10 jul. 2018

Reseña: Hotel DF, de Guillermo Fadanelli

Guillermo Fadanelli, Hotel DF (Barcelona: Mondadori, 2011). 290 páginas.
En el centro de la ciudad de México está el Hotel Isabel. Es un establecimiento sin renombre alguno: un lugar que acoge a extranjeros despistados, medianías sociales muy aficionados al perico y al trago fácil, y que sirve de guarida y alcancía a narcotraficantes y criminales de baja estopa y peor sentido del humor. Es decir, que en nada se parece a Fawlty Towers.

¿Y por qué ha decidido de pronto hospedarse en el Isabel Frank Henestrosa, alias el Artista? Quién sabe, el caso es que a este mediocre periodista le han caído cinco mil pesos, tal como agua de mayo, y la idea de pasar unos días en el centro de México observando el proceder de unos y otros huéspedes le resulta atractiva. Puede que hasta dé con una historia que valga la pena escribir.

La estructura de este libro semeja la de una novela, pero es una pizca engañosa en ese respecto. Son más bien relatos breves que (per)siguen a los variopintos personajes del hotel, con Henestrosa como narrador – tanto en primera persona como en tercera, con tintes casi completamente omniscientes. Así, leemos sobre gente tan dispar como Stefan Wimer, turista alemán que domina el castellano con soltura y cuya curiosidad bien podría acarrearle problemas. O el caso del Boomerang Riaño, siniestro investigador freelance que acecha el hotel en busca de informaciones. Otrosí: el Nairobi, sobrino de La Señora, jefe de la banda de delincuentes que han tomado el hotel, el decidor de algunas de las ocurrencias más absurdas y desternillantes que había leído en mucho tiempo:
—¿No te da miedo hacerte viejo? [pregunta el abogado de La Señora al Nairobi.] 
—No me importaba cuando estaba joven, menos ahora —responde el Nairobi— Y los que no tenemos hijos nunca nos hacemos viejos.
—¿No tienes hijos, Nairobi? Con razón estás en todos lados. Eres el padre y los hijos al mismo tiempo. Buen ejercicio.
—Estuve a punto de adoptar a un chino, pero están muy caros —remata el Nairobi antes de indicar a sus compañeros el momento de la despedida.
La redada en las calles centrales de Tepito ha culminado y un silencio sideral vuelve a colmar los pasillos del mercado callejero. (p. 163)
Tepito, barrio bravo. Fotografía de A01168527 
Hotel DF está escrita con un tono cínico y perspicaz, utilizando un lenguaje lapidario que se adapta perfectamente al formato de capítulos (o relatos cortos) que nunca llegan a delinear una trama lineal. Es un caleidoscopio por el que se van asomando los distintos huéspedes del Isabel y los personajes secundarios, siempre con el paisaje de fondo del DF, la megaciudad del siglo XXI en la que la vida no parece valer gran cosa y los jóvenes mueren atrapados por el ciclo tóxico de pobreza, falta de oportunidades y delincuencia.

Es divertida, pero al mismo tiempo impera en ella un sentido sombrío de absoluta desesperanza. Como aquel chiste que me contaba mi amigo P. sobre el DF: le pregunta un compadre a otro: “¿Tienes hijos, güey?” “Depende. ¿En qué barrio?”.

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