«Lo primero que vi fue el humo. Era demasiado humo como para que estuviera
saliendo por la chimenea, de manera que fustigué al caballo y me apresuré a ascender la colina. Mucho más que una grata
lumbre en la chimenea: era mi casa, carajo, toda en llamas, ardiendo en un
santiamén. Brotaban llamaradas rojas y amarillas que se alzaban entre una
espesa humareda. Y alrededor de la casa había unos hombres que incluso en la
distancia tenían una pinta cutre, rodeando la casa en sus caballos y dando
grito. Dos de ellos arrojaron más antorchas en el interior de la casa, mientras
que otros dos disparaban flechas por todas partes; uno de ellos llevaba a mi
esposa colgada sobre la silla, como si fuera una alfombra. Ella estaba soltando
una ristra de palabrotas, lo que me hizo sentirme orgulloso de ella, carajo. No
podía distinguir las palabras, pero el tono era bueno para insultarlos y
maldecirlos». (p. 3, mi traducción)
Es una tarde de 1871, el vaquero Curt Marder está volviendo al rancho que
tiene en las afueras de un pueblito de mala muerte en alguna parte del oeste; desde
una prudencial distancia, Marder es testigo de cómo una pandilla de forajidos disfrazados
de nativos americanos asaltan y queman su casa, raptan a su mujer Sadie y matan
a su perro de un flechazo. En vez de intentar salvar a su mujer, da media
vuelta y se presenta en el saloon del pueblo, donde su relato provoca la
lástima de los
parroquianos y del dueño del bar, a quien le debe tres dólares. Todos los
hombres que escuchan su historia coinciden en la imperdonable atrocidad de que
hayan matado al perro, pero no parecen darle importancia al hecho de que Sadie
haya sido raptada y, muy posiblemente, esté siendo víctima de violencia sexual
mientras Marder mendiga unos tragos de whiskey.
Tras pasar la noche en un establo, Marder sale a buscar a Bubba, de quien
todo el mundo dice que es el mejor rastreador de la zona. De camino al rancho
donde esta Bubba topa con un joven muchacho, Jake, cuyos padres han sido
asesinados (quizás por la misma banda de delincuentes). Los tres forman un
inusual grupo en persecución de los criminales: Marder, sin un centavo, le
promete la mitad de su tierra al rastreador Bubba (de raza negra) si consigue
recuperar a Sadie. La mala suerte a la que parece estar condenado querrá que
esa misma noche Marder pierda toda la propiedad en una partida de póker muy
posiblemente amañada.
Esta es una deliciosa novela picaresca de la época moderna, ambientada en
la frontera durante la conquista del Salvaje Oeste de los EE.UU. tras la Guerra
Civil. Everett toma la estupenda decisión de adoptar la primera persona y hacer
que sea Marder quien confiese sus temores, aprensiones, mentiras, cobardías y
traiciones. Gracias a ello, de su boca sale contantemente un torrente de
prejuicios resultado de su «flaca educación» imbuida de racismo y sexismo, además de una sarta de estupideces y
demostraciones de ignorancia, múltiples mentiras, latrocinios y traiciones a
quienes, en teoría, debería agradecerles su ayuda.
En poco más de 200 páginas encontrarás un poco de todo: peleas de bar, duelos a la puerta de un establo, la masacre
de una tribu india, el atraco a un banco, el linchamiento de un pobre muchacho
negro que no ha cometido ningún crimen, jóvenes mujeres que ofrecen sus
encantos en el único hotel de la ciudad, entre otros variados incidentes. Evitando
hacer un spoiler, diré que el desenlace no debiera sorprendernos. El
mundo es como es y las conductas morales no siempre tienen cabida en él: además, Marder es quien es, como se
deduce del primer párrafo de la novela.
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| Otro autor al que seguirle la pista: Percival Everett. Fotografía de Phibeatrice. |
Everett publicó God’s Country inicialmente en 1994. Además de su corrosiva carga irónica, el libro destaca por la altísima calidad literaria de la voz que el autor genera para el protagonista, quien si viviera en 2025 sería muy probablemente un acérrimo seguidor de MAGA. El libro se lee en menos que canta un gallo y los nombres que Everett otorga a los estrafalarios personajes que Marder y Bubba van encontrando en sus desventuras te harán reír.
Me pregunto, sin embargo, la razón por la que ningún guionista o director de Hollywood no ha querido hasta ahora convertirla en una película. Hay en este libro una gran historia que no solamente entretendría a muchos; también podría transmitir un mensaje que es cada vez más necesario. ¿Irritaría a muchos espectadores que siguen creyendo que la expansión de los EE.UU. hacia el oeste fue una epopeya heroica en vez de la conquista brutal y homicida impulsada por el supremacismo blanco que sigue latente en el corazón del país?


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