5 sept 2013

Reseña: The Village, de Nikita Lalwani


Nikita Lalwani, The Village (Londres: Viking, 2012). 241 páginas.

Puede que el sistema de reclusión penitenciaria abierta sea uno de los conceptos más difíciles de asumir, pero el hecho es que algunos países como India, funciona. Según cifras que ofrece Wikipedia, existen prisiones de régimen abierto en catorce estados de India, solamente en Rajasthan hay un total de veintitrés.

Nikita Lalwani basó esta novela (la segunda que publica) en su experiencia de la filmación de un documental en una de esas cárceles de régimen abierto para la BBC. The Village es una narración bien estructurada, en la que la autora explora cuestiones de índole ética en la profesión periodística.

Ray, una joven periodista británica de ascendencia india, llega a un pueblo-cárcel llamado Ashwer, donde se une a los otros dos integrantes del equipo de filmación, Serena y Nathan. La primera es algo mayor que Ray pero muy atractiva, y tiene mucha experiencia en el papel de productora. Nathan, en cambio, es la cara conocida de la BBC, el presentador, y cuenta con un borroso pasado que incluye algunos años en prisión por robo a mano armada.

Al llegar a Ashwer, donde vivirán durante la filmación, desde el aeropuerto de Nueva Deli, las expectativas de Ray parecen confirmarse: “Su choza era justo igual que las otras. De algún modo, prometía sinceridad; la posibilidad de empatía con la gente a la que iban a filmar” (8). Pero para alguien acostumbrada a las comodidades del mundo occidental, la choza y el pueblo-cárcel se le revelan muy pronto como un enorme obstáculo. Y de hecho, aun cuando Ray tiene buenas nociones de hindi y debiera en teoría poder conectar con los pobladores de Ashwer, para la mayoría de ellos no deja de ser una turista blanca, y se ríen de sus errores léxicos o de su acento al hablar en su lengua. Este es uno de los temas que con mejor habilidad traslada Lalwani en The Village: cómo el sentido de superioridad del turista occidental puede revolverse en contra de quien, como Ray, quiere sumergirse de golpe en la cultura de sus padres sin haber pasado por un necesario periodo de adaptación.

La prisión de régimen abierto constituye un interesante universo para un experimento social que, según el alcaide, sí da resultados: “‘La confianza engendra confianza’, dice Sujay Shangvi, el alcaide responsable del experimento. Está orgulloso de la fuerte comunidad que es Ashwer. Fue una visión que comenzó con solamente cinco chozas en una parcela de terreno a mediados de los ochenta. ‘Tú confía en ellos, y ellos te devolverán esa confianza’”(26), había escrito Ray en la propuesta de proyecto para el directivo correspondiente de la BBC.

Pero las tiranteces y antipatías entre Ray por un lado y Serena y Nathan por el otro, van paulatinamente alcanzando cotas intolerables. Las dos mujeres no consiguen ponerse de acuerdo sobre el contenido del documental y los métodos a emplear para conseguir filmar escenas que sean verídicas, tanto como sea posible. La divergencia entre ambas alcanza un punto de ruptura tras una noche en que Nathan le hace una proposición sexual a Ray tras consumir grandes dosis de hachís, y Ray lo rechaza. Lalwani no muestra simpatía alguna por los personajes británicos, mientras que los locales (los reos y sus familiares, pues viven con ellos) los vemos desde una perspectiva mucho más amable, pero también imparcial.

The Village nos hace pensar en cómo los observados pueden también observar al que los mira. Hacia el final de la novela, el desmoronamiento moral de los tres periodistas es evidente: pero son los reos (todos los condenados que residen en Ashwer están allí porque han asesinado a alguien) los que pueden ejercer el papel de jueces morales, especialmente Nandini, que en un principio había colaborado tanto con ellos. La lección que busca dictar Lalwani tiene un carácter tan directo como un gancho de, por ejemplo, Pedro Carrasco. Hay quien se tambalearía, y también hay que seguiría como si nada hubiera pasado, como el caso de Serena o el propio Nathan.


The Village cuenta con un curioso desenlace que no debiera defraudar a nadie. Pese a su ingenuidad e inexperiencia, Ray parece haber aprendido (demasiado tarde, en cualquier caso) una lección sobre la vida, pero mucho más importante es lo que aprende sobre sí misma. Es una novela recomendable, bien escrita, y con 240 páginas no parece sobrarle nada.

4 sept 2013

Reseña: Grey Area, de Will Self

Will Self, Grey Area (Londres: Bloomsbury, 1994). 336 páginas.

Mi ya viejo diccionario Collins (de 1984) recoge tres definiciones diferentes de la palabra “grey area”. La primera, empleada preferentemente en Gran Bretaña, se refiere a una región de alto desempleo; el territorio del estado español, por poner un ejemplo que todos entendemos. La segunda definición remite a la zona intermedia entre dos extremos, y que presenta rasgos de ambos. La tercera define “grey area” como una zona o situación que no cuenta con características claramente definidas.

La mayoría de los cuentos en esta colección del londinense Will Self presentan extrañas situaciones en las que la indefinición es la norma. En el que abre el volumen, ‘Between the Conceits’, el narrador nos dice en la primera oración: “Hay únicamente ocho personas en Londres, y por fortuna, yo soy una de ellas”. La megalomanía del narrador queda patente a medida que describe las confrontaciones que tiene con los otros siete “que de verdad cuentan”. La narración es, por supuesto, una feroz crítica al sistema de clases inglés, que tan democrático afirma ser, hasta el momento en que se los conoce a fondo, cuando se quitan la careta y se revelan como son.

En ‘The Indian Mutiny’ el narrador comienza con una chocante confesión: “Yo maté a un hombre cuando estaba en el colegio.” La historia nos lleva a un aula en la que el narrador, Fein, y sus compañeros de clase, torturaron psicológicamente a su maestro de historia (el Sr. Vello), quien tras un ataque de ansiedad y humillado por el adolescente y el resto de la clase, se suicidó. Fein nos dice que sufre pesadillas desde hace muchos años, pero son pocos los indicios textuales que apunten un total arrepentimiento por su parte.

Self crea entornos harto plausibles a simple vista, pero en su narración fuerza los límites de la realidad creada hasta hacer de ella algo disparatado, u opresivo. En ‘A Short History of the English Novel’ dos amigos que están almorzando discuten sobre el estado de la novela inglesa preguntan por curiosidad al camarero si tiene aspiraciones literarias; éste les sorprende al revelarles el argumento de una novela siguiendo el modelo picaresco inglés del siglo XVIII. Conforme avanza la tarde, en cada uno de los locales donde pasan, a tomar café o a saludar a conocidos, los camareros (novelistas principiantes) plantean sus quejas ante el abandono por parte de los editores ingleses. El desenlace de una situación tan absurda es, por supuesto, absurdo.

Para mi gusto, los dos mejores cuentos de este volumen son ‘Inclusion®’ y ‘Chest’. En el segundo, un escenario distópico en el que la atmósfera está tan contaminada de gases irrespirables que los achaques respiratorios confinan a las personas en sus casas; el artista Simon Dykes invita al dependiente del quiosco a una fiesta en la que compartirán codeína y nebulizadores. Al día siguiente sale a dar un paseo sin máscara de gas y se encuentra con su rico vecino y sus amigos, que han organizado una cacería de faisanes entre la tóxica niebla que rodea la casa.

Dykes reaparece en ‘Inclusion®’ como paciente de un tratamiento ilegal masivo de los innumerables casos de depresión en las localidades cercanas a Oxford. La droga, obtenida de la materia fecal y en descomposición de un parásito de una especie de abeja de la región amazónica, tiene la virtud de despertar el interés del paciente por todo, hasta exacerbarlo. Este cuento está muy bien trabajado, en tanto que cuenta con hasta cuatro voces narradoras diferentes, explicitadas mediante diarios de trabajo o informes que el primer narrador (que se dirige al lector en segunda persona) va encontrando en una carpeta.


En general, los cuentos de Self no destacan por su creación de personajes (muchos de ellos planos, algo artificiosos) ni de sus tramas, sino por la riqueza de detalles, tanto visuales como sonoros y olfativos, y la descripción de objetos; con ambos, Self crea espacios ficticios irracionales y hace una más que aceptable exhibición de su gusto por la sátira agria.

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