13 sept. 2013

Reseña: Fallen Land, de Patrick Flanery

Patrick Flanery, Fallen Land (Londres: Atlantic Books, 2013). 422 páginas.

Con frecuencia los prólogos de muchas novelas no aportan gran cosa: suelen ser una especie de gestos estéticos o guiños narrativos que buscan captar la atención del lector (o quizás, más bien, la del editor). En Fallen Land, el prólogo nos sitúa en el año 1919, y describe un violento linchamiento extrajudicial en el contexto de una época de disturbios raciales en el interior de los Estados Unidos. El lugar es una ciudad de Nebraska (¿Omaha?), aunque Flanery no lo especifica en momento alguno. Sin embargo, en el prólogo se nos dan unas coordenadas de lo que esta tensa narración irá deparando a lo largo de 400 páginas.

No es muy difícil señalar a posteriori, que el prólogo, escrito con algo de ironía y buenas dosis de distanciamiento, parece aludir a uno de los temas recurrentes en la sociedad estadounidense: la violencia como algo cotidiano, la violencia como rutina normalizada y asimilada en la vida diaria. Los sucesos del 11 de septiembre de 2001 no han ayudado en modo alguno a que decrezca la omnipresencia del terror en las vidas de los norteamericanos, y no necesariamente el causado por barbudos fundamentalistas nacidos en otras partes del mundo.

Como en el caso de Australia, en los EE.UU. la libertad y la oportunidad de muchos se asienta en la rapiña y la desposesión de otros; cuando el nuevo Primer Ministro australiano – sí, el boxeador seminarista que contará para gobernar con todo un supositorio de conocimientos – asevera que “éste es nuestro país, y decidimos quién viene aquí”, mi respuesta tácita es “será vuestro país, pero no es – ni nunca lo será – vuestra tierra.”

En plena crisis de las hipotecas basura, una familia de Boston decide mudarse al midwest para progresar en sus carreras profesionales. Julia investiga en el campo de la inteligencia artificial, y Nathaniel trabaja para una corporación que abarca todas las áreas imaginables en las que la iniciativa privada pueda sacar sustanciosos beneficios económicos exprimiendo y reduciendo a la mínima expresión el concepto de administración pública. Tienen un chico de siete años, Copley – bautizado con el nombre de la plaza de Boston donde se halla el hotel donde sus padres lo concibieron tras una fiesta de Nochevieja a principios del siglo XXI. Un magistral guiño irónico de Flanery (al menos esa es mi opinión).

Los Noailles compran su nueva casa en una subasta a través de una agente inmobiliaria. La casa es enorme en comparación con el apartamento en el que vivían en Boston; es también la primera edificación de un nuevo barrio ideado por Paul Krovik, promotor inmobiliario y mediocre constructor que a las primeras de cambio lo pierde todo (su negocio, su propia familia y su casa) y desaparece.

Pero en realidad Krovik no ha desaparecido. Escondido en un bunker subterráneo anexo a la casa, Krovik sueña con recuperar el sueño de su vida: la casa, la familia, el negocio, la autoestima. Con los nuevos propietarios ya instalados en la casa, Krovik emerge noche tras noche, incrementando paulatinamente su gama de actividades destinadas a echar a los Noailles de la que él considera todavía su casa.

Otros padres de familia tomarían más en serio lo que su hijo pequeño les cuenta, pero Nathaniel sospecha que es Copley el que durante la noche desbarajusta los muebles y causa quebraderos de cabeza derramando la leche en la pila de la cocina, o dejando los grifos abiertos y las luces encendidas. No se ha adaptado a su nuevo entorno, dicen, pese a que Copley asegura una y otra vez que hay un gigante escondido tras el muro de la despensa. Flanery ejecuta un interesante juego de reflejos al adentrarnos en el pasado traumático del padre, quien sufrió el abuso físico y psicológico infligido por ambos padres.

Desde el punto de vista técnico, Fallen Land es también una novela interesante, aunque estructuralmente no resulte completamente perfecta. Flanery adopta varias voces narradoras para contar la historia: hay un narrador externo y omnisciente, con diferentes perspectivas para los diferentes personajes, lo cual supone a veces una pega por la fluctuación inherente a dicha estrategia. Hay también fragmentos narrados en primera persona por Louise Washington, la mujer cuya tierra Krovik compró y a quien el municipio – en un trabajo subcontratado a la empresa para la que trabaja Nathaniel – finalmente expulsa de su casa antes de demolerla. Y un muy trabajado capítulo, supuestamente escrito a modo de confesión por Julia, la madre, cuando ya el matrimonio, ambos cónyuges desquiciados por el vandalismo que suponen inexplicable e increíblemente causado por Copley,  empieza a naufragar.

Pero quizás lo que más llame la atención de Fallen Land sea la muy cabal descripción de la América de pesadilla que se intuye tras los muchos elementos distópicos de la novela: una compañía privada que espía a sus empleados y a otros ciudadanos, y que basa el incremento exponencial de sus beneficios en mantener a la población reclusa en una situación de esclavitud casi permanente; una escuela propiedad de esa misma corporación en la que se imparte una pedagogía de corte fascista que prepara a los niños para servir en esa misma compañía privada; unos EE.UU. donde un vecino puede denunciarte por ser extranjero y parecer sospechoso después de haberle invitado a una barbacoa. El retrato que pinta Flanery de la sociedad estadounidense contemporánea es aterrador. ¿Cuán distinto es de la realidad?


Te invito ahora a leer el prólogo de Fallen Land (título de indudables resonancias bíblicas) en mi versión traducida al castellano.

1919
En lo que el escritor y erudito James Weldon Johnson denominó el ‘verano rojo’ de 1919, varias ciudades se vieron azotadas por disturbios raciales a lo largo y ancho del país, y aquí, en esta ciudad regional entre dos ríos, con la que por aquel entonces era, a excepción de Los Ángeles, la mayor población urbana de negros al oeste del Misisipi, una muchedumbre airada de unos cinco mil blancos empeñados en linchar a dos hombres de raza negra, Boyd Pinkney y Evans Pratt, prendió fuego al juzgado del condado. Pinkney y Pratt trabajaban en uno de los almacenes de empaquetado de carne de la ciudad, y habían sido arrestados por violentar a una chica blanca de doce años, quien se retractó ya de mayor, y confesó que los hombres no habían hecho otra cosa que decirle hola cuando ella los había saludado. A los dos amigos los colgaron de un árbol a las afueras del juzgado, despellejaron sus cuerpos y los quemaron antes de arrojarlos al río, donde estuvieron dando vueltas a la estela de los barcos de vapor para terminar enganchados en las ramas que se levantan como brazos y piernas descarnados en las aguas poco profundas y fangosas, atestadas de mosquitos, que se extienden desde las orillas, en medio de un intenso hedor a podredumbre.
Aquel mismo día Morgan Priest Wright, el alcalde, un gentilhombre granjero de sesenta años de edad al que habían elegido el año anterior en una lista reformista, fue linchado por tratar de intervenir en defensa de los acusados, en cuya total inocencia creían él y unos cuantos funcionarios locales. El juzgado fue pasto de las llamas, y Wright huyó en su Studebaker azul, marchándose de la ciudad y refugiándose en su granja, donde se cobijó con los arrendatarios que laboraban sus tierras en el sótano de piedra construido como refugio en caso de tormenta debajo de su casa. La historia guarda silencio sobre la serie de acontecimientos que llevaron a Wright y a uno de los labradores, George Washington, de veinticinco años de edad, a ser sacados a la fuerza del sótano y colgados de un álamo próximo a la casa de Wright, la cual inmediatamente fue quemada por desconocidos. Freeman iba vestido con ropas de mujer, y a los dos hombres lo ataron juntos, cara a cara, y allí los dejaron colgando después de que la muchedumbre se retirara. El hermano de Freeman, John, y su cuñada Lottie, que eran también arrendatarios de Wright, se habían ausentado de la granja cuando los disturbios, y se hallaban en un condado vecino visitando a la familia de ella. Camino de casa en el Ford T de Wright que él les había prestado, pudieron ver el humo desde la distancia y, ya advertidos de los disturbios, se temieron lo peor. No podrían haber imaginado que tanto el patrón como su propio hermano estaban muertos, ni que la casa a la que de forma discreta habían sido invitados en varias ocasiones, ya no estaba en pie. Para cuando John y Lottie llegaron a su casa, la casa de Wright había sido consumida por las llamas, mientras que su propia cabaña, sita en la parte baja de la colina y en el límite de la granja, seguía en pie y casi intacta, exceptuando algunas ventanas rotas. Levantando la vista hacia el álamo, de unos doce metros de altura, del que colgaban muertos George y el Sr. Wright, los dos cuerpos atados juntos y retorciéndose con el viento que una tormenta de final de verano estaba levantando, John le dijo a Lottie que esperara en casa con los niños mientras él investigaba.
Mientras John se alejaba del árbol del linchamiento y de las ruinas del hogar del alcalde, descendiendo la colina en dirección al granero con la intención de coger una escalera para poder cortar las sogas y soltar a los dos cuerpos, oyó un fortísimo ruido atronador, “calamitoso y catastrófico, como una catarata de ruido”, y sintió que la tierra vibraba bajo sus pies. Cuando se dio media vuelta, el álamo de doce metros de altura en la cima de la colina había desaparecido, y desde la posición que ocupaba John la tierra parecía descarnada, devastada. El regreso a la granja había sido traumático, y pensó que quizás estaba sufriendo algún tipo de trastorno mental debido a su pérdida. Al acercarse al lugar donde debería haber estado el árbol, pudo discernir una amplia sombra oscura en la superficie de la tierra, como si la hierba se hubiese calcinado en un círculo perfecto; sospechó que un fuego divino y purificador había tomado al árbol y a los dos hombres muertos juntos en una llamarada demoledora, un suceso de combustión espontánea causado por Dios. John había visto arder pajares durante los años de sequía, sabía del fuego que ardía sin llamas en los montones de desechos que había en los linderos de la granja, había oído hablar incluso de los grandes pinos que estallaban de pronto de manera inexplicable. Pero cuando se acercó, vio que la tierra no estaba en modo alguno calcinada; había desaparecido. Donde había estado el árbol había ahora un agujero, una enorme oquedad, y al escudriñar por encima del borde del agujero pudo distinguir la copa del árbol, y el tronco entero, y a los dos hombres atados que colgaban de él, tragados todos por la tierra. Freeman llamó a Lottie, que vino a la carrera, y los dos se asomaron al agujero durante un buen rato, intentando decidir qué hacer, observando las ramas hundidas del árbol y escuchando el desdichado silencio de la granja, en la que incluso los estorninos y los mirlos se habían callado. Conforme el viento se levantaba y las gotas de lluvia agujeraban la tierra y golpeaban la piel de aquella pareja con tanta fuerza que les dolía, decidieron que no había nada que hacer hasta la mañana siguiente.
Al día siguiente, mientras la lluvia derramaba su cortina sobre las sinuosas formas de la granja y anegaba las ruinas calcinadas de la casa de Wright, John y Lottie Freeman regresaron con sus hijos a la ciudad en el Ford T de Wright para informar de las muertes de su hermano George y del alcalde. La fuerza policial local, reforzada por la Guardia Nacional pero abrumada no obstante por los acontecimientos de los tres días precedentes, en los que habían ardido un mínimo de treinta casas de la ciudad y del área colindante, no dejaron de mostrar cierta comprensión por la situación en que se hallaban John y Lottie. Escoltados por el sheriff y varios oficiales, volvieron a la granja, donde dos de los agentes del orden público, bien asegurados con cuerdas, bajaron al interior del socavón y se encaramaron a las ramas del álamo, y desde allí confirmaron la presencia de los cuerpos y la identidad del alcalde. El sheriff comprendió que John y Lottie nada tenían que ver con las muertes, que en ningún modo eran responsables de ellas, y que nunca se haría justicia; alguien sugirió que desenterrar a los dos hombres de su inusual última morada daría lugar a preguntas que la comunidad no quería enfrentar, para las que nunca podría hallar respuesta, y únicamente crearía más tensión entre las razas, puesto que el espectáculo de un hombre negro y uno blanco, patrono y arrendatario, atados juntos en el momento de morir, no tenía una fácil explicación. Se acordó que lo mejor para todas las partes involucradas era dejar los cuerpos tal como estaban, y rellenar el agujero con los restos humeantes de la casa de Wright y con tierra de los campos colindantes. Los oficiales ayudaron a John, y mientras despejaban las ruinas de la casa, descubrieron la caja fuerte de Wright, la forzaron con una palanca y encontraron una última voluntad y testamento, un documento algo chamuscado pero todavía legible, por el cual dejaba todas sus propiedades, incluidas la granja y todos sus edificios, a George Freeman, y en el caso de que falleciera George Freeman, a su hermano y también arrendatario John. El propio sheriff era nombrado albacea, y como el hombre no quería otra cosa que el retorno de la paz a una ciudad que se le había escapado de las manos, vio que no tenía ningún sentido admitir impugnación alguna a los deseos finales expresados por el difunto alcalde, tan poco ortodoxos como resultaban ser. Y así, Poplar Farm pasó íntegramente, sin anuncio público alguno, a manos de John y Lottie Freeman, hijos de esclavos.
El juzgado del condado fue reconstruido al año siguiente. Ningún hombre blanco subió al estrado por los sucesos del otoño anterior, mientras que en una granja al oeste de la ciudad se colocaron dos pequeñas losas de granito para señalar el lugar donde un árbol y dos hombres yacían sepultados en una tierra de promesa austera y de muerte.

12/05/2106: El libro se ha publicado recientemente en castellano como Tierra hundida, en Galaxia Gutenberg, en traducción de Isabel Ferrer y Carlos Milla.

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