19 jun. 2013

Reseña: Burnt Shadows, de Kamila Shamsie

Kamila Shamsie, Burnt Shadows (Londres: Bloomsbury, 2009). 363 páginas.

Tras haberla visto por primera vez en algún documental de la 2 cuando era un jovenzuelo imberbe, me quedó firmemente grabada durante muchos años la imagen del primer ataque mediante la explosión de una bomba atómica en la ciudad de Hiroshima. Hubo un segundo ataque tres días después. Creo que es innegable que el empleo de la bomba atómica en un conflicto mundial ha marcado para siempre la imaginación de los que nacimos o crecimos durante la Guerra Fría. La destrucción del planeta fue (y sigue siendo, aunque nos pese) una amenaza real y terrible.

En Burnt Shadows, la autora paquistaní Kamila Shamsie narra las vidas de varias generaciones de dos familias a quienes las circunstancias históricas unen y separan a lo largo de casi sesenta años. La novela se inicia en la ciudad de Nagasaki el día 9 de agosto de 1945, cuando una joven llamada Hiroko Tanaka se despide de su novio alemán, un gentil y estudioso artista exiliado llamado Konrad, que acaba de pedirle que se case con él. Embelesada, abre el viejo arcón de su difunta madre y saca un hermoso quimono adornado con dibujos de pájaros que surcan el cielo. En ese instante, nos dice la narradora, “el mundo se vuelve blanco”. Shamsie describe conmovedora pero oportunamente la aniquilación total de la ciudad (véase la foto más abajo); pero son las marcas  que quedan grabadas para siempre en la piel de Hiroko – las sombras de los pájaros del quimono que llevaba puesto – las que más impresión nos causan.
Dividida en cuatro partes ordenadas de forma cronológica, Burnt Shadows lleva al lector desde Nagasaki a Delhi en el Indostán anterior a la Partición y momentáneamente a Estambul, desde donde el argumento nos sitúa en Karachi, Islamabad y la frontera de Paquistán con Afganistán, con el trasfondo de la ocupación soviética que fue prólogo de la desintegración de la URSS, en el decenio de 1980. En la última parte, la acción (y hay mucha acción en este tramo final de la novela) alterna entre Nueva York y Afganistán, con un inesperado desenlace en las afueras de la ciudad canadiense de Montreal.

Precediendo a estas cuatro partes hay un brevísimo prólogo en el cual se nos describe la llegada de un prisionero al ya infame Gitmo en la base de Guantánamo. El personaje anónimo, a quien le han obligado a desnudarse una vez encerrado en su celda, se pregunta “¿Cómo pudieron las cosas llegar a este extremo?”.

Burnt Shadows es una sólida narración, a pesar de la enorme amplitud temporal y espacial que busca cubrir la autora con la novela. Puede argumentarse que muchos personajes (por muy secundarios que sean, es necesario que parezcan humanos y resulten creíbles) quedan un poco desdibujados debido a la celeridad con que Shamsie los hace pasar por la historia que cuenta. Y sin embargo, el efecto total de la narración de Shamsie es altamente eficaz, no obstante su complejidad, y la historia cuenta con el suficiente aliciente como para hacer progresar al lector hasta su conclusión.

Interesantes son asimismo los contrastes que Shamsie crea y realza, atando ciertos hilos históricos que en teoría podrían suponerse inconexos. Así, la endeble relación de los Burton en Delhi (símbolo añadido del declive del imperio británico) se contrapone a la de Hiroko y Sajjad, quienes en contra de todas las opiniones y pese a las vastas diferencias culturales, se casan, desafiando la presión colonial y las convenciones culturales imperantes. Los Burton les convencen para que vayan a Estambul en su viaje de luna de miel y eviten así la violencia que la Partición iba a causar en Delhi. Cuando meses después tratan de regresar a la India independiente, a Sajjad, musulmán, se le han cerrado las puertas de la que creía su patria. Karachi se convierte en la nueva morada para ellos, y al cabo de los años nacerá Raza, un muchacho que no podrá pasar desapercibido en Paquistán.

Uno de los principales temas subyacentes en Burnt Shadows es el del sentimiento o la percepción de la identidad propia por parte de las personas. Mientras Hiroko, traumatizada por la explosión nuclear que mata a su padre y a Konrad y casi la mata a ella también, mantiene una personalidad sólida a través de los años y en los múltiples lugares donde el destino la lleva a vivir, su hijo Raza, talentoso políglota, hace del disfraz un hábito. Si bien en un principio ese ávido apetito de vestir un disfraz le reporta una extraordinaria aventura de la que sale indemne, cuando lo adopta en su profesión las consecuencias pueden ser imprevisibles en un escenario bélico como Kandahar, adonde acude de la mano de Harry Burton, el hijo de James y Elizabeth Burton, que había crecido con Sajjad en la vieja Delhi de la época imperial.

La identidad, como muy bien sabe todo emigrante, es algo cambiante y variable: son los entes administrativos los que catalogan y categorizan a las personas; la ignorancia, la mala fe de los políticos y los prejuicios luego hacen el resto.

Una de las preguntas recurrentes en Burnt Shadows gira en torno a la necesidad real de la destrucción de Nagasaki. Habiendo visto las consecuencias de una explosión nuclear en una ciudad, el presidente Truman decidió lanzar un segundo ataque. ¿Por qué? ¿Repetir la barbarie indiscriminada, justificaba el final acelerado de la guerra? Shamsie teje unos lazos sutiles, hábilmente sugeridos pero no explicitados, entre la matanza de Nagasaki y la matanza del 11 de septiembre en Nueva York. Entre esos dos sucesos de crueldad y degradación de la humanidad, el número de guerras indirectas o directas en las que han tomado parte los EE.UU. supera fácilmente el medio centenar. Algo huele mal en todo esto.

Burnt Shadows ha sido ya publicada en castellano por Salamandra, con el título de Sombras quemadas, y traducida por Victoria Malet Perdigó.

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