25 may. 2014

Reseña: At Night We Walk in Circles, de Daniel Alarcón

Daniel Alarcón, At Night We Walk in Circles (Londres: Fourth Estate, 2013). 374 páginas.

El realismo mágico se encontraba en un estado moribundo ya antes de la muerte de Bolaño. En una época en que la emigración ha difuminado las fronteras lingüísticas hasta prácticamente hacerlas invisibles, un narrador de origen peruano y criado en los Estados Unidos, Daniel Alarcón, diluye aún más esas fronteras al escribir en lengua inglesa una novela de temática inapelablemente latinoamericana. La pobreza, la violencia en las calles, el régimen brutal imperante en las prisiones, el narcotráfico, la represión policial y militar, la corrupción política, aun ese idealismo zurdo que el presidente uruguayo Mujica recientemente calificaba de infantil: son todos aspectos de la vida en Latinoamérica a los que Alarcón hace referencia directa o indirectamente en At Night We Walk in Circles.

En las primeras páginas de la novela me llamó la atención la presencia de un narrador que es más espectador que protagonista. Hay un yo que se declara participante al final del primer capítulo – y lo hace de forma sorprendente, por medio de un “nosotros”. Pero desde un principio nos advierte además de que su irrupción en la historia es muy tardía y en cierto modo impropia, de manera que su presencia no es ni por asomo abusiva.

At Night We Walk in Circles cuenta en realidad dos historias, la de Henry Núñez, actor y dramaturgo que en los años 80 formó una compañía teatral llamada Diciembre, desde la cual producía representaciones de carácter subversivo, que bien pronto llaman la atención de las autoridades. Es la época de lo que Alarcón (o el narrador de la novela) denominan la “guerra” – los terribles años de la guerrilla de Sendero Luminoso. Una noche, ya con el teatro vacío, Henry es arrestado. Unos días después es acusado de un delito de “terrorismo”.

La otra historia es la de Nelson, otro actor mucho más joven que se une en marzo de 2001 a Núñez y su amigo Patalarga tras hacer una audición. El reformado Diciembre sale de gira por la cordillera andina, visitando remotos pueblos donde imperan un ritmo de vida y una cultura tan diferentes de los de la capital. La obra que van a representar es la misma que le costó a Núñez la libertad unos quince años antes: El Presidente idiota.

Si bien Alarcón nunca menciona a su Perú natal (Alarcón creció en los Estados Unidos), no cabe ninguna duda de que At Night We Walk in Circles se sitúa en el país andino. La cárcel donde Núñez cumple condena es muy posiblemente la infame Lurigancho.

La trama lleva al lector al pasado, a los orígenes de Diciembre y a las penalidades que Henry sufre en la cárcel, donde sobrevive gracias a la ayuda de Rogelio, de quien se hace amante. Henry pasa de haber sido dramaturgo prestigioso en una época de convulsión social y política a ejercer en 2001como profesor de ciencias en una escuela secundaria, divorciado y un tanto amargado. Alarcón dedica muchas páginas a las interacciones entre los actores en los ensayos de una obra extremadamente crítica con el poder político institucional. Se contrapone al engreimiento y altanería de Henry el entusiasmo y admiración de Nelson por el líder de Diciembre.

Casi al final de la gira, Henry decide de pronto cambiar el itinerario para acudir a visitar el pueblo natal de Rogelio, y presentarse a su familia, quienes piensan que está todavía vivo. En realidad, Rogelio había muerto en la cárcel poco después de que Henry cumpliera su pena, una víctima más de la salvaje represión policial y militar en medio de la “guerra”. Es ese pueblo (también el pueblo natal del narrador, quien solamente se refiere a él por la letra inicial, T) en el que la trama sufre un sorpresivo giro que supone el fin de la gira teatral y la separación de Nelson de sus dos compañeros de escenario. Una pelea con el hermano de Rogelio, Jaime – un personaje siniestro y cruel que había ocultado la muerte de Rogelio a sus padres – lleva a los intérpretes a escenificar una disculpa ante la madre y la hermana de Rogelio. Inexplicablemente – es un decir, pues no quisiera revelar demasiado del argumento de la novela – Nelson queda preso en T, representando un papel que jamás hubiera considerado.

Alarcón maneja con destreza el tempo narrativo: es precisamente el hecho de que haya un narrador que va cobrando mayor protagonismo conforme avanza la novela – finalmente se identifica como periodista de una revista de la capital – lo que permite ir revelando detalles a su antojo. El suspense es solamente un aliciente añadido a la atmósfera de malos augurios y oscuros presentimientos que crea Alarcón.

El desenlace es explosivo: cuando un Nelson hambriento, cansado y desorientado regresa a la capital, su destino ha dejado de estar en sus manos. Sus intentos por convencer a su exnovia Ixta de que vuelva con él y criar juntos al bebé que ella lleva en sus entrañas (Nelson sospecha que el bebé es suyo) son sueños inasibles e inalcanzables. La tragedia está servida, y solamente se necesitan aditamentos como el azar y el alcohol para que la sangre, por así decirlo, llegue al río.

Con numerosos, complejos personajes bien desarrollados y un estudiado ritmo narrativo, At Night We Walk in Circles resulta ser una excelente novela, pese a que Alarcón decide no profundizar en algunos aspectos narrativos secundarios que dejan interrogantes en el aire: por ejemplo, ¿hasta qué punto se insinúa que Nelson pudiera ser bisexual, como Henry?


La novela la ha publicado ya en castellano Seix Barral (en traducción de Jorge Cornejo) bajo el título de De noche andamos en círculos. Recomiendo, para quien quiera contrastar otras opiniones, esta reseña de Santi Fernández Patón en Hermano Cerdo.

20 may. 2014

Herencia: un poema de Kevin Powers


Herencia

Qué útil es estar enamorado
de cosas inútiles.
Los viejos nopales marchitos
del jardín, cuando éramos jóvenes,
me encantaban. Entre otras cosas, me encantaba
esa botella de vidrio diáfano
de cerveza Old Milwaukee que tú tirabas
desde la ventana del coche
al cubo de la basura
cuando llegabas a casa,
me encantaba cómo se rompía
en una docena de trozos quebrados,
y cómo otra docena
los rodeaba
igual que las constelaciones, me encantaba
la dignidad que parecía haber
en el hecho de que cualquier cosa que esté en órbita
deja de ser por un tiempo
algo más que necesario.
También yo una vez amé a un anciano,
a quien no le interesaban las cosas inútiles,
como este poema, el cual pudiera
muy bien estar por ahí,
en órbita con él.


Traducción de 'Inheritance', poema del libro Letter Composed During a Lull in the Fighting (2014), de Kevin Powers.

19 may. 2014

Tango Mundo: Fracanapa


Tango Mundo es una formación musical radicada en Melbourne, una exquisita mezcolanza australiano-argentina que lleva publicados varios CDs con interpretaciones de las composiciones del gran maestro Astor Piazzola. Tango Mundo lo componen Guillermo Anad (viola), Faye Bendrups (piano y voz) y Dave Evans (piano y acordeón). Los arreglos de las obras de Piazzola los ha realizado Guillermo Anad, musicólogo y compositor de origen argentino.


Parafraseando las palabras del hijo del maestro Piazzola, el gran logro de Tango Mundo es la amalgama de aspectos clásicos y populares de la música de Astor Piazzola, haciendo uso de una insospechada combinación, con solamente tres instrumentos: viola, acordeón y piano. Se trata de un enfoque novedoso, muy en la línea Piazzola.


El viernes pasado Tango Mundo hicieron la presentación de su último trabajo, Fracanapa, ante una nutrida audiencia en la capital de Australia, Canberra. Un concierto gratuito (cortesía de ANCLAS, el Centro Nacional Australiano de Estudios Latinoamericanos) de más de una hora,  con interpretaciones de una música que serena el espíritu turbado y entusiasma la quietud del corazón herido.



No hay, que yo sepa, ninguna otra formación musical semejante en todo el mundo. Escuchar a Guille, Faye y Dave interpretando la música de Piazzola, viviéndola con tanta pasión como mostrando su gran admiración por el autor, fue un verdadero privilegio, y como toda representación artística en vivo, absolutamente irrepetible. Menudo gustazo.

18 may. 2014

Reseña: Manteca colorá, de Montero Glez

Montero Glez, Manteca colorá (Madrid: El Taller de Mario Muchnik, 2005). 183 páginas.

A Montero Glez lo descubrí hace ya muchos años, cuando publicó su Sed de champán en Edhasa, una editorial de la que el autor echó pestes posteriormente, según me manifestó en correspondencia privada por aquellos años de final del anterior milenio, cuando el mundo (decían) se iba a acabar. Tanto le disgustaba aquella edición que me envió una nueva, publicada por el Taller de Mario Muchnik. De hecho, Roberto Montero González es mi amigo en una red social, en la que – sospecho – ninguno de los dos participamos, pero a través de la cual me envió hace muchos años una copita de cava. ¡Salud, Montero!

Manteca colorá está muy en la línea de Sed de champán, pero sin que Montero llegue a impresionar como lo hizo con su debut literario, o con Pólvora negra, novela histórica que ya reseñé hace casi cuatro años. Es una novelita, una narración mucho más breve y, a mi juicio, mucho menos lograda que la que tenía por protagonista al Charolito. Y en realidad, si le quitáramos unos cuantos párrafos superfluos, y si además un editor severo le hubiera tirado de las orejas al autor, tendríamos un probablemente excelente cuento, de una extensión razonable, dotado de personalidad y exhibiendo el estilo característico del autor.

El antihéroe protagonista de Manteca colorá, el Roque, ha salido hace muy poco del talego. De profesión pescador, vive en la costa gaditana, en Conil de la Frontera; logra, como muchos otros en esa parte del mundo, más dinero con el contrabando de hachís que con la pesca de las sardinas que tanto abundan en el océano y tan ricas están cuando las asas. En todo caso, resulta que el Roque tiene ciertas cuentas pendientes con el Lunarejo, quien se la jugó en una chamba pasada. Ambos han trabajado anteriormente para el Coronel, excoronel de la Benemérita que controla el tráfico de drogas en el Estrecho además de muchas otras cosas. Cuando el Coronel le ofrece otro trabajito al Roque, éste no cae en la cuenta de que se trata de una trampa. Tras salvar el pellejo en un episodio de narración trepidante y humorística, el Roque se venga del Coronel mientras una jovencita le estaba prestando a éste sus esmeradas atenciones y cuidados en un burdel del pueblo. La persecución de los esbirros del exmilitar es implacable, y aunque Roque se deshace de algunos de ellos, es al final capturado en el cementerio. De allí lo llevan al yate del difunto Coronel, donde los sicarios, en compañía de un par de ‘madalenos’ le ponen unos zapatitos de cemento después de darle una somanta histórica.

Montero ya publicó un relato breve titulado Zapatitos de cemento, guardado ahora en las mazmorras de mi biblioteca, de donde saldrá quizás algún día, tal como le sucedió al Roque. Manteca colorá reproduce por tanto las líneas argumentales principales de Sed de champán. Al igual que el Charolito, el Roque va dejando un reguero de sangre y fiambres en su huida. El relato avanza y retrocede en el tiempo; la presencia del narrador es permanente, parando el progreso del relato a su antojo y retomando los hilos cuando le parece oportuno.

Con un relato que rebosa violencia, sexo y humor negro, Montero Glez tiene cierto gusto para retratar a diversos representantes del macho ibérico que posiblemente, si es que decidiesen ejercer su derecho democrático, votarían por lo rancio y casposo que sigue ostentando el poder en España. Puede que el tratamiento de los personajes femeninos en Manteca colorá sea un más o menos fiel reflejo de la realidad social hispana. Montero construye retratos exagerados de sicarios y maleantes hasta convertirlos en esperpentos deformados.

Hay una cualidad oral que refuerza el control total del autor/narrador: pese a que su excesiva repetición les reste algo de valor, se aprecian esos toques lingüísticos con que Montero Glez jalona el relato (los vulgarismos, la jerga de los hampones, la reproducción del habla andaluza – “mirusté”, “la vía ha subío mucho, sabusté” – el uso de mayúsculas para indicar gritos). Lo cual me hace pensar que quizás el audiolibro sea un formato que debiera explorar Montero en un futuro, al menos para relatos como el de este libro. Un desenlace tan sorprendente como el de Manteca colorá supondría posiblemente un aliciente añadido en audio.

14 may. 2014

Reseña: Narcopolis, de Jeet Thayil

Jeet Thayil, Narcopolis (Londres: Faber & Faber, 2012). 292 páginas.

En ‘The Novel is Dead (This Time is for Real)’, un más que recomendable ensayo recientemente publicado en The Guardian, el novelista inglés Will Self apunta con un certero dardo contra la cultura contemporánea preponderante: “the hallmark of our contemporary culture is an active resistance to difficulty in all its aesthetic manifestations, accompanied by a sense of grievance that conflates it with political elitism. [el sello distintivo de nuestra cultura contemporánea es la resistencia activa a la dificultad en todas sus manifestaciones estéticas, acompañada de un sentimiento de queja que la mezcla con el elitismo político].” Ciertamente, si tú, querido lector, estás mínimamente al tanto de las circunstancias políticas que se viven en Australia, las palabras de Self quedan aquí que ni pintadas.

Lo anterior lo menciono en relación con el prólogo de Narcopolis, la primera novela del indio Jeet Thayil. Un encomiable esfuerzo que lleva por título ‘Something for the Mouth’, que quizás podría traducirse libremente como ‘Algo que llevarse a la boca’. Se trata de un prólogo escrito en una sola oración, sin puntos, salpicada de comas y paréntesis. “Bombay, que destruyó su propia historia al cambiar de nombre y alterar su rostro como en la cirugía, es el héroe o la heroína de esta historia, y puesto que soy yo el que la cuenta y tú no sabes quién soy yo, permíteme decirte que llegaremos a lo del quién, pero no ahora…” (p. 1), nos dice el narrador poco fidedigno al comenzar su historia.

Pero antes debo señalar que la traducción que has leído arriba incluye un interesante juego de palabras que quizás te habrá pasado desapercibido. Thayil emplea la palabra ‘heroin’, que en castellano es, naturalmente, la droga. Narcopolis, dividida por su autor en cuatro partes además del prólogo introductorio, es un entramado de historias conectadas de algún modo entre sí por un personaje protagonista, Dimple, y un establecimiento, el fumadero de opio de Rashid.
Un chandu khana de Calcuta en los años 40.
El narrador, Dom Ullis, aparece y desaparece como los ojos del Guadiana. Hace su presentación en el prólogo, donde Thayil vierte algunos sorprendentes juegos de palabras como el ya mencionado de la ‘heroína’ (“and now we can begin at the beginning with the first time at Rashid’s when I stitched the blue smoke from pipe to blood to eye to I and out into the blue world” (p. 1) [y ahora podemos empezar por el principio con la primera vez en lo de Rashid cuando enlacé el humo azul de la pipa a mi sangre y de allí al ojo y de allí al yo, y lo eché al triste mundo]. La historia se sitúa en la década de 1970. El fumadero de opio de Rashid en Shuklaji Street es el microcosmos en que vamos conociendo a los personajes: Rashid, el dueño del tugurio; Dimple, la empleada transexual que mejor prepara las pipas de opio, hijra o eunuco abandonado por sus padres a los ocho años de edad, y que es el personaje central de la historia; el contable sin nombre al que todos llaman Bengali; Rumi, un opiómano de personalidad extremadamente tornadiza; y el propio Dom.
Bombay/Mumbai. No me encontrarás aquí, te lo aseguro.
Al chandu khana de Rashid acude una multitud de personajes secundarios o prácticamente insignificantes (turistas occidentales – entre los que se mencionan, curiosamente, a muchos españoles – otros camellos, proxenetas, mendigos, prostitutas). Pero el establecimiento de  Shuklaji Street le sirve a Thayil como foco primordial. Es una nebulosa donde surgen historias paralelas que atrapan al lector.

Como la del Sr. Lee, un viejecito chino protector de Dimple, cuya extraordinaria historia integra la mayoría de la segunda parte del libro, titulada ‘La historia de la pipa’. Es una historia que se inicia en la China revolucionaria de Mao en 1940, e incluye las vicisitudes de los padres de Lee (él un escritor de novelitas que finalmente cae en desgracia, ella una ferviente revolucionaria que también resulta ser una perdedora) y las del propio Lee en su juventud, quien tras verse involucrado en una de las muchas purgas de la revolución huye de China para finalmente recalar en Bombay.
Cada pipa encierra una o muchas historias
Otro de los aspectos a destacar de Narcopolis es el juego metaliterario que construye Thayil. La aparición, por ejemplo, de un extraño poeta y pintor indio llamado Newton Pinter Xavier, a cuya caótica conferencia asiste Dom, y tras la cual ambos terminan compartiendo un taxi que los lleva al fumadero de Rashid. También hay numerosas referencias a revistas, libros, poemas, películas occidentales y de Bollywood, canciones, obras académicas ficticias, pero también a figuras históricas (la del eunuco Zheng He, que llegó a ser almirante de la flota de la dinastía Ming y que exploró la costa occidental de la India en el siglo XV, es especialmente llamativa, en una referencia que forma parte de una obra ficticia, Prophecy, del padre de Lee).
Los viajes de Zheng He, ¿el Colón chino?
El resultado de esta superposición textual podría condenar al libro a la confusión – y sin duda habrá quien abandone la lectura al toparse con tanta ‘dificultad’. La inclusión de términos de las lenguas hindi, árabe y urdú desperdigados por la narración tampoco facilita la tarea al lector acomodadizo.
El almirante castrado, en una estatua que lo conmemora en Malacca.
Detrás del humo que desprenden las pipas de opio, los beedis y los cigarrillos rociados de heroína, uno debe apreciar la prosa de Narcopolis: está repleta de poesía (Jeet Thayil se inició como poeta antes de escribir ficción) pero también de penurias, de sexo; está impregnada de la suciedad de las calles de Bombay. Hay en este estupendo libro mucho más que drogas y la destrucción que la adicción a éstas conlleva.

Recomiendo, para quien desee descubrir más sobre el autor, esta entrevista que le hicieron a Thayil en el Festival de Adelaida hace un par de meses. Narcopolis fue una de las novelas finalistas del Man Booker en 2012, y fue galardonada con el DSC Prize de Literatura del Sudeste Asiático en 2013.


Aviso: Esta novela no es recomendable para quien opte por la resistencia a la dificultad en sus lecturas. Absténganse consumidores de papillitas y otros potitos pseudo-literarios.

6 may. 2014

Reseña: All That Is, de James Salter

James Salter, All That Is (Londres: Picador, 2013). 290 páginas.

No había leído nada de James Salter hasta ahora, y eso que ya ronda los 90 años de edad. Teniendo en cuenta este dato, no es un autor que se haya prodigado en exceso; no cuenta con una amplísima bibliografía como otros de su generación (Philip Roth viene a la cabeza). Las reseñas que aparecieron tras su publicación el año pasado insinuaban que era una novela importante, pero lo primero que me llamó la atención de ella fue su título, minimalista e inusual en su sintaxis. All That Is.

Todo lo que es, o esto es lo que hay: la vida. Escribir la vida… ¿No es una empresa fútil donde las haya? Y sin embargo, Salter de alguna manera lo hace en All That Is. La novela ciertamente te atrapa desde el principio, aunque muy pronto sorprende por su técnica, que se dispersa en múltiples puntos de vista. Salter salpica la trama principal, la del protagonista, con breves episodios (algunos extremadamente escuetos y en gran medida completamente independientes – que no irrelevantes). En ese sentido, me hizo recordar a John Dos Passos en su trilogía americana, no porque Salter adopte una gama similar de técnicas diferentes en la construcción de la obra literaria, sino porque en Salter también se da una suerte de fragmentación de la trama.

El protagonista es Bowman, quien al principio de la novela, en plena II Guerra Mundial, se encuentra a bordo de un buque de la Armada estadounidense. Tras la contienda Bowman regresa a los EE.UU. y estudia en Harvard. Tras graduarse logra trabajo como editor en la editorial de un importante judío neoyorquino, Baum. Tras conocer en un bar a una chica guapa, Vivian, le regala un libro. Tras unos meses de noviazgo se casa con ella, pese a la evidente disposición en contra del padre de ella. Un par de años después se separan y divorcian. Bowman continúa trabajando para Baum, y comienza a viajar a ferias y eventos literarios. Conoce a otras mujeres, pero escarmentado  quizás por el fracaso que supuso su relación con Vivian nunca termina de decidirse a establecer lazos firmes con ninguna. Hasta que una de ellas le traiciona y le arrebata la casa que habían adquirido juntos.

La de Bowman es historia de uno de tantos desafortunados. Como editor nunca logra brillar a la altura de los autores, por algunos de cuales siente reverencia, y tampoco alcanza la fama ni el esplendor de su empleador, Baum, ni de los otros propietarios de editoriales con los que a veces comparte mesa. Pero es gracias a esos contactos de alto nivel que Bowman puede observar la sociedad de su época: los triunfos y las miserias, las desgracias y las infelicidades disimuladas.

Esa es a grandes rasgos la trama primaria. Pero como en cierto modo sucede en la vida misma, en la que aparecen y desaparecen otras personas de nuestro entorno, Salter relega a veces a Bowman a un segundo plano, y centra algún que otro capítulo – o en escuetas pero muy descriptivas viñetas – en personajes secundarios. Podría argüirse que resultan difíciles de justificar estos desvíos argumentales. Al fin y al cabo, apenas aportan nada a la ‘historia’ que nos ocupa. Y sin embargo, debo admitir que, salvo algún caso que me dejó un pelín perplejo – pienso en una de esas breves viñetas con las que Salter inicia uno de los capítulos, cuyos personajes tienen una apenas remotísima conexión con Bowman y no vuelven a estar presentes en la narración –, resulta atractivo el ritmo que estos paréntesis o apuntes consiguen darle a la novela.

Con todo, para mi gusto, esa excesiva amplitud argumental (que no temática) implica que la novela vacila en ocasiones. Un narrador omnisciente que abre con gran generosidad las mentes de casi todos los personajes, incluso los secundarios, corre riesgos. Al concluir, uno se queda con la sensación de que All That Is es más un recuento de los amores de Bowman que otra cosa. Y ciertamente se nota que Salter es de una generación ya muy veterana. Sugerir que la “invencible” rigidez del miembro erecto de un muchacho de dieciocho años sea parámetro comparativo no deja de resultar un tanto ridículo. A través de los ojos de Bowman vemos descripciones de mujeres que, en 2014, corresponderían posiblemente más a los comentarios soeces de un indiscreto mirón machista, un verdadero cazador de hembras. No me cabe duda de que en la época de Salter eso era la norma. Hoy por suerte ya no lo es.

Dice Salter en el epígrafe a All That Is: “Llega un momento en que te das cuenta de que todo es un sueño, y que solamente lo que queda preservado por escrito tiene alguna posibilidad de ser real.” ¿Será ya momento de empezar a seguir su consejo?

All That Is se ha publicado ya en catalán: Això es tot, traducción de Ferran Ràfols (editorial Empúries) y Todo lo que hay, traducido por Eduardo Jordá (editorial Salamandra). Interesante en todo caso la divergencia en la traducción del título, ¿no te parece?

4 may. 2014

Reseña: On Being Blue: A Philosophical Inquiry, de William H. Gass

William H. Gass, On Being Blue: A Philosophical Inquiry (Nueva York: New York Review of Books, 2014 [1976]). 91 páginas.

"Dilo. Venga, ponte en pie frente al espejo, mírate la boca y dilo: Blue. ¿Ves cómo frunces los labios, cómo se abren con las consonantes hasta formar un beso, y esa exhalación final de la vocal? Blue." (p. vii) Así comienza el prólogo que Michael Gorra ha escrito en 2014 para este librito de William H. Gass publicado por primera vez en 1976, que recientemente ha reimpreso New York Books. No ha sido, al menos hasta la fecha, traducido al castellano; si alguna vez alguien se molestara en hacerlo (o se atreviera a intentarlo), se encontraría  de entrada con un enorme (y puede que insalvable) obstáculo: el azul del castellano tiene dos sílabas; además, la casi interminable lista de acepciones de la palabra blue en inglés tendría quizás, como mucho, un cincuenta por ciento de equivalencias o aproximaciones en la lengua castellana.

En On Being Blue: A Philosophical Inquiry Gass realiza una esmerada – pero para nada academicista –  exploración del color, del azul en particular, por su asimilación al color del cielo; pero éste es un libro que constituye ante todo una reflexión sobre el lenguaje (de la ficción, cabria quizás añadir). En el estudio entra por supuesto el lenguaje obsceno o pornográfico (cuyo color es quizás el verde en castellano, pero que es caracterizado como azul en inglés). Gass denunciaba ya en 1976 la patética inopia del lenguaje para describir el sexo: "We have more names for parts of horses than we have for kinds of kisses. […] We have a name for the Second Coming but none for a second coming. In fact our entire vocabulary for states of consciousness is critically impoverished." (p. 25) [Disponemos de más nombres para las partes de un caballo que tenemos para designar clases de besos. […] Tenemos un nombre para la Segunda Venida [de Cristo] pero ninguno para venirse/correrse por segunda vez. De hecho, todo el léxico de que disponemos para denominar los estados de conciencia está críticamente empobrecido.]

"Seldom was blue for blue's sake present till Pollock hurled pigment at his canvas like pies." Blue Poles está aquí en Canberra...
Un ensayo cuya disposición formal que dista mucho de la ortodoxia ensayística, con On Being Blue logra Gass conectar mundos y visiones distintas de éste, enfocando  importantes y complejas  ideas en apenas unas cuantas palabras: "No one betrays perception more promptly than the empiricist. First he appeals to common sense, which he flouts; then to experience, which he misrepresents." (p. 68) [No hay nadie que traicione más la percepción que el empirista. Primero apela al sentido común, el cual desatiende; luego a la experiencia, la cual malinterpreta.]


En su exploración el autor deja caer algún que otro juego de palabras: "It is not simple, not a matter for amateurs, making sentences sexual; it is not easy to structure the consciousness of the reader with the real thing, to use one wonder to speak of another, until in the place of the voyeur who reads we have fashioned the reader who sings; but the secret lies in seeing sentences as containers of consciousness, as constructions whose purpose it is to create conceptual perceptions" (p.86). [No es sencillo, no es asunto para aficionados, hacer que las oraciones sean sexuales; no es fácil estructurar la conciencia del lector con lo real, emplear una maravilla para hablar de otra, hasta que en el lugar del voyeur que lee hayamos moldeado al lector que canta; mas el secreto estriba en ver las oraciones como recipientes de la conciencia, como construcciones cuyo propósito es la creación de percepciones conceptuales]

La ballena azul, el mamífero más grandioso de nuestro planeta azul 
Es un libro escrito con un enorme gusto por la musicalidad; en algún momento mientras lo leía me he sorprendido a mí mismo repitiendo algunos pasajes en voz alta, solamente para deleitarme en su lectura, como éste, cuya sonoridad es absolutamente intraducible: "The word itself has another color. It’s not a word with any resonance, although the e was once pronounced. There is only the bump between b and l, the relief at the end, the whew. It hasn’t the slight turn which crimson takes halfway through, yellow’s deceptive jelly, or the rolled-down sound brown. It hasn’t violet’s rapid sexual shudder, or like a rough road the irregularity of ultramarine, the low puddle in mauve like a pancake covered with cream, the disapproving purse to pink, the assertive brevity of red, the whine of green." (p. 34)

Dada su brevedad, recomendaría a todo aquel que quiera leerlo tomárselo con calma, disfrutarlo porque vale la pena. Las listas que Gass incluye de referencias al color azul dan para muchos meandros personales y rodeos. Por ejemplo, en Australia ‘blue’ es un apodo típico para un pelirrojo, pero también puede ser una pelea. Se podría confeccionar una lista de canciones con la palabra ‘blue’. Deberíamos empezar con ‘Blue Monday’, 

o quizás con ‘Blue Velvet’.

No debería faltar ‘Blue Hotel’,

ni ‘Bullet the Blue Sky’.

También deberíamos incluir a los escoceses The Blue Nile.

Y en Melbourne, los azules son naturalmente el equipo de Carlton.

Quizás la idea que más marcada me ha quedado de este ensayo de William H. Gass es que el estilo literario no consiste en un añadido del lenguaje de una obra, sino que resulta ser lo que la fundamenta, su esencia misma. On Being Blue es una excelente demostración de ello.

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