30 jul 2012

Reseña: Vidas perpendiculares, de Álvaro Enrigue


Álvaro Enrigue, Vidas perpendiculares (Barcelona: Anagrama, 2008). 234 páginas.


Según Propp, la historia de la literatura es en realidad la historia de la constante recreación de ciertos temas (apenas una docena en total) en tramas cuya estructura profunda es muy similar. Por otra parte, un reciente estudio del CSIC ha hallado tras analizar casi medio millón de canciones que en realidad todas tienen mucho en común. Lo que esto viene a decirnos es que no hay apenas nada nuevo, que todo está dicho y repetido hasta la saciedad, y que solamente cambia la manera o la perspectiva para contar esas historias. En otras palabras: las experiencias que tenemos son universales, y pasamos por muchas de ellas tal como otros seres humanos pasaron por ellas a lo largo de la historia.

Si crees en la posibilidad de la reencarnación, debiera por lo tanto atraerte esta interesante novela del mexicano Álvaro Enrigue. Es 1936 y en Lagos de Moreno, estado de Jalisco, nace un muchacho de ojos saltones (bastardo, según averiguaremos más tarde) al que bautizan como Jerónimo. El padre, don Eusebio, es un emigrante español, un panadero asturiano partidario de la disciplina pura y dura; la madre, Mercedes, es una joven de la sociedad jalisciense, que pasa sus aburridos días “entre la misa y las vacas”. A Jerónimo – demasiado pronto – lo diagnostican como tonto (porque no habla mucho), pero lo que nadie de su familia sabe es que tiene el don de la memoria antigua, es decir, que puede rememorar sus vidas pasadas en reencarnaciones anteriores. Estas comprenden la de un pobre herrero en la Germania romana, o la de una esclava china en el imperio mongol, la del hijo del líder de un clan de homínidos en los albores de la civilización, la de un huérfano que deviene en cura en la Nápoles del siglo XVII, la de un hindú o la una joven griega en Palestina.

Son, evidentemente, muchas vidas para condensar en 234 páginas. Y puede que éste sea uno de los puntos flojos de Vidas perpendiculares. Dada la premisa fundamental de la novela, el problema es que su estructura lineal – la médula es Jerónimo, pero la vida de la joven griega adquiere gran protagonismo, mucho más que las otras – choca en ocasiones con los relatos intercalados. No se trata de un choque torpe (Enrigue realiza un loable experimento narrativo y los resultados son ciertamente óptimos), sino que exige mucha atención y dedicación por parte del lector. Enrigue hace confluir las vidas no solamente en un mismo capítulo sino también en un mismo párrafo, en el cual el ‘yo’ que iniciaba la narración puede estar en México, por ejemplo, y de repente ese mismo ‘yo’ nos habla desde Palestina, veinte siglos antes. Es algo que el lector debe tomar en cuenta si no quiere perder el hilo de la narración que propone Enrigue.

Para mí, lo mejor de Vidas perpendiculares es la visión del mundo de Jerónimo, estampada con un excelente sentido del humor por un niño que no es niño, puesto que ha ido adquiriendo, merced a su memoria, conocimientos antiquísimos de lo que es la condición humana: “toda la gama de los olores y formas que puede tener una vagina o el agarroso sabor del semen en la boca, el crujido de la espina dorsal cuando se arranca de tajo una cabeza, los límites precisos del dolor humano y lo que se necesita para infligirlo”.

Mientras que la ensambladura de la trama principal con los diferentes relatos de las otras ‘vidas’ que Jerónimo rememora no es siempre sólida (en mi opinión, la ‘vida’ de la joven griega y su relación con Saulo de Tarso se extiende mucho más de lo necesario y pertinente, y puede llegar a desinteresar al lector), pienso que el principal logro de Vidas perpendiculares estriba en el modo en que Enrigue supera la resistencia mutua que hay entre realismo y fantasía. Y es que la narración de Jerónimo no tiene desperdicio alguno.

Tiranizado por un padre autoritario, Jerónimo queda desterrado en su propio hogar, obligado a vivir con las criadas. Sus primeros años de vida están marcados por el miedo, y es ese miedo lo que establece la conexión primordial entre su vida y las otras vidas pasadas, como cuando es un miembro de la tribu prehistórica o cuando en el siglo XVII, en una Nápoles que conspira contra Venecia, está a punto de morir a manos de su propio padre (un diplomático español que también cultivó la poesía, y cuyo famoso soneto ‘A un hombre de gran nariz’ puedes leer traducido al inglés y comentado aquí).

29 jul 2012

Contra el fumador

Adriaen Brouwer, Los fumadores, óleo, circa 1637


Contra el fumador

Durante aproximadamente veinticinco años, yo fui fumador. En otras palabras: reconozco públicamente – y sin tapujos – que durante casi veinticinco años de mi vida fui un ser estúpido y egoísta, y en mi estupidez, en mi mezquino empecinamiento, lo que hacía era cagarme en el derecho inalienable de los demás a no tener que respirar el humo de mis cigarrillos.

Hace poco leí en la prensa australiana que alguien propone que se prohíba la venta de cigarrillos a las personas nacidas en el siglo XXI. Australia es uno de los lugares del mundo donde menos se fuma. Hubo muchas campañas de concienciación, muchas campañas de apoyo a quienes hacían el esfuerzo de dejar esa droga, y sobre todo, se implementó una medida muy efectiva: el incremento del componente tributario sobre el producto, es decir, los impuestos sobre el tabaco, fue una de las reglas más disuasorias.

Entre otras disposiciones gubernamentales, en Australia no existe publicidad del tabaco. Los productos que causan la enfermedad conocida como tabaquismo no se encuentran a la vista en ningún lugar público (en supermercados y gasolineras están por ley ocultos en armarios que deben cerrar los empleados tras vender alguna dosis a algún usuario que la adquiera). La última de las juiciosas medidas tomadas por los legisladores de la res publica es la abolición de la posibilidad de que los productores de estas drogas las envuelvan en vistosos diseños llenos de colorido y tentadoras imágenes.

Todos sabemos que los productores de la droga manejan enormes cantidades de capital y obtienen vastísimos beneficios a costa de la salud de muchos infelices. Tan largos son los tentáculos de su dinero y tan poderoso es el poder de sus amenazas, que ya han ‘convencido’ a varios gobiernos de estados diversos (Ucrania, Honduras y la República Dominicana) para que presenten acciones legales en contra de la última de las medidas antitabaquismo del gobierno federal australiano.

Conozco a muchas personas con un alto nivel de inteligencia, personas que – y esto es algo que no niego – son mucho más inteligentes que yo, y que sin embargo resultan ser personas lo suficientemente obtusas como para seguir enganchadas a una droga que les matará mucho antes de que les llegue el momento natural de morir – salvo accidente o catástrofe natural – pero que reducirá (y esto es mucho más importante) con toda probabilidad la esperanza de vida de las personas con las que conviven.

Resulta difícil comprender que personas con un alto nivel intelectual (gente con un PhD, brillantes traductores plurilingües, espléndidos escritores, arquitectos), conscientes de su nocividad y sabedores de la existencia de los aditivos químicos que los productores agregan a sus preparados, no solamente continúen adquiriendo y consumiendo un engañabobos sino que además defiendan su ‘derecho’ a que los engañen, los envenenen y los timen.

Mi padre fue un fumador empedernido. Fumaba Ducados en el interior del coche (primero fue un modelo ranchera de marca que ahora no recuerdo, luego un Renault 12, luego un Chrysler que heredé yo más tarde) por lo cual desde bien pequeño estuve aspirando el humo del tabaco.

En aquella época el fumador era una figura idolatrada por la industria cinematográfica de Hollywood, que tan propensa ha sido siempre para ayudar a vender los productos de otras industrias. No es que pretenda – ni quiero hacerlo – disculpar ni justificar a mi padre, pero sí es cierto que en la época en la que creció y se educó, en medio de la posguerra y sometido a los esquemas represivos propios del régimen franquista, la presión social ("los hombres de verdad fuman") era de seguro insoportable o bien difícil de llevar; si a la perniciosa educación recibida le añadimos el estrés que conllevaba su trabajo, no debiera extrañar a nadie que el tabaco formara parte de su vida (y también de la mía) y que fuera la causa primordial de su prematura muerte.

Haber estado al borde de la muerte me ha enseñado algunas cosas – en realidad muchas, y muy valiosas – con las cuales no todo el mundo tiene por qué estar de acuerdo. Sin embargo, puedo decir con total seguridad y convencimiento que la decisión que tomé días después del nacimiento de mi difunta hija Clea (dejar de ser el ser estúpido, ciego y egoísta que era, y especialmente dejar de contaminar el aire que ella, una bebé de apenas 2 kilos de peso, respiraba) está entre las pocas decisiones tomadas en mis casi 48 años de vida que realmente podría aducir como inteligentes.

Es posible imaginar un mundo sin la lacra del tabaquismo. Por eso yo apoyo a rajatabla esa propuesta que establezca un mundo sin cigarrillos para los nacidos en el siglo XXI.

Fumador = Necio

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