28 mar. 2012

Reseña: The Chemistry of Tears, de Peter Carey


Peter Carey, The Chemistry of Tears (Camberwell: Hamish Hamilton, 2012). 269 páginas.

Catherine Gehrig, restauradora de relojes y autómatas en el ficticio Museo Swinburne en Londres y asimismo secreta amante de su compañero de trabajo Matthew Tindall, descubre de repente un día, al pasar por delante del despacho de Matthew, que éste ha fallecido:
Muerto, y nadie me lo ha dicho. He pasado por delante de su despacho y su ayudante estaba berreando. "¿Qué ocurre, Felicia?" "¿Pero que no se lo han dicho? El Sr. Tindall, se ha muerto."
Comienzan así el suplicio particular de Catherine y esta última novela del australiano Peter Carey. Habiéndose dedicado en cuerpo y alma a Matthew, Catherine no tiene a quien acudir; su naufragio en el vodka parece inminente, pero es el director del museo, Eric, quien le propone trabajar en la restauración de un ‘objeto’. En los baúles que contienen las partes a restaurar se encuentran unos cuadernos que absorberán la atención de Catherine.
La mayoría de las novelas de Peter Carey se entretejen en torno a personajes y motivos dispares, mientras que la narración va estableciendo vínculos y asociaciones que terminan por fusionarse y aglutinar el conjunto.
En The Chemistry of Tears (La química de las lágrimas) el motivo central inicial es el llamado canard digerateur (literalmente, el pato que digiere), un autómata del inventor francés del siglo XVIII Jacques de Vaucanson. La narrativa une a Gehrig con un caballero inglés llamado Henry Brandling por medio de los cuadernos del diario del viaje que Brandling realiza a Alemania a mediados del siglo XIX buscando un constructor para un pato similar para insuflar ánimo vital en su hijo Percy, muy enfermo.
Es así como, al igual que en su novela anterior, Parrot y Olivier en América, Carey hace uso de dos voces narradoras – pero si en la en ocasiones desternillante parodia del viaje del francés Tocqueville a la incipiente democracia del Nuevo Mundo los dos narradores (Parrot y Olivier) son coetáneos, en The Chemistry of Tears Catherine es una voz narradora situada en 2010, y en ocasiones es a través de su lectura que el lector lee los cuadernos de 1854 (sustraídos por la propia Catherine del museo) de Brandling.
En Karlsruhe, Brandling conoce a Herr Sumper, un gigantón con un pasado misterioso y extrañas ideas, al precoz genio inventor de Carl y su madre Frau Helga. El estereotípico inglés que es Brandling tiene sus más y sus menos con Sumper y otros personajes, lo que Carey aprovecha al máximo para exprimir una veta cómica.
No es ninguna novedad decir que Carey siente una enorme fascinación por los procesos de falsificación y que explota con maestría la tensión (la paradoja) entre lo racional y la imaginación (¿no es esta tensión lo que, al fin y al cabo, constituye la esencia misma de la novela moderna?). Cuando Catherine se enfrenta al mismo misterio que Brandling casi 150 años antes, Eric le espeta lo siguiente: “¿Por qué queremos siempre eliminar la ambigüedad?” En otras palabras, ¿por qué negarnos a la posibilidad de que la mimesis pueda llegar a ser más convincente que la realidad? El mensaje que Sumper le deja grabado en latín en el pico del cisne – sí, como en el cuento infantil, ¡el pato termina siendo un cisne! – a Brandling apela a las creencias más humanas (y vulnerables): illud aspicis non vides. No puedes ver lo que ves.
The Chemistry of Tears acentúa lo fácil que puede ser que una vida se quiebre y se arruine: Catherine es incapaz de aceptar la muerte del hombre que era todo su mundo y se sumerge en el alcohol. El dolor de la pérdida, la conciencia de la reducción del número: “Mi propio taller no revelaría nada de su anterior ocupante: en el tablero de corcho había una fotografía de un árbol tomada en Southwold y otra de una calle vacía en Beccles; el verdadero significado de ambas imágenes solamente lo sabíamos nosotros dos. Nosotros una.”
Por su parte, en 1854, Henry Brandling, quien perdió ya a su primera hija y vive apartado de su esposa, vive permanentemente angustiado por perder a Percy.
En el trasfondo de la novela surge insistente, una y otra vez, la insinuación, la pregunta de si con el imparable desarrollo de la tecnología (no en vano en el siglo XIX se inicia la revolución industrial) el ser humano puede haber plantado la simiente de su propia destrucción. El desastre petrolero en el golfo de México en 2010 resultó ser, en ese sentido, muy oportuno para Carey. Y sin ningún ánimo de revelar el desenlace, este tema queda perfectamente iluminado para el lector al final de The Chemistry of Tears.
A quien no esté algo familiarizado con la obra del australiano Peter Carey, yo no le recomendaría The Chemistry of Tears como primer plato, pues es más que probable que se le indigeste. Es más, cabría rogarle al lector que se deje llevar por el libro. Leer debería ser siempre una fuente de placer; interrumpir ese placer con insustanciales búsquedas en Google o para hacer comparaciones fútiles (el pato de Vaucanson hace también su aparición en la formidable Mason and Dixon de Thomas Pynchon) no harán sino retardar el goce que Carey le propone al lector, como puede esperar quien haya degustado exquisitos manjares como Óscar y Lucinda, Jack Maggs, La vida extraordinaria de Tristam Smith o la más reciente Parrot y Olivier en América.

(Esta reseña apareció primero el 28 de marzo en Hermano Cerdo).

A continuación, las primeras páginas de The Chemistry of Tears, esperando que te animes a leer este interesante libro.

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Catherine
Muerto, y nadie me lo ha dicho. He pasado por delante de su despacho y su ayudante estaba berreando.
- ¿Qué ocurre, Felicia?
- ¿Pero que no se lo han dicho? El Sr. Tindall, se ha muerto.
Lo que yo oí fue: “Lo del Sr. Tindall no es cierto”. Y pensé, por lo que más quiera, serénese usted.
- ¿Dónde está, Felicia? – Esa fue una pregunta imprudente por mi parte. Matthew Tindall y yo llevábamos trece años de amantes, pero él era mi secreto y yo era el suyo. En la vida real yo evitaba a su ayudante.
Entonces la pintura de los labios se le había corrido y la boca se le doblaba como un calcetín. - ¿Dónde está? – dijo sollozando. – Menuda pregunta, ¡pero qué pregunta tan horrible!
No entendía nada. Volví a preguntarle.
- Catherine, está muerto – y empezó a berrear de nuevo.
 Entré con paso firme en su despacho, como para demostrar que se equivocaba. Esto no era el tipo de cosas que uno hacía. Mi querido secreto era alguien importante – Conservador Principal de Metales. Ahí estaba la foto de sus dos hijos en el escritorio. Su ridículo sombrero de tweed descansaba en la estantería. Lo robé. No sé por qué.
Por supuesto, ella me vio robarlo. Ya me daba igual. Bajé a la carrera las escaleras hasta el piso principal. Aquella tarde de abril en los salones georgianos del Museo Swinburne, entre los mil visitantes diarios, los ochenta empleados, no había absolutamente nadie que supiera lo que acababa de suceder.
Todo parecía igual que siempre. Era imposible que Matthew no estuviera allí, esperando a darme una sorpresa. Era inconfundible, mi amado. Cuando fruncía el gesto le aparecía una marca vertical a la izquierda de la nariz, grande y elevada. Pelo tupido, una boca grande y suave, siempre tierna. Por supuesto que estaba casado. Por supuesto, por supuestísimo. Tenía cuarenta años cuando lo observé por primera vez, y pasaron siete años hasta que nos hicimos amantes. Por entonces yo tenía menos de treinta y todavía era una especie de bicho raro, es decir, la primera restauradora de relojes que había tenido el museo.
Trece años. Mi vida entera. Fue un mundo hermoso en el que vivimos todo ese tiempo, Londres SW1, el Museo Swinburne, una de las gemas casi secretas de Londres. Contaba con un imponente departamento de relojería, una colección de relojes de todo tipo famosa en todo el mundo, autómatas y otros ingenios a cuerda. Si hubieras estado allí el 21 de abril de 2010, me podrías haber visto, esa mujer alta, singularmente elegante, con el sombrero de tweed estrujado entre sus manos. Puede que tuviera pinta de estar loca, pero quizás no era tan diferente de mis compañeros de trabajo – muy diversos restauradores y conservadores – atravesando a grandes zancadas las galerías públicas camino de alguna reunión o de un estudio o de un almacén donde pronto se dedicarían a interrogar un objeto antiguo: una espada, una colcha, o quizás un reloj de agua islámico. Éramos gente de museo, estudiosos, sacerdotes, reparadores, lijadores, científicos, fontaneros, mecánicos – unos excéntricos, en realidad – especializados en metales, vidrios, textiles, cerámica. Éramos de todos los tipos, insistíamos en decir, aunque en secreto teníamos la seguridad de que todos los estereotipos tenían algo de cierto. Por ejemplo, una mujer joven con piernas bonitas nunca podía ser restauradora de relojes, pero sí un hombre ligeramente estrambótico que midiera menos de un metro setenta – precavido, un tanto extraño, de pelo rubio y fino y al que le costase aguantarte la mirada. Podrías verlo corretear como un ratón por las galerías de la planta baja, con las inevitables llaves colgantes, con el aspecto de ser el guardián de los misterios. De hecho, no había nadie en el Swinburne que conociera mas que una parte del laberinto. Habíamos reducido nuestros territorios a calles secundarias – las rutas que conocíamos siempre nos llevaban a donde queríamos ir. Esto lo convertía en un lugar extraordinariamente fácil para llevar una vida secreta y disfrutar del perverso placer que una vida así puede dar.
En la muerte fue un horror total. es decir, lo mismo pero más radiante, más enfocado. Todo resultaba más tajante y distante a un tiempo. ¿Cómo había muerto? ¿Cómo podía haber muerto?
Regresé aprisa a mi estudio y busqué ‘Matthew Tindall’ en Google, pero no aparecía ninguna noticia de un accidente. Sin embargo, en mi bandeja de entrada había un mensaje que me subió la moral hasta que me di cuenta de que había sido enviado el día anterior a las 4 de la tarde. “Beso tus pies”. Lo marqué sin leer.
No había nadie a quien me atreviera a acudir. Pensé: trabajaré. Era lo que siempre había hecho en una crisis. Es para lo que los relojes están hechos, eso es lo que los hace intricados, sus peculiares acertijos. Me senté en el banco del taller a intentar resolver un ‘reloj’ francés del siglo XVIII extremadamente caprichoso. Había dejado las herramientas sobre una suave gamuza gris. Veinte minutos antes me había gustado este reloj francés pero ahora me pareció vanidoso y ostentoso. Enterré la cara en el interior del sombrero de Matthew. “Olisquear” es la palabra que habríamos usado nosotros. “Te olisqueo”. “Olisqueo tu cuello”.
Podría haber acudido a Sandra, la encargada. Siempre era una mujer muy amable, pero yo no podía soportar que nadie, ni siquiera Sandra, manejara mis asuntos privados, sacándolos a relucir sobre la mesa y sacudiéndolos de un lado a otro igual que si fueran cuentas de un collar roto.
Hola Sandra, ¿qué le ha pasado al señor Tindall, lo sabes?
Mi abuelo alemán y mi muy inglés padre fueron relojeros, aunque nada espectacular – primero en Clerkenwell, luego en el centro de la ciudad, y después de nuevo en Clerkenwell – sobre todo esos buenos relojes ingleses, sólidos, de cinco ruedecillas – pero para mí era un artículo de fe, incluso cuando era una niña pequeña, que esta era una ocupación muy grata y tranquila. Durante años pensé que hacer relojes debía acallar cualquier agitación en el seno de una. Estaba tan segura de mi opinión, tan completamente equivocada.
La señora del carrito del té trajo su deprimente oferta. Observé el motivo contrario a las agujas del reloj de la leche ligeramente cuajada, sencillamente esperándole a él, supongo. de modo que cuando una mano me tocó, fue el cuerpo entero el que se descosió. Parecía Matthew, pero Matthew estaba muerto, y en su lugar estaba Eric Croft, Conservador Principal del Departamento de Relojería. Empecé a gimotear y ya no pude parar.
Era el peor testigo posible.
Por decirlo de manera más bien desabrida, Crofty el astuto era el dueño de todo lo que allí hacía tic-toc y se movía. Era un erudito, un historiador, un experto. Yo, en comparación con él, no era más que una mecánica con una buena educación. Crofty era famoso por su trabajo de erudición sobre ‘Tonadillas’, con lo cual normalmente se quiere decir esos perfectos malentendidos imperiales de la cultura oriental que exportamos con tantísimo éxito a China durante el siglo XVIII, cajas de música extremadamente elaboradas revestidas con las más extravagantes composiciones de animales y edificios exóticos, con frecuencia colocadas sobre esmeradas bases. Así eran las cosas para los miembros de nuestra casta. Construíamos nuestras inestables vidas en torno a este tipo de cosas. Los animales movían ojos, orejas y rabos. Las pagodas se alzaban y caían. Las estrellas cubiertas de piedras preciosas giraban y las varillas giratorias de vidrio producían una efecto de agua muy creíble.
Gimoteé y berreé, y ahora era a mí a la que la boca se le había quedado como una marioneta de calcetín.
Igual que un presidente de un club de rugby que tuviera un chihuahua por mascota, Eric no se parecía en nada a sus tonadillas, que, podría una suponer, serían la pasión de un homosexual esbelto y maniático. Tenía esa especie de fanatismo hetero que se espera de la gente de ‘metales’.
- No, no, - gritó. ‘Sshhh’.
¿Sshhh? No fue brusco conmigo, sino que me puso su brazo fuerte y grande alrededor de los hombros y me obligó a meterme en un campana de gases que tenía un extractor, y entonces puso en marcha el extractor de humos que empezó a rugir como veinte secadores de pelo al mismo tiempo. Pensé: ya he descubierto el pastel.
“No,” me dijo. “No lo hagas”.
La campana era terriblemente pequeña, construida precisamente para que un restaurador pudiera limpiar un objeto antiguo con disolvente tóxico. Me estaba acariciando el hombro igual que a un caballo.
“Cuidaremos de ti,” dijo.
En medio de mis berreos, por fin comprendí que Croft sabía mi secreto.
“Ahora vete a casa”, me dijo en voz baja.
Yo pensé: nos he traicionado. Pensé: Matthew se cabreará.
“Quedemos en el café de la esquina”, me dijo. “¿Mañana a las diez? Enfrente del Anexo. ¿Crees que puedes hacer eso? ¿Te molestaría?”
“Sí”, le dije, mientras pensaba, ya está – me van a echar del museo principal. Me van a encerrar en el Anexo. Había levantado la liebre.
“Bien”, sonrió y las arrugas alrededor de la boca le dieron un aspecto más bien felino. Apagó el extractor de gases y de repente pude oler su loción de afeitado. “Lo primero, te conseguiremos una baja por enfermedad. Esto lo superaremos juntos. Tengo algo para ti, para que lo arregles”, me dijo. “Un objeto bonito de verdad”. La gente del Swinburne habla así. Dicen objeto en vez de reloj.
Yo pensé: va a exiliarme, a enterrarme. El Anexo estaba situado detrás de Olympia, donde mi dolor podía ser tan privado como mi amor.
De modo que estaba siendo amable conmigo, Crofty, el extraño macho. Le besé en la mejilla, áspera y con olor a sándalo. Los dos nos miramos con asombro, y entonces yo huí, salí a la calle húmeda y me dirigí a grandes zancadas en dirección al Albert Hall, con el ridículo sombrero de Matthew estrujado por mi mano.


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