22 ene 2026

Reseña: Blankets, de Craig Thompson

Craig Thompson, Blankets (Londres: Faber & Faber, 2017). 582 páginas.

Con sus casi 600 páginas, Blankets no es una novela gráfica al uso, pues se trata más bien de una especie de memorias ilustradas. Thompson creció en una familia fuertemente religiosa (es apropiado emplear el término ‘fundamentalista’ en este caso) de Wisconsin, donde los inviernos son increíblemente crudos y la iglesia y la llamada Sunday School es el centro neurálgico de la comunidad del que no es posible escapar.

Blankets cuenta en forma de Bildungsroman el proceso de alejamiento progresivo del autor de la religión cristiana, en la que toda su niñez y adolescencia estuvo centrada. Con un tono a ratos confesional, Thompson relata lo dura que fue su infancia en un hogar dominado por la Biblia y en una escuela donde los típicos perdonavidas de patio de colegio lo atormentaban y maltrataban casi a diario.

Thompson comienza cada uno de los capítulos del libro con los recuerdos de cuando compartía la cama con su hermano pequeño. Las travesuras que ambos cometían solían ser castigadas duramente por el padre. No es de extrañar, pues, que el joven Craig encuentre en el arte del dibujo una vía de escape de la triste realidad en la que vive.

Raina le enseña a Craig a disfrutar de la nieve.

Es al final de la educación secundaria cuando, en un campamento religioso (en mi época de adolescente los llamábamos ‘convivencias’ —días absolutamente tediosos que únicamente los amigos lograban hacer más entretenidos) conoce a Raina. El flechazo es inmediato: comparten sus sueños de escapar de la insufrible rutina que el entorno social de Wisconsin significa para ambos. De modo que, tan pronto como llega un periodo de vacaciones, Craig se va a pasar dos semanas en la casa de Raina. Allí conoce a su familia: los padres están divorciándose y su hermana mayor tiene menos luces que un barco pirata. Los padres, además, adoptaron a dos niños más: el chico es autista y la chica es intelectualmente discapacitada. Raina tiene ante sí una montaña de responsabilidades a las que no va a poder renunciar. Aun así, Craig se enamora perdidamente de ella.

Y de forma irreparable Craig deja de creer y ve la luz...
Blankets conecta hábilmente el proceso de desamor de Craig y su abjuración del fundamentalismo evangelista en el que ha sido educado. Es un relato muy personal, íntimo y conmovedor. En sus dibujos, Thompson transita fácilmente del detalle realista a lo alegórico. En la conclusión del libro, Craig se reencuentra con su hermano. Ambos son ya adultos y tienen por delante el mayor misterio posible: la vida.

Blankets fue publicada en castellano por Astiberri, que mantuvo el título original en inglés. Recibió un sinnúmero de premios en su día.

Ah, si fuese tan fácil borrar ciertos elementos de nuestra memoria...

16 ene 2026

Reseña: Cannon, de Lee Lai

Lee Lai, Cannon (Willoughby: Giramondo, 2025). 300 páginas.

Las primeras viñetas de esta estupenda novela gráfica muestran una bandada de urracas en el interior de un restaurante, en la oscuridad más absoluta. Los pájaros se han posado en lo que queda de las sillas, mesas y alacenas, todo desperdigado por el suelo entre platos y vasos rotos.  En la séptima viñeta aparece la protagonista, Lucy a quien todos llaman Cannon, que observa los desperfectos. Acto seguido su amiga Trish le dice: «Ha sido interesante». Las dos rompen a reír y finalmente se ponen en marcha y abandonan el recinto. Pero antes, Trish le pasa un plato intacto a Cannon: «One for the road? [¿Un último trago?]». Ella lo estampa contra la pared.

Lucy y Trish han sido amigas desde la edad escolar, proceden del mismo pueblo (Lennoxville) y se mudaron al mismo tiempo a Montreal. En palabras de Trish, son «las dos únicas adolescentes chinas y gay en toda Lennoxville». El apodo Cannon (Cañón) se lo puso Trish. Lo curioso es que Lucy es una persona que traga con todo y se contiene en casi todas las situaciones en las que, en teoría, podría o debería dar rienda suelta a la furia. Mientras que Trish aspira a convertirse en escritora, Lucy trabaja en un restaurante de moda de Montreal. El propietario es un pedazo de gilipuertas que se ve a sí mismo como muy cool y atractivo y abusa de la buena voluntad de sus empleados.

Lucy trata de dotar de sentido sus relaciones con el mundo y con su familia. En las horas libres se encarga de cocinar para su abuelo, muy envejecido y débil. Su hija, la madre de Lucy, ya no posee la capacidad emocional para cuidar de él: siempre fue un déspota cruel e incluso violento. Lucy no suele participar de las veladas posteriores al cierre con sus colegas del restaurante, pero una noche conoce a Charlotte, nuevo fichaje entre el personal, y despierta en ella un interés romántico apasionado.

Un día cualquiera en Montreal...
La novela, pues, conforma un poderoso retrato de una mujer sometida a varias fuentes de estrés: es la responsable cuidadora de su abuelo; es la empleada del restaurante en quien todos los demás confían en que les eche una mano cuando la presión en la cocina es brutal; es también la amiga leal de Trish, quien está utilizando (a espaldas de Lucy) muchos detalles íntimos y privados de su vida; y la guinda la pone una nueva compañera de trabajo, Charlotte, que se aprovecha de ella y la traiciona por su orientación sexual.

Tienes la cabeza llena de pájaros...
Los pájaros aparecen repetidamente en las ilustraciones de Lai. Cada lector y lectora podrá interpretar su presencia de manera diferente: para mí, son los testigos o acompañantes mudos de las difíciles circunstancias emocionales por las que continuamente atraviesa Lucy. Aunque en la milenaria cultura china las urracas representan la buena suerte o buenas noticias, como motivo en los dibujos parecen indicar trauma o tensión. Hacia el final de la novela, Lucy trata de explicarle a Trish la visión de las aves (que nadie más ve, por supuesto). Para su amiga, quizás sean meramente un símbolo de protección, algo así como el ángel de la guarda, pero en grupo.

¿El terror australiano tiene un sabor especial?

La metodología gráfica de Lai es extremadamente básica. Blanco y negro, generalmente cuatro recuadros por página; únicamente cambia el color de fondo a rojo cuando ilustra las películas de terror que Trish y Lucy ven juntas. La novela las pilla en pleno atracón de filmes australianos de terror. Los diálogos son perfectamente creíbles y reflejan el entorno bilingüe de la ciudad canadiense. Cuando Trish interrumpe a Lucy (cosa que hace con demasiada frecuencia), Lai superpone los bocadillos de Trish por encima de los de Lucy, eclipsando sus palabras.

Cannon es un detallista estudio del periplo emocional de una mujer que repetidamente reprime las ganas de estallar y soltar la rabia que las difíciles circunstancias vitales y laborales le causan. Muy recomendable.

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