5 ago. 2017

Reseña: C, de Tom McCarthy

Tom McCarthy, C (Londres: Jonathan Cape, 2010). 310 páginas.
La tercera novela del inglés Tom McCarthy lleva por título la letra C, letra que en nuestros días aparece de alguna u otra forma en todos los productos culturales que adquirimos. Por ejemplo, en el símbolo ©, en el que la C corresponde al concepto de ‘copia’, que tiene muchísimo que ver con la tecnología, una de las obsesiones de McCarthy.

En el caso de esta novela de McCarthy, la C podría corresponder en primer lugar al apellido del protagonista, Serge Carrefax. Pero esa sería una relación simplista y poco fructífera desde una perspectiva lectora. McCarthy no escribe para lectores acomodaticios, como ya pude comprobar en Satin Island o en la deliciosamente provocadora Remainder. Los temas que trata McCarthy en ambas novelas figuran también en esta. No he podido leer todavía Men in Space, su segunda obra de ficción – no la tienen en la biblioteca local.

Ambientada en las primeras décadas del siglo XX en una finca del sur de Inglaterra llamada Versoie, el protagonista es el pequeño Serge, segundo hijo de la familia Carrefax. Su padre dirige una escuela para sordomudos, y está obsesionado con las posibilidades de modernización de las comunicaciones y otras tecnologías novecentistas. Su madre se ocupa de la producción y venta de seda, por la que hay gran demanda. Su hermana mayor, Sophie, tiene también una obsesión: el estudio de la naturaleza, en particular los insectos. Teniendo en cuenta el entorno en el que crece, no es de extrañar que Serge desarrolle un fuerte interés por la radio y el telégrafo.

Todo cambia cuando Sophie sufre un accidente en su laboratorio (o comete suicidio ingiriendo cianuro, ante un embarazo no deseado, no queda claro). Unos años después, Serge es enviado por su padre a un balneario centroeuropeo para tratarse un malestar que le causa estreñimiento y le afecta la vista. ¿Cómo? ¿Te parece una trama un poco banal para la obra de un autor tan experimental y vanguardista como McCarthy? En efecto, lo es.

Pese a ser el personaje central de la novela, la trama sigue a Serge utilizándolo como punto de referencia, como base o plataforma para una cierta perspectiva. Así, tras curarse la indisposición fisiológica que le afectaba echando un polvo con la masajista del balneario, Serge reaparece para alistarse como observador y radio-operador a bordo de un avión de guerra. Los capítulos sobre la I Guerra Mundial son excelentes: desde la descripción del terreno que observa y el cielo que les rodea a las sensaciones erotizantes que Serge experimenta mientras vuela, pasando por los inicios en el uso de cocaína y heroína, inducidos por los médicos militares.

Su suerte como aviador llega a su fin, y el avión en que vuela es derribado. Su compañero, el piloto, muere en el ataque, y a Serge lo hacen prisionero los alemanes. Tras ir de prisión en prisión, logra escapar con otro compañero en las postrimerías de la guerra, y le salva, como suele decirse, la campana cuando estaban a punto de fusilarlo.

Regresa a Londres y se matricula en la Escuela de Arquitectura: algo extraño, dado que no posee el don de la perspectiva. Ve las cosas planas, sin volumen, sin cuerpo. La Londres de posguerra es un crisol de tendencias: el modernismo, los inicios del movimiento sufragista, arte vanguardista y drogas, muchas drogas. Tras sufrir un accidente en el que destroza el coche de su padre, su padrino, Widsun, sale al rescate. Le asignan una misión en Egipto. De Alejandría a Cairo, y de Cairo subiendo el Nilo hasta la ciudad de los muertos, Serge observa e indaga para un posible informe sobre ubicaciones para pilones de telecomunicación, informe que nunca habrá de enviar.

Osiris, el Señor de los Muertos.
Los ecos y afinidades entre la primera y la segunda parte de la novela no son una casualidad. McCarthy es un virtuoso del lenguaje y tiene una extraordinaria destreza para reflejar coincidencias y establecer referencias cruzadas e intertextuales. Catacumbas y criptas, insectos e incestos, dioses y divinidades, sexo y muerte: todo forma parte de un caos organizado, dentro de una estructura narrativa más menos convencional (la trama es lineal, el formato narrativo no muestra ninguna ruptura con lo comúnmente aceptado).

Y, sin embargo, C no es una novela en el sentido más habitual del término. Su subtexto es decididamente rebelde. La fascinación de McCarthy por el simulacro, la representación, la teatralidad, el remedo, figuran una y otra vez en su prosa elegante y erudita, en una historia, la de Serge Carrefax, en la que lo realmente importante es cómo intentamos y generalmente conseguimos (siempre arbitrariamente) encontrarle sentido a la vida, al entorno natural, a lo banal y a la Historia. Un libro difícil por su densidad temática, pero al mismo tiempo completamente fascinante por ello.

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