15 jul. 2018

Reseña: Ghosts of the Tsunami, de Richard Lloyd Parry

Richard Lloyd Parry, Ghosts of the Tsunami (Londres: Jonathan Cape, 2017). 276 páginas.
Se calcula que el tsunami del día de San Esteban de 2005 se cobró la vida de unas 226.000 personas, mientras que el del 11 de marzo de 2011 en Japón mató a cerca de 18.500. La magnitud del primero fue indudablemente mayor porque afectó a un área densamente poblada de la isla de Sumatra y atravesó el océano Índico a unos 800 km/h hasta alcanzar las costas de Tailandia, Sri Lanka, India y otros lugares. La principal diferencia, sin embargo, es que, por primera vez en la historia de la humanidad, en Japón un desastre natural estaba siendo retransmitido en directo por cámaras de televisión a bordo de helicópteros.



Parry enfatiza desde el principio que, si se hubiera tratado de otro país, la cifra de víctimas habría sido muchísimo más elevada. Los terremotos y Japón van de la mano. El hecho de que una palabra japonesa se haya internacionalizado y haya pasado a formar parte del vocabulario de casi todos los idiomas del planeta demuestra que ese concepto de la entrada masiva y brutal del océano en la tierra ha formado parte de la conciencia colectiva de un pueblo, el nipón.

El reportaje de Parry se centra sin embargo en un lugar específico de la costa de la región de Tohoku, al noreste de la isla de Honshu: un pequeño pueblo, Okawa, en las orillas del río Kitakami, por cuyo cauce entraron las aguas del Pacífico (qué ironía, haberle puesto ese nombre a ese monstruo). Cerca del río estaba la Escuela Primaria de Okawa. Si los protocolos de emergencia se hubiesen seguido al pie de la letra y el sentido común hubiese imperado, los alumnos de esa escuela solamente se habrían llevado un gran susto que sin duda habrían contado a sus nietos algún día. Pero nótese que estoy haciendo uso del condicional compuesto.

De los 78 alumnos que fueron engullidos por el agua (y todo lo que esta arrastraba) solamente cuatro sobrevivieron. Solamente uno de los 11 maestros sobrevivió. Parry investiga las circunstancias que condujeron a este suceso, triste, desgarrador, absurdo. La de Okawa fue la única escuela en la que perecieron casi todos sus alumnos. ¿Por qué?

Durante los años que siguieron al 11 de marzo de 2011, Parry viajó incontables veces desde Tokio, donde vive desde hace ya años, al norte, donde estuvo entrevistando y anotando las palabras de decenas de testigos, padres y amistades de los niños que murieron en Okawa. En su reportaje incluye testimonios y relatos espeluznantes. Solamente quienes hemos sobrevivido a la irrupción de una montaña de agua desplazada por un temblor terrestre (eso es, en pocas palabras, un tsunami) podemos entender cabalmente lo que cuentan los testigos. Un breve resumen elaborado por Parry:
“Todos los que experimentaron el tsunami vieron, oyeron y olieron algo sutilmente diferente. En buena parte dependió de dónde te encontrabas, y de los obstáculos que el agua tuvo que superar para alcanzarte. Algunos la describieron como una catarata, que superó el rompeolas y el dique del río. Para otros se trató de una rápida inundación entre las casas, engañosamente leve en un principio, que te tiraba ligeramente de los pies y los tobillos, pero que rápidamente comenzó a succionarte y golpearte las piernas, el pecho y los hombros. Respecto a su color, la describieron como marrón, gris, negra o blanca. A lo que no se parecía en nada era a una ola oceánica convencional, esa ola del famoso grabado en plancha de madera del pintor Hokusai, verdeazulada y elegantemente alcanzando un punto álgido con tentáculos de espuma. El tsunami fue algo de una categoría diferente: más oscuro, más extraño, tremendamente más poderoso y violento, sin amabilidad ni crueldad, sin belleza ni fealdad, algo completamente desconocido. Era el mar viniéndose sobre la tierra, el océano levantando sus pies y atacándote, con un rugido, que le surgía de la garganta.” (p. 143, mi traducción)
La gran ola de Hokusai. No, no es así como se mueve un tsunami.
La negligente decisión tomada por los responsables de la escuela aquel 11 de marzo llevó a un desastre que rompió los corazones de todas las familias de Okawa y las aldeas cercanas. Parry acierta en su tratamiento de la tragedia, acercando a estos padres y madres al lector lo suficiente como para entender, aunque solo sea parcialmente, el dolor y la rabia. La perseverancia o la desesperación de quienes no encontraban los restos de sus niños; las desavenencias que fueron surgiendo entre quienes sí pudieron enterrar a sus hijos y quienes nunca los encontraron. Y la rabia e indignación generalizada entre todos, en una cultura más dada al comedimiento y la inacción que a la demostración de emociones, y que desembocó en una querella colectiva contra las autoridades educativas del distrito.

“Uno de los hombres llevaba consigo una videocámara, y en algún momento la puso en marcha. Esta película de 118 segundos es la única grabación del tsunami en su momento crítico en la zona de Okawa. En las manos del afligido cámara, la imagen vira bruscamente de un lado a otro, del río ennegrecido a las vigas verdes del puente y hacia Magaki [aldea cercana], reducida ya a una sola casa. De pronto la cámara enfoca los árboles y el cielo; luego está echada en el suelo, entre tallos de hierba seca. Se puede oír la voz del hombre que sujeta la cámara, diciendo a voces: ‘¿Está la escuela bien? ¿Qué pasa con la escuela?” (p.147-8, mi traducción)
Pese a ganar el juicio, fueron en definitiva quienes más perdieron. Nada puede reemplazar al ser querido: ni una compensación económica ni una reivindicación legal ratificada por un juez. Por delante les quedan años de reconstrucción, pero también de dolor y soledad.

Parry conjetura sobre un hecho innegable: la catástrofe ha de volver a ocurrir. La cuestión sería saber cuándo y dónde:
“En algún momento en años venideros, se presume por lo general, Tokio será escenario de un terremoto lo bastante fuerte como para destruir grandes áreas de la ciudad y provocar incendios y tsunamis que matarán a decenas de miles de personas. El razonamiento es sencillo. Cada seis o siete décadas, durante ya varios siglos, la llanura de Kanto, donde Tokio, Yokohama y Kawasaki se han unido formando una gran megalópolis, ha resultado devastada por un enorme temblor. El más reciente, que mató a 140.000 personas, tuvo lugar en 1923. Los sismólogos señalan que no es, de hecho, algo tan sencillo. Dicen que los terremotos anteriores se produjeron en fallas distintas, en ciclos separados y superpuestos, y que una muestra de unos cuantos cientos de años es en todo caso demasiado pequeña como para inferir un patrón. Pero por razones propias más matizadas coinciden en una conclusión: que la destrucción generalizada es inevitable y, en términos geológicos, es inminente.” (p. 154, mi traducción)
Un buen libro sobre algo muy difícil de comprender.

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