22 mar 2011

Memeces desde el púlpito virtual

¿Una visión ingenua, o anclada en el colonialismo del siglo XIX? 


Memeces desde el púlpito virtual

Puede ser que algunos, que tienen la facultad (o la atroz obligación, vete tú a saber, que todo es posible) de escribir un editorial cada tres meses, piensen que eso les otorga la prerrogativa de divulgar memeces, y de dictar cátedra como si las suyas fueran opiniones expertas y fundadas en un estudio profundo y concienzudo del tema del que escriben.

El editorzuelo de una revista en línea venida a menos exhorta a sus lectores (ignoro cuántos puede tener) a “acercarse a todas aquellas manifestaciones a través de las que se expresa su sentimiento individual y colectivo” para mejorar nuestra “valoración y conocimiento del otro”. El otro, en este caso, parecen ser tanto los ciudadanos árabes (en cuyos países parece estar produciéndose un cambio histórico, no necesariamente de índole cultural), como los de “más allá”, barrunta vagamente el susodicho. ¿Dónde queda exactamente más allá? ¿En el más allá, quizá?

Para de verdad aprender a valorar y conocer al otro no hacen falta embajadores ni embajadas. En realidad, el otro puede ser tu vecino, no hace falta ir tan lejos, y mucho menos “más allá”. A fin de cuentas, toda mediación (la embajada no es sino la interposición de un intermediario) puede resultar superfluo estorbo.

El mejor embajador para poder conocer al otro (si es que de verdad uno quiere llegar a conocerlo) es el otro mismo, no los productos comerciales etiquetados como cultura, los cuales por otra parte suelen ser mediados o estar agriamente tergiversados – cuando no abiertamente manipulados – por intereses ajenos a la cultura que los produjo.

Designar emisarios plenipotenciarios es volver a caer en el error del decimonónico discurso colonial, bien por ingenuidad, o bien por pavonearse de una pretendida superioridad cultural o intelectual.

Lo demás son memeces, perogrulladas simplonas.

18 mar 2011

Reseña: Fin, de David Monteagudo


David Monteagudo, Fin (Barcelona: Acantilado, 2009).


La premisa argumental sobre la que se construye esta novela es potencialmente muy buena. Un grupo de amigos que solían formar una pandilla – lo más natural del mundo – se vuelven a juntar en el solitario refugio adonde solían ir para recordar los viejos tiempos. Todos tienen algo que ocultar, ya sea de su vida actual o de un suceso que aparentemente dejó una marca moral en sus vidas, cuando a un integrante de la pandilla le gastaron una humillante ‘broma’. Hasta aquí, todo parece ser casi ideal para confeccionar una interesante narrativa, y si el autor domina el género del suspense y tiene las dotes necesarias para aderezar la trama con un lenguaje que le resulte atractivo al lector, ¿estamos quizá ante la versión española de un Cormac McCarthy?


La respuesta es fácil, sencilla y tajante: NO.


Tras la cena, y justo cuando comienzan las discusiones y recriminaciones entre los antiguos amigos, algo extraño sucede en el exterior. Qué es lo que sucede exactamente no llega a quedar nunca claro, pero conforme avanza la novelita el escenario en que se mueven los personajes adquiere inverosímiles tintes de apocalipsis, de un fin del mundo en el que los animales han sobrevivido la aparente hecatombe y campan a sus anchas por pueblos, ciudades y carreteras. Incluso se da el caso de que un tigre (sí, has leído bien, los pobrecitos tigres que están en peligro de extinguirse…) se lleva entre sus felinas fauces a una de las chicas que se había parado a hacer un pis en la vereda. En fin…

Por lo demás, aparte de algunos diálogos bastante bien estudiados (en ocasiones, me daba la impresión de que los capítulos parecen seguir más bien un orden teatral, de escenas y actos; es como si Monteagudo hubiera convertido lo que en principio podría haberse ideado en torno a un drama existencialista en una novela), las descripciones suelen ser más bien empalagosas. El tedio que producen en el lector queda compensado por el deseo de saber qué demonios es lo que hace desaparecer uno tras otro a los personajes. Y estoy seguro de que más de un lector habrá quedado si no cabreado, al menos decepcionado por el hecho de que Fin no resuelva las incógnitas con que el autor ha ido tirando del a veces pesado carro de esta novela.

Si lo que Monteagudo buscaba con Fin era realizar un estudio de la condición humana en una situación que produzca miedo, pienso que la novela no lo desarrolla. Hay demasiados tics estereotipados y demasiados puntos suspensivos que no llevan a ninguna parte. Si Fin ha sido un gran éxito de ventas en España – que lo ha sido – cabría preguntarse por qué; al que esto escribe no le queda nada clara la razón.

Posts més visitats/Lo más visto en los últimos 30 días/Most-visited posts in last 30 days

¿Quién escribe? Who writes? Qui escriu?

Mi foto
Ngunnawal land, Australia