huido para organizar y liderar las guerrillas naxalitas, escribe a una mujer de la familia de quien no sabemos el nombre.

La familia Ghosh tiene como patriarca a Prafulla, quien sobrevivió a una infancia dura y consiguió construir su pequeño imperio económico en la industria papelera. Su mujer es Charubala, que manda en la casa con mano de hierro. Tienen cinco hijos, cuatro varones y una mujer, Chhaya, a la que nunca consiguen casar. Si en los años 60 los Ghosh acumulan riquezas y se codean con la creme de la creme de Calcuta, una pobre estrategia industrial y financiera verá cómo la familia entra en declive en los 70. Los dos hijos mayores, Adinath y Priyo, culpan a su padre; en realidad, parece decir el narrador, el proceso de declive era inevitable.

Tea shop in Kolkata. Fotografía de Arnabpatra Jhargram
El hijo mayor de Adinath, Supratik, aprende en la universidad las enseñanzas del líder de la Revolución Cultural, un tal Mao, y harto de las hipocresías y constantes crueldades de la familia (un ejemplo fehaciente de la sociedad patriarcal tradicional en Bengala, sostenida sobre un sistema de violencia y opresión de los poderosos hacia los que nada tienen) se echa al monte en el distrito de Medinipur.

Entre los campesinos más pobres, los desheredados de la Tierra, Supratik pasará varios años. Aprenderá a labrar, plantar, cosechar y fertilizar los campos de arroz en jornadas de más de 12 horas diarias, y con otros compañeros revolucionarios emprenderá acciones de lucha armada contra el sistema. Conocerá de primera mano las tragedias y las injusticias que padecen los más pobres – como el caso de Nitai Das, sobre el que Mukherjee escribe el prólogo de la novela (ver más abajo). En compañía de otros jóvenes guerrilleros, Supratik participa en su primera acción sangrienta (el asesinato de un rico prestamista sin escrúpulos), a la que seguirán otras. La represión gubernamental no se hará esperar, y Supratik regresa a Calcuta, al hogar familiar.

La familia Ghosh no es precisamente un dechado de decencia y honradez. Mukherjee ahonda en los detalles más oscuros y execrables de cada uno de ellos. La matriarca, Charubala, ejerce el poder de forma despótica y trata a la viuda de su hijo más joven y a los nietos como si fueran intocables. Priyo frecuenta un burdel donde satisface sus obsesiones escatológicas hasta que una tarde recibe una paliza. Chhaya tiene una lengua viperina. El hermano de Supratik es un vivalavirgen enganchado a la heroína. Es un mosaico en el que la hipocresía, los valores patriarcales y clasistas de la clase media bengala y los dobles raseros que emplean en las relaciones interpersonales quedan muy resaltados. El autor pone de relieve la fuerte contradicción entre esa opulencia venida a menos y sus aspiraciones a seguir siendo relevantes en la elite social de Calcuta. Ni siquiera Supratik escapa de la mordaz crítica de Mukherjee: no es ningún héroe.

En un desenlace relativamente inesperado, al rápido declive económico de la familia Ghosh se sumarán otras vergüenzas, seguidas de una tragedia posterior a la deshonra que significa para todos ellos un allanamiento nocturno por parte de la policía.

One way of making a living in heavy traffic. Fotografía de M M.
The Lives of Others es una novela harto ambiciosa tanto por su extensión como por el estilo deliberadamente anticuado en ocasiones del que intenta dotar la novela Mukherjee. Hacer gala del dominio de un vocabulario rebuscado y una sintaxis vetusta no ayuda de ningún modo al lector. Todo lo que tiene de bueno de estudio de personajes queda un poco desdibujado. A diferencia del prólogo – uno de los más impactantes que he leído en años recientes por lo que muestra de la brutalidad a la que la miseria aboca a los desheredados y abandonados – los dos epílogos apenas añaden nada de auténtica relevancia a la trama de la novela, una notable saga de la vida en Calcuta cuyo saldo final es más bien imperfecto.

Prólogo - Mayo de 1966
Después de cubrir la tercera parte del recorrido del camino que une su choza con la casa del amo, Nitai Das siente que empieza a tambalearse. O puede que sea otra vez el mareo. Se sienta en el campo yermo que tiene que cruzar antes de llegar a su choza. No hay ni una brizna de sombra en ninguna parte. El sol de mayo es un fuego implacable; le quema la sangre hasta dejarlo seco. Y quema también cualquier atisbo de esperanza que le queda de que el monzón arribe a tiempo para terminar con este tercer año de sequía. Alrededor, la tierra empieza a agrietarse y partirse. Le pesan los párpados. Cierra los ojos por un instante, y luego, justo cuando el sueño empieza a vencerle, se mueve hacia adelante, despertándose bruscamente. Toquetea distraídamente a su gran enemigo, el suelo, que ya no es tal suelo, sino polvo compacto. Hasta el recuerdo del agua ha quedado borrado para siempre, como si nunca hubiera existido.

Toda la mañana ha estado mendigando una taza de arroz en el exterior de la casa del amo. Sus tres hijos no han comido nada en cinco días. Su última comida fue un puñado de heno robado del establo del amo, y hervido luego en el agua amarillenta y turbia del pozo. Hasta el pozo se está quedando seco. Durante los últimos tres años vienen comiendo una vez cada cinco o seis o siete días. Las últimas veces que había ido a pedir no habían servido de nada, solamente recibió insultos y que lo echaran a la fuerza de las tierras de la casa del amo. Al principio, cuando empezó a ir allí a mendigar comida, le cerraban las puertas y ventanas y pasaban los pestillos, mientras él se quedaba sentado fuera de la casa durante horas y horas, y el día dejaba paso a la tarde, y ésta a la noche, hasta que descubrieron su resiliencia y cambiaron de táctica. Hoy los guardias le han atacado. Uno de ellos le ha atizado en la espalda, los hombros y las piernas con un palo, mientras el otro bromeaba: ─ ¿Dónde vas a darle a este perro? Si no es más que huesos, ni siquiera hace falta arrearle. ¡Sopla y verás cómo se cae de espaldas!

Curiosamente, Nitai no siente dolor alguno tras la paliza de esta mañana. Sabe lo que tiene que hacer. La cabeza vuelve a darle vueltas, y Nitai cierra los ojos ante el castigo de la luz blanquísima. Todo lo que tiene que hacer es caminar la distancia que le queda, unos quinientos metros. Al cabo de unos momentos ya se encuentra bien. Una especie de energía nerviosa surge de repente en su interior, se levanta y se pone a andar. A los pocos segundos comienza el jadeo, pero él sigue adelante. Una arcada seca le interrumpe el paso por un instante. Pero después sigue caminando.

Su esposa está sentada en el exterior de la choza, esperando a que regrese con algo, lo que sea, para comer. Apenas puede sostener la cabeza. Incluso antes de que él pase a convertirse de un punto en el horizonte en la forma de su marido, la mujer ya sabe que regresa con las manos vacías. Los niños han dejado de levantar la vista cuando él regresa de los campos. También han dejado de llorar de hambre. La más pequeña, que tiene tres años, no es más que un bulto diminuto que apenas se mueve, con unos ojos enormes y pesados. La segunda es un esqueleto revestido de piel negra flácida, pulida. El mayor, con el vientre hinchado, se ha vuelto tan lánguido que hasta su misma sombra parece menguada y torpe. Los huesos se han comido la poca carne que tenían en sus muslos y nalgas. Las raras ocasiones en las que lloran no mana de sus ojos lágrima alguna; sus cuerpos son reacios a desprenderse de todo lo que puedan retener y consumir. Nitai no puede ver ya nada en sus ojos. Antes había hambre en ellos, hambre y esperanza, y el fin de la esperanza y del dolor, y quizás incluso un rencor lleno de perplejidad, una suerte de acusación silenciosa, pero ahora ya no hay nada en ellos: es una nada torpe, que va más allá del final.

El amo le ha explicado qué les espera a sus hijos si no paga los intereses del primer préstamo. Nitai los ha traído a este mundo de miseria, una miseria interminable, una miseria sin fin. ¿Quién puede escapar de lo que uno lleva escrito en la frente desde que nació? Nitai ya sabe qué hacer ahora.

Recoge la hoz de mango corto, coge a su mujer por la muñeca huesuda y la saca afuera. Con su experta mano de agricultor arquea la hoz y la hace bajar cruzándole el cuello. Advierte las dos motas de saliva en las comisuras de sus labios, sus ojos enormes llenos de terror. La cabeza no ha quedado bien cortada, quizás no le ha golpeado con la fuerza suficiente, de manera que cuelga de unas fibras todavía por cortar de piel, músculo y arterias, mientras ella se desploma con un golpe seco. En la cara y en el pecho, que parece estar a punto de reventar, le ha caído un poco de la sangre que ha salido a borbotones. Tiene la mano derecha muy pegajosa.

Al oír el ruido, sale el chico. Nitai es rápido, tiene la energía y la concentración de un animal henchido de sí mismo y únicamente de sí mismo. Antes de que la visión que el chico tiene ante sí pueda comprimirse en algo con sentido, su padre le empuja contra la pared de adobe y dirige la curva de la hoja con toda la fuerza que hay en su ser enardecido contra el cuello del chico, decapitándolo de un solo golpe. Esta vez la sangre, un chorro fino y tibio, le da de lleno en la cara. La mano está ahora tan resbaladiza que deja caer la hoz, En el interior de la pequeña choza está su hija sentada en el piso, temblando, tratando de arrastrarse hacia un rincón donde poder desaparecer. Quizás haya olido esa sangre metálica, o se haya asustado del gemido animal que brota de su padre, un sonido que no es posible que sea humano. Por instinto, Nitai se limpia la mano derecha, la mano con la que trabaja, en su lungi apretujado, agarra a su hija por la garganta con ambas manos, y aprieta y aprieta hasta que los desorbitados ojos de la niña casi se salen de las cuencas a las que están unidos, le cuelga la lengua afuera y quedan quietas las piernas que se revolcaban. Se arrastra por el piso hasta el rincón donde está llorando la última de su prole, con un gimoteo enclenque, y con manos temblorosas le cubre la boca y la nariz, apretando con fuerza, manteniendo las manos fuertemente apretadas hasta que ya no hay nada.


Nitai sabe qué hacer. Levanta el bidón de Folidol que le sobra desde hace tres temporadas y bebe con los labios bien ajustados a la boca de la lata, hasta que ya no puede beber más. En su interior un fuego le quema las entrañas hasta paralizarlo, y entonces empieza a revolverse y retorcerse como una lombriz lanceada, no para de revolverse y retorcerse y finalmente le sale por la boca una espumilla rosácea, hasta que también él regresa de la nada que hay en su vida a la nada que ya es.

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