24 oct. 2011

Reseña: Traiciones de la memoria, de Héctor Abad Faciolince

Héctor Abad Faciolince, Traiciones de la memoria (Madrid: Alfaguara, 2010). 265 páginas.

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Nos dice Abad Faciolince en el prólogo de este libro que “Cuando uno sufre de esa forma tan peculiar de la brutalidad que es la mala memoria, el pasado tiene una consistencia casi tan irreal como el futuro.” En una época en la que proliferan los libros que indagan y rebuscan en los límites entre la realidad y la ficción, que escudriñan los surcos abiertos en ese terreno resbaladizo e incierto del recuerdo y la memoria, cabría preguntarse si realmente la mala memoria es una “forma peculiar de la brutalidad”. Personalmente, “brutalidad” me parece una elección léxica un tanto peculiar (una pizca dramatizada) para referirse a la memoria, sea mala o buena.


Que la memoria nos traiciona es un hecho innegable. Cuántas veces hemos ido a buscar algo que creíamos (¡lo juraríamos!) saber dónde estaba, y luego lo habíamos extraviado, e incluso habremos buscado a quien culpar de nuestra mala memoria… Del mismo modo, creo que todos podríamos mencionar algún suceso que según nuestra memoria acaeció de cierto modo, pero que tal como lo narran otros testigos (nuestros familiares, por ejemplo), sucedió de otra manera bien distinta.


Traiciones de la memoria es un volumen muy desigual. Compuesto de tres relatos (‘Un poema en el bolsillo’, ‘Un camino equivocado’ y ‘Ex futuros’), da la sensación de que tanto el segundo como el tercero son añadidos quizá superfluos al primero, el único de los tres que realmente da la talla y captura desde el primer instante el interés del lector.


El padre de Abad fue asesinado en 1987 por un sicario en una calle de Medellín; en el bolsillo del cadáver de su padre, todavía caliente, su hijo encontró un poema, un soneto. Tomando este dato, Abad escribe una crónica, fascinante a ratos, del proceso de investigación de por qué su padre llevaba un soneto de Jorge Luis Borges en el bolsillo, y que le llevó a descubrir que un conjunto de cinco poemas atribuidos apócrifamente a Borges sí eran del gran autor argentino.


Se trata de una crónica en la que Abad disemina las pistas que fue encontrando (de forma gráfica, pues el libro incluye numerosas fotos, reproducciones de artículos y de otros documentos), pruebas, recuerdos y casualidades, siempre impulsado por la persistencia y la intuición de que los poemas de Borges eran auténticos. Pese a la aparentemente irrefutable conclusión a la que llegaron los mayores especialistas en Borges de que los poemas eran burdas imitaciones, Abad no desistió de su empeño hasta lograr los indicios y pruebas que demostraban que fue Borges el que compuso el poema que llevaba su padre en el bolsillo el día que lo asesinaron.


Desgraciadamente, no todo en Traiciones de la memoria resulta tan fascinante. El segundo relato, ‘Un camino equivocado’, una narración deslavazada y sin un claro tema que lo concrete, cuenta los primeros meses de su huida a Italia tras la muerte de su padre y las amenazas recibidas. No cabe ninguna duda de que el exilio es una experiencia dura: toda emigración lo es. No cabe ninguna duda de que los comienzos en una tierra extraña suelen ser ásperos: lo son. Las reflexiones que Abad hace en torno a sus vivencias en Turín traslucen en ocasiones una fina película de quejido: la anécdota de que por su acento colombiano no consiguiera trabajo como profesor de castellano es poco creíble, o ridícula.


De ser totalmente cierta (cabe también la posibilidad de que la memoria le haya traicionado, ¿no?), solamente me cabe decir que para su desgracia, Abad aterrizó en el esperpéntico inframundo de la enseñanza del castellano. Le doy el ejemplo de una de las más prestigiosas universidades australianas: ¿Y si le dijera yo a Abad Faciolince que por estos pagos es quizás - ¿otra traición de la memoria? - el acento de las zetas y las ces, que él tuvo que ‘adoptar’ para poder captar alumnos de clases particulares en Turín, contra el que se ejerce la discriminación que él denuncia? Claro que, al menos, a algunos nos queda el consuelo de que el haber aprendido el idioma con ese acento te asegura saber sin vacilación alguna cómo se escriben palabras como “piscina” o “conciso”, por poner solamente un par de ejemplos.


El tercer relato, ‘Ex futuros’, es el más corto de los tres, y busca ser una reflexión sobre el papel de la literatura tanto para el lector como el escritor. Defrauda un poco porque Abad no lo concibió como corolario al primero. Falta cierta conectividad entre los tres relatos del volumen: tras terminar ‘Un poema en el bolsillo’, el lector quizás se espere que los dos otros relatos tengan, si no una continuidad temática, al menos una conexión mejor definida. No es ese el caso.


Una cosa curiosa es la inclusión a doble página de un mapa eurocéntrico del mundo al final del primer relato; en él, el autor refleja por medio de flechas los numerosos viajes realizados en el transcurso de su búsqueda. En mi opinión, este mapa pudiera verse como un detalle un tanto pretencioso: en la página de la izquierda (y creo que no hace falta aclarar a qué parte del mundo me refiero) apenas aparecen flechas.

2 comentarios:

  1. Yo estuve unos cuantos años en el mundo de la enseñanza del español para extranjeros, y mi experiencia fue muy positiva. De hecho, las dos instituciones en las que trabajé, Instituto Cervantes e International House, recibían con los brazos abiertos a todo profesor que hablara cualquier variedad no "castellana". Me parece que el inframundo se da más bien en la universidad, con frecuencia endogámica, elitista y alejada de la realidad.
    Este elitismo no se da sólo en la universidad, naturalmente. Recuerdo que en Inglaterra, una madre se quejó ante el jefe de estudios del Instituto Cervantes donde trabajé porque el profesor de su hijo, que era cubano, decía "grasias". La señora en cuestión sabía de muy buena tinta que la forma correcta es "gracias". Nuestro jefe de estudios señaló que en España habíamos tenido un presidente del gobierno que era de Sevilla y decía "grasias."
    Un saludo.

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  2. La anécdota que cuentas, Batboy, es síntoma de algo que no termina de cuadrar. Te cuento otra: conozco a quien prácticamente exige que haya dos variedades de examen de competencia en lengua española para los funcionarios del gobierno australiano: estas personas quieren que haya un examen de "continental Spanish" y otro de "Latin American Spanish".
    Puestos al caso, ¿por qué no hacer un examen específico para cada uno de los países? Si se trata de localismos, tantos problemas tiene uno nacido en Puebla, por ejemplo, como uno nacido en Orense, para entenderse con alguien de los barrios santiaguinos cercanos a la cordillera. Llevada a sus últimas consecuencias, la exigencia de estas personas (nótese que evito la palabra "profesor") adquiriría un carácter surrealista, bolañesco.
    Puede que Abad topara (por hacer un guiño al Quijote, siempre máxima referencia de la lengua) con su particular "iglesia" en Turín, no lo dudo. Como señalas, esta situación ocurre con mayor frecuencia en la enseñanza terciaria. De ello tengo buena constancia en Australia.
    Saludos,
    Jorge

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