En el primer capítulo de The South, dos chicos se pierden entre la
maleza que ha tomado la finca donde vive uno de ellos, y a la que el otro, más joven, ha acudido con su familia a pasar
las vacaciones. La primera impresión que el lector puede hacerse es la de un
acto de transgresión. Pero no es así. Lo que hace Tash Aw es situar la trama en
un momento culminante, para después ir desarrollando el contexto de ese
episodio y todos los acontecimientos que lo rodean. Significativamente, la
escena lleva a los chicos a un gran huerto de tamarindos enfermos que el
propietario de la finca ha decidido eliminar. No han podido enfrentar el paso del
tiempo. Pienso que esos árboles
enfermos constituyen un símbolo fundamental para uno de los temas que el autor
aborda en esta intrigante novela: la toma de conciencia del paso del tiempo.
Pero no es ese el único tema. Aw trata también cuestiones como las
relaciones intergeneracionales de padres e hijos y su ruptura, nociones de
masculinidad y la represión de la homosexualidad, la herencia patrimonial o, al
igual que en su breve relato autobiográfico Strangers
on a Pier, la
segregación racial de la población de origen chino en Malasia.
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| Tash Aw: talento no le falta. Fotografía de Tim Duncan en Wikimedia Commons. |
La familia llega allí en medio de una sequía atroz. La fruta de los árboles
que conserva la finca apenas alcanza el tamaño que permita venderla. La
coyuntura socioeconómica es, además, muy mala: una gran crisis financiera
(estamos a finales de los 90) ha afectado al sureste de Asia, y Malasia no es
inmune a sus efectos. Escasea el trabajo y salir adelante requiere inversiones
e ingenio.
Ese es el telón de fondo de esta Bildungsroman, que aparentemente formará parte de un cuarteto. Aw combina varias
perspectivas narrativas. Por un lado, el punto de vista del Jay adolescente (a
veces en primera persona, como en el primer capítulo, que puedes leer más
abajo) y el del Jay adulto como narrador un poco más cínico (y omnisciente).
También hay capítulos en los que adopta el punto de vista de la madre, de Fong
o de la hermana mayor de Jay. Pese a ello, la novela funciona bien.
Aw sostiene en el trasfondo las tensiones sociales e históricas que, se quiera o no, siempre afectan las relaciones humanas, hasta el punto de llegar a destruir vidas o sumergir a las personas en una frustración o desesperación que solamente aflora en momentos extremos de hostilidad manifiesta. No obstante, la novela pone siempre de relieve la cuestión del paso del tiempo, y que el ser que fuimos hace décadas ya no existe como tal.
«Dos chicos atraviesan la escasa sombra de un huerto, lejos de la casa donde
se alojan. Es poco después del mediodía, el sol está en su momento más despiadado, y no hay
nadie alrededor. Bajo esta luz, la tierra centellea con incerteza conforme
avanzan. Hace meses que no llueve; la vegetación, normalmente pesada a causa de
la humedad, se ha vuelto pálida y quebradiza. En los días recientes, el aire se
ha recalentado y se ha vuelto tan seco que parece quemarles en la garganta
cuando respiran.
Si prendes una cerilla, el país entero podría arder —apunta uno de los chicos. Se llama Jay.
Elige una senda que cruza la hierba, alta y áspera, que les deja arañazos y
pequeños, exquisitos cortes en las pantorrillas que le escocerán cuando se las lave
más tarde, aunque ya se haya acostumbrado al dolor. De hecho, apenas lo
reconoce como tal. La maleza en esta parte de la finca es una maraña de arbustos espinosos; cada noche, Jay descubre
pequeñas heridas en sus brazos y piernas, que dejan manchas rojas en la toalla
y en la sábana, pero la mayor
parte del tiempo ni siquiera se da cuenta de que los pinchos le penetren la
piel.
Los chicos avanzan a paso firme en dirección a las profundas sombras del
interior del huerto.
Los llamo chicos, pero a decir verdad ya no lo son. ¿Qué son, pues? Porque
hombres todavía no son. Puede que no sea importante saberlo en este preciso
instante. Cuando alcanzan la base del árbol más grande, los chicos levantan la vista y
observan las ramas, que se han dividido y retorcido con los años. Jay extiende
el brazo y toca el tronco del árbol, recorriendo las pequeñas hendeduras que
hay en la superficie. Lo talarán pronto, este y todos los demás. Están enfermos, les han dicho a los
chicos, y habrá que destruirlos.
“Hay árboles como este que
pueden llegar a vivir cientos de años”, dice Jay. “En la India hay uno que
tiene mil años”.
“¿Eso lo has leído en uno de tus libros?”, pregunta el otro chico, aunque
no parezca una pregunta —no le
interesa la edad de los árboles; no le interesan los árboles, punto, aunque son
parte del paisaje que ha conocido toda su vida.
“Talar un árbol es peor que matar a un ser humano”, dice Jay mientras mira
fijamente las ramas.
El otro se ríe, aunque no se trata de un sonido jovial, es simplemente un rumor
en la garganta. “¿Qué sabes tú de la muerte?”, le espeta. Se llama Chuan. “¿Has matado alguna vez a
alguien?”
Jay nota que Chuan se le ha acercado, pero no se da la vuelta. Siente su
respiración en la nuca, aunque quizás sea su intensa imaginación, pues lleva
varios días anhelando este momento; y en su deseo ha anticipado la manera en
que transcurrirá cada segundo —cómo tocará y le tocarán, la sudorosa delicadeza de la piel de
Chuan, las cosas que se dirán el uno al otro.
Siente las manos de Chuan en los hombros, cerca de la nuca. “Espero que
podamos salvar estos árboles”, dice, mirando todavía la frondosidad que tiene
por encima. Jay imagina que se da la vuelta, despacio, para mirar a Chuan,
hasta que uno de los dos —no le importa quién sea de los dos— extienda la mano
y le toque la cara al otro. Pero no será él; lo ha embargado algo que oscila
entre el miedo y la indecisión. ¿Qué descubrirá si mira al otro ahora?
Date la vuelta, Jay, date la vuelta.
Pero no puede moverse; se da cuenta de que su cuerpo se ha vuelto algo
extraño. Durante tantísimos años ha ansiado que alguien lo toque de esta manera
—por la libertad que
sentirá. Imaginaba la
claridad del júbilo
que sentiría, cómo saborearía
cada gesto. Puede ser que tenga miedo de esta liberación, y a lo que pudiera
conducir. Es la primera vez que ha sentido que el cuerpo se le escapa a su
control. En el futuro habrá otras ocasiones, en otros lugares lejanos a este, y
se acostumbrará a
ello, pero por ahora esta es una sensación nueva.
“Espero que podamos salvar estos árboles”,
repite, mirando hacia el cielo. En las ramas más bajas ve un ave que no puede
identificar. Un pequeño halcón o un cuclillo de gran tamaño. Es difícil
distinguirlo a contraluz. El pájaro le está devolviendo la mirada —como
estudiándolo. Se pregunta si es un buen augurio o si un mal presagio.
Nota cómo Chuan le agarra los hombros, al
principio con una presión neutral y cálida que después empieza a dolerle un
poco, aunque no sea un dolor desagradable. Y ahora, por fin, empieza a darse la
vuelta, pero Chuan lo presiona con fuerza, forzándolo contra el tronco del
árbol hasta que se da con la cara en él. La corteza es áspera y sabe que si se
resiste, terminará con rasguños en la cara, quizás incluso con sangre —marcado
por el deseo, que no podrá esconder del mundo.
Chuan le aparta las piernas, empujándolas con los
pies, y Jay nota cómo trata torpemente de bajarle las bermudas, pero el velcro
se atasca en la cinturilla y la tela se apretuja en torno a su cintura.
Extiende la mano para desenredar el lío, y ahora puede sentir el cuerpo de
Chuan, esbelto y rígido, que lo presiona mientras se quita las bermudas. Jay
intenta otra vez darse la vuelta; quiere apreciar esos pocos primeros minutos,
estirarlos en su imaginación, de manera que el tiempo que sea que tengan ambos
parezca muchas horas, un día completo. Era así como lo había imaginado la
primera vez. Pero Chuan está empujando, es mayor y más fuerte que él, ha
colocado el antebrazo sobre la espalda de Jay, y momentáneamente a Jay lo
sorprende la fuerza de Chuan, aunque sabe que no debiera sorprenderle —después
de todo, el cuerpo de Chuan es el producto de este paisaje, duro e inflexible.
Lo que más le sorprende es la idea de que Chuan quiere que sus primeros
momentos de intimidad terminen lo antes posible. Acelerar cada segundo y
colapsar el paso del tiempo —todo lo contrario de lo que busca Jay.
Cuando termina —en
menos de dos minutos, calcula Jay— Chuan descansa la cabeza en el espacio entre el hombro y el cuello de Jay.
“Quiero estar contigo”, le dice. “Para siempre”.
Jay asiente. En ese instante, para siempre le
parece una noción reconfortante. Pero a esa edad, ¿qué sabe realmente alguno de
los dos sobre el tiempo?»


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