16 oct. 2012

Reseña: Machine Man, de Max Barry


Max Barry, Machine Man (Nueva York: Vintage, 2011). 277 páginas.


Una de las ideas más inquietantes (y también atractivas) del filme ya clásico Blade Runner era la posibilidad de que los replicantes (casi a todos los efectos, robots) se aproximaran tanto a la perfección que resultaran humanos. A lo largo de la historia han sido muchos los seres humanos (especialmente en el campo científico) que han buscado mejorar el cuerpo humano, de una manera u otra. En el género de la ciencia ficción hemos asistido al nacimiento de robots, androides, cyborgs, replicantes, etc.

No debemos tampoco olvidar que etimológicamente ‘robot’ tiene como origen la palabra checa que designa ‘esclavo’. La cuarta novela de Max Barry, Machine Man, navega entre la sátira despiadada y la comedia negra. Cuenta en primera persona la historia de un ingeniero, Charles Neumann (el apellido no es una coincidencia).

Neumann, que trabaja para una gran empresa llamada Better Future (los ecos del mundo deshumanizado de dos de sus anteriores novelas, Company, y Jennifer Government, ya empiezan a sonar) pierde una pierna en un accidente de laboratorio. Tras la cirugía, comienza la rehabilitación, pero Neumann solamente ve en las prótesis que le ofrecen soluciones inadecuadas a su problema. La biología humana no es mejorable: la tecnología, en cambio, sí puede perfeccionarnos. ¿A qué precio?

Decidido a sacar el mayor partido de su nueva situación, Neumann acepta la propuesta de Cassandra Cautery de desarrollar toda una gama de prótesis y productos que mejoran el cuerpo humano. Obsesionado con crear una pierna que mejore la biología humana (tan falible), Neumann decide utilizarse a sí mismo como cobaya, y provoca un segundo accidente para perder su otra pierna.

Video del trailer de Machine Man, un trabajo del propio Max Barry

¿Objetivo logrado? ¡Quia! ¿Para qué pararse en un par de piernas cuando todo el cuerpo es, sencillamente, mejorable? Neumann se justifica así:

“Tener una sola pierna es poco práctico,” expliqué. “O uno usa un sustituto artificial que intenta imitar la pierna real, lo cual es esencialmente imposible, y le limita a uno a las capacidades de la prótesis. O bien, uno se construye una pierna prostética realmente buena; pero entonces uno se queda clavado con un miembro biológico, que no puede estar al mismo nivel. Imagínate un coche que usase la pierna del conductor en lugar de una rueda. Llega un momento que la biología se vuelve ridícula.”

Otro de los aciertos de Machine Man es, en mi opinión, el estilo: Barry escribe sin adornos, con los tecnicismos necesarios dada la temática de la novela, pero sin hacer un uso excesivo en ellos. Una farsa moderna, absurda, original y sobre todo, muy actual, con divertidísimas incursiones en lo grotesco y en el subgénero de los superhéroes, en la que el blanco de la (no tan) velada crítica es la avaricia empresarial que antepone los beneficios a la vida del ser humano.

Una de las cosas curiosas respecto a Machine Man es que Barry desarrolló la novela como una serie en línea de la cual publicaba unas pocas páginas de borrador cada día, y en un constante diálogo con los muchos seguidores de su blog (maxbarry.com). Es muy posible que esa modalidad de gestación literaria haya influido en la estructura narrativa, con elementos un tanto dispersos y no tan acabados como en sus novelas anteriores. La sátira en Machine Man resulta más sórdida, menos desenfadada e iluminativa que en Jennifer Government, por ejemplo, y la  al parecer inevitable  inclusión de una trama secundaria con tintes de romance (la relación de Neumann con la técnica protésica que le atiende tras el accidente inicial, Lola Shanks – shank, en inglés, significa ‘pata, pierna’) aporta momentos de melodrama, con contrastes muy bien logrados.

Con frecuencia observo a muchas personas que se comportan como si sus teléfonos ‘inteligentes’ fueran un apéndice más de su cuerpo, y que exhiben terribles síntomas de dependencia de esa tecnología. ¿Serían capaces de injertar uno de esos dispositivos en su cuerpo, para no tener que separarse nunca de ellos? Me temo que, en más de un caso, tendríamos voluntarios dispuestos a someterse a la prueba: como el propio Charles Neumann.

Te dejo ahora con mi traducción de las primeras dos páginas de Machine Man:

Cuando era niño quería ser un tren. No me daba cuenta de que eso era algo inusual —que otros niños jugaban con trenes, no a serlos. Les gustaba construir vías y lograr que los trenes no descarrilaran. Ver cómo cruzaban túneles. No lo entendía. Lo que a mí me gustaba era fingir que mi cuerpo eran doscientas toneladas de acero, imparables. Imaginar que yo era pistones y válvulas y compresores hidráulicos.“Tú lo que quieres decir es robots,” me dijo mi mejor amigo, Jeremy. “Lo que quieres es jugar a robots.” Nunca lo había visto de esa manera. Los robots tenían ojos cuadrados y movían sus brazos y piernas espasmódicamente, y normalmente querían destruir la Tierra. En vez de hacer una cosa bien, lo hacían todo mal. Tenían un fin general. Yo no era aficionado a los robots. Eran máquinas malas.


***

Me desperté y busqué el teléfono, pero no estaba allí. Palpé la mesilla de noche, metiendo los dedos entre novelas que ya no leía porque una empiezas a leer libros electrónicos ya no puedes volver a los de papel. Pero el teléfono no estaba. Me enderecé y encendí la lámpara. Me metí debajo de la cama, por si el teléfono se había caído durante la noche y había rebotado de un modo raro. Tenía la vista borrosa tras dormir, así que barrí el suelo con los brazos trazando arcos llenos de esperanza. Levanté el polvo y empecé a toser. Pero no dejé de peinar la superficie. Pensé: ¿han entrado a robar? Supuse que me habría despertado si alguien hubiera intentado birlarme el teléfono. Algo en mí se habría dado cuenta.Entré en la cocina. La minicocina. No era un apartamento grande. Pero estaba limpio, porque no cocinaba. Habría visto el teléfono, pero no lo vi. Miré en la sala de estar. A veces me sentaba en el sofá y veía la tele mientras jugaba con el teléfono. Puede que se hubiera deslizado entre los cojines. Puede que estuviera allí, sin que pudiera yo verlo. Temblé. Estaba desnudo. Las cortinas de la sala de estar estaban abiertas, la ventana daba a la calle. A veces pasaba gente con su perro, o niños que iban al cole. Volví a estremecerme de frío. Debería ponerme algo de ropa. El dormitorio estaba a un metro y medio de distancia. Pero era posible que mi teléfono estuviera más cerca. Incluso que estuviera allí mismo. Me cubrí los genitales con las manos, crucé la sala de estar y empecé a levantar los almohadones del sofá. Vi algo de plástico negro, el corazón me dio un salto, pero era solamente el control remoto. Me puse de rodillas y palpé por debajo del sofá. El primer sol de la mañana me hizo cosquillas en el culo. Ojalá que no hubiera nadie junto a la ventana.


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