3 abr 2025

Reseña: Shark, de David Owen

 
David Owen, Shark: In Peril in the Sea (Crows Nest: Allen & Unwin, 2009). 328 páginas. 

Tenía yo 15 primaveras cuando se estrenó en Valencia la película Jaws (Tiburón) de un jovencísimo Steven Spielberg, que fue naturalmente un éxito absoluto de taquilla. Algún tiempo después supe que el escualo de la película (un gigantesco tiburón blanco), que al final se comía a Quint (el tosco cazador de tiburones contratado por el alcalde de Amity) era en realidad un artilugio mecánico. No por ello dejaba de ser espectacular y, en cierto modo, aterrador.

La vida da muchas vueltas y dos décadas después me trajo a Australia, país que registra una de las mayores cifras de personas fallecidas o malheridas a causa de los infortunados encuentros con estos animales, normalmente sobre surfistas y nadadores. En alguna ocasión, la playa donde yo estaba ha sido cerrada tras el avistamiento de algún tiburón cercano a la orilla.

Este libro de Owen, publicado en 2009, es una especie de ‘minienciclopedia’, un detallado y minucioso estudio que incluye la gran mayoría de especies de los elasmobranquios (básicamente, tiburones y rayas). Una de las principales ideas que Owen enfatiza frecuentemente en el libro es el hecho de que es mucho más lo que no se sabe que lo que realmente se sabe sobre estos animales.

El primer capítulo aborda la polémica que rodea a los tiburones y los ataques a humanos. De hecho, Owen defiende el uso de la palabra “incidente” en lugar de referirse a los episodios en los que una persona sufre lesiones (o la muerte) como “ataque”. Algo de razón tienen los que proponen este término. La paranoia a la que dio lugar la película (no así el libro de Peter Benchley, quien, pese a ganar mucho dinero gracias a la película, siempre se mostró contrario a la subsiguiente sobrerreacción sensacionalista) queda desmentida por los datos: «Los ataques por parte de tiburones son, estadísticamente, muy raros y normalmente no son mortales.» (p. 6) En unos 450 años de datos sobre incidentes en todo el planeta, para 2009 su número total aproximadamente apenas superaba los 4000.

Nunca quiso hacerles daño. La contraportada de Jaws (1974), con una fotografía del autor, Peter Benchley.
Shark también recoge la historia de la presencia de los tiburones en la culturas de las sociedades indígenas (especialmente las australianas) y en la cultura europea en general. En tres capítulos Owen trata la evolución, clasificación y biología de las especies y realiza una descripción muy informativa de muchas de ellas.

Finalmente, el autor trata las importantes cuestiones de la (sobre)explotación del tiburón como recurso pesquero (por sus aletas) y de la muy difícil conservación de las especies que están en peligro de extinción. Cuando hay quien alerta de que los tiburones se están haciendo más listos, la idea de fomentar la conservación de estos animales podría parecer absurda para muchos: «La idea de que haya tiburones inteligentes puede sonarnos a trama de una película de serie B, pero resulta que Daly [marinero en barcos turísticos] está bien encaminado. Los científicos y las autoridades llaman el comportamiento que Daly describe la depredación del tiburón; la mayoría están de acuerdo en que parece estar en aumento.» (The Guardian, 22 de marzo de 2025)

Owen concluye Shark con un interesante capítulo en el que hace un somero repaso de la presencia y cómo se ha ido representando al tiburón en el arte y la literatura a lo largo de la historia, que podría haber ampliado sin duda.

«Es el pez más grande del planeta, y alcanza como mínimo los doces metros de longitud y un peso de quince toneladas. […] El tiburón ballena habita aguas calientes, y su ámbito se describe como ‘mundial’, pero se sabe tan poco sobre este tiburón que no hay realmente conocimiento alguno sobre su hábitat y el número de ejemplares. Con toda probabilidad, se trata de animal infrecuente. Fue descubierto a comienzos del siglo XIX, cuando un ejemplar terminó varado en las orillas de Table Bay, Ciudad del Cabo; hasta la década de 1980 se habían dado apenas unos pocos cientos de avistamientos del tiburón ballena, desde que ha habido estudios intensivos.

Este enorme animal cuenta con dos otras características diferenciadoras: las extraordinarias marcas de su piel y la cavernosa apertura de su boca. Los colores de la piel varían entre marrón y azul en la parte superior, y tiene un vientre blanco debajo. La parte superior de su cuerpo está recubierta de unas características rayas verticales y horizontales que crean un efecto de damero. Dentro de cada recuadro hay una mancha blanca cremosa. En la boca tiene cerca de 3000 dientes diminutos. Las fauces del tiburón ballena son tan gigantescas que, cuando se abre completamente, pareciera que desparece la cabeza por completo.» (p. 172-3, mi traducción) 
Tiburón ballena (Rhincodon typus) en el Flower Garden Banks National Marine Sanctuary, Golfo de México.

Fotografía de Elias Levy.
«No es ninguna coincidencia que la explosión de los estudios de investigación científica de los elasmobranquios se diera al mismo tiempo que la estigmatización cultural de la década de los setenta del gran tiburón blanco como la suma de todos nuestros temores. Mediante su dramática distorsión ficcional tanto en forma de libro como en la pantallas, este sumamente impresionante depredador alfa se convirtió en catalizador de una urgente reevaluación de cómo tratamos los humanos los océanos.

El gran tiburón blanco se distribuye mundialmente en aguas litorales templadas, aunque se desplaza también a zonas de aguas septentrionales y meridionales más frías. En tanto que especie migratoria que cruza y recruza las cuencas oceánicas, no es en modo alguno una especie exclusivamente ‘costera’. Algunos observadores creen que el tiburón tigre es el depredador alfa equivalente en aguas tropicales, y que su preferencia por temperaturas oceánicas diferentes asegura una competencia mínima entre ambas especies.» (p. 190-1, mi traducción)

23 mar 2025

Christian Kracht's Imperium: A Review

Christian Kracht, Imperium: A Fiction of the South Seas (New York: Farrar, Straus and Giroux, 2015). 179 páginas. Trans. by Daniel Bowles.

The beginning is the end, and the end is the beginning. At least that is the case in Imperium, a half-fictitious, half-truthful narrative on the life and the death of one August Engelhardt, the German youth who in 1902 travelled to what today is Papua New Guinea, having decided that he was going to live his life as a nudist and an absolute vegetarian. His belief that sunlight and coconuts were sufficient to maintain his organism healthy, strong and in harmony with the universe had been enshrined in an 1898 manifesto titled Eine Sorgenfreie Zukunft (A Carefree Future).

Kracht rewrites his life an at times weird parody. While it echoes the turn-of-the-century imperial adventure novels by favourites of mine such as Conrad, Stevenson and Melville (whose works I must needs reread one day, I keep telling myself), Engelhardt the character is depicted in broad strokes, in episodic fractions with hardly any depth to them. Kracht indulges in the creation of a humorous tropical setting where mozzies, poverty, disease and white colonialist blokes are abundant. They may be clichés, only maybe – yet they are effective in leading towards the demise of the obsessive and pig-headed Engelhardt. The author delights in conveying the consequences of his resulting malnutrition and the many ailments that affect his body: loss of teeth, bleeding gums, ulcerous spots, unhealing wounds, parasitical infestations … you name it.

The real August Engelhardt in 1911. 

It is an apt allegory: Fanaticism corrodes reason and generates a rottenness not just in the body but also in the spirit. It is, after all, the Germany of the early 20th century and we all know what happened a hundred years ago. Nothing good came out of it.

The hapless Engelhardt buys an island and hires locals to develop a coconut plantation. His pretty much useless investment soon puts him in debt. He was probably already crazy in 1906, his body reduced to a skeleton, and by the second decade of the century he had become sort of a tourist curiosity. In Imperium, however, Engelhardt lives until the end of World War II, when US Navy officers find him on Kolombangara Island. His is “one heck of a story”; “Just wait ‘til Hollywood gets wind of this”. The officer who interviews him avers Engelhardt’s story will be in the pictures.

Hopefully someone in Hollywood will one day decide to film this story using Kracht’s acerbic lens, for it will be unmissable! Some of the episodes invented by Kracht in his narrative caused me to laugh out loud, even though they are actually gruesome and bloody. Like the deadly ending to the celebration of the wedding between Rabaul tycoon Queen Emma (who had sold the island to the nudist coconut eater) and Berliner musician Lützow.

Given its brevity and the fact that it is excellently researched, Imperium is a great read. Bowles’s translation is impeccable and reflects the author’s deliberately derisive attitude to the characters and the historical period. The ironies are delicious and generously scattered throughout its 179 pages; it is a comedy of imperialistic horrors in the South Pacific, not quite as frivolous as it could have been.

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