16 jun. 2018

Reseña: Billy Sing, de Ouyang Yu

Ouyang Yu, Billy Sing (Melbourne: Transit Lounge, 2015). 135 páginas.
Nacido en 1886 de padre chino y madre inglesa, William Sing se crio en una granja de Queensland junto a sus dos hermanas. Sería dificil conjeturar qué tipo de niñez y adolescencia debió tener Billy: más de cien años después los prejuicios racistas no han desaparecido. Sin duda para él debió ser extremadamente dificil regresar de la I Guerra Mundial con la etiqueta de héroe a una tierra y unas gentes que nunca lo consideraron su igual.

Ouyang Yu escribe una ficción sobre la vida de este extraordinario personaje, que ha pasado a los anales de la historia oficial australiana, tan obsesionada con guerras de otros y que siempre se libran en otras tierras. Desde bien pequeño, Sing demostró tener muy buena puntería con un rifle en sus manos, y tras el estallido de la Gran Guerra se alista (a pesar de la oposición oficial a permitirles el ingreso en el ejército a hombres de ascendencia asiática) y en Galípoli se convierte en el francotirador más temido por los turcos.

El plato favorito de Billy de los que le solía cocinar su padre: cerdo estofado con arroz hervido. Fotografía de Mori Chan, 台中市 (Taichung).
La biografía de Sing dice que tras la campaña de los Dardanelos luchó en Francia, sufrió heridas y envenenamiento a causa de los gases en los campos de batalla. Finalmente regresó a Australia y le hicieron entrega de algunas tierras como veterano de guerra, pero malvivió en la pobreza hasta su muerte en Brisbane en 1943.

Donde ponía el ojo, ponía la bala.
La mayor virtud de este libro de Yu (hay que recomendar encarecidamente una novela suya anterior, Diary of a Naked Official, de 2014) consiste en la creación de una voz genuina y franca para el protagonista, quien sin duda vivió, como el autor mismo, a caballo entre dos culturas que en buena medida pudieran ser mutuamente excluyentes. Yu construye un duro relato en primera persona de las vivencias de Sing en el frente: juega a mantener un equilibrio entre los aspectos más explícitos y la sutil ironía del observador que se sabe marginado. El mito del soldado ANZAC queda bastante malparado: la absurda futilidad de la contienda, la amarga realidad de los incontables muertos y heridos cuyo sacrificio no sirvió para absolutamente nada. Y la cruda toma de conciencia del francotirador en mitad de la guerra: “De alguna manera, matar gente es más fácil que matar canguros. Aprietas el gatillo y está muerto. Bastante puro y limpio, ni una gota de sangre que te ensucie las manos. Y además la comida es buena y uno se va a dormir poco después, noche tras noche. La única desventaja es que no hay mujeres.” (p. 81, mi traducción)

El lector encontrará en Billy Sing algunos artificios narrativos poco usuales: por ejemplo, el protagonista interpela a un tú (necesariamente el autor, nunca el lector) sobre sus motivaciones para escribir sobre la vida de un muerto. Un buen libro, del que te dejo la traducción del prólogo:
“En la cultura de Papá, la gente les rinde culto a los muertos más que a los vivos, algo que encuentro raro e imposible de entender hasta que soy lo bastante viejo para conocer cosas más allá del país en el que nací. No ponen coronas de flores muertas en la tumba. Queman incienso. Hacen estallar petardos. Queman dinero en forma de billetes. Al presentar así sus respetos, expresan una creencia de que los muertos nunca mueren, a diferencia de los vivos que, piensan (al menos mi padre lo hace), que están a veces más muertos que los muertos mismos porque nunca se les pasa la muerte. Según Papà, la muerte sirve de vínculo entre los muertos y los vivos, un recuerdo constante que vive en los vivos, una continuidad que une el pasado, el presente y el futuro en un río que fluye de manera perpetua. De niño, yo trataba estas cosas como viento en el oído, una metáfora que Papá utilizaba con frecuencia en su pésimo inglés, y que con el tiempo intuí que quería decir un viento que te sopla junto a los oídos y que te deja un repentino ruido antes de desaparecer. La vida de Papá estaba llena de fantasmas, de seres capaces de hacer cosas de verdad, como habitar un cuerpo viviente y hacer que realizase cosas que ellos deseaban que sucediesen, mientras que en mi juventud soñaba con vivir una múltiple existencia póstuma, quizás como un canguro o, como sugirió Papá, un Kun [mítico pez gigante] convertido en Peng [mítica ave gigante] que cubriese miles de millas en una jornada, o más sencillamente, una persona viva que nunca muriese tras la muerte. Y es eso exactamente lo que estoy haciendo, viviendo en otra existencia, a través de otro individuo, para contar la historia, una historia de mi propia vida."

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