2 ene 2015

Reseña: The Surrendered, de Chang-rae Lee

Chang-rae Lee, The Surrendered (Londres: Little, Brown, 2010). 469 páginas.


“El viaje había casi terminado”, dice la primera frase de esta ambiciosa novela del estadounidense Chang-Rae Lee. Pero en realidad, el viaje vital no ha hecho más que comenzar para June, una jovencita coreana que en 1950 pierde en la guerra a toda su familia (padre y madre y cuatro hermanos). Logra sobrevivir gracias a una férrea determinación y su carácter duro e esquivo.

En los caminos y campos desolados por la guerra, rumbo a Seúl, June conoce a un exsoldado norteamericano, Hector Brennan, quien la llevará a un orfelinato y finalmente la ayudará a emigrar a los Estados Unidos. En un arriesgado salto temporal hacia adelante, Lee nos transporta en el segundo capítulo a la década de los 80: June, convertida en rica propietaria de una tienda de antigüedades, ha perdido recientemente a su esposo y está enferma. Un cáncer de estómago va a terminar pronto con su vida, y antes de morir quiere encontrar a su díscolo hijo Nicholas, que se marchó a Europa ocho años antes y cuyo esporádico contacto ha perdido hace unos meses.

Para ello ha contratado a un investigador privado, a quien le encarga también que busque a Brennan para convencerle de que viaje con ella a Italia a buscar a su hijo (el hijo de ambos: pues Hector es el padre de Nicholas, el fruto de un coito casual entre June y el exsoldado bebedor al poco tiempo de llegar a Nueva York tras la guerra).

La trama es compleja y enrevesada: los distintos episodios que conforman el grueso de The Surrendered aparecen localizados en la Manchuria de la década de 1930 en plena invasión japonesa, en la península de Corea durante la guerra e inmediatamente después de ésta, en la Nueva York de 1986, y unas semanas después, en Italia. Sería muy fácil interpretar el viaje de June como un gran gesto de grandilocuencia fictiva, algo que resultaría harto improbable en la vida real. Y de hecho, el desplazamiento de Hector y June por Roma, Siena y Solferino es no solamente inverosímil (June consigue aguantar la tortura de su enfermedad gracias a inyecciones regulares de morfina) sino algo tortuoso desde el punto de vista narrativo.

El reencuentro de June y Hector viene propiciado por un excesivamente melodramático accidente en el que fallecen el detective privado y Dora, la mujer con la que Hector casi había ideado un cambio positivo para su desdichada vida. Es así como se nos revela la historia que unió a June y Hector con Sylvie Binet en el orfanato Nueva Esperanza. Ambos se sintieron intensamente atraídos hacia esta hermosa mujer, hija de misioneros y adicta a la heroína; varios de los capítulos centrales construyen una narración sin aristas, sobria y elegante en su lenguaje y desarrollan las interrogantes que se plantean en torno a la relación de ambos con ella y su marido en el orfanato, y finalmente, cómo perdió la vida Sylvie en un devastador incendio.

La idea de la guerra está omnipresente en The Surrendered. Para June, la guerra supone desde bien joven el reto de sobrevivir y los costes que acarrea. Para Hector es una escapatoria del fuerte recuerdo de su padre, un borrachín. Hay otro tipo de guerra que June tiene que librar, cuando por mucho que quiera sobrevivir (como había sido siempre su designio) la enfermedad va a acabar con ella.

Quizás lo más decepcionante de The Surrendered sea la resolución de la trama secundaria de Nicholas. No termina de quedar claro si June reconoce el engaño al que la somete un conocido de su hijo que se hace pasar por él tras su muerte a causa de una caída de un caballo. Ciertamente, son muchas las víctimas que transitan por las páginas de la novela. Lee no escatima esfuerzos ni recursos a la hora de describir los horrores de la guerra, las brutalidades de los soldados de todos los bandos o las crueldades de unos niños huérfanos con otros.

Hay también una recurrente referencia metaliteraria, al libro del instigador de la creación de la Cruz Roja, Jean Henri Dunant, titulado Un Souvenir de Solferino, y que Sylvie llevaba consigo desde la salvaje ejecución de sus padres en Manchuria a manos de una escuadrilla japonesa. El libro pasó a manos de June, a quien a su vez se lo quitó Nicholas.


Osario de SolferinoLicensed under CC BY-SA 3.0 via Wikimedia Commons.
La insistencia de June de acudir al osario de Solferino es la extraña guinda que colma la trama de The Surrendered. La elección del nombre del soldado alcoholizado no es casual: Lee le hace oriundo de un pequeño pueblo del estado de Nueva York llamado Ilion. En lugar de ser un héroe épico, a lo largo de su vida es testigo de la muerte violenta de todas las personas por las que siente algo. No es de extrañar que se sienta víctima de una maldición.

A diferencia de A Gesture Life, que reseñé aquí hace unos meses, The Surrendered no me terminó de convencer. Es una larga obra, de tan gran ambición que no queda redonda. Son demasiadas las afectaciones inverosímiles en una trama un poquito sobrecargada. Chang-Rae Lee escribe primorosamente, pero eso no es suficiente para hacer de esta novela algo memorable.

The Surrendered la publicó en 2013 en castellano Anagrama, en traducción de Benito Gómez Ibáñez, bajo el título de Rendidos.

1 ene 2015

Nochevieja en Kosciuszko: 2014


Dado el coste del pase del telesquí en verano, me queda claro que los caminantes subvencionamos en parte a los aficionados a la bicicleta de montaña.
Dado el elevado número de personas que decidieron hacer lo mismo que nosotros y lo recorrieron el último día del año, es muy posible que la ascensión al Monte Kosciuszko se esté convirtiendo en una especie de peregrinaje estival de “obligado” cumplimiento. Y eso que es más que probable que resulte ser una de las caminatas más costosas del mundo. Además de la entrada al Parque Nacional de Snowy Mountains (A$16 por coche y día), quien quiera comenzar el recorrido cercano a las 4 horas (ida y vuelta) desde la estación meteorológica de Thredbo, al final del telesilla que sube desde el valle, tendrá que apoquinar otros A$68 (pase familiar de un día).

Inicio del paseo
Kosciuszko es el punto más alto del continente australiano, a pesar de sus modestos (si no ridículos) 2.228 metros sobre el nivel del mar. La ascensión es por lo tanto más simbólica que otra cosa: una vez eliminada la durísima subida desde el valle gracias al telesquí, el camino apenas reviste dificultad. El sendero es muy amplio y la mayoría del recorrido se hace sobre rejillas de acero (para proteger el terreno de la terrible erosión que de otro modo causarían los miles de botas y zapatillas que pasan por allí a diario). Los desniveles son mínimos, comparados con otros senderos locales o extranjeros.

Lake Cootapatamba
A pesar de las más que visibles indicaciones en sentido contrario, no obstante los avisos tan prodigados a lo largo de todo el camino, todavía hay que personas que se salen del sendero marcado y deambulan por un ecosistema que es increíblemente frágil. Por desgracia, también pululan esos auténticos “nazis” del ejercicio físico que, pese a la expresa prohibición que se exhibe al principio del camino, completan el sendero a la carrera, en sus estridentes uniformes de licra. Envoltorios de chocolatinas, pañuelitos de papel y otros desechos también quedaron allí arriba en lugar de volver con sus dueños a la “civilización” para que pudieran terminar en una papelera, donde corresponde.

Flora alpina
Lo anterior forma todo parte de un trastorno social contemporáneo (¿una enfermedad, quizás?), un comportamiento psicopático que desprecia el bien común, el bienestar de todos, en favor de la gratificación de deseos personales, y cuyos pacientes probablemente justifiquen interiormente con tres palabras: because I’m special.

El tramo final
El 31 de diciembre de 2014 la temperatura en Thredbo Top Station no llegó a superar los 15 grados. La sensación térmica no llegó en ningún momento a los 10 grados centígrados, más que nada por el viento de poniente (ojo al dato: el día anterior la sensación térmica no superó los cero grados en ningún momento). Aun así, por la cima de Kosciuszko pasaron ayer, día de Nochevieja, centenares de personas, incluidas muchas familias con niños pequeños. Cerca de la cumbre, los cuervos se hacían ver entre los pocos restos de nieve que quedaba del invierno (significativamente mucha menos que hace cinco años, la última vez que había estado en esa parte del mundo).

A mis pies, Australia

Tras 18 años de vida en Australia, sin duda alguna ya era hora de realizar mi primer ascenso a Kosciuszko. No será el último, espero, pero este tipo de peregrinajes no me interesa.

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