Tenía yo 15 primaveras cuando se estrenó en Valencia la película Jaws (Tiburón) de un jovencísimo Steven Spielberg, que fue naturalmente un éxito absoluto de taquilla. Algún tiempo después supe que el escualo de la película (un gigantesco tiburón blanco), que al final se comía a Quint (el tosco cazador de tiburones contratado por el alcalde de Amity) era en realidad un artilugio mecánico. No por ello dejaba de ser espectacular y, en cierto modo, aterrador.
La vida da muchas vueltas y dos décadas después me trajo a Australia, país que
registra una de las mayores cifras de personas fallecidas o malheridas a causa
de los infortunados encuentros con estos animales, normalmente sobre surfistas
y nadadores. En alguna ocasión, la playa donde yo estaba ha sido cerrada tras
el avistamiento de algún tiburón cercano a la orilla.
Este libro de Owen, publicado en 2009, es una especie de ‘minienciclopedia’,
un detallado y minucioso estudio que incluye la gran mayoría de especies de los
elasmobranquios (básicamente, tiburones y rayas). Una de las principales ideas
que Owen enfatiza frecuentemente en el libro es el hecho de que es mucho más lo que no se sabe que lo que realmente se
sabe sobre estos animales.
El primer capítulo aborda la polémica que rodea a
los tiburones y los ataques a humanos. De hecho, Owen defiende el uso de la
palabra “incidente” en lugar de referirse a los episodios en los que una
persona sufre lesiones (o la muerte) como “ataque”. Algo de razón tienen los
que proponen este término. La paranoia a la que dio lugar la película (no así el
libro de Peter Benchley, quien, pese a ganar mucho dinero gracias a la película,
siempre se mostró contrario a la subsiguiente sobrerreacción sensacionalista) queda
desmentida por los datos: «Los ataques por parte de tiburones son, estadísticamente,
muy raros y normalmente no son mortales.» (p. 6) En unos 450 años de datos sobre
incidentes en todo el planeta, para 2009 su número total aproximadamente apenas
superaba los 4000.
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Nunca quiso hacerles daño. La contraportada de Jaws (1974), con una fotografía del autor, Peter Benchley. |
Finalmente, el autor trata las importantes cuestiones
de la (sobre)explotación del tiburón como recurso pesquero (por sus aletas) y
de la muy difícil conservación de las especies que están en peligro de extinción.
Cuando hay
quien alerta de que los tiburones se están haciendo más listos, la idea de fomentar
la conservación de estos animales podría parecer absurda para muchos: «La idea de
que haya tiburones inteligentes puede sonarnos a trama de una película de serie
B, pero resulta que Daly [marinero en barcos turísticos] está bien encaminado. Los
científicos y las autoridades llaman el comportamiento que Daly describe la depredación
del tiburón; la mayoría están de acuerdo en que parece estar en aumento.» (The
Guardian, 22 de marzo de 2025)
Owen concluye Shark con un interesante capítulo en el que hace un somero repaso de la presencia y cómo se ha ido representando al tiburón en el arte y la literatura a lo largo de la historia, que podría haber ampliado sin duda.
«Es el pez más grande del planeta, y alcanza como mínimo los doces metros de longitud y un peso de quince toneladas. […] El tiburón ballena habita aguas calientes, y su ámbito se describe como ‘mundial’, pero se sabe tan poco sobre este tiburón que no hay realmente conocimiento alguno sobre su hábitat y el número de ejemplares. Con toda probabilidad, se trata de animal infrecuente. Fue descubierto a comienzos del siglo XIX, cuando un ejemplar terminó varado en las orillas de Table Bay, Ciudad del Cabo; hasta la década de 1980 se habían dado apenas unos pocos cientos de avistamientos del tiburón ballena, desde que ha habido estudios intensivos.
Este enorme animal cuenta con dos otras características diferenciadoras: las extraordinarias marcas de su piel y la cavernosa apertura de su boca. Los colores de la piel varían entre marrón y azul en la parte superior, y tiene un vientre blanco debajo. La parte superior de su cuerpo está recubierta de unas características rayas verticales y horizontales que crean un efecto de damero. Dentro de cada recuadro hay una mancha blanca cremosa. En la boca tiene cerca de 3000 dientes diminutos. Las fauces del tiburón ballena son tan gigantescas que, cuando se abre completamente, pareciera que desparece la cabeza por completo.» (p. 172-3, mi traducción) Tiburón ballena (Rhincodon typus) en el Flower Garden Banks National Marine Sanctuary, Golfo de México.
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Fotografía de Elias Levy. |
El gran tiburón blanco se distribuye mundialmente en aguas litorales templadas, aunque se desplaza también a zonas de aguas septentrionales y meridionales más frías. En tanto que especie migratoria que cruza y recruza las cuencas oceánicas, no es en modo alguno una especie exclusivamente ‘costera’. Algunos observadores creen que el tiburón tigre es el depredador alfa equivalente en aguas tropicales, y que su preferencia por temperaturas oceánicas diferentes asegura una competencia mínima entre ambas especies.» (p. 190-1, mi traducción)