5 mar. 2013

Reseña: L'illa d'Antígona, de Tomeu Matamalas


Tomeu Matamalas, L'illa d'Antígona (Pollença: El Gall Editor, 2010). 263 páginas.


Hay un mar por el cual siento especial predilección, y es el mar donde yo me crié, en cuyas aguas me bañé innumerables veces y bajo cuyas olas normalmente mansas (en comparación con el océano Pacífico, al que estoy ahora acostumbrado) me asomé de pequeño al piélago y sus misterios. Es el Mediterráneo, el cual es el gran escenario global de esta estupenda novela histórica, y que en los años del Renacimiento adquirió un protagonismo central que solamente lograron disminuir los descubrimientos geográficos posteriores, en dirección opuesta, hacia poniente.

En L’illa d’Antígona, el mallorquín Tomeu Matamalas asume la personalidad de un pintor, Alexis Stavros, hijo adoptivo de una familia griega en la hermosa ciudad bizantina, Constantinopla, poco antes del asedio y posterior caída en manos del imperio otomano del sultán Mehmet II en 1453.

Gentile Bellini, Retrato de Mehmet II
Ya en su vejez, Stavros dirige la narración de su muy intensa vida a un hombre llamado Nícies, por quien Stavros declara tener una gran predilección. La autobiografía la escribe Stavros en la Venecia de principios del siglo XVI, en la que un tal Tiziano comienza a descollar entre el selecto grupo de pintores y artistas al servicio de los ricos mercaderes de la ciudad-estado. Nícies es la gran incógnita con la que juega el autor, y por tanto no debe ser revelada en una reseña.

Autorretrato de Giovanni Bellini
Todavía siendo un niño, Alexis es testigo del brutal asesinato de sus padres por los soldados turcos, los jenízaros; salva la vida pero es hecho prisionero y vendido como esclavo. Durante varios años trabajará en una hacienda agrícola, protegido por otro esclavo al que conoce como Genadi. Su protector resulta ser un influyente patriarca de la iglesia ortodoxa, y gracias a él consigue regresar a Estambul (el cambio de nombre refleja ya que el orden geopolítico ha quedado para siempre trastocado).

Giorgione, Retrato de Laura
Una vez en Estambul, una carambola del destino le vuelve a reunir con la niña de la que estuvo enamorado cuando era apenas un mozalbete, pero la guerra y sus nefastas consecuencias han cambiado mucho las cosas, e Irene (que también fue vendida como esclava a un mercader llamado Tamarack) vive otra vida como prostituta de lujo. Los dos hacen planes para huir de Estambul e iniciar una vida juntos en otro lugar, pero Tamarack se lo impedirá al asesinar a Irene de forma cruel.

Matamalas demuestra ser un gran conocedor de la pintura renacentista italiana; las descripciones de las técnicas pictóricas, o de la cuidadosa elaboración de un cuadro o de un fresco, descripciones o explicaciones que pone por boca de sus personajes, denotan sustanciales conocimientos en la materia, pero de todos modos su inclusión en la narración del pintor griego resulta muy natural y nada pesada para el lector.

La tempesta de Giorgione supuso una ruptura con la convención pictórica de la época 
Ante todo, en L’illa d’Antígona impera la amenidad de la narración: con un lenguaje pulcro y cuidado, su temática artística secundaria le confiere una dimensión culta nada desdeñable. Pero es especialmente la narración que Stavros hace de su vida lo que mantiene al lector cautivado: la historia de cómo Alexis acude a la isla de Antígona para intentar superar la pérdida de Irene, y cómo conoce a Melina, la sencilla y encantadora muchacha que le vuelve a enganchar a la vida. Cuando regresa a Estambul, Melina no puede soportarlo y con el paso del tiempo pierde la ilusión de vivir, y muere al dar a luz a su hija, su segunda descendiente. Alexis, aconsejado por Gentile Bellini se marcha a Venecia.

Los personajes históricos no suponen ninguna mella en la verosimilitud de la novela, algo que es de agradecer en estos tiempos. Por último, para quien no esté acostumbrado a las peculiares formas ortográficas  que se emplean en esas hermosas islas mediterráneas en las que la lengua catalana es lengua autóctona, esas formas pueden en principio suponer una pequeña dificultad para sumergirse en el libro de Matamalas, pero el esfuerzo realmente vale la pena. L’illa d’Antígona fue galardonada ex aequo con el VI Premi Pollença de Novel·la.

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